Capítulo 20
Volver a trabajar en el Grupo Roldán Inmobiliario se convirtió, desde el primer minuto, en una prueba de resistencia.
Durante años había atravesado aquellas puertas con orgullo.
Me gustaba aquel edificio moderno de cristal y acero, los jardines perfectamente cuidados de la entrada, el ir y venir de comerciales con carpetas bajo el brazo y el saludo cariñoso de los empleados que me habían visto crecer.
Siempre había sentido que aquel lugar era una extensión de mi propia casa, una empresa levantada por un hombre al que admiraba profundamente y de la que algún día, junto a él, esperaba seguir formando parte.
Ahora todo era distinto.
Cada paso que daba por aquellos pasillos me recordaba que ya no sabía quién era realmente mi padre. Y, lo que era todavía peor, que ella también podía estar caminando por allí.
Elsa.
La sola idea de cruzármela me revolvía el estómago.
Aparqué el coche con una sensación dolorosa, respiré profundamente antes de bajar y permanecí unos segundos mirando mi reflejo en el cristal de la entrada.
Intenté convencerme de que debía comportarme como una profesional, de que mi vida privada no podía invadir mi trabajo, de que mi madre estaba luchando por mantenerse en pie y yo tenía que hacer lo mismo.
Funcionó exactamente treinta segundos.
Nada más salir del ascensor, la vi.
Estaba junto al mostrador de recepción, revisando unos documentos con dos comerciales.
Vestía un traje de chaqueta color marfil perfectamente ajustado y llevaba el cabello pelirrojo recogido en una coleta alta que dejaba ver un cuello larguísimo y elegante.
Reía por algo que acababan de decirle y aquella risa me atravesó como una aguja.
Pensé en mi madre. En las noches que llevaba sin dormir, en las flores que había comprado para convencerse de que seguía teniendo fuerzas, en el corte de pelo y en el esfuerzo que estaba haciendo para no romperse delante de mí.
Y sentí una rabia inmensa.
Elsa levantó la vista.
Nuestros ojos se encontraron apenas un instante y la sonrisa desapareció de su cara.
Ninguna dijo nada.
Yo seguí caminando y ella bajó la mirada, pero aquel silencio pesó mucho más que cualquier discusión.
Intenté refugiarme en el trabajo. Revisé contratos, respondí correos y asistí a una reunión interminable sobre una promoción en Valladolid sin enterarme prácticamente de nada. Cada vez que sonaba el teléfono interno o alguien abría la puerta del despacho, una parte de mí esperaba verla aparecer.
A media mañana necesité consultar unos planos antiguos que se guardaban en el archivo general, así que bajé sola.
La sala estaba completamente vacía.
O eso pensé.
Abrí uno de los archivadores metálicos y, al girarme, la encontré justo detrás, colocando unas carpetas sobre una mesa.
Las dos nos quedamos quietas.
Durante unos segundos solo se escuchó el zumbido del aire acondicionado, hasta que ella fue la primera en romper el silencio.
—Buenos días, Alba.
Su tono era correcto, sí, pero también frío y afilado. Incluso diría que había en él una intención clara de retarme.
Seguí buscando los planos sin responder, aunque notaba el corazón latiéndome con una fuerza absurda, como si aquella simple conversación me estuviera exigiendo mucho más de lo que quería admitir.
Entonces volvió a hablar, esta vez más despacio.
—Sé que probablemente me odias.
Me giré lentamente.
—¿Probablemente?
Elsa bajó la vista y, por primera vez desde que la había visto aquella mañana, pareció sinceramente incómoda.
—Solo quería decirte que siento mucho todo lo que está pasando.
Una risa amarga escapó de mis labios.
—¿De verdad?
Ella asintió.
—Nunca quise hacerle daño a nadie.
Me acerqué un paso y luego otro, despacio, hasta quedar justo frente a ella.
—Pues has elegido una forma curiosa de demostrarlo.
Elsa tragó saliva.
—Las cosas no son tan sencillas como parecen.
La miré completamente incrédula.
—Claro. Supongo que acostarse con un hombre casado debe tener muchos matices que yo desconozco.
Sus ojos comenzaron a echar chispas.
—No fue así.
—¿Ah, no?
Mi voz empezó a subir sin que pudiera evitarlo.
—¿Entonces cómo fue? ¿Tropezaste y caíste encima de mi padre?
Ella cerró los ojos un instante, como si necesitara contener unas lágrimas que no quería permitirse delante de mí.
—A mí no me hables así. Pretendo que nos llevemos bien, pero si ese es el tono que vas a utilizar, no lo pienso consentir. Te lo advierto —me retó de nuevo, como si tuviera autoridad para ello.
Aquello terminó de hacerme estallar.
—¿Cómo quieres que te hable? ¿Es que pretendes que te ría la gracia? ¿O acaso que os la ría a los dos? Habéis destrozado mi familia.
Respiré de forma agitada, con las manos temblándome y una tensión en el pecho que apenas me dejaba mantenerme firme.
—¿Y sabes qué es lo peor? Que cada vez que te miro veo el motivo por el que la mujer más buena que conozco lo ha pasado peor que mal.
Elsa levantó la cabeza.
—Pues lo siento. Pero te equivocas conmigo.
Negué con fuerza.
—No. Me equivoqué con mi padre. Contigo, no. Tú eres tan insignificante para mí que ni siquiera voy a plantearme nada.
En ese instante, la puerta se abrió y Fernando apareció en la sala.
Se quedó desconcertado al vernos allí, una frente a la otra. Nos miró a las dos y el silencio que se instaló entre los tres resultó insoportable.
Esperé que dijera algo. Que abrazara a su hija, que me diera la razón en algo, que dejara de comportarse como el impecable presidente del grupo para actuar, aunque solo fuera por una vez, como un ser humano.
No hizo nada de eso.
Miró a Elsa.
Solo a Elsa.
—¿Está preparada la documentación para la reunión de las doce?
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Elsa asintió apenas, como si hubiera entendido algo que a mí todavía se me escapaba.
Mi padre recogió una carpeta y, solo entonces, por fin, dirigió la vista hacia mí. Pero no lo hizo para apoyarme, ni para disculparse, ni para explicar nada.
—Alba, procura mantener las formas dentro de la empresa.
Sus palabras me dejaron helada y, durante unos segundos, fui incapaz de reaccionar.
Miré a Elsa. Después miré a mi padre. Y entonces comprendí que acababa de quedarse callado justo cuando más necesitaba que hablara.
Una lágrima me resbaló por la mejilla, pero no la limpié.
Me limité a mirarlo fijamente.
—He pasado toda mi vida intentando parecerme a ti.
Mi voz apenas fue un susurro, pero sonó con una claridad absoluta en toda la sala.
—Y hoy daría cualquier cosa por no llevar tu apellido.
Nadie respondió.
Me di la vuelta y salí del archivo con el corazón destrozado, convencida de que hay decepciones tan profundas que ya no admiten reparación posible.