Capítulo 7
El abrazo duró apenas unos segundos y, sin embargo, tuvo el peso de diez años enteros.
Cuando nos separamos, ninguno de los dos supo muy bien qué hacer con las manos, con la mirada o con aquella montaña de recuerdos que acababa de instalarse entre nosotros.
Iván dio un pequeño paso hacia atrás y bajó la vista al suelo, respirando profundamente, como si incluso hablar le exigiera un esfuerzo que llevaba demasiado tiempo evitando.
Seguía siendo él. El mismo hombre tranquilo, prudente y contenido que siempre pensaba antes en los demás que en sí mismo.
Aquello me dolió todavía más.
Entramos en el restaurante casi por inercia. Nos acompañaron hasta una mesa apartada, junto a un gran ventanal desde el que se veía una calle tranquila iluminada por las farolas. El camarero dejó las cartas y se marchó enseguida, percibiendo quizás que había silencios que no debían interrumpirse.
Ninguno abrió el menú.
Iván apoyó los antebrazos sobre la mesa y entrelazó las manos mientras buscaba las palabras adecuadas. Lo vi tragar saliva dos veces antes de conseguir levantar la vista hacia mí.
Sus ojos seguían siendo deslumbrantes.
—Jamás quise hacerte daño, Alba. Vaya eso por delante.
Su confesión salió tan despacio que casi pareció romperse en el aire.
Yo no respondí. Simplemente seguí mirándolo.
Él sonrió con una amargura infinita.
—Cuando Clara me dijo que habías venido a Madrid… intenté convencerme de que debía dejarte marchar otra vez. De verdad lo intenté.
Se pasó una mano por el cabello.
—Pero no pude.
Su voz comenzó a quebrarse ligeramente.
—Hace diez años me costó demasiado huir de ti.
Esta vez… esta vez he cedido a la tentación de darte una explicación.
Te prometo que no pretendo complicarte la vida.
Sé que vas a casarte y me alegro mucho por ti.
No darías el paso si no estuvieras enamorada y eso significa que tú… Que tú sí has podido pasar página.
Sentí que el pecho se me encogía.
Iván bajó otra vez la mirada.
—Aun así, sé que te debo una explicación.
Guardó silencio unos segundos.
—Y también sé que es lo justo.
Respiró profundamente.
—Pero preferiría guardármela.
Levanté la cabeza despacio. No entendía nada.
Él continuó hablando casi en un susurro.
—Solo quiero que sepas una cosa. Nunca dejé de preocuparme por ti. Nunca quise dañarte. Igual que sabes, por Clara, que tampoco logré olvidarte.
Fue entonces cuando lo vi. No en su rostro ni en su forma de hablar, sino en sus ojos. En aquella manera tan suya de mirarme como si todavía necesitara asegurarse de que estaba bien antes que pensar en sí mismo.
La misma mirada que recordaba cuando me acompañaba a casa en invierno. La misma que tenía cuando me veía llorar por un examen o cuando cruzábamos una calle llena de tráfico.
La protección de siempre.
Y aquella certeza terminó de romperme.
—Sigues mirándome igual.
Él levantó la cabeza lentamente.
—¿Cómo?
—Como antes.
La emoción empezó a cerrarme la garganta.
—Como si todavía necesitaras protegerme de todo.
Iván cerró los ojos un instante. Pareció dolerle aquella frase. Cuando volvió a abrirlos, había humedad en ellos.
—Alba…
Negó muy despacio.
—Es mejor no hablar del pasado. Necesitaba verte, lo necesitaba, pero eso no significa… Lo que ha sucedido es algo de lo más llamativo. Que me hayas encontrado de una forma tan fortuita, ¿sabes cuántas posibilidades había de eso?
Sentí una mezcla de rabia y desesperación.
Me incliné ligeramente hacia delante.
—No. Pero dímelo tú, que eres el matemático. Has cumplido tu sueño, das clases en la universidad, gozas de reconocimiento y…
Él permaneció inmóvil.
—Y no pienso volver a irme sin saber qué pasó.
Las lágrimas empezaban a empañarme la vista.
—He mentido a mi prometido por estar aquí. Lo he dejado plantado. He hecho algo que jamás pensé que haría porque necesitaba respuestas.
Mi voz comenzó a temblar.
—Y ahora pretendes volver a desaparecer.
Él apartó la mirada.
Yo golpeé suavemente la mesa con la palma de la mano.
—Me parece indignante.
Durante unos segundos solo se escuchó el murmullo lejano del restaurante.
Después Iván respiró profundamente. Muy profundamente.
Y habló.
—La verdad te hará daño.
—¿La verdad me hará daño? ¿Y qué crees que me hizo tu jodido silencio? ¿Cosquillas?
El mundo se detuvo.
—Que te cuente te hará más daño, créeme.
No entendí la frase. Ni siquiera fui capaz de procesarla. Me quedé mirándolo, convencida de haber oído mal.
—¿Qué has dicho? No vuelvas a decidir por mí. Si te he dicho que quiero saber, es porque quiero saber. Y no soy una niña, ¿me oyes? Podré soportarlo.
—Tu padre me obligó a dejarte.
Él sostuvo mi mirada.
No había rastro de mentira en aquellos ojos. Solo cansancio.
—Fernando Roldán me obligó a desaparecer de tu vida.
Negué inmediatamente. Una vez. Dos. Tres.
—Eso es imposible.
La incredulidad fue dejando paso a la indignación.
—Mi padre jamás supo que nosotros estábamos juntos.
Noté cómo el pulso se aceleraba.
—Íbamos a contarlo cuando yo volviera de Estados Unidos.
Iván bajó la cabeza.
—Te equivocas. Hacía mucho que estaba al tanto de lo nuestro. Y calló.
Sentí un escalofrío.
—No.
—Sí.
Sus palabras cayeron despacio.
—Precisamente te mandó allí para separarnos.
Las lágrimas comenzaron a resbalar por mis mejillas sin que pudiera impedirlo.
—Eso no puede ser verdad.
Iván siguió hablando con una serenidad que resultaba devastadora.
—Me llamó a su despacho poco después de que te marcharas.
Permaneció unos segundos en silencio. Parecía revivir aquella escena.
—Me dijo que sabía perfectamente lo nuestro.
Su voz apenas era audible.
—Y que jamás consentiría que su hija terminara con el hijo de un don nadie.
Sentí un golpe seco dentro del pecho. No. Mi padre no. No podía.
—Me pidió que te soltara, que te dejara vivir la vida que merecías, que pudieras disfrutar de tu estatus con alguien igual que tú.
—¿Y le hiciste caso? Es que no me lo puedo creer. Tan listo para unas cosas y tan tonto para otras, ¿de verdad no tuviste huevos de enfrentarte a él por mí?
Negué otra vez. Desesperadamente.
—Sí me enfrenté, pero entonces…
Su voz terminó rompiéndose.
—Me amenazó con despedir a mi padre.
Las lágrimas inundaban ya sus propios ojos.
—Mi padre acababa de rehacer su vida. Después de tanto llorar a mi madre, por fin había a una mujer maravillosa y volvía a ilusionarse. Si perdía aquel trabajo… lo perdía todo.
El restaurante desapareció. Madrid. La gente. Todo. Solo existían aquellas palabras, aquella verdad imposible.
Me llevé ambas manos a la boca. Recordaba perfectamente que, cuando regresé de Estados Unidos, Enrique Pardo ya no vivía en su barrio. Era cierto. Recordaba haber preguntado, la casa vacía, aquella sensación de no entender nada.
Nunca entendí por qué.
Ahora sí.
Miré a Iván completamente rota.
—Yo fui a buscarte.
Él levantó despacio la cabeza.
Sus ojos estaban completamente empañados.
—Lo imagino.
—Y es cierto que os mudasteis.
Iván cerró los ojos. Dos lágrimas resbalaron lentamente por sus mejillas.
—Mi padre se fue a vivir con Inés, que así se llama su actual mujer. Yo tuve que marcharme de Salamanca. Por eso me vine a Madrid.
Respiró con dificultad.
—Allí ya no podía respirar.
Yo tampoco pude seguir conteniéndome. Las lágrimas comenzaron a caer sin control mientras ambos permanecíamos frente a frente, separados por una mesa y por diez años de mentiras, comprendiendo demasiado tarde que ninguno había dejado nunca al otro por falta de amor.
Los dos habíamos perdido exactamente la misma vida.
Y aquella noche los dos supimos quién nos la había arrebatado.