¿Y si te vuelvo a perder? Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—Me alegro mucho de verle.

—Y yo a ti. Aunque me habría gustado más verte en un bar y no en este hotel sin estrellas donde te sirven pescado hervido sin sal y encima esperan que des las gracias.

Rosario señaló la bandeja de comida con el cuchillo de pelar.

—No empieces, Antonio, que te he traído rosquillas y las tengo escondidas por si te portas bien.

El abuelo la miró con interés inmediato.

—Define portarme bien.

La risa llenó la habitación, y durante unos minutos ocurrió algo precioso: todo pareció normal. Iván le contó al abuelo lo de su padre, restándole importancia para no preocuparnos, y Antonio, que conocía de sobra la dignidad testaruda de los hombres de obra, asintió con gravedad.

—Tu padre siempre fue buena gente. Serio como un lunes, pero buena gente.

Iván bajó un momento la mirada.

—Sí. Lo es.

Hubo algo en su voz que me apretó el pecho.

Pensé en Enrique Pardo, en aquel hombre que perdió a su mujer, que luchó por sacar adelante a su hijo.

Pensé en todo lo que Iván había cargado solo durante años y sentí un impulso extraño de pedir perdón otra vez, aunque sabía que el perdón que importaba no me correspondía a mí.

El abuelo debió de notarlo, porque me miró de reojo y cambió de tema con una habilidad maravillosa.

—¿Y tú ya sabes bailar, o sigues siendo ese muchacho que en una fiesta parecía estar resolviendo ecuaciones con los pies?

Iván soltó una carcajada.

—Sigo sin saber.

—Mal. Un hombre puede no saber de vinos, puede no saber de política e incluso puede no saber elegir corbatas, pero no saber bailar es una desgracia seria.

Julia cruzó los brazos.

—Pues usted baila fatal.

—Porque ahora tengo que bailar con la silla, pero si me vieras en mis tiempos mozos.

Rosario asintió.

—Doy fe. Yo lo he visto durante muchos años.

—¿Ahora eres notaria? —se indignó Julia—. Como das fe…

Yo me apoyé junto a la ventana, observándolos.

Había algo casi doloroso en ver a Iván encajar allí con tanta naturalidad, en comprobar que mi abuelo no solo lo recordaba, sino que lo recibía como si nunca hubiera dejado de pertenecer un poco a nuestra vida.

No sentí deseo ni una tentación romántica clara ni esa clase de emoción que habría justificado los miedos de Marcos.

Sentí nostalgia. Ternura. Una tristeza antigua.

Y una gratitud enorme por poder mirarlo sin odio.

Aun así, también sentí culpa.

Porque sabía que aquel momento, inocente para cualquiera que lo hubiera vivido desde dentro, podía parecer otra cosa desde fuera. Y quizás por eso, cuando Iván se levantó para marcharse, me moví enseguida.

—Te acompaño hasta el ascensor.

Él asintió. Se despidió del abuelo con un apretón de manos y un abrazo, con la promesa de volver a coincidir en el futuro. Antonio le dijo que no prometiera cosas a ancianos con marcapasos, que aun así las recordaban todas, y Julia añadió que él recordaba incluso lo que no le convenía.

Salimos al pasillo. Durante unos segundos caminamos en silencio, más despacio de lo necesario. El hospital tenía esa luz blanca que volvía todo demasiado real, demasiado nítido. Iván llevaba la mochila al hombro y una expresión algo más serena que en la escalera.

—Gracias por dejarme verlo —dijo.

—Le ha hecho ilusión.

—A mí también.

Nos detuvimos junto al ascensor.

No había nadie cerca, apenas un celador al fondo y una enfermera revisando una pantalla.

Iván me miró con una calma que me removió.

—Estás bien, ¿verdad?

La pregunta era sencilla. Precisamente por eso me costó responder.

—Estoy… intentándolo.

Él asintió, como si entendiera perfectamente la diferencia.

—Yo también.

Durante un instante pensé que había muchas cosas que podríamos decirnos y ninguna que fuera realmente necesaria. Ya sabíamos lo esencial. Nos quisimos. Nos separaron. Sufrimos. Sobrevivimos. Y ahora estábamos allí, frente a frente, intentando no convertir el pasado en una trampa.

—Me alegro de haberte visto —murmuré.

Iván sonrió despacio.

—Yo también. Aunque habría preferido otro escenario.

—Sí. Algo con menos sueros y menos natillas de las que el abuelo califica de incomibles.

Su risa fue suave, breve, preciosa.

Y entonces se abrieron las puertas del ascensor.

Pero, antes de que Iván pudiera entrar, otro ascensor se abrió a pocos metros y mi padre apareció en el pasillo.

Fernando se quedó inmóvil al vernos. Venía solo, con la chaqueta perfectamente colocada y esa expresión seria que durante años me pareció autoritaria y ahora me parecía una máscara.

Desde que el abuelo estaba ingresado, solo aparecía a ratos, casi siempre porque Antonio lo permitía por educación, no por ganas.

Mi abuelo prefería estar conmigo, con Julia, con Rosario y con mi madre.

Con él mantenía conversaciones cortas, correctas, atravesadas por un cansancio que dolía más que cualquier grito.

El rostro de mi padre cambió apenas un segundo al reconocer a Iván. Fue un gesto mínimo, pero lo vi: dureza, incredulidad, desprecio. Quizás culpa, aunque de eso no estaba segura.

Iván también lo vio.

Se enderezó un poco, no por miedo, sino por dignidad.

—Fernando —saludó, con una educación impecable que hizo que me doliera todavía más todo lo que mi padre le había hecho.

Mi padre no respondió enseguida. Su mirada pasó de él a mí, y luego volvió a él.

—Veo que sigues apareciendo donde no te llaman.

Sentí que la sangre me subía a la cara.

—Papá.

Iván levantó apenas una mano, como pidiendo que no interviniera, pero aquella vez no podía quedarme callada. No, después de todo. No después de haber pasado media vida creyendo que mi padre era justo mientras él cargaba con una mentira.

—Iván ha venido a ver a su padre, que está ingresado. Y ha pasado a saludar al abuelo porque le tiene cariño.

Fernando soltó una risa baja, desagradable.

—Qué oportuno.

Iván sostuvo su mirada sin moverse.

—No he venido a importunar a su familia.

La frase fue tranquila, pero firme, y mi padre apretó la mandíbula.

—Eso ya lo decidiré yo.