¿Y si te vuelvo a perder? Capítulo 11
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Capítulo 11

Marcos insistió en que necesitábamos desaparecer, aunque solo fueran unos días, lejos de llamadas, reuniones, flores, listas de invitados y pruebas del vestido.

Yo sonreía cada vez que sacaba el tema, inventando una excusa distinta para aplazarlo, pero él tenía esa mezcla de paciencia y determinación que siempre terminaba derribando cualquier resistencia.

En mi caso, estaba esperando que mi padre volviera para encararlo.

Pero esa era una cuenta pendiente mía y solo mía, a la que él estaba completamente ajeno, puesto que no sabía nada de los verdaderos motivos que me llevaron a Madrid ni, por ende, de mi descubrimiento.

—Tres días —me pidió esa tarde, apoyándose en el marco de la puerta de mi dormitorio mientras jugaba distraídamente con las llaves del coche—. Solo tres días para nosotros. Sin empresas, sin bodas, sin móviles y sin mundo.

Quise negarme. Pensé en el trabajo, en Noelia, en el caos que llevaba instalado en mi cabeza desde el viaje a Madrid y, sobre todo, en el secreto que empezaba a pesarme demasiado. Sin embargo, bastó que me mirara con aquella sonrisa tan atractiva para que terminara aceptando.

Dos días después, atravesábamos una carretera rodeada de bosques rumbo a un pequeño hotel escondido entre montañas. El lugar parecía sacado de una postal: piedra, madera, increíbles puestas de sol y un silencio tan absoluto que costaba creer que existiera un mundo al otro lado de aquellos árboles.

Marcos había elegido una suite con terraza privada y un pequeño jacuzzi exterior iluminado por decenas de velas. Cuando abrimos la puerta, el vapor ascendía lentamente hacia el cielo mientras el atardecer teñía de naranja las montañas.

Me quedé contemplando la escena.

Él sonrió satisfecho.

—Necesitabas respirar.

Y tenía razón.

Durante el día caminamos sin rumbo por senderos cubiertos de hojas, compartimos una comida larguísima frente a un lago y hablamos de proyectos, viajes futuros y pequeños detalles de la boda. Marcos conseguía que todo pareciera sencillo. Siempre había sido así entre nosotros.

Nuestra relación nació con una naturalidad sorprendente.

Desde el principio existió una complicidad que hacía innecesarias las explicaciones.

Bastaba una mirada para entendernos y un roce de manos para sentirnos cerca.

Él tenía una imaginación inagotable para convertir cualquier escapada en una aventura distinta y nunca permitía que la rutina se instalara entre nosotros.

Una cena improvisada bajo las estrellas, un desayuno en una azotea, una habitación llena de música o una carretera secundaria sin destino concreto podían transformarse, gracias a su don, en recuerdos imposibles de olvidar.

Yo siempre me había dejado llevar.

Quizás porque junto a Marcos todo parecía fácil. Quizás porque me hacía sentir querida de una forma tranquila y segura. Quizás porque él fue quien, sin saberlo, apaciguó la tormenta que arreciaba en el interior de mi pecho desde la desaparición de Iván.

Aquella noche, sin embargo, había algo distinto.

Cuando salimos a la terraza, el agua del jacuzzi desprendía un ligero vapor que se mezclaba con el aire fresco de la montaña. Las velas dibujaban pequeños reflejos dorados sobre la superficie y una suave música llegaba desde el interior de la habitación.

Entramos despacio.

El agua caliente alivió durante unos instantes la tensión que llevaba días acumulando, y apoyé la cabeza sobre el borde mientras contemplaba el cielo oscuro salpicado de estrellas.

Marcos se acercó lentamente hasta quedar a mi lado. Me rodeó los hombros con un brazo y permanecimos un rato en silencio, escuchando únicamente el rumor del viento entre los árboles.

Siempre había sido un hombre de los que disfrutaban haciéndome gozar.

Le gustaban los abrazos fuertes, los besos lentos, las caricias extremas y esa cercanía que no necesitaba palabras para expresar cariño. A menudo decía que la intimidad empezaba mucho antes de una habitación y que una simple mirada podía resultar más poderosa que cualquier declaración.

Aquella noche volvió a demostrarlo.

Apartó con delicadeza un mechón de pelo mojado de mi rostro y besó mi frente con una ternura que consiguió estremecerme. Después dejó un beso en mi mejilla y otro sobre mi mano, deseoso de ser correspondido.

El vapor ascendía lentamente alrededor del jacuzzi , difuminando las luces de las velas. Más allá del pequeño muro de piedra, la montaña permanecía completamente en silencio y el cielo parecía tan limpio que daba la impresión de que las estrellas se hubieran acercado unos metros durante la noche.

Permanecíamos sumergidos hasta los hombros, dejando que el agua caliente mitigara el cansancio acumulado de las últimas semanas. Yo tenía los ojos cerrados y la cabeza apoyada sobre el borde cuando sentí que Marcos se giraba hacia mí.

Al abrirlos, descubrí que me estaba observando.

No decía nada. Simplemente sonreía.

Era una sonrisa traviesa, enamorada y llena de admiración, una de esas miradas capaces de hacerme sentir la única mujer del mundo.

Bajó los ojos apenas un instante, contemplando con absoluta naturalidad la piel que asomaba sobre el agua, y volvió a mirarme con un brillo divertido.

—Sigues consiguiendo dejarme sin palabras.

Me reí bajito.

—Qué exagerado eres.

—No. Solo tengo suerte.

Aquella frase, dicha con tanta sencillez, me enterneció.

Marcos siempre había sabido hacerme sentir deseada. Nunca desde la exageración ni desde el halago vacío, sino desde una admiración que resultaba imposible no creer.

Se acercó un poco más.

El agua dibujó pequeñas ondas entre los dos.

Su mano buscó la mía bajo la superficie mientras seguía mirándome con una seducción infinita. Sus dedos mojados buscaron mi sexo, tan húmedo por dentro como por fuera. Noté, de inmediato, cómo mis pezones se endurecían y cómo mi piel se erizaba hasta ese punto que tanto le endurecía.

Marcos solía afirmar que su dureza era directamente proporcional a mi cercanía. A veces, me costaba encajar que hubiéramos construido tanto en tan poco tiempo.

Su desnudez era realmente increíble. Su cuerpo, trabajado y tonificado, parecía estar programado para darme placer. Aunque hubo feeling entre ambos desde el comienzo, creo que compartir cama con él fue lo que terminó de ganarme, tiempo atrás.

No tardé mucho en entregarme a Marcos una vez que comenzamos a salir. Lejos de querer mantener las distancias, tuve claro que deseaba acortarlas desde el principio. Y no porque deseara aferrarme a él como a un clavo ardiendo, sino porque me pareció el elegido.

Puede que fuese su determinación y su seguridad en lo nuestro lo que me conquistó. Y luego, bastó con meternos en la cama para comprobar que esa química que se dejaba ver en cualquier situación aumentaba exponencialmente entre las sábanas.

Y el remate a tanta complicidad íntima fue que me pidiera matrimonio en tiempo récord, afirmando que deseaba disfrutar cada minuto de eso que estaba naciendo entre ambos.

Marcos era muy sexual y, entre juego y juego, se mostraba posesivo de un modo que me excitaba más que cualquier otra cosa en el mundo. Por esa razón, solía contestar a sus preguntas al respecto ipso facto, sabedora de que decirle que era suya y solo suya lo volvía absolutamente loco.

Su boca se acercó a mis pechos mientras sus dedos comenzaban a hacer la ruta que los llevaría hasta lo más íntimo de mí. Un gemido placentero salió de mis labios y un intenso beso por su parte quiso apoderarse de él, haciéndolo suyo igualmente.

La succión de mis pechos por parte de sus gruesos labios comenzó a hacer que la respiración se me entrecortara.

Y entonces ocurrió.

Sin previo aviso.

Como un relámpago.

Mi memoria viajó diez años atrás.

Recordé la primera vez que Iván me había mirado con aquella mezcla de timidez y asombro que solo se tiene una vez en la vida, cuando el amor todavía está descubriendo el territorio del otro con infinita delicadeza.

Recordé el rubor de los dos, las risas nerviosas, el silencio compartido y aquella sensación ingenua de estar entregando el corazón entero a alguien que jamás podría romperlo.

La imagen apareció con tanta fuerza que me estremecí.

Marcos lo notó enseguida.

Se inclinó hacia mí y dejó un beso lento sobre mi frente. Después, otro junto a la sien. Y otro sobre mi mejilla.

Su cercanía seguía provocando en mí ese cosquilleo agradable que había sentido desde el principio de nuestra relación. Mi piel respondió casi instintivamente al calor de sus labios y un ligero escalofrío recorrió mis brazos.

Sin embargo, al mismo tiempo, algo dentro de mí se tensó.

Era una contradicción insoportable.

Mi cuerpo permanecía allí, abrazado al presente. Pero mi cabeza seguía atrapada entre recuerdos que no había pedido recuperar.

Marcos se apartó apenas unos centímetros y me observó con atención. Sus ojos, siempre tan expresivos, perdieron un poco la sonrisa.

—¿Estás bien? No te veo tan entregada como otras veces…

Tardé unos segundos en responder.

Asentí despacio.

—Sí.

La mentira sonó tan frágil que ni yo misma la creí.

Él pareció aceptar mi respuesta, aunque no terminó de creérsela, y siguió haciendo eso que tan bien se le daba. Pero entonces notó que no estábamos en sintonía, y eso no era algo a lo que estuviera acostumbrado. De hecho, sacó sus dedos de mí, aunque me regaló varios besos, uno detrás de otro.

A continuación, apoyé la cabeza sobre su hombro y cerré los ojos.

Deseé con todas mis fuerzas que el agua caliente pudiera llevarse también el peso que llevaba dentro, que los recuerdos dejaran de mezclarse con el presente y que aquella herida antigua encontrara por fin un lugar donde descansar.

Pero comprendí, mientras el rumor del jacuzzi llenaba la noche, que algunas cicatrices no desaparecen cuando dejan de doler. Desaparecen cuando uno aprende a mirarlas sin miedo.

Y yo todavía estaba muy lejos de conseguirlo.

Quería entregarme. Quería disfrutar de aquel momento. Quería hacerlo de verdad.

Pero mi cabeza seguía viajando una y otra vez hacia Madrid. Hacia Iván. Hacia mi padre. Hacia todas aquellas respuestas que habían llegado demasiado tarde.

Marcos se puso algo nervioso. Me observó unos segundos y acarició mi rostro, confundido.

—Sigues muy lejos.

Abrí los ojos despacio.

Intenté sonreír.

No lo conseguí.

No preguntó nada más. Me abrazó con más fuerza y permanecimos así, en silencio, mientras el agua seguía moviéndose lentamente alrededor de nosotros.

Pensé entonces en lo mucho que le quería. En la paz que siempre encontraba a su lado. En nuestras escapadas improvisadas, en nuestras risas, en los desayunos compartidos y en todas las veces que había conseguido hacerme feliz con una sencillez que parecía imposible.

Y comprendí también que el dolor que llevaba dentro no tenía que ver con el presente.

Era una herida antigua.

Un episodio mal cerrado.

Un amor que había terminado de la peor manera posible y cuya verdad acababa de descubrir.

No era nostalgia. No era deseo. Era la necesidad de reconstruir una parte de mi historia para poder seguir caminando.

Marcos apoyó la barbilla sobre mi cabeza y permaneció abrazándome sin hacer preguntas. Aquel gesto sencillo, lleno de paciencia y de cariño, terminó emocionándome más que cualquier palabra.

Las velas seguían iluminando la terraza. La montaña dormía a nuestro alrededor.

Y yo deseé, con todas mis fuerzas, que el pasado encontrara por fin el lugar donde debía quedarse para poder mirar de nuevo hacia el futuro sin miedo.