Capítulo 26
El grito de Julia llegó desde el porche con tanta fuerza que, al principio, pensé que Croqueta había vuelto a robarle una zapatilla.
—¡Alba! ¡Alba, ven ahora mismo!
Levanté la vista del portátil, todavía con una hoja de cálculo abierta y una llamada pendiente con Noelia que llevaba diez minutos intentando preparar, sin decidir si hablaríamos de flores, de mesas o de cómo convencer a Marcos de que no era necesario convertir cada detalle de la boda en una declaración de amor cinematográfica.
Durante un segundo, incluso sonreí.
Julia gritaba por muchas cosas. Gritaba si Croqueta mordía una servilleta, si Rosario cambiaba de sitio la sal, si el abuelo Antonio fingía estar dormido para no tomarse la pastilla o si encontraba una araña del tamaño de una lenteja en el lavadero.
Pero volvió a gritar y aquella vez no sonó a Julia enfadada.
Sonó a Julia asustada.
Me levanté tan deprisa que la silla chocó contra la pared y salí corriendo hacia el jardín. Al cruzar la puerta del salón, la vi en el porche, de pie junto a la silla del abuelo, con una mano sobre el pecho y la otra sujetándole la muñeca.
Antonio estaba sentado, pero no como siempre. Tenía la cabeza ligeramente caída hacia un lado, la piel demasiado pálida y los ojos entreabiertos, fijos en algún punto que no parecía estar delante de él.
—Abuelo.
Mi voz salió tan baja que apenas la reconocí, y Julia me miró con los ojos llenos de pánico.
—No me contesta bien, niña. Estábamos hablando y de pronto se ha quedado así. Me ha dicho que se mareaba, que veía raro, y se me ha ido.
Me arrodillé delante de él y le cogí la cara entre las manos. Estaba frío. No helado, pero sí con esa frialdad húmeda que me hizo sentir que el mundo entero se estrechaba alrededor de mi garganta.
—Abuelo, mírame. Soy yo, tu nieta Alba.
Antonio parpadeó muy despacio. Intentó sonreír, pero la sonrisa le salió torcida, cansada, casi ajena.
—Estoy… bien.
Eso no tranquilizó a nadie.
Julia soltó un sonido entre un sollozo y un improperio.
—¡Bien dice! ¡Bien dice el hombre! Si se ha puesto del color de una merluza rebajada.
Le busqué el pulso sin tener ni idea de lo que hacía, solo porque había visto a mi madre hacerlo mil veces.
Me pareció lento. O raro. O quizás era mi miedo el que estaba distorsionándolo todo.
Rosario apareció desde la cocina con el delantal puesto y un paño entre las manos, vio la escena y se quedó blanca.
—Llama a emergencias —le pedí, aunque la voz me temblaba—. Ahora.
Rosario reaccionó de inmediato. Julia, en cambio, seguía inclinada sobre el abuelo, hablándole al oído como si pudiera devolverlo a la normalidad a fuerza de regañinas.
—Antonio, escúchame bien, tú no me haces esto antes de la boda de la niña. Ni se te ocurra. Que tengo ya el vestido comprado y no pienso estrenarlo con un disgusto.
El abuelo cerró los ojos un segundo.
Demasiado largo.
—¡Abuelo!
Los abrió de nuevo, pero aquella vez se llevó una mano al pecho, no con dolor intenso, sino con una molestia extraña, confusa, como si no entendiera qué estaba pasando dentro de su propio cuerpo.
—Me pesa… aquí.
No hizo falta más.
Los minutos hasta que llegó la ambulancia fueron los más largos de mi vida.
Intenté llamar a mi madre, pero no respondió al primer intento.
Sabía que estaba en el hospital, en consulta o en alguna reunión clínica, y aquella certeza, que normalmente me habría tranquilizado, en ese momento me pareció cruel.
Mercedes, que habría sabido exactamente qué hacer, no estaba allí.
Solo estábamos Julia, Rosario y yo, tres mujeres intentando mantener la calma mientras el hombre más importante de aquella casa parecía apagarse lentamente en la silla donde tantas veces había contado historias, dado consejos y fingido que no estaba emocionado cuando hablábamos de mi boda.
Los sanitarios llegaron con una eficacia que me hizo sentir a la vez alivio y terror. Le tomaron la tensión, le pusieron electrodos, le hicieron preguntas sencillas y comenzaron a hablar entre ellos con palabras que apenas entendí: frecuencia baja, mareo, síncope, bloqueo, traslado.
Cuando lo subieron a la camilla, el abuelo intentó bromear.
—No corráis mucho, que a mi edad ya no estoy para emociones fuertes.
Julia rompió a llorar.
—¡Cállate, hombre, que me va a dar algo a mí también!
Julia y yo nos subimos a un taxi justo detrás de la ambulancia. Nunca había visto a la cuidadora del abuelo tan descompuesta. Iba agarrada al bolso como si dentro llevara un salvavidas, murmurando oraciones, insultos y promesas contradictorias.
—Como salga de esta, te juro que lo atiborro a pastillas.
Solté una risa nerviosa que se convirtió enseguida en llanto. El taxista nos miró por el retrovisor, entendió que no era momento de conversación y aceleró todo lo que pudo sin matarnos antes de llegar.
En urgencias nos esperaba mi madre.
La vi antes de que ella nos viera a nosotras.
Llevaba la bata blanca, el pelo corto perfectamente colocado pese al caos del hospital y una expresión profesional que se le rompió durante apenas un segundo al descubrir la camilla del abuelo entrando por el pasillo.
Después volvió a ser médica. Se acercó a él, habló con los compañeros, le tocó la frente con una ternura contenida y nos miró a Julia y a mí con una calma que yo sabía que estaba fabricando para no hundirnos.
—Está consciente. Le están haciendo pruebas. Puede ser una alteración del ritmo, pero está en buenas manos.
—¿Alteración del ritmo? —repitió Julia, con la voz quebrada—. Mercedes, háblame en cristiano, que yo hoy no estoy para pamplinas.
Mi madre le cogió las manos.
—El corazón va más lento de lo que debería y puede que haya algún problema en la conducción eléctrica. Hay que confirmarlo.
Aquello no sonó bien.
Nada bien.
Nos llevaron a una sala de espera. O, más bien, intentaron que esperáramos allí, porque Julia se levantaba cada treinta segundos y yo no apartaba la vista del pasillo, casi sin parpadear.
Mi madre entraba y salía, cada vez con más información y con esa misma expresión de serenidad trabajada que empezaba a dolerme.
En uno de aquellos momentos, mientras caminaba por el pasillo intentando respirar un poco, vi pasar a Claudia.
Me detuve.
Ella también me vio.
Claudia era amiga de Marcos. La había conocido en un par de cenas y sabía que era enfermera, aunque la última vez que hablamos me contó que estaba pendiente de que le ofrecieran un contrato en algún hospital de la zona.
Ahora iba vestida con uniforme sanitario, el pelo recogido y una tarjeta provisional colgada del cuello.
Al reconocerme, abrió mucho los ojos.
—Alba, ¿qué haces aquí?
—Mi abuelo —le respondí, todavía demasiado aturdida—. Lo han traído en ambulancia.
Su expresión cambió al instante.
—Lo siento mucho. Me acaban de ofrecer un contrato aquí y estoy empezando hoy con papeleo y vueltas por la planta. Si necesitas cualquier cosa…
Asentí, agradecida, aunque apenas podía sostener la conversación.
—Gracias, pero mi madre trabaja aquí. Si necesitas algo de ella, dímelo también.
Claudia me apretó el brazo con cariño antes de seguir caminando.
Casi una hora después, mi madre apareció acompañada por un cardiólogo de pelo canoso y mirada amable. Nos pusimos en pie de golpe.
—Don Antonio está estable —empezó él, y solo con aquella frase sentí que podía volver a respirar—. Ha tenido un episodio compatible con un trastorno de la conducción cardíaca.
»En el electrocardiograma vemos un bloqueo importante, probablemente un bloqueo auriculoventricular avanzado, y eso explica los mareos, la debilidad y el episodio de casi pérdida de conciencia.
Julia se llevó una mano a la boca.
—¿Pero se nos va o no se nos va?
El cardiólogo sonrió con mucha delicadeza.
—No, señora. Ahora mismo está controlado. Pero necesita un marcapasos.
—¿Un marcapasos? —pregunté, sintiendo que la voz me salía pequeña.
Mi madre se acercó a mí y me rodeó los hombros con un brazo.
—Es un dispositivo que ayuda al corazón a mantener un ritmo adecuado cuando el sistema eléctrico falla. En personas de su edad es bastante habitual y suele ir muy bien. No es nada extraño.
El cardiólogo asintió.
—La intervención es relativamente sencilla. Lo haremos lo antes posible, probablemente mañana, si todo sigue estable. Lo importante es que han actuado rápido.
Julia, que hasta entonces había estado conteniendo el llanto con una dignidad heroica, se dejó caer en la silla y empezó a llorar sin disimulo.
—Pues mañana le ponen lo que haga falta, pero que no me lo devuelvan defectuoso, que bastante guerra da ya de serie.
Por primera vez en horas, me reí.
Fue una risa rota, temblorosa, llena de miedo. Mi madre también sonrió y yo, al comprender que el abuelo seguía allí, que no lo habíamos perdido y que todavía podría bromear sobre jamones, ataúdes y bodas imposibles, me tapé la cara con ambas manos y lloré de alivio.
No sabía entonces que aquel hospital, que acababa de darnos un susto terrible y una esperanza enorme, estaba a punto de convertirse también en el escenario de otro encuentro que cambiaría el rumbo de mi vida.
Pero, en ese momento, solo podía pensar en una cosa.
Antonio Roldán iba a llegar a mi boda.
Con marcapasos, con silla de ruedas, con Julia regañándole y probablemente protestando por el menú.
Pero iba a llegar.