¿Y si te vuelvo a perder? Capítulo 23
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Capítulo 23

Me despertó una sensación extraña.

Durante unos segundos permanecí con los ojos cerrados, intentando recordar dónde estaba. No escuchaba el tráfico de Salamanca, ni el ruido lejano de algún autobús, ni las voces de Julia peleándose con Rosario por cualquier tontería desde la cocina.

Solo existía un murmullo constante, suave, hipnótico.

El mar.

Abrí los ojos despacio y sonreí antes incluso de incorporarme.

La habitación estaba completamente inundada por una luz dorada que entraba a través de los enormes ventanales circulares del faro. El cielo apenas comenzaba a teñirse de azul claro y el océano parecía una inmensa lámina de cristal sobre la que el sol estaba empezando a dibujar un camino de fuego.

Giré la cabeza.

La cama estaba vacía.

Parpadeé.

La almohada de Marcos seguía hundida y todavía conservaba la forma de su cabeza, pero él ya no estaba.

Me incorporé despacio. Una brisa fresca entraba por la ventana abierta y agitaba suavemente las cortinas de lino.

Me envolví en una de sus camisas blancas, enorme sobre mi cuerpo, y salí descalza de la habitación.

El faro estaba completamente en silencio. Solo se escuchaba el sonido de las olas rompiendo muchos metros más abajo y el grito lejano de alguna gaviota.

Subí la estrecha escalera de caracol que conducía a la parte más alta de la torre.

Y entonces lo vi.

Marcos estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared de piedra, con dos tazas de café. Una la sostenía entre sus manos mientras miraba el horizonte, completamente absorto.

Parecía un niño contemplando un espectáculo que no quería perderse.

Debió de escuchar mis pasos, porque sonrió incluso antes de girarse.

—Buenos días, dormilona.

Me acerqué despacio, todavía medio dormida, y él levantó una de las tazas.

—He pensado que este amanecer merecía un café. Todavía está caliente —me comentó, ofreciéndome una taza.

Me senté junto a él y apoyé la cabeza sobre su hombro.

El calor de la taza contrastaba con el aire fresco de la mañana y, durante varios minutos, ninguno de los dos articuló palabra.

El sol fue apareciendo poco a poco sobre el océano, como por arte de magia, iluminando la espuma de las olas y los acantilados que rodeaban el faro.

Todo parecía pintado.

Demasiado bonito para ser verdad.

Respiré profundamente.

El aire olía a sal.

A libertad.

Marcos dejó la taza a un lado, buscó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos.

—¿Sabes una cosa?

Levanté la cabeza, pero él seguía mirando el mar.

—Ojalá pudiéramos parar el tiempo aquí.

Sentí un pequeño pellizco en el pecho, porque yo estaba pensando exactamente lo mismo.

Sonreí.

—Pues nos quedaríamos sin desayuno. Siento decir que el café da vida, pero no quita el hambre.

Él soltó una carcajada, giró la cabeza y me besó la frente con una ternura infinita.

Después, la mejilla.

Después, la nariz.

—¿Qué haces? —le pregunté sonriente.

—Comprobar que sigues aquí. Además, tengo hambre, pero de ti.

Intenté apartarme riendo, pero fue imposible.

Volvió a besarme. Esta vez muy despacio, sin prisas, con esa calma que tienen las personas que sienten que el mundo entero cabe en un instante.

Me refugié entre sus brazos mientras el sol terminaba de salir sobre el mar.

Permanecimos abrazados mucho rato, imaginando cómo sería vivir en un sitio así durante todo un verano. El tiempo parecía haberse detenido.

Más tarde regresamos a la habitación.

La luz entraba ahora por completo a través de los ventanales y llenaba las paredes de reflejos dorados.

Marcos se acercó por detrás mientras yo contemplaba el océano. Me rodeó la cintura y apoyó la barbilla sobre mi hombro.

Y permanecimos así, sin hablar, disfrutando simplemente de la cercanía del otro, de la tranquilidad de aquel lugar y de la certeza de que, por unas horas, nada malo podía alcanzarnos.

Las risas fueron dejando paso a un silencio lleno de complicidad, de miradas largas y de pequeños gestos de cariño que no necesitaban explicación.

La media hora siguiente quedó suspendida en esa intimidad serena de dos personas que se quieren profundamente y que encuentran en la pasión el mejor refugio posible frente al ruido del mundo.

Recuerdo su forma de liberarme de su camisa, recuerdo su respiración acelerada al encontrarse con mi cuerpo desnudo.

Desde el comienzo de nuestra historia fue así.

Tenía la sensación de que Marcos nunca se acostumbraba a verme sin ropa, en el sentido de que su gesto de sorpresa y excitación era de tal magnitud que daba la impresión de que cada ocasión era una especie de primera vez conmigo.

Hacer el amor frente a aquel enorme ventanal del faro equivalía a saborear una libertad que no tenía precio.

Su cuerpo vigoroso, ya liberado también de su ropa, atrapaba mis manos para subyugarme.

Su sentido de la posesión era total mientras me hacía el amor, hasta el punto de que me costaba tomar las riendas en los momentos en los que me apetecía.

Era como si, para mi chico, poseerme estuviera por encima de todo lo demás y solo lo concibiera llevando la batuta en las relaciones de cama.

Aunque no era precisamente dócil en el sexo, frente a la inmensidad del mar, se creció. Sus embestidas fueron de tal calibre que tuve que ladear la cabeza y bromear con la posibilidad de que podría partir el ventanal con mi cuerpo y hacer que saliera despedida.

—Eso equivaldría a separarme de ti y no lo consentiría. En tal caso, saldríamos despedidos juntos, muñeca. No puedo vivir sin ti, ¿lo recuerdas?

—Pues no sé si sobreviviríamos a la caída, también te lo digo.

—Jamás dejaría que te pasara nada malo, Alba, lo sabes, ¿verdad?

—Lo sé —le contesté mientras él me tomó por el mentón y me besó de lado de un modo tan excitante que un fuerte orgasmo empezó a llamar a mi puerta con la intención de abrirse paso.

Cuando por fin volvimos a vestirnos, seguía costándome abandonar aquella habitación.

Marcos abrió la puerta principal del faro y los dos nos quedamos completamente sorprendidos.

Sobre el porche descansaba una enorme cesta de mimbre cubierta con un paño blanco. Al levantarlo, apareció un desayuno digno de un cuento: pan recién horneado, cruasanes calientes, bizcocho casero, fruta recién cortada, mermeladas artesanas, miel, quesos, jamón y zumo de naranja.

Entre todo aquello había también un pequeño ramo de flores silvestres.

Me llevé una mano al pecho.

—No pienso volver a Salamanca.

Marcos comenzó a reír.

Extendimos una manta sobre la hierba, muy cerca del borde del acantilado, donde el faro proyectaba una sombra alargada sobre el césped, y desayunamos despacio. Sin mirar el reloj, sin teléfonos, sin prisas.

Cada pocos minutos levantaba la vista para contemplar el mar y me preguntaba cómo podía existir un lugar tan bonito.

Probé un trozo de bizcocho. Después otro. Y otro más.

Él me observaba divertido.

—Te estás zampando el desayuno de una familia entera.

Le saqué la lengua.

—Quiero que me secuestres aquí para siempre.

Él dejó su vaso de zumo sobre la manta y se acercó un poco más.

Su expresión seguía siendo divertida, pero había una intensidad especial en su mirada.

—Lo haría encantado.

Sonreí.

—¿Sí?

Asintió muy despacio.

—Claro. No me des ideas. Así te tendría solo para mí.

Me eché a reír inmediatamente y le di un beso rápido en la mejilla.

—Pero si ya me tienes.

Sostuvo mi mirada unos segundos más de lo normal y después sonrió.

Una sonrisa tranquila, cariñosa.

Volvió a abrazarme mientras el viento movía las flores de la cesta y las olas seguían rompiendo contra las rocas muchos metros más abajo.

Apoyé la cabeza sobre su hombro y cerré los ojos.

No sabía lo que vendría después. No imaginaba que la vida estaba preparándonos nuevas pruebas.

En aquel instante solo existían el mar, el faro, el desayuno compartido y el hombre al que creía conocer mejor que a nadie.

Y fui inmensamente feliz.