Capítulo 10
La casa de los Roldán estaba extrañamente silenciosa cuando llegué aquel día.
Mi padre y mi madre habían salido hacia un congreso inmobiliario en Lisboa que él llevaba meses preparando y ella había aprovechado para convertirlo en una pequeña escapada juntos, algo cada vez más difícil entre reuniones, guardias y proyectos.
La enorme vivienda parecía distinta sin ellos.
Más tranquila. Más lenta. Solo el abuelo Antonio seguía ocupando su silla de ruedas en el porche, acompañado por Julia, que tejía una bufanda imposible en pleno verano mientras discutía con Croqueta porque el perro insistía en robarle el ovillo de lana.
Yo crucé el jardín sin apenas levantar la cabeza, tras despedirme de Marcos. Le comenté que necesitaba descansar, que ya haríamos planes en otro momento. Y él, culpable como se sentía por nuestra riña, asintió sin ponerme problemas. Nunca lo hacía.
Ni siquiera tuve fuerzas para fingir una sonrisa.
El abuelo me observó acercarme durante unos segundos y dejó el periódico sobre las rodillas. No dijo nada.
Julia, en cambio, tardó exactamente tres segundos en abrir la boca.
Me miró de arriba abajo, frunció el ceño y soltó con absoluta naturalidad:
—Pero bueno… ¿A ti qué te ha pasado en Salamanca? ¿Te han dado una paliza o te ha atropellado el tren?
Levanté la vista.
Ella seguía examinándome.
—Porque la cara que traes no es normal. Pareces una patata frita enmohecida y olvidada detrás del sofá.
A pesar de todo, se me escapó una sonrisa diminuta.
Julia respiró aliviada.
—¡Menos mal! Ya pensaba que te habías apuntado a un retiro espiritual.
El abuelo la miró por encima de las gafas.
—Déjala respirar.
Julia levantó las manos.
—Yo solo pregunto.
Después se acercó un poco más y bajó la voz con teatralidad.
—Si hay que pegarle a alguien, avisa.
Aquella tontería estuvo a punto de hacerme llorar otra vez. Me limité a negar con la cabeza y subí despacio a mi habitación.
Ni siquiera me sentí mal por separarme de Marcos tras lo ocurrido. Le había asegurado que me encontraba mal y no era mentira. Me dolía todo: la cabeza, el pecho, el alma.
Dormí casi toda la tarde y gran parte de la noche. Cuando desperté a la mañana siguiente, el sol entraba por la ventana y el silencio seguía instalado en la casa.
Bajé en pijama hasta la cocina. Rosario preparaba café, Julia discutía con Croqueta porque acababa de robarle una tostada y el abuelo Antonio leía junto a la ventana.
Me senté frente a él. Durante varios minutos, ninguno habló. Él sabía esperar. Siempre lo había hecho. Yo removía el café sin beberlo, hasta que, casi sin darme cuenta, terminé preguntando en voz muy baja:
—Abuelo… ¿Una persona puede dejar de amar por culpa de las circunstancias?
Él dejó lentamente la taza sobre el plato, suspiró y sonrió con una tristeza antigua.
—Nunca.
Su respuesta llegó sin vacilar. Como si llevara años preparada.
—Cuando se ama de verdad, las circunstancias pueden separar a dos personas… pero no cambian lo que sienten.
Sentí un escalofrío.
Él me observó unos segundos. Después apoyó ambas manos sobre el bastón.
—Estoy seguro de que ese chico nunca dejó de quererte.
Levanté la cabeza de golpe.
El corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Cómo…?
El anciano me sostuvo la mirada y sonrió con una ternura infinita.
—Así que al final lo has descubierto.
Me quedé completamente paralizada. No entendía nada.
Él bajó la vista. Parecía avergonzado.
—Yo también sabía que erais novios.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Las lágrimas comenzaron a acumularse otra vez.
—Abuelo…
Cerró los ojos unos segundos.
—Lo supe casi desde el principio.
Su voz sonaba exhausta.
—Y cuando tu padre hizo lo que hizo… tuvimos la discusión más grande de nuestra vida.
Nunca le había oído hablar así de mi padre.
Nunca.
—No me sentí orgulloso de mi hijo.
Guardó silencio.
—Aunque también sé que creyó estar protegiéndote.
Negué con fuerza.
—No.
Las lágrimas ya caían libremente.
—No protegió a nadie.
No respondió. Esperó.
Yo respiré profundamente antes de continuar.
Le conté todo: la conversación con Iván, la amenaza, el chantaje, la desaparición, el restaurante de Madrid y las lágrimas de los dos.
Cuando terminé, el abuelo permanecía completamente callado, mirando por la ventana.
—Yo también intenté encontrarlo.
Eso me dejó helada.
—¿Qué?
Asintió muy despacio.
—Después de la pelea con tu padre fui a buscar al muchacho.
Respiró hondo.
—Pero ya se había marchado.
Bajó la cabeza.
—Pregunté durante semanas. Nadie sabía nada.
Me llevé ambas manos a la cara.
—Odio a papá.
Las palabras salieron solas. Con rabia. Con dolor.
El abuelo tardó un momento en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó increíblemente serena.
—No.
Lo miré sorprendida.
Él sonrió con tristeza.
—Hay demasiado amor dentro de ti como para odiar a nadie.
Negué.
—No voy a perdonarlo nunca.
El abuelo me acarició la mano.
—Ahora crees eso.
Permaneció unos segundos en silencio.
—Pero llegará un día en que comprenderás que perdonar no significa dar la razón. Significa dejar de cargar tú sola con el peso.
Volví a llorar.
Apoyé la cabeza sobre su hombro como cuando era pequeña y él permaneció inmóvil, acariciándome el pelo con infinita paciencia.
Aquella tarde apareció Noelia.
Entró en casa sin llamar, como llevaba haciendo desde niña, con una bolsa enorme de dulces y una planta diminuta que aseguraba haber comprado porque «las depresiones siempre mejoran con fotosíntesis».
Julia la vio entrar y abrió mucho los ojos.
—¿Qué traes ahí?
—Terapia.
Le enseñó los dulces.
Julia asintió convencida.
—Eso sí que cura. Trae acá, que yo también estoy mustia. Necesito que me rieguen como una maceta, pero como los hombres hoy no valen para nada, me conformo con el azúcar.
Las dos comenzaron a discutir sobre si el chocolate para acompañar los dulces debía tomarse espeso o líquido mientras yo permanecía sentada en el sofá, ajena a todo.
Noelia se acercó despacio, me abrazó y comprendió inmediatamente que no había mejorado nada.
Pasamos la tarde juntas. Ella habló. Julia hizo bromas de «tarada», como ella misma decía. Croqueta robó medio dulce, el abuelo fingió enfadarse y Rosario protestó porque le llenaba el salón de migas al correr a refugiarse.
La casa siguió latiendo como siempre.
Pero yo apenas podía participar.
Porque cada vez que cerraba los ojos seguía viendo los de Iván. Y comprendía que algunas heridas, por mucho tiempo que pase, solo esperan el momento adecuado para volver a doler.
Mi amiga esperó a que Julia desapareciera y a que el abuelo se quedara adormilado en su sillón, con Croqueta hecho un ovillo junto a sus pies, para sentarse frente a mí con esa seriedad suya que aparecía pocas veces, pero que siempre significaba que estaba a punto de decirme algo importante.
Habíamos pasado la tarde entre dulces, lágrimas, bromas de Julia y silencios incómodos que yo intentaba llenar mirando el móvil, donde Marcos llevaba horas enviándome mensajes cariñosos, preguntándome si seguía pachucha, recordándome que descansara y contándome que había aprovechado el día para adelantar trabajo y dejar libres otros días para mí.
Noelia dejó la taza sobre la mesa baja y me observó durante unos segundos antes de hablar.
—Alba, te voy a preguntar algo importante y necesito que no me respondas con una frase de esas tuyas de ejecutiva que parece que estás presentando un plan comercial ante un CEO internacional. ¿Qué vas a hacer?
La miré sin entender, aunque en realidad la entendí perfectamente.
Me acomodé en el sofá, abracé un cojín contra el pecho y dejé escapar un suspiro cansado.
—Casarme con Marcos y odiar a mi padre.
Noelia cerró los ojos con paciencia.
—Eso no es compatible.
—Claro que lo es. Una cosa es mi boda y otra cosa es que mi padre haya destrozado una parte de mi vida.
—No, cielo. Una cosa es tu boda y otra cosa es que acabes de descubrir que el hombre al que quisiste durante años no te abandonó porque dejara de amarte, sino porque tu padre le puso una pistola emocional en la cabeza.
Entenderás que, como mínimo, eso requiere más gestión que elegir centros de mesa.
Me dolió escuchar aquella verdad tan clara, pero no me enfadé.
Noelia no estaba intentando empujarme hacia ninguna dirección. Solo me estaba obligando a mirar de frente un desorden que yo pretendía guardar en un cajón antes de que empezara a mancharlo todo.
—Lo de Iván ha sido un ciclón —murmuré, notando cómo la garganta volvía a cerrarse—.
Ha entrado de golpe, ha levantado todos los recuerdos, me ha destrozado la imagen que tenía de mi padre y me ha dejado hecha polvo.
Pero eso no significa que mi vida actual no exista.
Marcos existe. Lo que siento por él existe. Nuestra boda existe.
Noelia apoyó los codos en las rodillas y me miró con mucha ternura.
—¿Le sigues amando igual?
Asentí deprisa, casi con urgencia.
—Mucho. Le quiero muchísimo. Sé que lo de Madrid ha sido horrible, sé que he mentido y sé que estoy confundida, pero no con Marcos.
Iván pertenece a mi pasado. A un pasado precioso, sí, y también injusto, pero pasado.
Necesitaba saber la verdad, necesitaba entender por qué desapareció, y ahora ya lo sé.
—¿Y eso te basta?
Me quedé callada. No porque no supiera la respuesta, sino porque temía que sonara menos sólida de lo que necesitaba.
—Tiene que bastarme.
Noelia no dijo nada durante unos segundos. Después se levantó con una energía repentina, se recogió el pelo en un moño desastroso y dio dos palmadas que sobresaltaron a Croqueta, que levantó la cabeza, ofendido.
—Muy bien. Si has decidido que quieres volver a meterte en modo novia, vamos a meterte en modo novia hasta las pestañas.
—Noelia…
—Ni Noelia ni nada. Se acabó el luto romántico por hoy. Hemos llorado, hemos bebido whisky hasta que nos saliera por los ojos, hemos descubierto que tu padre podría protagonizar una serie de villanos y hemos tenido suficiente intensidad para varias vidas. Ahora toca boda.
Antes de que pudiera protestar, sacó su portátil, abrió una carpeta compartida y comenzó a desplegar sobre la mesa un universo de imágenes, bocetos, paletas de color y propuestas que me habrían parecido excesivas cualquier otro día, pero que en aquel momento funcionaron como una cuerda a la que agarrarme.
Noelia hablaba con pasión, moviendo las manos mientras me explicaba que había tenido una idea preciosa para la celebración: en lugar del típico libro de firmas, colocaríamos un «muro de recuerdos» con pequeñas tarjetas de papel artesanal donde cada invitado pudiera escribir una anécdota, un deseo o una promesa para nosotros.
Las tarjetas se colgarían con cintas finas de lino en una estructura de madera antigua iluminada con pequeñas luces cálidas y, al final de la noche, Marcos y yo podríamos leer algunas en voz alta antes del baile.
La idea me pareció tan bonita que, por primera vez en dos días, sonreí sin esfuerzo.
—Eso es precioso.
Noelia alzó la barbilla con dignidad.
—Naturalmente. Soy autónoma, pero tengo talento.
—Eres insoportable.
—Y necesaria. No olvides lo segundo cuando llegue mi factura.
Seguimos trabajando durante horas.
Elegimos tonos crema, verde oliva y dorado envejecido; descartamos unas flores demasiado rígidas porque Noelia dijo que parecían arreglos de banco; pensamos en una mesa dulce con postres pequeños inspirados en viajes que Marcos y yo habíamos hecho juntos; y hasta terminamos riéndonos cuando Julia entró a preguntar si en esa boda iba a haber comida «normal» o esas modernidades en las que te ponían una hoja en medio del plato y luego te cobraban como si hubieras cenado cordero.
Pedimos pizzas al anochecer porque Rosario había librado y ninguna de las dos tenía intención de cocinar nada que requiriera más esfuerzo que abrir una caja.
Añadimos dos tarrinas de helado al pedido, una de chocolate y otra de vainilla con nueces, porque Noelia aseguró que las crisis se procesaban mejor alternando salado y dulce, una teoría sin base científica pero con bastante sentido en mi estado emocional.
Cenamos en el sofá, con el portátil abierto, las piernas encogidas bajo una manta fina y Croqueta vigilando cada porción con una concentración casi militar.
Marcos me escribió varias veces. Me dijo que esperaba que estuviera descansando, que al día siguiente pasaría a verme si me apetecía y que no me preocupara por nada, que todos teníamos días raros.
Le respondí con cariño, sintiendo otra vez esa culpa suave y persistente, pero también un alivio extraño al comprobar que seguía ahí, paciente, atento, dispuesto a cuidar de mí incluso sin saber qué me estaba rompiendo por dentro.
Noelia leyó el último mensaje por encima de mi hombro y sonrió.
—Te quiere mucho.
Asentí mientras dejaba el móvil boca abajo sobre el sofá.
—Lo sé.
Y aquella noche, entre pizza , helado, propuestas de boda y el ruido familiar de mi casa al otro lado de la puerta, intenté convencerme de que saber la verdad sobre Iván no tenía por qué cambiar mi futuro.
Solo había cambiado mi pasado.