Capítulo 8
No recuerdo cómo conseguí volver al hotel.
Durante el trayecto en taxi apenas fui consciente del camino.
Madrid aparecía al otro lado de la ventanilla convertida en un borrón de luces, escaparates y gente caminando deprisa, mientras yo permanecía en shock , abrazada al bolso con una fuerza absurda, intentando recomponer un mundo que acababa de romperse delante de mí.
No lloré en ese asiento trasero. Todavía no. Notaba las lágrimas pugnando por salir, de esas que se quedan atrapadas en algún sitio entre el pecho y la garganta, incapaces de manifestarse porque el dolor aún resulta demasiado grande para convertirse en llanto.
Cuando el ascensor se abrió en la planta del hotel, avancé por el pasillo como un fantasma. Ni siquiera llamé. Abrí la puerta con la tarjeta.
Noelia estaba sentada en la cama viendo un programa de televisión mientras picoteaba unas patatas fritas del servicio de habitaciones. Levantó la cabeza al escucharme entrar y bastó una mirada para que comprendiera que algo había cambiado para siempre.
Apagó el televisor, se levantó despacio y caminó hacia mí.
No hizo preguntas.
No le dio tiempo.
En cuanto sentí sus brazos rodeándome, toda la fortaleza que intenté mantener de cara al taxista desapareció de golpe.
Me eché a llorar con una intensidad que ni siquiera sabía que existía. Lloré hasta quedarme sin respiración. Lloré por la chica de pocos años que esperó durante meses una llamada que nunca llegó. Lloré por Iván. Por mí. Por los dos. Por aquellos diez años robados.
Noelia no dejó de abrazarme en ningún momento. Solo me acariciaba el pelo mientras yo repetía una y otra vez que aquello no podía ser verdad. Que mi padre no. Que Fernando Roldán, no. Que tenía que haber alguna explicación.
Cuando conseguí sentarme al borde de la cama, seguía temblando.
Le conté absolutamente todo: la conversación, las lágrimas de Iván, la amenaza, el chantaje, el despido, la huida de Salamanca, el mensaje y la mentira.
Las palabras iban saliendo atropelladas entre sollozos hasta formar una historia que sonaba tan cruel que parecía inventada.
Noelia permaneció completamente callada. Solo al terminar dejó escapar un largo suspiro. Se levantó, caminó hasta el minibar, lo abrió y lo observó durante unos segundos.
Después, con una solemnidad innecesaria dadas las circunstancias, anunció:
—Creo que necesitamos vaciar esto.
No pude evitar soltar una pequeña risa entre lágrimas.
Ella sacó dos botellitas de whisky . Luego otras dos. Y varios vasos. Los fue colocando sobre la mesa con la concentración de una química preparando un experimento delicadísimo.
—Noelia…
—Ni una palabra.
Destapó una botella, llenó dos vasos y me tendió uno.
—Por los hombres que deberían venir con instrucciones.
Lo cogí, la miré y me lo bebí de un solo trago.
El líquido descendió quemándolo todo: la garganta, el pecho, hasta el alma.
Empecé a toser.
Noelia abrió mucho los ojos.
—¡Pero despacio, animal!
Yo seguía tosiendo. Ella intentó imitarme y también se bebió el suyo entero.
Cinco segundos después tenía los ojos llorosos y una expresión completamente bizca.
Las dos nos miramos.
Y empezamos a reír.
Una risa absurda, descontrolada. La clase de risa que solo aparece cuando el dolor es tan grande que el cuerpo necesita buscar una salida de emergencia.
Noelia volvió a llenar los vasos, esta vez más despacio. Se quedó mirando el líquido durante unos segundos antes de hablar.
—Hay una cosa que nunca te he contado.
La observé en silencio.
Ella apoyó el vaso sobre la mesa.
—Yo adoro a Fernando, a tu padre.
—Pues te lo regalo.
—No seas boba y escúchame.
Asentí lentamente.
Lo sabía. Siempre había sentido por mi padre un cariño especial. Casi de padrino.
Noelia sonrió con tristeza.
—Para mí siempre ha sido una referencia.
Guardó silencio. Después bajó la vista.
—Pero también sé otra cosa.
Levanté la cabeza.
Ella respiró profundamente.
—En Salamanca siempre se ha dicho que es un hombre muy elitista.
Noté un escalofrío.
Noelia continuó.
—No te hablo de despreciar a nadie. Nunca lo he visto hacerlo. Pero sí de tener muy claro quién pertenece a su mundo y quién no.
Las lágrimas volvieron a aparecer.
Negué una vez. Y otra. Y otra más.
—No puedo creerlo.
Mi voz apenas era un hilo.
—No puedo.
Noelia me cogió la mano.
—Ojalá Iván se equivoque. Igual no lo recuerda bien o igual…
—¿De verdad lo crees?
—No, claro que no. Es el jodido alcohol, que me nubla el sentido. Ojalá pudiera emborracharme hasta que esta sensación desapareciera.
—Eso no va a pasar. Solo te anestesiará, pero mañana tendrás que enfrentarte a la jodida verdad.
—Es que si él lo hubiera malinterpretado… Iván era muy joven e igual se asustó.
—Si eso te ayuda a que duela menos…
Yo cerré los ojos, pero ya sabía que no. Había visto su forma de llorar, aquella culpa enquistada durante diez años y el dolor de un hombre que nunca dejó de protegerme, incluso cuando decidió desaparecer.
El whisky siguió cayendo lentamente. Un vaso, otro y otro más.
Las palabras comenzaron a mezclarse con las lágrimas, con los recuerdos, con los silencios y con las carcajadas inesperadas que aparecían cuando Noelia, completamente despeinada ya, aseguraba que si alguna vez escribía sus memorias, las titularía Cómo sobrevivir a los tíos sin perder la dignidad.
Yo volvía a llorar, ella me abrazaba, después brindábamos y luego llorábamos las dos.
En algún momento de la madrugada apoyé la cabeza sobre su hombro, miré el techo del hotel y murmuré con una tristeza infinita:
—No voy a perdonárselo nunca.
Noelia no respondió. Simplemente me pasó un brazo por encima de los hombros y dejó que siguiera llorando.
El minibar quedó prácticamente vacío. Los zapatos terminaron tirados junto a la ventana, el maquillaje corrido, las luces encendidas.
Y las dos acabamos quedándonos dormidas sobre la cama, abrazadas, completamente agotadas y borrachas perdidas, mientras Madrid seguía latiendo al otro lado del cristal sin sospechar que, en aquella pequeña habitación de hotel, dos amigas intentaban recoger los pedazos de un amor que jamás debió romperse.