Capítulo 18
Llegué al café en el que habíamos quedado casi veinte minutos antes de la hora.
No porque fuera especialmente puntual, sino porque llevaba días viviendo con la sensación de que el tiempo se había roto y necesitaba llegar cuanto antes para comprobar que aquel mensaje era real.
Que Marcos no se había arrepentido. Que todavía existía una posibilidad, por pequeña que fuera, de salvar lo que entre los dos habíamos construido.
Elegí una mesa junto al ventanal. Desde allí veía entrar y salir a la gente de la Plaza Mayor mientras un camarero me dejaba un café que terminó enfriándose sin que llegara a probarlo.
Mis manos no dejaban de acariciar la taza por pura necesidad de agarrarme a algo, como si aquel gesto absurdo pudiera sujetarme también por dentro.
Hacía mucho tiempo que no me sentía tan nerviosa.
Había perdido a Iván diez años atrás, había descubierto que mi padre era responsable de aquella pérdida, había visto a mi madre romperse por dentro y, por si todo aquello no fuera suficiente, había conseguido que el hombre con el que iba a casarme dudara de mí.
Nunca me había sentido tan frustrada.
Ni tan culpable.
Cuando vi aparecer a Marcos al otro lado del cristal, el corazón empezó a golpearme el pecho con tanta fuerza que tuve que apoyar una mano sobre la mesa.
Venía despacio, con las manos metidas en los bolsillos.
Llevaba la barba ligeramente crecida y unas ojeras profundas que hablaban mucho mejor que cualquier explicación.
No había dormido.
Yo tampoco.
Nuestros ojos se encontraron antes incluso de que cruzara la puerta. Ninguno sonrió. No porque no quisiera, sino porque ninguno encontraba fuerzas para hacerlo.
Llegó hasta la mesa y permaneció unos segundos de pie, como si no supiera si besarme o mantener las distancias.
Su duda me rompió el alma.
Me levanté despacio.
Fui yo quien dio el paso.
Lo abracé.
Fue un abrazo corto, inseguro, lleno de miedo. Marcos respondió inmediatamente, pero noté que respiraba con dificultad.
Cuando nos separamos, los dos teníamos los ojos brillantes.
Nos sentamos.
El camarero apareció enseguida. Marcos pidió un café, el camarero se marchó y el silencio volvió a quedarse entre nosotros.
Era un silencio difícil, lleno de frases que ninguno sabía cómo empezar.
Fui yo quien bajó primero la mirada. No soportaba verlo sufrir, porque sabía que una parte de todo aquello también era culpa mía.
Marcos entrelazó las manos sobre la mesa, las observó durante unos segundos y después habló.
—No he dejado de pensar en ti ni un solo minuto.
Su voz sonó rota, completamente rota, y sentí un nudo enorme cerrándome la garganta.
Él respiró profundamente antes de continuar.
—He intentado convencerme de que lo mejor era dejarlo aquí.
Se quedó callado, negando muy despacio.
—Pero no puedo.
Levantó la vista y sus ojos estaban llenos de lágrimas contenidas.
—No puedo vivir sin ti.
Aquellas palabras hicieron que el café, la cafetería y el resto del mundo desaparecieran durante un instante. Solo existíamos nosotros dos, dos personas completamente agotadas intentando entender cómo habían llegado hasta allí.
Sentí que las lágrimas empezaban a caer otra vez y no hice nada por esconderlas. Marcos tampoco escondió las suyas.
Permanecimos mirándonos largo rato, sin hablar, hasta que conseguí reunir fuerzas.
—Lo siento muchísimo.
Mi voz apenas era un susurro.
—Jamás quise hacerte daño.
Él sonrió con una tristeza infinita.
—Ya lo sé.
Negué.
—No… no lo sabes.
Me llevé una mano al pecho. Necesitaba que entendiera lo que había pasado, que supiera que nunca estuvo en peligro lo que sentía por él. Tomé aire y empecé a contárselo todo.
Le hablé de cómo apareció aquella fotografía en la app, de cómo reconocí a Iván y de cómo una parte de mí, la chica de pocos años que había esperado durante meses una llamada imposible, sintió la necesidad desesperada de encontrar una explicación.
Le hablé de Clara, de aquella conversación, de las lágrimas compartidas, de mi padre, de la verdad, de la culpa, de mi madre. De todo.
Las palabras fueron saliendo lentamente, mezclándose con silencios y lágrimas, mientras Marcos permanecía completamente inmóvil, escuchando sin interrumpirme una sola vez.
Solo cuando terminé dejó escapar un suspiro larguísimo. Apoyó los codos sobre la mesa, se pasó ambas manos por la cara y cerró los ojos. Parecía agotado.
Cuando volvió a abrirlos, había un miedo enorme en ellos.
—Contéstame una cosa.
Asentí.
—¿Fuiste a Madrid porque seguías enamorada de él?
Esa pregunta llevaba días esperándome. Negué inmediatamente, con toda la firmeza que encontré dentro de mí.
—No.
Mi respuesta salió tan rápida que ni siquiera necesité pensarla.
—Fui porque necesitaba saber por qué desapareció, porque llevaba diez años creyendo que me había dejado de querer y porque necesitaba cerrar esa historia. Nada más.
Las lágrimas volvieron a caer.
—Jamás pensé en dejarte. Jamás.
Marcos seguía mirándome, buscando algo en mis ojos. Una certeza, una garantía, un refugio.
De pronto alargó la mano por encima de la mesa y buscó la mía. La sujetó con fuerza, con demasiada fuerza. Sus dedos temblaban.
Los míos también.
—Júramelo.
Tragué saliva.
—¿Qué?
Su voz volvió a quebrarse.
—Júrame que nunca has pensado en volver con él.
Me incliné ligeramente hacia delante y no retiré la mano. Al contrario, la apreté todavía más.
—Te lo juro. Jamás. Iván forma parte de mi pasado, de una herida que necesitaba entender. Pero mi presente eres tú. Y el futuro que quiero también.
Marcos cerró los ojos y una lágrima terminó cayendo por su mejilla. Cuando volvió a abrirlos, se levantó lentamente, rodeó la mesa y, olvidándose de que toda la cafetería podía estar mirando, me abrazó con una fuerza que casi me dejó sin respiración.
Apoyé la cabeza sobre su pecho. Sentía cómo su corazón latía tan deprisa como el mío.
Permanecimos así largo rato, sin hablar, sin movernos, solo respirando el mismo aire, hasta que noté sus labios junto a mi pelo.
—No vuelvas a asustarme nunca así.
Sonreí entre lágrimas y comprendí que algunas personas no lloran porque dejan de amar, sino porque tienen demasiado miedo a perder aquello que más quieren.
Levanté la cabeza. Nuestros ojos volvieron a encontrarse y, antes de que pudiera decir una sola palabra, Marcos me besó con una pasión infinita, como quien intenta comprobar que el mundo sigue en su sitio después de un terremoto.
Mientras cerraba los ojos, deseé con todas mis fuerzas que aquel beso fuera suficiente para mantenernos unidos, sin imaginar siquiera que, a veces, el amor y el miedo pueden empezar a parecerse demasiado.