Capítulo 13
Cuando crucé la puerta de casa después del viaje con Marcos, lo primero que me sorprendió fue el silencio.
No el habitual, ese que siempre había acompañado a una casa grande cuando cada uno estaba ocupado en sus cosas, sino uno distinto, más pesado, casi extraño.
Ni siquiera Croqueta salió disparado hacia la entrada para recibirme ladrando como un poseso, y aquello ya era motivo suficiente para desconfiar.
Dejé la maleta junto a la escalera y avancé despacio hacia el salón.
Mi abuelo Antonio estaba sentado en su silla, como siempre, pero tenía el periódico completamente doblado sobre las rodillas sin haber pasado de la primera página. Miraba distraído por la ventana con una expresión que no le conocía.
Al verme entrar, sonrió. Una sonrisa pequeña. Demasiado pequeña.
Me acerqué enseguida.
—¿Qué pasa, abuelo?
Antonio tardó unos segundos en responder.
—Nada, cariño, que tu madre ha vuelto algo pachucha de Lisboa. Y no estoy acostumbrado a ver a mi nuera así. No quiero hacer ruido.
—¿Mamá se ha quedado en casa? ¿Y está en la cama? Eso sí que es raro…
Subí las escaleras casi corriendo y encontré la puerta de su dormitorio entreabierta. Llamé suavemente antes de entrar.
Ella estaba incorporada sobre la cama, con el pelo recogido y una mantita sobre las piernas —pese a ser verano— mientras hojeaba una revista médica que parecía no estar leyendo realmente.
Alzó la vista y sonrió, pero aquella sonrisa no consiguió engañarme. Me acerqué deprisa hasta besarla en la frente. No estaba caliente.
—¿Qué te pasa, mami? ¿Y esa manta? No me digas que se te ha estropeado el termostato interior —bromeé.
Ella restó importancia con un gesto de la mano.
—Una gastroenteritis tonta, hija.
Su voz sonaba apagada.
—Llevo unos días fatal.
La observé detenidamente. Nunca la había visto así. Mi madre era una mujer fuerte, la típica persona capaz de terminar una guardia de veinticuatro horas, volver a casa sonriendo, disfrutar a tope de una cena con todos y todavía sentarse un rato conmigo antes de acostarse.
Parecía indestructible.
Verla tan apagada resultaba extraño y, por alguna razón, inquietante.
Me senté junto a ella y le acaricié la mano.
—Deberías ir al hospital. Allí te echará un vistazo cualquiera de tus compañeros.
—¿Y qué van a saber ellos que no sepa yo, cariño? No tengo nada que no se vaya con un poco de reposo por mi parte.
—El reposo no está mal, siempre y cuando sea eso todo lo que necesites.
—¿Y qué más voy a necesitar? Bueno, sí, necesito que me des un beso y que me cuentes cómo te lo has pasado.
—Los médicos sois los peores pacientes.
—Es un hecho constatado. Muy cierto, cariño.
Era exactamente la respuesta que esperaba de ella, pero seguía sin gustarme su aspecto.
Bajé de nuevo al salón un rato después. El abuelo seguía sentado en el mismo sitio, esperando mi reacción. Me senté a su lado y permanecimos unos minutos en silencio, hasta que él habló muy despacio.
—No hables todavía con tu padre, por favor.
Le miré sorprendida. Él sostuvo mi mirada.
—Hazlo por tu madre. No se encuentra bien y sabes que, cuando lo hagas, será un disgusto tremendo, Alba.
Comprendí inmediatamente a qué se refería: a todo lo que acababa de descubrir, a toda la rabia que llevaba dentro. Él conocía perfectamente mi carácter y sabía que, si mi padre aparecía delante de mí en aquel momento, sería incapaz de fingir.
Respiré profundamente y después asentí.
—Lo haré.
Él me acarició la mano.
—Es lo mejor. Y, además, creo que tiene que volverse a marchar unos días de viaje, así que tampoco tendrás que fingir demasiado.
—Por fin una buena noticia, ¿y cuándo se larga?
—Alba, tú no eres así. Eres mucho más respetuosa que eso. Comprendo tu dolor, pero…
—Pues si lo comprendes, no te extrañará que lo único que desee en estos momentos sea perderlo de vista.
—Creo que se marcha esta misma tarde.
—Perfecto. Pues ahora mismo me voy a casa de Noelia para no verlo, porque si me lo echo a la cara, no respondo. Llámame cuando ya no esté.
Cuando volví a casa, horas después, mi madre seguía mal.
Me alegré enormemente de la marcha de mi padre y no me avergoncé de sentirlo, porque era real. Necesitaba distancia, necesitaba tiempo, necesitaba entender cómo convivir con aquella nueva imagen de él.
La casa recuperó cierta calma. Noelia comenzó a aparecer prácticamente a diario cargada con carpetas, muestras de telas, catálogos de flores, fotografías de centros de mesa y listas interminables que parecían multiplicarse cada mañana.
Entraba gritando de contenta, saludaba al abuelo con un beso, discutía cinco minutos con Julia por cualquier tontería y terminaba invadiendo el salón como un huracán.
—He tenido una idea maravillosa.
Aquella frase empezaba a sonar varias veces al día. Unas veces proponía cambiar la iluminación del jardín; otras hablaba de un cuarteto de cuerda; después aparecía con una nueva distribución de mesas o con servilletas traídas de quién sabía dónde.
Mi madre escuchaba todas aquellas propuestas desde el sofá. Sonreía, opinaba e incluso discutía con Noelia sobre el color de las rosas.
Pero seguía igual.
O peor.
Cada tarde parecía más cansada, cada mañana desayunaba menos y aquella supuesta gastroenteritis empezaba a durar demasiado.
Una noche la encontré dormida en el sofá con un libro abierto sobre el pecho. Nunca se quedaba dormida así. Jamás.
Me senté junto a ella y le aparté suavemente un mechón de pelo. Estaba muy pálida. Muchísimo.
Cuando despertó, insistí otra vez:
—Mamá, tenemos que llevarte al hospital.
Mercedes sonrió con paciencia.
—Solo necesito descansar.
Negué con fuerza.
—Llevas diciendo eso varios días.
Ella volvió a quitar importancia al asunto, pero ya no conseguía convencerme.
Aquella noche me acosté mucho más preocupada de lo que quería reconocer. El dolor por Iván seguía allí. La decepción con mi padre también. Pero empezaba a sentir que el estado de mi madre ocupaba poco a poco todo el espacio que quedaba libre en mi corazón.
Y, por mucho que intentara tranquilizarme, una intuición desagradable comenzó a instalarse dentro de mí: la sensación de que aquello era algo más que una simple gastroenteritis.