¿Y si te vuelvo a perder? Capítulo 21
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Capítulo 21

Marcos llevaba varios días comportándose de una manera misteriosa.

No era algo evidente. Cualquiera que nos hubiera visto desde fuera habría pensado que simplemente estaba más cariñoso conmigo después de las últimas semanas tan complicadas, pero yo empezaba a conocerlo demasiado bien y había pequeños detalles que ya no me pasaban desapercibidos.

Sonreía más de la cuenta cuando creía que no lo miraba, escondía el teléfono en cuanto me acercaba y desaparecía durante ratos largos con la excusa de una llamada de trabajo que, curiosamente, siempre terminaba con esa expresión satisfecha de quien acaba de cerrar un gran negocio.

Naturalmente, Noelia tenía una teoría.

—Está contratando a una figura internacional para la boda. Con tal de tenerte contenta, lo que sea.

Me eché a reír.

—Claro.

—O eso o va a hacer algo realmente empalagoso, como pedirte matrimonio con una celebración por todo lo alto.

—¿Estás amnésica? Eso ya lo hizo, gilipollas.

—Más bien un poco dormido. Pero gracias por lo de gilipollas.

El viernes al mediodía salí de la oficina completamente defraudada.

Volví a discutir con mi padre y las palabras seguían dándome vueltas en la cabeza.

Cada mañana entrar en el Grupo Roldán Inmobiliario suponía un pequeño ejercicio de interpretación.

Fingía normalidad delante de todos, sonreía en las reuniones y seguía trabajando como si la cosa no fuera conmigo, pero iba.

Cuando llegué al aparcamiento, encontré a Marcos apoyado sobre su coche.

Llevaba un pantalón vaquero oscuro, una camisa blanca remangada hasta los codos y esa sonrisa alegre que siempre me indicaba que planeaba algo.

Nada más verme, abrió los brazos.

Me refugié en él sin decir una palabra, porque necesitaba aquel abrazo más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

Permanecimos así varios segundos, envueltos en un silencio que, por una vez, no dolía.

Él besó mi pelo. Después buscó mis labios y los atrapó con pasión entre los suyos, antes de apartarse solo lo justo para mirarme.

—Tengo un secuestro preparado.

Parpadeé.

—¿Perdón?

—Uno romántico.

Sonreí.

—Eso tranquiliza muchísimo.

Marcos sacó del bolsillo una pequeña caja de cartón atada con un lazo verde y me la entregó.

—Ábrela.

Dentro había una llave antigua de hierro, muy antigua, y un pequeño sobre.

Saqué una tarjeta doblada. Solo ponía una frase:

«Quiero volver a enamorarme de ti en el mismo lugar donde lo soñaste la primera vez».

Lo miré completamente desconcertada, mientras él seguía sonriendo.

—¿Te acuerdas de aquella conversación que tuvimos hace meses?

Intenté pensar, pero terminé negando con la cabeza, incapaz de encajar las piezas.

Marcos comenzó a caminar despacio hacia el coche mientras hablaba.

—Me dijiste que siempre habías querido dormir en un faro.

Me quedé completamente quieta.

Sí, lo recordaba.

Habíamos visto una película una noche y comenté, casi sin darle importancia, que debía de ser precioso despertarse viendo el mar por los cuatro costados y escuchar únicamente las olas.

No había vuelto a mencionarlo jamás.

Marcos levantó las llaves del coche.

—Pues este fin de semana vas a cumplirlo.

Abrí muchísimo los ojos.

—¿Qué?

Se acercó otra vez a mí, y esta vez habló casi en un susurro.

—He alquilado un faro rehabilitado en la costa gallega. Solo nosotros dos. No hay televisión. Apenas hay cobertura. Nos dejarán una cesta enorme con comida y un telescopio para la noche.

—Madre mía. Solo te ha faltado decir que también una caja enorme de condones, pero eso le hubiera restado el romanticismo.

—Eres la bomba, pequeña.

—Pues contigo, entre tanta sorpresa, cualquier día voy a detonar.

Noté cómo el corazón comenzaba a latirme con fuerza mientras él seguía hablando, con cada palabra cuidadosamente pensada.

—No quiero hoteles de lujo, ni jacuzzis , ni restaurantes caros. Quiero recuperar la sensación de cuando empezamos, cuando podíamos pasarnos cuatro horas sentados en un banco hablando de cualquier tontería y éramos felices.

Se quedó unos segundos callado y después sonrió.

—Así que he preparado una especie de juego.

Sacó otro sobre del bolsillo, esta vez más grueso.

Dentro había doce tarjetas numeradas, y cada una llevaba escrita una pequeña misión.

«La primera persona que vea un faro tiene derecho a un beso».

«Contad el mismo recuerdo sin interrumpiros».

«Escribid una promesa para dentro de diez años».

«Contad algo que nunca os hayáis atrevido a decir».

«Mirad las estrellas durante diez minutos sin hablar».

Me quedé leyéndolas una tras otra, con las lágrimas acumulándose poco a poco en los ojos.

Había incluso una tarjeta completamente en blanco.

La última.

Levanté la vista.

—¿Y esta?

Marcos sonrió.

—Esa la escribirás tú cuando termine el viaje.

No pude contenerme más y lo abracé con todas mis fuerzas.

Él respondió de inmediato. Sentí cómo apoyaba la barbilla sobre mi cabeza mientras me acariciaba la espalda despacio, con una ternura que terminó de desarmarme.

Permanecimos así mucho rato, en mitad del aparcamiento, ajenos al resto del mundo.

Cuando me separé un poco, descubrí que él también tenía los ojos brillantes.

—Quiero volver a sentir que somos nosotros contra todo.

Su voz apenas era un susurro.

—Sin empresas, sin tu padre, sin mi trabajo, sin invitados, sin vestidos, sin flores y sin pasado. Solo tú y yo. Y el mar.

Sonreí entre lágrimas.

No recordaba la última vez que alguien había preparado algo tan bonito para mí. No por el dinero, ni por el lugar, sino por el tiempo, por la ilusión y por el cuidado puesto en cada detalle.

Le acaricié la mejilla lentamente.

—¿Sabes una cosa?

Él negó.

—Eres peligrosamente bueno haciendo que vuelva a creer en el amor.

Marcos soltó una risa baja y me besó la frente.

Después caminamos cogidos de la mano hacia el coche, con aquella vieja llave todavía entre mis dedos. Y, mientras avanzábamos, pensé que quizá existían personas capaces de reconstruir un corazón roto sin utilizar grandes discursos.

A veces bastaba un faro perdido frente al mar, un puñado de promesas y alguien dispuesto a seguir eligiéndote cada mañana, incluso cuando el resto del mundo parecía empeñado en derrumbarse.