¿Y si te vuelvo a perder? Capítulo 16
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Capítulo 16

Mi padre empezó a decir algo, aunque no llegué a escuchar qué. Solo vi cómo Marcos permanecía en shock durante unos segundos, completamente incrédulo, con la mandíbula tan tensa que parecía incapaz de pronunciar una sola palabra.

Nos miramos apenas un instante, y comprendí que acababa de romperse algo que quizás ya no tendría arreglo.

—Marcos…

Di un paso hacia él, pero él retrocedió. No levantó la voz ni hizo ningún gesto brusco; simplemente giró sobre sus talones y salió caminando hacia la puerta sin mirar a nadie.

Mi padre intentó detenerlo.

—Escúchame un momento.

Marcos ni siquiera respondió. Siguió andando y atravesó el jardín con pasos largos mientras yo reaccionaba por fin y salía corriendo detrás de él.

—¡Marcos!

No se volvió. Llegó hasta su coche, abrió la puerta del conductor y se sentó al volante.

Cuando estaba a punto de arrancar, abrí la puerta del copiloto y entré de golpe.

Él giró la cabeza. Sus ojos estaban completamente enrojecidos. Nunca le había visto así. Nunca.

Permanecimos unos segundos en silencio. Solo se escuchaba nuestra respiración.

Marcos arrancó el coche sin decir una palabra, salió de la urbanización y tomó la carretera mientras el silencio se hacía cada vez más insoportable.

Yo tenía las manos entrelazadas sobre las piernas. No sabía por dónde empezar.

Él fue el primero en hablar, y lo hizo con una calma que daba mucho más miedo que un grito.

—¿Quién es Iván? Porque tu padre me citó para hablar conmigo porque su matrimonio se va a la mierda y estaba preocupado por ti, pero lo que no esperaba, lo que no podía imaginar ni en mis peores pesadillas era que nuestra vida también se fuera al garete.

Las lágrimas comenzaron a acumularse inmediatamente.

Miré por la ventanilla y no contesté. Marcos soltó una risa amarga.

—Ya. Así que existe.

Cerré los ojos.

—Marcos…

Él golpeó suavemente el volante.

—¿Quién es?

Su voz empezó a quebrarse.

—Porque yo no tengo ni idea de quién demonios es ese tipo y, sin embargo, parece que tu padre sí.

Seguía sin saber qué responder.

Él continuó.

—Te fuiste a Madrid y sentí que algo había cambiado. Y te limitaste a negarlo una y otra vez. Ahora descubro que hay un tipo del que nunca me has hablado y que parece importarte lo suficiente como para echárselo a tu cara como si fuera la tragedia de tu jodida vida.

Giró la cabeza apenas un instante. Sus ojos estaban llenos de dolor.

—¿Qué demonios está pasando?

No pude seguir callando y las lágrimas comenzaron a caer.

—Es alguien de mi pasado.

Marcos soltó una carcajada sin humor.

—Eso ya lo había deducido. No soy tan imbécil como el tipo por el que me has tomado.

Respiró profundamente.

—¿Te viste con él en Madrid?

Asentí muy despacio, y aquello pareció romper algo dentro de él. Sus manos se aferraron todavía más al volante.

—¿Y no pensabas contármelo?

—Yo… No iba para eso, te lo prometo.

La voz apenas me salía.

—Necesitaba respuestas.

Marcos negó con la cabeza.

—Y para encontrarlas me mentiste.

No pude soportarlo y comencé a llorar abiertamente.

—Lo siento. Lo siento muchísimo.

Él permaneció unos segundos callado. Después llegó la pregunta que más miedo me daba.

—¿Pasaste la noche con él?

Sentí un auténtico puñetazo en el pecho y me giré hacia él.

—¡No!

La palabra salió casi como un grito.

—¡Claro que no!

Las lágrimas me impedían respirar.

—Te juro que no.

Marcos seguía conduciendo sin mirarme.

—¿Me lo juras?

Me llevé una mano al pecho.

—Por lo que más quiero. Por mi madre, por mi abuelo, por todo. No pasó nada. Absolutamente nada. Solo hablamos. Nada más.

El coche siguió avanzando unos segundos, hasta que un vehículo apareció de repente incorporándose desde un camino lateral. Marcos reaccionó tarde y giró el volante con un movimiento brusquísimo.

Las ruedas chirriaron, mi cuerpo salió despedido contra la puerta y el coche dio un bandazo antes de volver a colocarse en el carril.

Los dos nos quedamos paralizados, respirando agitadamente, mientras el otro conductor tocaba el claxon y desaparecía carretera adelante.

Yo seguía temblando. Marcos apoyó la frente unos segundos sobre el volante y, cuando volvió a incorporarse, tenía los ojos completamente húmedos.

—¿Sabes qué es lo peor?

Su voz era apenas un susurro. Negué y él tragó saliva.

—Que habría entendido que necesitaras cerrar una historia.

Las lágrimas volvieron a caer.

—Pero no me diste la opción de opinar. Me dejaste fuera.

Sentí una culpa tan enorme que apenas podía sostenerle la mirada. Alargué la mano para coger la suya, pero la retiró.

El resto del camino transcurrió entre silencios rotos únicamente por mis sollozos. Cuando entramos en Salamanca, el mundo me cayó encima.

Reconocí el camino hacia mi casa y el miedo comenzó a instalarse definitivamente dentro de mí.

El coche se detuvo frente a la puerta principal. Ninguno se movió.

Me giré hacia él.

—Déjame ir contigo. Pasemos la noche juntos.

Marcos seguía mirando al frente.

—No.

—Por favor. Necesitamos hablar.

Él sonrió con una tristeza infinita mientras las lágrimas no dejaban de rodar por mis mejillas.

—No quiero perderte.

Por primera vez desde que subí al coche, Marcos volvió a mirarme directamente. Había un dolor inmenso en sus ojos y también un gesto que no le había visto nunca.

—Yo tampoco quería perderte.

Guardó silencio unos segundos y después respiró profundamente.

—Pero necesito pensar.

Sentí un vacío terrible.

—Marcos…

Él negó despacio.

—La boda se cancela.

Aquellas cuatro palabras me dejaron sin aire. Me llevé ambas manos a la boca mientras él cerraba los ojos, como si sufriera tanto como yo.

—No puedo casarme ahora mismo con alguien que lleva días llorando por otro hombre.

Su conclusión me sonó como una sentencia. Quise decir algo, pero no pude.

Marcos abrió la puerta del coche muy despacio.

—Entra en casa.

Yo seguía inmóvil cuando él habló por última vez.

—Y, por favor… no me busques.

Bajé del coche completamente rota y cerré la puerta sin sentir siquiera el frío de la noche. El motor arrancó unos segundos después, y permanecí con los pies pegados al suelo en mitad de la calle, viendo cómo las luces traseras se alejaban poco a poco, hasta desaparecer al final de la avenida.

Solo entonces comprendí que, en una sola vida, había perdido dos veces la felicidad: la primera, diez años atrás; la segunda, aquel mismo día.