¿Y si te vuelvo a perder? Capítulo 24
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Capítulo 24

Después de aquel desayuno sobre la hierba, con el mar rompiendo al fondo y Marcos riéndose de mí porque aseguraba que había desarrollado una relación sentimental con el bizcocho de la cesta, decidimos pasar el día explorando los alrededores del faro.

No teníamos ningún plan cerrado, y quizás por eso todo salió perfecto.

Guardó en una mochila una botella de agua, fruta, una toalla enorme, crema solar y una de aquellas tarjetas numeradas de su juego romántico, aunque no quiso enseñármela todavía porque, según él, las sorpresas perdían gracia cuando una novia impaciente intentaba sonsacarlas antes de tiempo.

El camino salía desde la parte trasera del faro y descendía entre hierba alta, flores silvestres y pequeños muros de piedra que parecían llevar allí desde siempre.

El aire olía a verano atlántico, un verano distinto al de Salamanca, menos seco, más suave, con una brisa constante que despeinaba sin piedad y hacía imposible cualquier intento de ir presentable más de cinco minutos.

Marcos caminaba delante de mí en algunos tramos, abriéndome paso entre las zonas más estrechas, y de vez en cuando se volvía para ofrecerme la mano con una sonrisa que me hacía pensar que quizá aquel viaje sí estaba logrando lo que él había imaginado: devolvernos, aunque fuera durante un rato, a esa versión de nosotros que existía antes de Madrid, antes de Iván, antes de mi padre, antes de todo.

A media mañana llegamos a una pequeña cala escondida entre dos acantilados.

No era una playa de postal ni perfecta, sino una media luna de arena dorada y piedras lisas, con el agua tan limpia que desde arriba se veía el fondo.

Para llegar, tuvimos que bajar por una senda estrecha. Marcos, que disfrutaba demasiado haciéndose el héroe, insistió en ir primero para sujetarme en los últimos escalones naturales.

Yo le dije que no era una anciana de noventa años; él contestó que tampoco era una cabra montesa, y terminé riéndome mientras le agarraba la mano porque, por mucho que protestara, la bajada tenía lo suyo.

Cuando pisé la arena, me quité las sandalias y corrí hacia la orilla.

El agua estaba helada. Grité en cuanto me tocó los tobillos; Marcos se echó a reír y, en menos de diez segundos, aquello se convirtió en una batalla de salpicaduras en la que él acabó con la camiseta empapada y yo con el pelo pegado a la cara, muerta de risa y amenazándole con anular la boda si volvía a tirarme agua por la espalda.

—Demasiado tarde —respondió él, acercándose con esa sonrisa de peligro que conocía muy bien—. El hotel sigue reservado y Noelia me arrancaría la cabeza si le desmonto otra vez el calendario.

Intenté escapar, pero me alcanzó enseguida y me rodeó la cintura con los brazos.

El agua nos golpeaba las piernas, fría y transparente, mientras él me besaba entre risas, con la misma mezcla de ternura y deseo que me conquistó desde el principio.

Durante unos segundos dejé de pensar en todo lo demás. Solo estaban sus manos en mi cintura, el sabor salado de sus labios, el sol sobre mis hombros y esa sensación de estar suspendida en un día que no pertenecía del todo a la vida real.

Nos bañamos un buen rato, aunque “bañarse” quizá era una palabra demasiado generosa para describir mi estrategia. La mía consistió básicamente en entrar hasta la cintura, quejarme de la temperatura, jurar que iba a morir congelada y acabar metiéndome entera porque él aseguró que no me atrevería.

Después salimos tiritando y nos envolvimos juntos en la toalla enorme que había traído.

Nos sentamos sobre una roca plana, muy pegados, dejando que el sol nos secara la piel mientras compartíamos melocotones, agua y unas galletas que, según sus palabras, formaban parte de un sofisticado menú de supervivencia romántica.

Fue entonces cuando sacó la tarjeta.

La abrió con mucho misterio y me la entregó.

«Contad una cosa que os dé miedo del futuro y una cosa que os ilusione.»

La leí dos veces. Después miré el mar.

Marcos no me presionó. Solo esperó, apoyado sobre los brazos, con el cabello todavía húmedo y los ojos entrecerrados por la luz.

Aquella paciencia suya me enterneció, aunque también me dejó un poco expuesta, porque había preguntas que parecían sencillas hasta que una tenía que responderlas en voz alta.

—Me da miedo no reconocer a las personas a tiempo —le confesé al fin, sin mirarle directamente—. Creer que alguien es de una manera y descubrir demasiado tarde que había partes que no veía. Ya sabes, como me ha pasado con quien ya sabes. Eso me aterra.

Se quedó callado. Sentí que me observaba, pero no aparté los ojos del agua. No mencioné el nombre de mi padre. Sabía de sobra que iba por él.

—¿Y qué te ilusiona? —preguntó con suavidad.

Entonces sí lo miré. Y, pese a todo, sonreí.

—Formar una familia contigo. Una familia bonita con niños y un perro que no esté tan mal de la cabeza como Croqueta.

Marcos soltó una carcajada, pero en sus ojos apareció algo más profundo, una emoción tranquila que me hizo pensar que quizá él también estaba imaginando aquel lugar.

—A mí me da miedo perderte —me confesó después, bajando la voz.

El viento movió la toalla sobre nuestras piernas. Le miré con ternura y apoyé una mano sobre la suya.

—No me perderás.

Él entrelazó sus dedos con los míos y tardó unos segundos en responder.

—Eso espero. Pero hay miedos que no entienden de lógica.

No supe qué decir, así que me incliné y le besé.

Fue un beso lento, más dulce que intenso, de esos que no prometen soluciones, pero alivian un poco la herida.

Después seguimos allí, en aquella cala perdida, hasta que el sol empezó a bajar y decidimos regresar al faro antes de que la senda se pusiera complicada.

La subida fue mucho menos digna que la bajada. Llegué arriba resoplando, despeinada y convencida de que el romanticismo debería incluir ascensores en los acantilados.

Marcos se rio de mí durante todo el camino, y yo le juré que, en cuanto llegáramos a Salamanca, le pediría a Noelia que sustituyera el baile nupcial por una prueba de resistencia para invitados, a ver cuántos sobrevivían con glamour.

Entre bromas, manos entrelazadas y paradas para mirar el paisaje, volvimos al faro justo cuando el cielo comenzaba a teñirse de tonos cálidos.

La puesta de sol fue aún más bonita que la anterior.

Nos sentamos en el pequeño banco de madera que había junto a la torre, envueltos en una manta fina porque el viento de la tarde refrescaba, y vimos cómo el sol se hundía lentamente en el mar.

No hablamos demasiado. Marcos me rodeaba con un brazo y yo tenía la cabeza apoyada sobre su hombro, escuchando el sonido de las olas y el graznido lejano de las gaviotas.

El faro empezó a encenderse poco a poco, primero con un brillo suave en la linterna de cristal y después con aquel haz de luz que giraba sobre el océano como una promesa antigua.

—Mañana no querré marcharme —murmuré.

Marcos besó mi pelo.

—Yo tampoco.

—Podríamos fingir que nos hemos perdido.

—En un faro sería bastante irónico.

Me reí contra su hombro.

—Entonces fingimos que nos ha secuestrado una gaviota.

—Eso sí lo veo más creíble. Tienen cara de peligrosas.

Cuando oscureció por completo, entramos en la casa.

Mientras me duchaba, Marcos se encargó de calentar la cena que habían dejado lista para nuestra última noche. Al bajar, me encontré el salón transformado.

Había velas encendidas, no demasiadas, solo las justas para llenar la estancia de una luz dorada y temblorosa. Las ventanas seguían abiertas y el sonido del mar entraba con la brisa, mezclándose con una música suave que sonaba desde un pequeño altavoz.

Sobre la mesa redonda de la cocina había platos de cerámica azul, servilletas de lino, copas altas y un menú exquisito: una ensalada de higos y queso, pescado frío con hierbas, pan tostado con aceite, una crema ligera servida en cuencos blancos y una tarta pequeña de limón decorada con flores comestibles.

Me quedé en el último peldaño de la escalera mirándolo todo.

Marcos apareció desde la cocina con una botella de vino blanco y se detuvo al verme.

—¿Demasiado?

Negué despacio.

—Perfecto.

Y lo era.

No por la cena, ni por las velas, ni por el faro.

Era perfecto porque él había pensado en cada detalle.

Porque me había llevado hasta allí para salvarnos de una tormenta que ninguno de los dos sabía aún cómo nombrar.

Porque durante aquel día me sentí querida, deseada, cuidada y, sobre todo, elegida.

Cenamos despacio, como decía la tarjeta de la noche anterior que debían hacerse las cosas importantes.

Hablamos de la cala, de la boda, de Noelia, de la posibilidad de adoptar un perro algún día y de lo terrible que sería que Croqueta tuviera que compartir protagonismo con otro animal.

Reímos mucho.

Bebimos poco.

Nos miramos bastante.

Y, cuando terminamos el postre, Marcos sacó la última tarjeta del día y la dejó sobre la mesa.

«Escribid una promesa para cuando todo se complique.»

Me quedé mirándola.

—Qué dramático te has puesto.

—Me salió intenso —admitió él, algo avergonzado—. Pero ya estaba impresa.

Cogimos dos papeles pequeños y escribimos en silencio.

Yo tardé más que él. No sabía qué prometer sin sentir que el mundo podía desmentirme al día siguiente. Al final escribí:

«Prometo intentar recordar quiénes somos incluso cuando el viento no nos sea favorable».

Marcos dobló su papel antes de que pudiera verlo y me pidió que no los leyéramos hasta la boda.

Acepté, y los guardamos dentro de un sobre que dejó junto al telescopio, como si aquel faro pudiera custodiar algo de nosotros hasta que estuviéramos preparados para recuperarlo.

Más tarde subimos a la habitación. La luz del faro giraba lentamente al otro lado de los ventanales y la luna dibujaba reflejos plateados sobre las sábanas.

Marcos se acercó a mí sin prisa, me rodeó la cintura y apoyó la frente contra la mía.

No salió palabra alguna de sus labios. A veces, después de un día lleno de belleza, las palabras se quedan pequeñas.

Nos besamos junto a la ventana, con el mar extendido bajo la noche y las velas apagándose poco a poco en la planta de abajo.

Fue un beso largo, íntimo, lleno de esa ternura que no necesita urgencia para estremecer. Me dejé abrazar por él, por el faro, por el sonido de las olas y por la necesidad de creer que aún podíamos ser felices.

La noche fue nuestra de una forma intensa y profunda, hecha de caricias lentas, de susurros, de piel tibia bajo la brisa fresca que entraba por la ventana y de esa manera en que Marcos me miraba como si quisiera aprenderme de memoria para no perderme nunca.

Antes de dormir, apoyé la cabeza sobre su pecho y escuché su corazón.

—No olvides este día —me pidió en voz baja.

Sonreí con los ojos cerrados.

—No podría.

Él me abrazó un poco más fuerte.

—Bien.

Su petición me sonó a esa necesidad normal de guardar lo bonito antes de que se lo lleve la rutina.

Y me dormí convencida de que aquel faro nos había devuelto algo. Y es que no pude evitar pensar que un lugar tan luminoso tendría el poder de borrar todas las sombras.