¿Y si te vuelvo a perder? Capítulo 22
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Capítulo 22

El faro apareció al final de una carretera estrecha, cuando la tarde comenzaba a dorarse sobre el mar y el cielo tenía ese tono indeciso entre azul, rosa y naranja que parece durar apenas unos minutos, como si el mundo quisiera lucirse antes de apagarse.

Llevábamos horas en el coche, primero entre conversaciones tranquilas y después en un silencio expectante, de esos que no pesan porque la mano de Marcos seguía descansando de vez en cuando sobre mi rodilla y yo podía mirar por la ventanilla sin sentir la obligación de explicar cada pensamiento.

El paisaje había cambiado poco a poco. Las líneas secas de Castilla quedaron atrás y, cuanto más nos acercábamos a la costa, más verde se volvía todo, más húmedo el aire, más salvaje la luz.

Los árboles parecían inclinarse hacia la carretera, las casas pequeñas aparecían entre muros de piedra cubiertos de musgo y, de repente, en una curva, el océano surgió al fondo como una inmensa promesa azul.

Me incorporé en el asiento sin darme cuenta.

Marcos sonrió, pero no dijo nada. Solo siguió conduciendo por aquel camino que ascendía entre acantilados, hierba alta y flores amarillas movidas por el viento hasta que, al coronar una pequeña loma, lo vi.

El faro era precioso.

Pero no con esa belleza perfecta y calculada de los lugares pensados para impresionar, sino con la de aquellos que parecen tener alma.

Se alzaba sobre una plataforma de roca oscura, blanco, robusto y elegante, con la torre redonda elevándose junto a una pequeña casa adosada de piedra clara, contraventanas verdes y tejado de pizarra.

A su alrededor no había más que mar, cielo y una extensión de hierba silvestre que se agitaba con la brisa.

Abajo, el océano golpeaba contra los acantilados con una fuerza constante. No era una fuerza violenta, sino antigua, como si llevara siglos contando la misma historia a quien quisiera escucharla.

Marcos detuvo el coche frente a una pequeña verja de madera y apagó el motor. Durante unos segundos, ninguno se movió.

—Bueno —dijo al fin, mirándome con una mezcla de ilusión y nervios que me enterneció a tope—. Este es nuestro refugio.

Yo seguía mirando el faro, sin encontrar las palabras.

Había imaginado muchas veces cómo sería dormir en un lugar así, pero nunca pensé que alguien recordaría aquel comentario mío perdido en una conversación cualquiera, ni que lo convertiría en un regalo tan íntimo.

—Marcos.

Él se encogió de hombros, fingiendo una naturalidad que no le salía del todo.

—Si no te gusta, todavía podemos irnos a un hotel con piscina, bufé y niños gritando en el pasillo.

Me reí, emocionada.

—Es perfecto.

Su sonrisa cambió al instante, se volvió más luminosa, casi infantil, y entonces comprendí que llevaba todo el viaje esperando oír exactamente eso.

Nos recibió una mujer mayor, menuda, con el pelo blanco recogido en un moño y una voz dulce que olía a pueblo, a sal y a verano. Nos enseñó la casa despacio, como quien no muestra un alojamiento, sino un secreto.

En la planta baja había un salón amplio y fresco, con paredes de piedra vista, suelo de madera clara y grandes ventanales abiertos al mar.

Las cortinas de lino blanco se movían suavemente con la brisa y, sobre los sofás color arena, descansaban cojines azules, mantas finas de algodón y varios libros colocados junto a una lámpara de fibras naturales.

No hacía falta chimenea.

El verano entraba por todas partes: en la luz, en el olor a sal, en las flores silvestres colocadas dentro de una jarra de cerámica, en el sonido de las gaviotas y en aquella corriente fresca que atravesaba la casa de lado a lado.

La cocina era pequeña, pero preciosa, con armarios pintados en verde agua, una mesa redonda junto a la ventana y una cesta enorme sobre la encimera.

La mujer nos explicó que nos habían dejado la cena preparada en la nevera y que arriba encontraríamos la habitación principal, el mirador y una pequeña terraza protegida del viento desde la que se veía la puesta de sol.

Después nos entregó las llaves, nos deseó una noche tranquila y se marchó por el camino de grava con la discreción de quien sabía perfectamente que algunos lugares se disfrutan mejor en silencio.

Subimos por una escalera de caracol estrecha, de hierro y madera, que ascendía por el interior de la torre. A cada vuelta aparecía una pequeña ventana distinta: un fragmento de mar, una nube rosada, una gaviota suspendida en el aire, una línea de espuma rompiendo contra la roca.

Cuando llegamos a la habitación, tuve que detenerme en el umbral.

Era circular, luminosa y sencilla, con una cama grande vestida con sábanas blancas, una colcha ligera azul grisácea y dos mesillas antiguas con lámparas de cristal. Frente a la cama, los ventanales rodeaban casi toda la estancia, de modo que el océano parecía formar parte del cuarto.

En una esquina había un sillón de mimbre con un cojín enorme; en otra, un telescopio apuntaba hacia el cielo todavía claro. Sobre una cómoda descansaban varias velas apagadas, un cuenco con conchas y una botella de agua fría con rodajas de limón y menta.

Me acerqué a la ventana sin quitarme siquiera el bolso.

El sol descendía lentamente hacia el horizonte.

Marcos dejó las bolsas de viaje junto a la pared y vino hasta mí. Se colocó detrás, me rodeó la cintura con los brazos y apoyó la barbilla sobre mi hombro.

No dijo nada.

Yo tampoco.

Durante un buen rato nos limitamos a mirar cómo la luz se deshacía sobre el mar, tiñéndolo todo de cobre, de rosa y de oro viejo. El faro proyectaba una sombra alargada sobre la hierba y el viento traía un olor limpio, salado, que parecía entrar hasta el fondo de los pulmones.

Sentí que algo dentro de mí se aflojaba.

No desaparecía el dolor. Tampoco se borraban los últimos días. Pero, por primera vez en mucho tiempo, dejaba de ocuparlo todo.

—Gracias —murmuré.

Marcos besó mi hombro con una ternura infinita.

—Quería regalarte algo inolvidable.

Cerré los ojos un instante.

Su frase me llegó de una forma extraña, profunda, casi dolorosa. Porque Marcos no sabía cuánto necesitaba precisamente eso: algo inolvidable, algo limpio, algo que no estuviera manchado por secretos, reproches ni mentiras familiares.

Cuando el sol terminó de esconderse, bajamos a por la cena.

Al abrir la nevera, descubrimos que aquella mujer entendía el romanticismo mejor que muchos hoteles de lujo.

Había una tabla de quesos gallegos, pan de pueblo envuelto en un paño, empanada casera, tomates aliñados con sal gruesa y aceite de oliva, mejillones fríos con limón, una ensalada de patata y bonito, fruta fresca, una tarta pequeña de Santiago y una botella de vino blanco enfriándose en una cubitera.

Sobre la mesa había dejado dos velas bajas, platos de cerámica azul y una tarjeta escrita a mano:

«Para cenar despacio, que es como deberían hacerse todas las cosas importantes».

Marcos leyó la frase en voz alta y me miró.

—Creo que esta señora debería organizar nuestra boda.

Me eché a reír.

—Noelia acabaría retándola a duelo.

Cenamos con las ventanas abiertas, escuchando el mar.

Marcos sirvió el vino, cortó el pan y me robó un tomate del plato. Después me hizo reír imitando el tono solemne de mi padre en una reunión, aunque se detuvo enseguida al darse cuenta de que aquel nombre seguía siendo una herida demasiado reciente.

No hizo preguntas. No insistió. Simplemente cambió de tema con suavidad y empezó a hablar de nosotros, de aquel mapa de recuerdos que quería recorrer conmigo, de la boda y de las pequeñas promesas que aún no habíamos escrito.

Después de cenar, subimos a la terraza más alta del faro con una manta fina y dos copas.

La noche había caído por completo y el cielo estaba tan lleno de estrellas que parecía imposible que todas hubieran estado ahí siempre, esperando a que alguien se alejara lo suficiente de la ciudad para mirarlas.

El haz de luz del faro giraba lentamente sobre el agua, cruzando la oscuridad con una cadencia serena.

Nos tumbamos uno junto al otro, muy cerca, compartiendo la manta aunque no hacía frío de verdad. Era solo esa frescura marina que acaricia la piel después de un día de verano.

Marcos buscó mi mano y la entrelazó con la suya.

—Pide un deseo —susurró.

—¿A una estrella?

—A todas. Así hay más posibilidades.

Sonreí sin apartar la vista del cielo.

Pedí paz.

No lo dije en voz alta. Quizás porque me dio miedo admitir que era justo lo que más necesitaba.

Al cabo de un rato, Marcos se giró hacia mí.

La luz del faro pasaba cada pocos segundos sobre su rostro, iluminándolo apenas un instante antes de devolverlo a la penumbra.

Me miraba con esa intensidad suya que a veces me hacía sentir protegida y otras, últimamente, un poco expuesta, aunque aquella noche quise quedarme solo con lo primero.

Me acarició la mejilla despacio.

—Estás aquí, ¿verdad?

La pregunta fue tan baja que casi se confundió con el mar.

Supe lo que quería decir. No hablaba del faro, ni de la terraza. Hablaba de mí. De mi cabeza, de mi corazón, de ese lugar interior al que llevaba días intentando regresar sin conseguirlo del todo.

Asentí.

—Estoy aquí.

Él pareció necesitar creerme. Se acercó despacio y me besó con una fuerza que me desarmó por completo.

Fue un beso largo, potente, que transmitía y que crecía mientras el viento movía la manta alrededor de nuestros cuerpos y el faro seguía girando sobre el océano.

Me aferré a su camisa, cerré los ojos y dejé que su cercanía me devolviera a aquel presente que tanto me empeñaba en salvar.

Bajamos a la habitación sin decir demasiado. La casa entera estaba en silencio, abierta al sonido del mar y a la luz plateada que entraba por los ventanales.

Marcos me besó de nuevo junto a la cama, despacio, con cuidado, como si quisiera preguntarme a cada segundo si seguía allí. Yo respondí con la misma ternura, con la necesidad casi desesperada de sentir que aún podía elegir el futuro que había prometido.

Nos fuimos despojando del viaje, del cansancio, de las últimas semanas, de todo aquello que sobraba entre los dos, hasta que solo quedó la intimidad cálida de nuestros cuerpos bajo las sábanas frescas, el rumor de las olas al otro lado del cristal y esa forma suya de poseerme que siempre lograba hacerme sentir deseada, cuidada y profundamente querida.

Esa noche nos amamos sin prisa, con la delicadeza de quienes intentan recomponer algo frágil sin apretarlo demasiado.

Hubo besos largos, susurros, caricias lentas y silencios en los que el mar parecía marcar el ritmo de nuestras respiraciones. En algún momento, mientras Marcos apoyaba la frente contra la mía y me decía que no quería volver a perderme nunca, sentí que las lágrimas me humedecían los ojos.

No eran de tristeza, o no solo.

Eran de alivio, de miedo, de gratitud, de esa mezcla rara que aparece cuando una parte de ti quiere entregarse por completo al presente y otra todavía mira de reojo las sombras que vienen detrás.

Me dormí de madrugada, abrazada a él, con la ventana entreabierta y el olor a sal llenando la habitación.

Antes de que el sueño terminara de vencerme, escuché el faro girar sobre el mar y pensé que quizás Marcos había tenido razón al llevarme hasta allí. Algunos lugares no solucionan nada, pero te recuerdan que todavía hay luz.

Y yo, después de tantos días de oscuridad, necesitaba creer que aquella luz era suficiente.