¿Y si te vuelvo a perder? Capítulo 14
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Capítulo 14

Los días seguían pasando con una lentitud desesperante.

Mi madre continuaba encerrada entre el sofá y la cama, insistiendo en que solo era una gastroenteritis especialmente pesada mientras yo empezaba a perder la paciencia y la tranquilidad a partes iguales.

Nunca la había visto tan apagada y, a la vez, parada. Apenas tomaba nada sólido, sonreía por obligación cuando Noelia aparecía con nuevas ideas para la boda y cada tarde parecía un poco más cansada que la anterior.

Aquella mañana había conseguido convencerla para que tomara un caldo, y me sentía casi orgullosa de la hazaña cuando bajé a la cocina buscando un café.

Fue entonces cuando escuché voces. Julia y Rosario hablaban muy bajito; tan bajito que, precisamente por eso, llamaron mi atención.

Me quedé detenida en el pasillo. No pretendía escuchar, pero la frase llegó hasta mí perfectamente.

—Te digo yo que Fernando se ha vuelto loco.

Era Julia. Su tono mezclaba indignación y preocupación.

Rosario suspiró.

—Habla más bajo.

—¿Más bajo? ¡Si la pobre Mercedes está destrozada! ¿Qué les pasa a los tíos cuando les entra la pitopausia? Porque yo no lo entiendo.

Sentí que el corazón dejaba de latir durante un instante y permanecí completamente inmóvil.

Julia siguió hablando.

—Liarse con esa secretaria que tiene la edad de la Barbie es de degenerado.

El mundo entero pareció quedarse en silencio. No escuché nada más. Solo aquellas palabras: mi padre, su nueva secretaria, mi madre y su supuesto malestar.

La cabeza empezó a darme vueltas. Sin pensar siquiera en lo que hacía, carraspeé tras ellas para anunciar mi presencia.

Las dos se quedaron completamente blancas. Julia dejó caer la cuchara dentro de la olla y Rosario soltó el paño que llevaba en la mano.

Nadie dijo nada.

Las miré alternativamente. Sentía las piernas temblando.

—¿Qué acabáis de decir?

Julia abrió la boca, la volvió a cerrar y miró a Rosario buscando ayuda. Rosario negó casi imperceptiblemente.

Yo di un paso hacia ellas.

—Julia. No te vas a zafar.

Mi voz salió mucho más firme de lo que esperaba.

—Habla.

Ella tragó saliva.

—Niña…

—Habla.

El silencio volvió a caer sobre la cocina. Solo se escuchaba el hervor del caldo sobre el fuego.

Julia bajó la cabeza, se retorció las manos y terminó dejándose caer sobre una silla, como si el techo de la cocina se le fuera a caer encima.

—De patitas en la calle me van a poner por culpa de esto.

Sentí un nudo enorme en la garganta. Me acerqué lentamente y me senté frente a ella.

—Nadie te va a echar.

Julia respiró profundamente y después levantó la vista. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Tu madre lo descubrió estando en Lisboa. Por eso vino con esa carita del color de la cera.

Noté cómo el aire desaparecía de mis pulmones.

—¿Y está segura de eso?

Julia cerró los ojos un instante.

—Por lo visto, sí. De ahí que la pobre esté con ese malestar, que no se le pasa ni bien ni mal. Normal, a esa edad, que te dejen por una niñata, pues como que sienta regular. Vamos, que tiene que sentar para ahorcar al tío. Ya lo he dicho. Punto.

Cada palabra parecía un golpe.

No era capaz de reaccionar. Simplemente seguía mirándola.

Ella continuó hablando muy despacio.

—Se trata de su secretaria nueva, según le entendí.

Yo conocía muy bien a Elsa.

Elsa.

La jodida Elsa.

La secretaria que me dio mala espina desde que mi padre tuvo la nefasta idea de contratarla.

Desde el principio pensé que no era un buen fichaje. Y eso no era propio de Fernando Roldán, que sabía rodearse de un buen equipo.

Elsa apenas pasaba de los veinticinco años y poseía esa clase de belleza que obligaba a girar la cabeza al entrar en una habitación.

Su larga melena pelirroja caía en suaves ondas sobre los hombros, brillante como el cobre bajo la luz, enmarcando un rostro de piel muy clara salpicada por un puñado de diminutas pecas sobre la nariz que suavizaban unos rasgos casi perfectos.

Sus ojos, grandes y de un intenso color verde esmeralda, tenían una expresión vivaz y segura, reforzada por unas pestañas larguísimas y unas cejas perfectamente definidas.

Sonreía con facilidad, mostrando unos dientes impecables y una seguridad en sí misma que resultaba tan llamativa como su físico.

Era alta, de piernas larguísimas y una figura espectacularmente proporcionada.

Su cintura estrecha acentuaba todavía más unas curvas generosas que sabía realzar con una elegancia calculada, vistiendo casi siempre trajes de chaqueta entallados, vestidos ajustados o blusas de seda que dejaban entrever un pronunciado escote sin llegar nunca a resultar vulgar.

Todo en ella transmitía una imagen extremadamente cuidada: las uñas siempre impecables, el maquillaje sutil pero perfecto, unos tacones de aguja que parecían formar parte de su propia anatomía y un perfume dulce y sofisticado que permanecía flotando en el ambiente varios segundos después de que hubiera pasado.

Sin embargo, más allá de su evidente atractivo físico, lo que realmente llamaba la atención era su manera de moverse.

Caminaba con una seguridad natural, manteniendo siempre la espalda recta y la barbilla ligeramente levantada, como alguien acostumbrado a desenvolverse en cualquier situación con absoluta confianza.

Escuchaba con atención, hablaba con calma y tenía una habilidad especial para hacer sentir importante a la persona que tenía delante.

Era el tipo de mujer que despertaba admiración y comentarios allí por donde pasaba; una presencia luminosa y magnética que parecía llenar cualquier espacio con una facilidad desconcertante.

Y había embaucado a mi padre, a quien no disculpaba en lo más mínimo por ello. Como si no estuviera lo bastante enfadada ya con él, era lo único que me faltaba por escuchar; que se hubiera convertido en un golfo.

Rosario seguía completamente callada junto a la encimera.

Yo tampoco conseguía decir nada.

Julia volvió a hablar.

—Mercedes rezuma elegancia, la pobre mujer, pero esto la supera. Por eso le ha pedido que, de momento, se fuera unos días.

Inspiró profundamente.

—Escuché una conversación suya por teléfono.

La cocina volvió a quedarse en silencio.

Sentía el corazón latiendo tan fuerte que apenas distinguía las palabras.

—Le estaba echando en cara todo.

Le preguntaba cómo había podido hacerle eso después de tantos años. Le decía que la estaba matando.

Las lágrimas comenzaron a caer por las mejillas de Julia.

—Nunca había oído llorar así a tu madre.

Me llevé una mano a la boca mientras recordaba su palidez, su desgana y aquella negativa constante a ir al hospital que hasta entonces me había parecido simple cabezonería médica.

De pronto, todo empezó a encajar con una claridad dolorosa: no era una gastroenteritis, era tristeza, era dolor, era una vida entera rompiéndose por dentro.

Me puse en pie tan deprisa que la silla cayó hacia atrás y Rosario dio un paso hacia mí.

—Alba…

Negué con fuerza, incapaz de respirar y de pensar con claridad.

Poco antes había descubierto que mi padre había destrozado mi historia con Iván, y ahora descubría que también había destrozado la de mi madre.

La rabia comenzó a subir desde el pecho hasta la garganta con una violencia desconocida, y Julia se levantó también para sujetarme por los brazos.

—No le digas nada a tu madre.

Supliqué con la mirada una explicación.

Ella negó despacio.

—Bastante tiene ya.

Las lágrimas seguían cayendo sin control.

Miré hacia el techo intentando contenerlas, pero fue inútil.

Volví a pensar en Mercedes sonriendo mientras discutía con Noelia sobre las flores de la boda, en su debilidad, en su tristeza y en aquellas noches en las que fingía dormir mientras seguramente se preguntaba en qué momento había dejado de ser suficiente para el hombre con el que llevaba toda la vida.

Y sentí una pena infinita, porque comprendí de golpe que mi madre no estaba enferma. Se le estaba rompiendo el corazón. Y yo acababa de descubrir que el mío no era el único que Fernando Roldán había hecho añicos.