¿Y si te vuelvo a perder? Capítulo 27
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Capítulo 27

La operación del abuelo había salido bien.

Lo habían repetido tantas veces que, al final, casi conseguí creerlo sin que el miedo se me quedara enganchado en alguna parte del cuerpo.

El cardiólogo había hablado con mi madre, mi madre había hablado con nosotros y todos habían coincidido en lo mismo: el marcapasos funcionaba correctamente, Antonio estaba respondiendo mejor de lo esperado y solo lo dejarían unos días más ingresado por pura precaución, para vigilar la evolución, ajustar la medicación y asegurarse de que el susto quedaba reducido a una anécdota desagradable de esas que luego Julia podría contar durante años con una mezcla de dramatismo y exageración.

El abuelo, por supuesto, no estaba de acuerdo con nada.

Desde la cama de la habitación, con el camisón del hospital abierto por detrás, según él «con una falta absoluta de dignidad masculina», llevaba dos días quejándose de las almohadas, del café, de las natillas, de la televisión, de los horarios, de la falta de sal en la comida y de que nadie hubiera tenido la decencia de preguntarle si quería un marcapasos «en color discreto o con acabado señorial».

Julia fingía que perdía la paciencia, Rosario traía comida escondida con la misma discreción que un contrabandista de guerra y mi madre alternaba su papel de nuera preocupada con el de médica que intentaba explicarle, una vez más, que no podía pedir el alta voluntaria ni decidir que estaba listo para marcharse solo porque se aburría.

Aquella mañana, cuando por fin estaban a punto de enviarlo a casa, salí a la cafetería con la excusa de comprar un café después de pasar casi tres horas en la habitación.

La verdad era que necesitaba respirar.

El hospital tenía una forma muy concreta de agotar, incluso cuando las noticias eran buenas.

Todo olía a comida recalentada y a preocupación contenida.

La gente caminaba deprisa por los pasillos, los ascensores se abrían y cerraban sin descanso y, en cada esquina, alguien sostenía un teléfono con esa expresión de quien espera una llamada importante o acaba de recibir una que preferiría no haber contestado.

Me senté junto a una cristalera con un café que sabía a cartón caliente y miré hacia el pequeño patio interior.

Había una mujer empujando una silla de ruedas con una paciencia digna de elogio, un niño con el brazo escayolado comiéndose un bollo demasiado grande para él y dos médicos jóvenes riéndose junto a una máquina de vending, como si la vida, incluso allí, encontrara grietas por las que colarse.

Pensé en el abuelo. En lo cerca que habíamos estado de perderlo, en la forma en que bromeó incluso cuando se lo llevaban en la ambulancia y en cómo Julia se había venido abajo en cuanto pensó que pudiera pasarle algo malo.

Pensé también en mi madre, en ese intento suyo de volver a ser fuerte a base de flores, peluquería y papeles de divorcio. Pensé en Marcos, en el faro, en las estrellas y en la frase que me había dicho mientras desayunábamos sobre la hierba: «Así te tendría solo para mí».

En aquel momento me había parecido romántica.

Encantadora.

Y entonces lo vi.

Al principio no fue más que una espalda cruzando el vestíbulo, una forma de caminar que reconocí antes incluso de que mi cabeza tuviera tiempo de ponerle nombre.

Llevaba una mochila oscura colgada de un hombro, una camiseta azul marino y el pelo algo alborotado, como si llevara horas en alerta.

Caminaba deprisa, con esa concentración silenciosa que yo recordaba demasiado bien.

El café se me quedó inmóvil entre las manos.

No podía ser.

No allí.

No en Salamanca.

No otra vez.

El hombre giró ligeramente la cabeza al pasar junto a la puerta que conducía a las escaleras y el perfil bastó para que el corazón me diera un vuelco tan brusco que casi me dolió.

Iván.

Me levanté sin pensar. La silla chirrió contra el suelo, una señora de la mesa de al lado me miró con gesto de reproche y yo ni siquiera pedí perdón. Dejé el café intacto y salí de la cafetería casi corriendo, atravesando el vestíbulo con esa sensación absurda de estar persiguiendo un fantasma.

Durante unos segundos me sentí ridícula. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué corría detrás de un hombre al que, en teoría, ya había dejado en el pasado? ¿Por qué no podía limitarme a volver a la habitación del abuelo, sentarme junto a Julia y fingir que no lo había visto?

Pero no podía.

Porque verlo allí, en el mismo hospital donde mi familia intentaba sostenerse a duras penas, no parecía casualidad. Parecía otra broma cruel del destino, una de esas que empiezan con una fotografía desenfocada y terminan removiendo lo que una se había empeñado en ordenar.

Lo alcancé en el rellano de las escaleras.

Estaba de pie junto a una ventana abierta, apoyado en la barandilla, mirando hacia el patio exterior.

Tenía un café en la mano que seguramente se le había enfriado y una expresión de cansancio tan profunda que, durante un segundo, toda mi tensión se deshizo y solo pude verlo como lo que era: alguien agotado, preocupado, solo.

—Iván.

Él se giró de golpe.

Al verme, sus ojos claros se abrieron apenas un poco más, y después apareció en su rostro una sonrisa pequeña, incrédula, de esas que no terminan de saber si pertenecen a la alegría o al desconcierto.

—Alba.

Mi nombre en su voz seguía teniendo una forma extraña de atravesarme. Ya no como antes, no con el mismo golpe, pero sí con un eco que mi cuerpo reconocía aunque mi cabeza insistiera en mantenerlo todo en su sitio.

—Te he visto pasar —expliqué, sintiéndome de pronto torpe—. No sabía si eras tú.

—Soy yo.

Sonrió un poco más, aunque enseguida bajó la mirada hacia el café.

—Lo cual, teniendo en cuenta dónde estamos, no es precisamente una gran noticia.

El comentario me devolvió a la realidad.

—¿Qué ha pasado?

Iván apoyó el vaso sobre el alféizar de la ventana y se pasó una mano por la nuca.

Tenía ojeras. La barba de un par de días.

La camiseta arrugada. Y aun así seguía resultando demasiado guapo, de esa forma sobria que no necesitaba esfuerzo.

Aquello me molestó un poco. O quizás me molestó darme cuenta.

—Mi padre —respondió al fin—. Se cayó ayer en una obra.

—¿En una obra?

Asintió con una mueca cansada.

—Le quedaban tres meses para jubilarse. Tres. Después de toda la vida subiendo y bajando andamios, va y se rompe la pierna justo antes de retirarse. Tiene un sentido del humor pésimo, la vida.

—¿Está grave?

—No parece. Fractura de pierna, bastante aparatosa, pero estable. Está en planta. Me llamaron y cogí el primer tren en cuanto pude. Me dijeron que no hacía falta, que estaba controlado, pero… Estoy aquí desde anoche.

—Necesitabas verlo, claro.

Iván me miró y asintió despacio.

—Sí. Mi padre y yo hemos pasado demasiadas cosas juntos para quedarme tranquilo con una llamada.

Hubo un silencio breve, lleno de todo lo que ambos sabíamos y no dijimos.

Su padre siempre había sido un apoyo fundamental en la vida de Iván. No como el mío, que había sido el motivo de su marcha, la amenaza, el chantaje y la vida rota.

Sentí una ternura extraña, dolorosa.

—Mi abuelo también está ingresado —le conté—. Le han puesto un marcapasos.

Iván levantó la vista de inmediato.

—¿El abuelo Antonio?

Me sorprendió que pronunciara su nombre con tanta familiaridad, aunque en realidad no debería. Iván siempre tuvo esa memoria silenciosa para las cosas importantes.

—Sí. Nos dio un susto tremendo hace unos días. Un bloqueo en el corazón, mareos, casi se nos cae delante de Julia, que es su cuidadora. Ya te puedes imaginar el drama.

Su rostro se suavizó.

—Nunca dejé de acordarme de él. Me trató muy bien siempre.

—Él también se acuerda de ti.

La frase salió antes de que pudiera pensarla.

Y era verdad.

El abuelo nunca había olvidado a Iván, ni siquiera cuando yo intentaba convencerme de que nadie sabía lo nuestro. Quizás porque fue uno de los pocos adultos que vio nuestra historia desde fuera sin juzgarla. Quizás porque entendió antes que nadie que Iván nunca había querido hacerme daño.

Iván miró hacia el pasillo.

—Me gustaría saludarlo, si no te parece mal.

La petición me llegó de improviso.

No había nada invasivo en ella. Nada forzado. Solo un cariño antiguo, limpio, hacia un hombre que fue amable con él en una época en la que no todo el mundo lo vio con los mismos ojos.

—Claro —le respondí—. Le encantará verte. Aunque te aviso de que está insoportable.

—Entonces está recuperándose.

—Exacto.

Caminamos juntos hacia la habitación del abuelo.

No demasiado cerca, pero tampoco lejos. Había una distancia rara entre nosotros, una prudencia que ninguno pactó y que, sin embargo, ambos respetábamos.

No éramos desconocidos. Tampoco éramos lo que habíamos sido.

Y quizás ahí estaba lo difícil: en encontrar un modo de caminar al lado de alguien que conocía una versión de mí que ya no existía, pero que seguía viviendo en alguna parte.

Cuando llegamos a la habitación, Julia estaba acomodando la manta del abuelo con la delicadeza de quien lleva veinte minutos amenazándolo y no quiere que nadie se dé cuenta de cuánto lo quiere.

Rosario pelaba una manzana con cara de estar cometiendo una operación quirúrgica y Antonio miraba por la ventana con expresión de rey destronado.

—Traigo visita —anuncié desde la puerta.

El abuelo giró la cabeza. Al principio frunció el ceño, como si buscara en su memoria una ficha antigua. Después sus ojos se iluminaron.

—Hombre… el matemático.

Iván sonrió de verdad por primera vez desde que lo había visto.

—Don Antonio.

Se acercó a la cama y le ofreció la mano, pero el abuelo se la agarró con fuerza y lo retuvo unos segundos, mirándolo con esa mezcla de humor y lucidez que siempre hacía que una sintiera que no podía esconderle nada.

—Te recuerdo, muchacho. Tengo el corazón mal, pero no estoy chocheando. Todavía.

Julia soltó un resoplido.

—No le des ideas, que luego se emociona y empieza a presumir de memoria.

Iván se rio mientras se sentaba en la silla que yo le acerqué, tras saludar a ambas mujeres.