Capítulo 15
No dormí en toda la noche.
Cada vez que cerraba los ojos veía la cara de mi madre, completamente apagada sobre el sofá, fingiendo que una gastroenteritis podía explicar la tristeza que llevaba instalada en la mirada desde hacía días.
Y luego aparecía él. Mi padre. Fernando Roldán. El hombre al que había admirado toda mi vida, el empresario brillante, el marido perfecto, el padre ejemplar.
Y, de repente, también el hombre que había destrozado la historia de amor de su hija y que ahora parecía estar destruyendo su propio matrimonio.
Era demasiado.
A media mañana bajé al garaje con una idea fija en la cabeza. Tomás estaba limpiando uno de los coches cuando me vio aparecer.
Le conocía desde que tenía uso de razón.
Había sido quien me llevaba al colegio cuando era pequeña, quien me enseñó a montar en bicicleta sujetándome por el sillín y quien me hacía reír con cualquier pamplina solo para ver cómo se me formaban esos hoyuelos en los mofletes que tanta gracia le hacían.
Jamás me había mentido.
Me acerqué despacio y él sonrió.
—¿A dónde vamos hoy, Alba?
No devolví la sonrisa.
—Necesito que me digas dónde está mi padre.
Tomás dejó de limpiar inmediatamente, bajó la gamuza y me miró con una seriedad impropia de él.
—Está de viaje.
Negué con la cabeza.
—No.
Di un paso más.
—Sé que no está de viaje.
Vi cómo tragaba saliva.
—Alba…
—Es una cuestión de vida o muerte. Necesito saberlo. Mi familia se está derrumbando y todos me tratan como una niña. Tú sabes que ya no lo soy, que hace mucho que dejé de serlo.
Mi voz comenzó a quebrarse.
—Por favor.
Permaneció callado unos segundos que parecieron eternos. Miró hacia la casa, después volvió a mirarme y comprendió que ya no había forma de detener aquello.
Suspiró profundamente.
—Yo solo conduzco. Se me va a caer el pelo.
—Perdona, pero ya eres calvo, por si no te habías dado cuenta.
—Y tú siempre tan guasona, hasta en un momento así.
Noté cómo el corazón empezaba a acelerarse.
Tomás bajó todavía más la voz.
—Hay una casa a las afueras de Salamanca. Creo que forma parte de su holding, de algún modo. No entiendo de esas cosas.
Sentí un escalofrío.
—Yo lo llevé allí hace unos días.
El silencio cayó entre los dos. Cerré los ojos un instante y, cuando los abrí otra vez, ya había tomado la decisión.
—Llévame.
El trayecto duró poco más de veinte minutos. Ninguno habló. La carretera abandonó la ciudad y comenzó a internarse entre campos y pequeñas urbanizaciones hasta llegar a una vivienda moderna rodeada por un jardín perfectamente cuidado.
Tomás detuvo el coche, apagó el motor y permaneció inmóvil.
—Todavía podemos irnos.
Negué lentamente y bajé sin responder. Cada paso hacia la puerta hacía latir mi corazón con más fuerza.
Llamé. Una vez. Dos. Tres.
Durante unos segundos no ocurrió absolutamente nada, hasta que la puerta comenzó a abrirse.
Mi padre apareció al otro lado y, al verme, toda la sangre desapareció de su rostro.
Nunca le había visto así.
—Alba…
No contesté. Seguía mirándolo.
Él respiró profundamente. Me llamó la atención que, pese a su sorpresa inicial, no me invitara a pasar, y entonces lo entendí todo.
Miré hacia dentro.
Y la vi.
Sentada junto a una ventana.
Elsa.
La joven secretaria pelirroja.
Llevaba un polo claro y unos vaqueros sencillos, pero seguía resultando llamativa incluso sin arreglarse. Al levantar la cabeza y descubrirme, abrió mucho los ojos y se puso en pie de golpe.
Durante un instante nadie habló.
Después todo estalló.
—¡¿Qué le has hecho a mamá?!
Mi grito resonó por toda la casa.
Fernando dio un paso hacia mí.
—Baja la voz.
Lo miré completamente fuera de mí.
—¡No pienso bajarla!
Las lágrimas comenzaron a caer.
—¡Eres un criminal!
Señalé hacia Elsa.
—¡Has destrozado a mamá por una tía como esta!
Ella dio un paso hacia atrás, por si se me ocurría atacarla como si fuera un felino, si bien no observé un ápice de culpabilidad en su rostro.
—¡Toda la vida creyendo que eras un hombre bueno!
Mi respiración era cada vez más agitada.
—¡Has roto a tu mujer! ¡Has roto a tu hija! ¡Y todavía tienes la poca vergüenza de esconderte aquí!
Fernando cerró los ojos un instante.
—Alba, por favor. Tu madre y yo pensamos que era mejor que, durante unos días…
—¡No!
Las palabras salían atropelladas, sin control, mientras todo el dolor acumulado durante aquellos días explotaba de golpe.
—¡Siempre has sido igual!
Mi padre levantó la cabeza y me miró sorprendido. Yo seguía llorando.
—¡También me apartaste de Iván!
El silencio cayó sobre él, pero yo seguí hablando.
—¡Lo encontré en Madrid!
La voz terminó rompiéndose.
—¡Me contó lo que hiciste! ¡Le obligaste a dejarme! ¡Le destrozaste la vida! ¡Nos la destrozaste a los dos!
Mi padre dio un paso hacia mí.
—Cállate, hija. Por Dios.
—¡No me da la gana!
La rabia ya era imposible de contener.
—¡Y ahora haces lo mismo con mamá!
Señalé otra vez hacia el interior de la casa.
—¡Si Elsa tiene algo de dignidad, que salga y dé la cara! Me da igual que se entere del hombre que tiene a su lado. No me voy a callar, no me mandes hacerlo, no tengas el valor.
Fernando negó lentamente, con una tristeza inmensa en los ojos.
—No es por ella.
Fruncí el ceño, sin entender nada. Él respiró profundamente y habló muy despacio.
—Date la vuelta.
Permanecí inmóvil.
—¿Qué?
—Hazme caso.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Muy despacio, giré la cabeza, y el mundo volvió a detenerse.
Allí, junto a la verja de entrada, completamente pálido y sin apartar la vista de mí, estaba Marcos.
No entendía absolutamente nada.
Y una sola pregunta salió de sus labios:
—¿Quién es Iván?