Capítulo 9
Noelia trató de incorporarse para ir al baño y entonces tropezó con mis sandalias de la noche anterior.
—¡Hijas de puta! —chilló.
—¿Qué pasa? —le pregunté con un dolor tal en las sienes que creí que alguien me las estaba aporreando.
—Que casi me parto los piños. ¡Joder!
Se perdió camino del baño mientras yo trataba de tomar conciencia de en qué mundo estaba.
Tenía la boca seca, la cabeza latiéndome con una fuerza insoportable y una sensación extraña de haber llorado durante toda la noche, algo que, en realidad, no se alejaba demasiado de la verdad.
Abrí los ojos despacio y escuché a Noelia blasfemando en el baño, como si mis sandalias la hubieran ofendido de un modo insoportable. Sobre la mesita descansaban dos vasos vacíos, varias botellitas del minibar y varios envoltorios de snacks que no recordaba haber abierto.
Me incorporé despacio. El simple movimiento hizo que la habitación comenzara a girar ligeramente.
Busqué el móvil entre las mantas.
Cuando conseguí encontrarlo y la pantalla se iluminó, el corazón volvió a acelerarse. Cincuenta y una llamadas perdidas. Treinta y ocho mensajes. Todo de Marcos.
Las primeras llamadas eran de la noche anterior; las siguientes, ya de madrugada, y las últimas, de apenas veinte minutos antes. Tardé un instante en recordar que había puesto el teléfono en silencio al entrar en el restaurante y luego no caí en desactivarlo.
Sentí un vuelco en el estómago. Me levanté casi corriendo y salí al pequeño balcón de la habitación mientras marcaba su número.
Mi novio contestó incluso antes de que sonara el segundo tono. No hubo saludo. Solo una respiración acelerada y después su voz.
—¿Dónde estabas? Joder, joder, joder…
Nunca le había oído hablar así. Parecía iracundo. Y asustado.
—Marcos…
—¡¿Dónde estabas?!
Miré hacia la calle intentando ordenar mis ideas.
—Me quedé sin batería.
Al otro lado hubo un silencio breve.
Después explotó.
—¡Llevo toda la noche llamándote!
Su voz retumbó incluso a través del auricular.
—¡He llamado a hospitales! ¡He llamado a comisarías! ¡He estado a punto de coger el coche para ir a Madrid porque pensaba que te había pasado algo!
Me apoyé contra la barandilla. La culpa empezó a abrirse paso lentamente.
—Lo siento.
—¿Lo sientes?
Escuché cómo respiraba con dificultad.
—He pasado la peor noche de mi vida.
Me mordí el labio.
—Perdóname.
Él siguió hablando sin dejarme terminar.
—No tienes ni idea del miedo que he pasado.
Intenté intervenir.
—Marcos, por favor, no chilles. Me duele mucho la cabeza.
Aquella frase fue un error. Lo supe en cuanto la pronuncié, porque él guardó silencio durante unos segundos y, cuando volvió a hablar, su tono había cambiado. Era más frío. Más contenido.
—¿Has bebido?
Sentí que el mundo volvía a tambalearse.
No respondí.
Para qué.
—Estás resacosa.
Traté de restarle importancia.
—No sabes de qué hablas. Tan solo tomamos…
—Claro que lo sé.
Su voz volvió a elevarse.
—¡Te lo noto perfectamente!
Noté que las lágrimas empezaban a acumularse otra vez.
—Por favor…
—No, Alba.
Respiró profundamente.
—Esto es una irresponsabilidad enorme. Me has hecho pasar por un jodido infierno.
Me quedé completamente callada.
Él continuó.
—Llevamos juntos un tiempo y jamás habías hecho algo así.
La discusión fue creciendo sin que ninguno de los dos consiguiera detenerla. Yo intentaba explicarme; él apenas escuchaba. El miedo de toda la noche se había convertido en ira y mi culpa empezaba a mezclarse con una rabia que tampoco sabía controlar.
Hasta que pronunció una frase que me atravesó por dentro.
—Estás comportándote como una inmadura.
Sentí un golpe seco en el pecho. Nunca me había hablado así.
Jamás.
Respiré hondo. Las lágrimas comenzaron a caer.
—No tienes derecho.
—Pues alguien tiene que decirte las cosas.
No pude soportarlo más.
Colgué.
Permanecí varios segundos con el teléfono entre las manos antes de romper a llorar otra vez.
Noelia apareció en la puerta del balcón despeinada, con un ojo medio cerrado y una botella de agua en la mano. Me observó unos segundos.
No necesitó preguntar.
Se acercó despacio y me abrazó.
Apoyé la cabeza sobre su hombro.
—Nunca habíamos discutido.
Mi voz apenas era un susurro.
—Alguna tontería… cualquier cosa… pero nunca así.
Volví a llorar.
—Es la primera vez.
Noelia me acarició el pelo.
Esperó un momento antes de responder.
—No te sientas culpable por todo. Lo he escuchado.
Levanté la cabeza.
Ella sonrió con dulzura.
—También se ha pasado gritando.
Asentí con lentitud. Sabía que tenía razón, pero también sabía otra cosa.
—Está enamoradísimo de mí.
Las palabras salieron casi solas.
—Y siento que le he fallado.
Noelia suspiró.
—Ha reaccionado desde el miedo.
Se quedó pensativa.
—Y tú desde el dolor.
Ninguno estaba bien.
Permanecimos abrazadas un buen rato más. Después recogimos las cosas en silencio y tomamos el tren de regreso a Salamanca.
El viaje fue completamente distinto al del día anterior. No hubo bromas, ni cafés, ni planes. Solo un cansancio enorme y la sensación de que nuestras vidas acababan de complicarse mucho más de lo que ninguna imaginaba.
Cuando el AVE entró en la estación, vi una figura conocida esperando junto a la salida.
Marcos.
Llevaba las manos en los bolsillos y la barba algo descuidada, producto de la mala noche, porque él siempre se afeitaba cada mañana.
En cuanto me vio, caminó deprisa hacia mí. Se detuvo a apenas un metro y, durante unos segundos, ninguno supo qué hacer.
Entonces él dio un paso más y me abrazó. Muy fuerte.
Permaneció así varios segundos antes de separarse. Sus ojos estaban enrojecidos.
—Perdóname.
Aquellas dos palabras me sorprendieron por completo.
Negó despacio.
—No debí hablarte así.
Tragué saliva.
Él apartó un mechón de pelo de mi cara con infinita delicadeza.
—Solo tenía muchísimo miedo.
Sentí otra punzada de culpa y asentí sin encontrar fuerzas para responder. Marcos besó mi frente con suavidad, tomó una de las maletas y después miró a Noelia.
—Vamos. Primero te acercamos a casa.
Noelia levantó una ceja al mirarnos y sonrió con esa expresión suya entre divertida y enternecida.
Y, mientras caminábamos juntos hacia el aparcamiento de la estación, no pude evitar pensar que la vida acababa de colocarme en el lugar más difícil en el que había estado jamás.
Entre el hombre que siempre había creído haber perdido.
Y el hombre que nunca había dejado de esperarme.