¿Y si te vuelvo a perder? Capítulo 25
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Capítulo 25

Regresar a Salamanca resultó mucho más fácil de lo que había imaginado, quizás porque todavía llevaba el mar pegado a la piel y porque, mientras el coche avanzaba entre carreteras cada vez más familiares, seguía notando el olor a sal en el pelo y aquella calma que el faro había conseguido instalar dentro de mí durante apenas cuarenta y ocho horas.

Marcos conducía con una mano sobre el volante y la otra buscando la mía cada pocos minutos, y yo me dejaba querer. Miraba por la ventanilla mientras el paisaje cambiaba lentamente y sonreía al recordar nuestras carreras por la cala, el desayuno en el porche o la puesta de sol sobre el océano.

Era curioso cómo un fin de semana podía parecer toda una vida.

Cuando el coche entró por fin en nuestra ciudad, la realidad volvió poco a poco a ocupar su sitio: las calles conocidas, los edificios, la oficina, la boda, mi padre, mi madre. Todo regresó de golpe, como si hubiera estado esperándome a la entrada de Salamanca.

Marcos aparcó frente a casa y, antes de bajar, me tomó la mano.

—Gracias por compartir la vida conmigo, cariño.

Lo miré.

—Gracias a ti por darme esa oportunidad.

Él sonrió, me besó despacio y esperó hasta verme entrar por la verja antes de arrancar de nuevo.

Nada más cruzar el jardín, escuché voces procedentes del salón. No parecían voces tensas. Todo lo contrario. Había risas, muchas risas, y eso me desconcertó más que cualquier silencio.

Entré sin saber muy bien qué iba a encontrarme.

Mi madre estaba sentada sobre la alfombra del salón, rodeada de carpetas, documentos y bolígrafos de colores. Llevaba puestas las gafas que solo utilizaba para leer y el pelo que se había cortado días atrás parecía devolverla a una versión más joven de sí misma.

El abuelo Antonio descansaba en su silla, un poco más ausente de lo habitual. Julia estaba apoyada sobre el respaldo con un plato de aceitunas en la mano, y Rosario aparecía y desaparecía desde la cocina con vasos de limonada fresca.

—¡Ya ha llegado la novia! —gritó Julia nada más verme.

Me lancé sobre mi madre y la abracé con fuerza.

—¿Qué haces?

Ella levantó una carpeta.

—Preparar el divorcio.

Lo dijo con tanta naturalidad que me quedé unos segundos sin saber qué responder.

Ella sonrió entonces, con una sonrisa tranquila y serena, muy distinta a la de semanas atrás.

—No pienso pasar el resto de mi vida llorando por alguien que decidió irse antes incluso de marcharse.

Sus palabras me llenaron de orgullo. La besé en la frente y después me senté junto a ella.

Sobre la mesa había documentos de su abogado, escrituras, cuentas bancarias y varias notas escritas con su letra impecable.

Julia cogió una aceituna y se la metió en la boca.

Y comentó con absoluta solemnidad:

—Yo solo espero que le saques hasta los ojos en el juicio.

Rosario apareció con una bandeja.

—Y el hígado.

Julia asintió convencida.

—También.

Mi madre rompió a reír.

—No voy a ir a ningún juicio.

Las tres la miramos justo cuando ella cerraba una carpeta.

—Fernando y yo llegaremos a un acuerdo. No quiero verlo sentado delante de mí en un juzgado, ni discutir, ni pelear, ni escuchar excusas. Solo quiero terminar esta etapa.

Su voz sonaba firme, muy firme.

El abuelo Antonio asintió despacio, como si se sintiera orgulloso de su nuera y nada de su hijo.

Mercedes continuó.

—No quiero nada que no sea mío, ni hacer daño a nadie. Y, si hace falta, hasta me marcharé de esta casa.

Sus palabras me hicieron incorporarme inmediatamente.

—Eso sí que no.

Todas las miradas se volvieron hacia mí.

Respiré profundamente y miré alrededor: el salón, las fotografías, la escalera, la ventana desde la que tantas veces había visto llover y la cocina desde la que Julia gritaba cada mañana.

Aquella casa era mi infancia.

Mi vida.

—Mamá…

Negué lentamente.

—No puedes irte.

Ella intentó sonreír.

—Las casas son solo paredes.

Negué otra vez.

—No. No para mí.

Me levanté despacio y caminé hasta la ventana para mirar el jardín.

—Aquí aprendí a montar en bicicleta, aquí me rompí una muñeca, aquí hice los deberes con el abuelo, aquí lloré por Iván, aquí conocí a Marcos y aquí he sido feliz.

Me giré.

Las lágrimas habían aparecido sin permiso.

—Quiero traer aquí a mis hijos algún día. Quiero que conozcan esta casa, que sepan dónde nació su madre, que corran por este jardín, que se escondan detrás de esos árboles y que vengan a ver a su abuela los domingos.

Tragué saliva antes de continuar.

—No quiero que otra persona convierta esto en algo distinto. No quiero imaginar a Elsa sentada en este sofá.

El silencio se hizo enorme.

Mi madre se levantó, vino hasta mí y me abrazó muy fuerte.

—No dejaré que eso ocurra. Si es tan importante para ti, lucharé por quedarme esta casa.

Apoyé la cabeza sobre su hombro y ella me acarició el pelo.

—Lo prometo.

Julia se secó una lágrima con absoluta discreción y después carraspeó.

—Bueno… pues ya que estamos emocionados… yo pido que me modernicéis la habitación de servicio. Un aire nuevo, minimalista, propio de mí.

Las dos nos echamos a reír justo cuando Rosario dejaba la bandeja sobre la mesa.

—Serás caradura. Que bastante tienes con vivir aquí sin pagar alquiler.

Julia abrió muchísimo los ojos.

—¡Pero si soy el motor emocional de esta familia! ¿Es que eso no cuenta?

Rosario resopló.

—Eres más bien el motor del frigorífico, porque das un calor…

Las carcajadas llenaron el salón y hasta el abuelo Antonio terminó riéndose, aunque al hacerlo tosió un poco.

Me acerqué enseguida, pero él me hizo un gesto para quitarle importancia.

Aun así, lo noté cansado. Más apagado.

Se acomodó en su silla, miró alrededor y sonrió.

—A ver si llego a la boda.

Sentí un escalofrío y me arrodillé delante de él.

—Abuelo…

Él levantó una mano.

—Estoy un poco pachucho, hija. Pero ya sabes que a estas edades uno nunca sabe si compra un jamón o un ataúd.

Julia abrió muchísimo los ojos.

—¡Antonio!

Él soltó una risa y yo me levanté de golpe, dispuesta a arrancarle otra aunque fuera haciendo el ridículo más absoluto.

Empecé a bailar delante de él, moviendo los brazos y cantando unas sevillanas inventadas, porque el abuelo tenía una vena flamenca heredada de su madre, que había sido andaluza.

Giraba por el salón como una loca.

—¡Tú nos entierras a todos! ¡A todos! ¡Y luego te casas otra vez!

El abuelo rompió a reír con tanta fuerza que terminó limpiándose las lágrimas.

Julia señaló la escena.

—A mí sí me entierra seguro. Llevo media vida aguantándolo.

Rosario cruzó los brazos.

—Mentira. Haces exactamente lo que te da la gana, comes lo que quieres, te levantas cuando quieres y encima mandas más que nadie. Vives mejor que una millonaria.

Julia adoptó una pose de reina inglesa.

—Es el reconocimiento a una carrera de sacrificio.

—Pero si no llevas tanto tiempo, Pinocha.

—¿No? Pues se me ha hecho muy largo.

Las risas volvieron a llenar la casa.

Mi madre seguía abrazándome, el abuelo sonreía, Rosario protestaba por costumbre y Julia continuaba inventándose títulos nobiliarios mientras se llevaba otro puñado de aceitunas a la boca.

Los observé uno por uno y comprendí que las raíces no eran una casa, ni un jardín, ni unas paredes.

Las raíces eran aquello.

La gente que seguía riéndose incluso cuando la vida intentaba romperla.

Y tuve la certeza de que, pasara lo que pasara, siempre encontraría el camino de vuelta a aquel salón donde el amor tenía forma de discusiones absurdas, bromas interminables y abrazos que nunca pedían permiso para salvarte.