Capítulo 12
La mañana de la vuelta amaneció envuelta en una niebla fina que parecía haberse quedado dormida entre los árboles. Abrí los ojos antes que Marcos y permanecí varios minutos contemplando la quietud de la habitación, escuchando únicamente el rumor del viento golpeando suavemente las ramas del bosque.
Había dormido poco. Cada vez que cerraba los ojos aparecía Iván. Cada vez que los abría, Marcos seguía allí, a apenas unos centímetros de mí, respirando con tranquilidad y ajeno a la batalla que llevaba varios días librándose dentro de mi cabeza.
Esa sensación me hacía sentir terriblemente culpable.
Me incorporé despacio para no despertarlo y salí a la terraza envuelta en una sábana.
El jacuzzi estaba ya vacío y las velas de la noche anterior permanecían apagadas, consumidas hasta la mitad.
Parecía mentira que apenas unas horas antes hubiera intentado convencerme de que todo podía volver a ser como antes.
Escuché pasos detrás de mí.
Marcos salió descalzo, todavía despeinado, y se colocó a mi lado sin decir nada. Apoyó los codos sobre la barandilla y contempló el paisaje durante un buen rato.
Con él, los silencios nunca resultaban incómodos.
Quizás por eso me dolían todavía más.
Al cabo de unos minutos giró ligeramente la cabeza.
—Te he notado distinta todo el viaje.
Sentí un pequeño nudo en el estómago. No respondí y seguí mirando las montañas. Él tampoco insistió enseguida; esperó, como siempre hacía, y finalmente volvió a hablar.
—He pensado mucho en la bronca que tuvimos cuando estuviste en Madrid.
Su voz sonaba triste y apagada.
—Y necesito que me perdones.
Me dolió. Me dolió de verdad, porque era él quien estaba pidiendo disculpas y era yo quien llevaba escondiendo demasiadas cosas.
Bajé la cabeza, me acerqué despacio hasta él, apoyé una mano sobre su pecho y sonreí con enorme esfuerzo.
—No tienes nada que pedirme perdón.
Él negó lentamente.
—Sí lo tengo.
Suspiró.
—Pasé tanto miedo aquella noche que perdí los nervios. No debí hablarte así.
Sentí que los ojos empezaban a humedecerse. Si hubiera sabido la verdad… Si hubiera sabido por qué estaba realmente en Madrid…
Me abrazó con suavidad y cerré los ojos. Su perfume, el calor de su cuerpo y la tranquilidad que siempre encontraba entre sus brazos estuvieron a punto de hacerme llorar otra vez.
—Todo está bien —mentí en voz baja—. Solo estoy nerviosa por la boda.
Aquella excusa empezaba a convertirse en mi refugio favorito.
Él me separó apenas unos centímetros para mirarme a los ojos.
—¿Seguro?
Asentí.
—Y además… fui yo quien se equivocó. Fuiste tú quien pasó una noche horrible.
Marcos sonrió con alivio y me acarició la mejilla. En aquel instante comprendí una vez más por qué me había enamorado de él: porque era bueno. Profundamente bueno.
Le rodeé el cuello con los brazos y busqué sus labios con un beso largo, tranquilo, lleno de todo el cariño que sentía por él y también de toda la culpa que me estaba devorando por dentro.
Él respondió enseguida, como siempre, con esa mezcla de intensidad y entusiasmo que convertía cualquier gesto cotidiano en algo especial. Me estrechó contra sí y permanecimos abrazados mientras el aire frío de la mañana nos rodeaba.
Durante unos segundos conseguí olvidar Madrid, olvidar a Iván, olvidarlo todo. Solo existíamos nosotros dos.
Cuando nos separamos, Marcos sonrió divertido.
—Como sigas besándome así, no llegamos nunca a Salamanca.
Me reí por primera vez en muchos días. Una risa auténtica.
Él miró el reloj y abrió mucho los ojos.
—Madre mía… tenemos que dejar la habitación en media hora.
Hice una mueca exagerada.
—Siempre tan inoportuno.
Se inclinó para besar mi frente.
—Te debo una.
Recogimos las maletas y emprendimos el camino de vuelta.
El coche avanzaba entre montañas cubiertas de verde mientras sonaba una lista de canciones tranquilas que habíamos escuchado mil veces juntos.
Yo llevaba la cabeza apoyada en la ventanilla y él conducía con una sola mano, tarareando de vez en cuando alguna estrofa.
Apenas hablábamos y, sin embargo, aquel silencio era mucho más ligero que el de la ida. Quizás porque los dos necesitábamos recuperar la normalidad.
Cuando abandonamos la carretera principal y nos internamos en una zona rodeada de pinos, sentí un impulso extraño.
—Para un momento.
Marcos me miró sorprendido.
—¿Aquí?
Señalé un pequeño camino de tierra.
—Sí.
Detuvo el coche junto a un claro desde el que apenas se veía la carretera, apagó el motor y se volvió hacia mí sonriendo.
—Definitivamente estás loca.
No pude evitar reírme.
Giré sobre el asiento y me acerqué despacio hasta él. Apoyé la frente sobre la suya.
—Es culpa tuya.
Él arqueó una ceja.
—¿Mía?
Asentí muy despacio.
—Sí, tuya.
—Dime que estás loca por mí. Necesito escucharlo.
Su sonrisa se hizo todavía más grande.
—Lo estoy, claro que lo estoy.
Me rodeó con los brazos y volvimos a besarnos, esta vez sin prisas, dejándonos envolver por el silencio del bosque y por el rumor lejano del viento entre los árboles.
No me lo pensé. Llevaba un vestido que me permitió colocarme sobre él, con mis braguitas directamente contra sus pantalones.
Marcos percibió la humedad y llevó sus dedos hasta ellas.
Acto seguido, los acercó a su nariz. Siempre solía decirme que mi olor corporal era su preferido en el mundo y mucho más si emanaba de allí.
Me tomó por la base de la nuca y comenzó a besarme con hambre.
Entonces bajó mis bragas mientras yo desabrochaba el cinturón de sus pantalones. Su virilidad terminó por quedar tan expuesta como mi sexo. En principio, me restregué sobre él como queriendo difundir ese olor mío que tanto le entusiasmaba por todo su ser.
Y entonces me paró, entrando en mí. Noté cómo me ensartaba. Noté cómo me hacía suya. Noté cómo su cuerpo y el mío se convertían en uno.
Las embestidas de Marcos fueron subiendo de nivel mientras sus manos abrían los botones de la parte superior de mi vestido para acceder directamente a mis pechos. No llevaba sujetador, así que no lo tuvo complicado.
—Me has allanado el camino, así me gusta. Tener acceso directo a lo que es mío.
La forma de pronunciar «mío» me estremeció como siempre lo hacía. Y mientras cabalgaba para él, comenzó a succionar de esos pechos que se habían endurecido tanto como su entrepierna.
El clímax nos llegó a ambos a la vez en aquella parada improvisada que hicimos memorable.
Después, permanecimos abrazados largo rato, compartiendo esa cercanía tranquila que tantas veces había definido nuestra relación, hasta que ambos terminamos riéndonos al recordar que seguíamos aparcados en mitad de un camino perdido.
Marcos apoyó la frente sobre la mía y susurró:
—Dentro de unos meses serás mi mujer.
Sentí un pequeño vuelco en el pecho.
Le acaricié la mejilla con dulzura.
Y deseé, con todas mis fuerzas, que mi corazón consiguiera encontrar el mismo camino que acababa de prometerle mi sonrisa.