Capítulo 19
Los cambios en casa comenzaron un día cualquiera. Yo estaba muy contenta gracias a que Marcos había vuelto a ser el de siempre y mi alegría, de alguna manera, también contagió a mi madre.
Por su parte no hubo grandes discursos, ni lágrimas, ni promesas. Simplemente, una mañana bajé a desayunar y encontré un enorme ramo de peonías blancas ocupando el centro de la mesa del comedor.
Me encantó.
Durante unos segundos pensé que Noelia había vuelto a invadir la casa con alguna de sus ocurrencias, pero entonces apareció mi madre desde la cocina con una taza de café entre las manos. Llevaba una camisa azul clarita y el pelo recogido a lo loco, algo impropio de ella.
Sonreía.
Hacía semanas que no la veía sonreír así.
—¿Te gustan?
Miré las flores, después la miré a ella y asentí.
—Son tus favoritas. ¿Te las ha traído Noelia? ¿Dónde está escondida esa petarda?
Mercedes dio un sorbo al café.
—No, las he encargado. Porque yo lo valgo —me respondió con guiño de ojo incluido.
Su respuesta se quedó dando vueltas dentro de mí toda la mañana.
En los siguientes días no volvió a mencionar a mi padre ni la tristeza, pero había algo distinto en su forma de caminar, de moverse por la casa y hasta de abrir las ventanas para que entrara el aire.
Era como si hubiera tomado una decisión. Como si, después de tocar fondo, hubiera decidido volver a respirar.
Y yo intuía perfectamente por qué.
Lo hacía por mí. Porque faltaban pocos meses para mi boda. Porque no quería que el dolor terminara contaminándolo todo. Porque era mi madre.
Y las madres hacen esas cosas: se rompen en silencio para que sus hijos no tengan que hacerlo.
Una tarde apareció en mi habitación mientras terminaba de responder unos correos.
—¿Te vienes de compras?
Levanté la cabeza sorprendida.
—¿Te apetece que vayamos?
Sonrió.
—Pues claro que me apetece, hija. Que hablo de ir a quemar tarjeta, no de alistarnos a la guerra. Aunque haya estado más mustia que un manojo de acelgas en agosto, sigo sabiendo diferenciar un bolso bonito de una sartén.
Terminé riéndome.
Recorrimos media Salamanca entrando en tiendas donde hacía años que no la veía disfrutar.
Se probó un vestido verde botella precioso, ideal para una salida nocturna, unos zapatos nude que aseguraba que jamás se habría planteado ponerse años atrás y terminó comprando tantas cosas que su tarjeta, como había anunciado, comenzó a echar humo.
Volvimos a casa cargadas de bolsas.
No hace falta decir que también se empeñó, como buena madre que era, en colmarme de caprichos y comprarme un montón de monadas, aunque mi vestidor ya estuviera abarrotado.
Julia nos abrió la puerta. Se quedó mirándome, después miró a mi madre y abrió muchísimo los ojos.
—¡Virgen del Rocío!
Mi madre soltó una carcajada.
—¿Qué pasa ahora?
Julia dejó las bolsas en el suelo y comenzó a rodearla despacio, observándola de arriba abajo como si fuera una escultura.
—No pasa nada… pero llevo tres días viendo una serie turca por las tardes y tú empiezas a parecerte peligrosamente a la madre del protagonista.
Mi abuelo Antonio levantó la vista del periódico.
—¿Eso es bueno o malo?
Julia hizo un gesto dramático.
—Depende. Si sigue así, dentro de dos episodios la secuestran unos mafiosos y aparece un primo perdido en Estambul.
Rosario soltó una risa desde la cocina y yo la acompañé, mientras Mercedes negaba divertida.
—Estás fatal.
Julia cruzó los brazos.
—Lo que tú estás es necesitando un cambio de estilo. Lo de las compras me parece genial, ya pudiera yo, pero el pelo… Déjame decirte que vas muy tradicional y ahora que tienes que meterte de lleno en el mercado, Mercedes, me agradecerás el consejo.
—¿Qué dices del mercado?
—¿Del mercado? Pues que está fatal, ya me darás la razón, y que ese peinado no te favorece. Es demasiado clásico y te echa años encima. Nosotras tenemos que incorporarnos a ese jodido mercado con todas las garantías. ¿Me dejas que te haga yo un cortecito?
—Nuera, no le hagas caso a esta loca —intervino mi abuelo.
—Antonio, calla, que tú no entiendes de esto —le respondió ofendida Julia—. Y deja de malmeter, que la loca es la amiga de la niña. Ahora ya hace unos días que no se empotra con la verja; no tardará en darse la gran leche de nuevo.
Se acercó un poco más y le apartó un mechón del flequillo.
—Ese pelo pide auxilio, Mercedes. Me ratifico en lo dicho.
Mi madre fingió indignarse.
—¿Perdona? Tampoco será para tanto.
Como ya he dicho, Julia era una más de la familia. Y por ese motivo se metía hasta en adobo, como ella solía decir, si era necesario.
Entonces Croqueta se acercó y lanzó un ladrido que ella interpretó como de apoyo a sus palabras.
—Mira, si hasta el animalito me da la razón. Mucha plaza de médica, mucho hospital y mucho bisturí, pero llevas ese peinado desde el mismísimo año de los tiros.
La carcajada que soltó el abuelo Antonio se escuchó hasta el jardín y Mercedes terminó riéndose también. Contra todo pronóstico, Julia remató la faena.
—Hazme caso. Un corte nuevo y rejuveneces veinte años. Cuando Fernando te vuelva a ver, creerá que eres la hermana menor de la Barbie esa.
—Este hijo mío, no sé en qué estará pensando —se lamentó mi abuelo.
Era evidente que mi padre no se había marchado de casa unos días.
Mi madre no quería verlo ni en fotografía y, por tanto, su salida del hogar familiar era un hecho.
Pero el abuelo seguía siendo el abuelo, mucho más que tratarse del padre de mi padre.
Él se había ganado un sitio en la familia que mi madre le seguiría dando siempre. De ahí que siguiera con nosotras.
El silencio que siguió duró apenas un segundo.
Después fue mi madre quien rompió a reír. Una risa limpia, sincera, la primera que escuchaba en muchísimo tiempo.
Me acerqué despacio y la cogí del brazo.
—Pues igual deberías hacerle caso a Julia, mami.
Mercedes me miró y después miró a Julia para terminar levantando las manos.
—Está bien. Si salgo pareciendo una cantante de verbena, será culpa vuestra.
Al día siguiente, estábamos sentadas una junto a la otra en la peluquería. Mientras una chica me retocaba ligeramente las puntas, otra comenzaba a trabajar sobre el cabello de mi madre.
La peluquera le enseñó varias fotografías. Ella dudó, sonrió, negó, volvió a mirar y, al final, señaló una de ellas.
—Ese.
El sonido de las tijeras comenzó a llenar el salón. Observé cómo los mechones iban cayendo poco a poco sobre la capa negra mientras mi madre contemplaba su reflejo en el espejo con una mezcla de miedo e ilusión que me apretó el pecho.
Y entonces lo entendí.
No estaba cambiando de peinado; estaba cerrando una etapa. Estaba dejando atrás a la mujer que había pasado semanas llorando en silencio, a la esposa traicionada, a la mujer que había perdido la confianza y que, aun así, se había levantado una mañana dispuesta a reconocerse otra vez en el espejo.
No era solo pelo.
Era una forma de decirse a sí misma que seguía ahí.
Que Fernando podía haberle roto muchas cosas, pero no iba a quedarse para siempre viviendo entre los restos.
Cuando terminaron, la peluquera giró el sillón para que pudiera verse mejor. Mercedes se quedó completamente encantada. Se llevó una mano al pelo, lo tocó con cuidado, como si todavía no supiera si aquello era suyo, y sonrió.
Durante unos segundos volvió a parecer la mujer segura de sí misma que yo había admirado toda mi vida. Más fuerte. Más valiente. Más libre.
Entonces se giró hacia mí.
—¿Qué tal?
Las lágrimas acudieron a mis ojos sin avisar y sonreí. Muchísimo.
—Estás guapísima.
Ella también sonrió y, mientras salíamos juntas de la peluquería cogidas del brazo, tuve la sensación de que mi madre acababa de levantarse de sus propias cenizas.
No porque hubiera olvidado el dolor, sino porque había decidido que ese dolor no iba a impedirle estar más bonita que nunca el día que acompañara a su hija hacia el altar.