¿Y si te vuelvo a perder? Capítulo 17
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Capítulo 17

No recuerdo quién dio el primer paso. Solo sé que, cuando crucé la puerta de casa con los ojos completamente hinchados de llorar, mi madre estaba sentada en el salón, envuelta en una manta ligera y con la mirada perdida en un lugar que no sabría describir.

Levantó la vista, me miró y supo inmediatamente que algo terrible acababa de ocurrir.

No hizo preguntas.

Se levantó despacio, ignorando el evidente cansancio que llevaba días acompañándola, y abrió los brazos.

Me lancé contra ella como una niña pequeña.

Llevaba semanas conteniendo lágrimas, rabia, culpa y miedo, y en aquel abrazo todo salió de golpe.

Lloré desconsoladamente.

Ella también.

Durante un buen rato, ninguna fue capaz de decir una sola palabra. Solo permanecimos abrazadas en mitad del salón, mientras el abuelo Antonio nos observaba desde su sillón con los ojos completamente empañados.

Fue mi madre quien rompió el silencio. Me apartó un mechón de pelo de la cara y sonrió con una tristeza infinita.

—Has discutido con Marcos.

Asentí, sin ser capaz de decir nada más.

Ella cerró los ojos.

—Lo siento muchísimo.

Aquellas cuatro palabras terminaron de romperme.

Volví a abrazarla, sintiendo que todo mi mundo se estaba desmoronando.

Al cabo de un rato nos sentamos juntas en el sofá. Mi madre me cogió las manos. Las tenía heladas.

—Tengo que contarte una cosa.

La miré en silencio.

Respiró profundamente.

—Entre tu padre y yo, las cosas tampoco están bien. Ha sucedido algo… algo que he tratado de ocultarte por tu futura boda, pero de lo que terminarás enterándote más temprano que tarde.

—Mamá, llegas tarde. He ido a ver a papá, que ya sabes que no está de viaje, y a cantarle las cuarenta por liarse con esa. Y también por…

—¿Qué dices, Alba?

—Me enteré de chiripa, mamá. Pero me alegro de haberlo hecho. A papá, de todos modos, ya tenía ganas de echármelo a la cara después de saber que fue él quien hizo que Iván saliera de mi vida hace diez años. ¿Te acuerdas de él?

—Cómo no me voy a acordar de ese chico tan especial, pero ¿qué tuvo que ver tu padre en eso? Mi niña, durante toda tu adolescencia sospeché que entre tú e Iván había algo más que amistad.

Abrí mucho los ojos y ella sonrió con dulzura.

—Las madres vemos cosas que vosotros creéis invisibles.

Una lágrima resbaló por su mejilla.

—Nunca os pregunté porque confiaba en ti y porque, sinceramente, me parecía un chico maravilloso.

Bajó la cabeza.

—Pero jamás imaginé lo que me cuentas que hizo tu padre. Hay que ser miserable…

Aquella frase sonó llena de dolor, no de enfado. De auténtico dolor. Me cogió todavía con más fuerza las manos.

—Alba… llevo muchos años casada con él. Tu padre y tú habéis sido mi vida.

Su voz empezó a quebrarse.

—Y ahora lo miro… y veo a un desconocido.

Sentí un escalofrío y ella negó despacio.

—No entiendo nada. No entiendo cómo pudo hacerte algo así, cómo ha podido hacérmelo a mí, ni en qué momento dejó de ser el hombre del que me enamoré.

Las dos volvimos a llorar, durante mucho tiempo, sin intentar consolarnos de verdad porque quizá ninguna tenía fuerzas para sostener a la otra. Solo nos quedamos allí, compartiendo el mismo vacío, dejando que el silencio hiciera lo único que podía hacer en aquel momento: acompañarnos.

Cuando el abuelo entró en el salón, no dijo una sola palabra. Se acercó despacio, besó a su nuera en la cabeza, después me besó a mí y terminó colocando su silla entre las dos para abrazarnos como había hecho toda la vida cada vez que algo iba mal.

Nadie habló.

Poco después apareció Julia, cargada con una bandeja enorme de infusiones y magdalenas. Nos vio llorando y se quedó completamente quieta.

—Ea, puesto también hay llanto como Magdalenas.

Miró al abuelo, miró a mi madre y después levantó las manos al cielo.

—Pues ya está. Magdalenas al cuadrado. Y ahora querréis que me las coma yo, operación bikini al traste. Menos mal que no se puede estar más curvy y más buena a la vez —afirmó sacándonos la risa entre lágrimas.

Julia respiró, risueña, se acercó a mí, me dio un beso en la frente y murmuró:

—El mundo está lleno de tíos gilipollas, pero ninguna merece las lágrimas de dos mujeres que valen tanto.

Rosario también hizo lo suyo. Sin preguntar demasiado, sin meterse donde no la llamaban, simplemente empezó a cocinar.

Croquetas, albóndigas, arroz con leche, mi tortilla favorita.

La casa comenzó a llenarse del olor de mi infancia mientras ella repetía que las desgracias se llevaban mejor con el estómago lleno.

Noelia apareció aquella misma tarde. Traía tres bolsas enormes: una llena de chocolate, otra con nuestras pelis favoritas y una tercera con mascarillas faciales «para llorar con glamour», según sus propias palabras.

Intentó hacerme reír. Contó anécdotas de las suyas, imitó a Julia, imitó a Rosario y hasta imitó a mi padre dando una conferencia inmobiliaria. Pero yo apenas conseguía sonreír unos segundos antes de volver a romperme.

Pasaron tres días.

Tres días en los que apenas salí de casa. Tres días en los que el teléfono no dejó de sonar con llamadas de familiares preguntando por la boda. Tres días en los que comprendí que deshacer una ilusión resulta casi tan complicado como construirla.

Aquella mañana, Noelia llegó puntual. No llevaba carpetas, ni muestras de flores, ni fotografías. Solo las llaves de su coche.

Subimos en silencio.

El hotel donde iba a celebrarse la boda estaba exactamente igual que siempre: el mismo jardín, la misma entrada, las mismas ventanas donde tantas veces habíamos imaginado cómo sería aquel día.

Entramos.

La directora nos recibió sonriendo. Todavía pensaba que íbamos a revisar el menú definitivo.

Hasta que vio mi cara.

La sonrisa desapareció inmediatamente.

Noelia tomó mi mano por debajo de la mesa y la apretó con fuerza.

Yo respiré profundamente y conseguí pronunciar aquellas palabras sin romperme del todo.

—La boda no va a celebrarse.

El silencio que siguió fue devastador.

La mujer intentó ofrecernos alternativas: cambiar la fecha, esperar unas semanas, conservar la reserva. Yo solo negaba con la cabeza, incapaz de explicar nada sin venirme abajo.

Noelia habló por mí. Le pidió que se quedaran con la señal y liberaran el día para otra pareja.

Firmé los documentos con la mano temblando.

Cuando salimos del hotel, permanecí varios minutos llorosa, mirando el jardín donde había imaginado tantas veces mi futuro.

Noelia volvió a cogerme de la mano, exactamente igual que cuando éramos niñas, y, sin decir una sola palabra, me llevó despacio hasta el coche mientras yo sentía que, junto con aquella reserva, acababa de cancelar también una parte de mi propia vida.

Llevaba todavía la copia de la cancelación entre las manos y me parecía mentira que un puñado de folios pudiera pesar tanto.

Eché la vista atrás y el jardín seguía tan bonito como siempre.

Las mesas imaginarias seguían estando en mi cabeza.

Las luces que tantas veces soñé parecían seguir colgadas entre los árboles, aunque aún no existieran.

Todo seguía allí.

Todo menos mi boda.

Noelia no decía nada. Y eso, viniendo de ella, resultaba casi más inquietante que cualquier discurso. Se limitó a pasarme un brazo por los hombros y a sonreírme.

Abrí la puerta del copiloto y, justo cuando iba a sentarme, el móvil vibró dentro del bolso.

Ni siquiera tenía ganas de mirarlo. Pensé que sería Rosario preguntando si quería lasaña para cenar, o cualquier otra cosa insignificante.

Saqué el teléfono sin interés.

Al ver el nombre en la pantalla, el corazón dejó de latirme durante un segundo.

Marcos.

Me quedé perpleja.

Noelia me observó.

—¿Qué pasa?

No respondí. Abrí el mensaje.

Solo había una frase. Una única frase.

«Tenemos que hablar. No puedo vivir sin ti».

Las letras comenzaron a bailar delante de mis ojos. Tuve que leerlo dos veces. Tres. Cuatro.

Las lágrimas aparecieron solas. Sentí que las piernas dejaban de sostenerme y terminé apoyándome en la puerta del coche.

Noelia me arrancó prácticamente el móvil de las manos, leyó el mensaje, volvió a leerlo y levantó la cabeza con una expresión que solo podía significar una cosa.

Locura absoluta.

—¡No me lo puedo creer!

Antes de que pudiera reaccionar, salió corriendo. Literalmente corriendo.

—¡Noelia!

Ni caso. Atravesó el aparcamiento esquivando coches mientras yo la seguía con la mirada desconcertada. La vi subir los escalones del hotel de dos en dos, empujar la puerta giratoria y desaparecer dentro.

Me quedé allí plantada, sujetando el bolso contra el pecho, sin entender nada.

Cinco minutos después volvió a salir. La directora del hotel venía detrás de ella, francamente contenta, y Noelia gesticulaba tanto que parecía estar organizando una revolución.

Cuando llegó hasta mí, jadeaba, tenía el pelo revuelto y una sonrisa enorme.

—Ya está.

La miré sin comprender.

—¿Qué has hecho?

Se apoyó sobre las rodillas intentando recuperar el aliento.

—Le he dicho que rompa los papeles.

Abrí muchísimo los ojos.

—¿Sin más?

Se incorporó y me señaló con un dedo.

—Le he dicho que os casáis.

No pude evitar soltar una carcajada entre lágrimas. La directora nos observaba desde la puerta con una mezcla de desconcierto y compasión, pero Noelia siguió hablando.

—Le he dicho que no cambie nada. Que deje la fecha bloqueada. Que no se la dé a nadie.

La miré como si hubiera perdido la cabeza.

—Estás loca.

Ella sonrió con orgullo.

—Muchísimo.

Se acercó y me cogió ambas manos.

—Pero llevo demasiados años conociéndote para no saber cuándo una historia aún no ha terminado.

Volví a mirar el móvil. El mensaje seguía allí, tan sencillo, tan corto, y, sin embargo, había conseguido hacer algo que llevaba días pareciéndome imposible: volver a encender una pequeña luz.

Una esperanza diminuta.

Casi ridícula.

Pero esperanza al fin y al cabo.

Las lágrimas volvieron a caer. Esta vez distintas, más suaves, menos desesperadas.

Abracé a Noelia con todas mis fuerzas y ella respondió inmediatamente.

—Te lo dije.

—¿El qué?

—Que el destino es muy cachondo.

No pude evitar reírme otra vez.

Mientras seguíamos abrazadas, levanté la vista hacia la fachada del hotel e imaginé durante un instante el jardín lleno de flores, las luces encendidas y la música sonando al atardecer.

Y, por primera vez desde que todo había estallado, me permití pensar que, quizás, todavía quedaba un camino capaz de devolverme la felicidad.

No sabía cuál.

No sabía cómo.

Pero, mientras volvía a leer una y otra vez aquel mensaje de Marcos, comprendí que hay palabras tan pequeñas que son capaces de detener una despedida.

Y «no puedo vivir sin ti» acababa de salvar, al menos por un día más, la fecha de mi boda.