¿Y si te vuelvo a perder? Capítulo 6
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Capítulo 6

Antes de despedirnos, Clara, con evidente emoción y bondad, me ofreció la posibilidad de pasarme el contacto de Iván. Después de tanto sufrimiento, tenía la posibilidad de hablar con él y, sin embargo, decidí que ya sabía suficiente.

Durante años pensé que era imposible que se hubiera desenamorado de mí de un día para otro, y ahora lo constataba, mucho tiempo después.

Conocer las razones que le llevaron a actuar de ese modo, de repente, me asustaba más que me intrigaba.

Y por esa razón le pedí que lo dejara estar, dándole una vez más las gracias por tanto.

—La verdadera joya es Clara, no el pasador, Alba —opinó Noelia camino de la estación—. Lo digo porque otra, al saber quién eras, te hubiera arañado hacia arriba. Y ella ha actuado con una delicadeza exquisita. Esa chica vale un montón.

—Y que lo digas. Te prometo que estoy tan descolocada…

—Y, pese a ello, no quieres saber más, ¿estás segura de que no te volverás rayada a Salamanca? Lo digo porque Marcos no tiene un pelo de tonto, e igual te nota rara. Y aprovecho para recordarte que los preparativos de la boda van viento en popa.

—Claro que sí, tonta, no me olvido. Estoy segura de que será una boda increíble.

—Increíble es ya todo lo que la rodea, pero bueno…

Estábamos a menos de veinte minutos de coger el tren de vuelta a Salamanca cuando sonó mi móvil con un número desconocido. Noelia caminaba a mi lado por la estación, portando una bolsa de chocolates de la que daríamos buena cuenta durante el camino de vuelta.

Yo llevaba el pasador guardado dentro de mi bolso como si fuera una verdadera reliquia. Aún podía sentir el abrazo de Clara prendido en el cuerpo y la sensación de haber abierto una puerta que quizás no debí cruzar.

Miré la pantalla y dudé.

Noelia también la miró.

—¿Quién es?

—No lo sé.

Pero algo dentro de mí sí lo sabía.

Descolgué con una mano helada y apenas alcancé a decir un «¿sí?» cuando una voz masculina, grave, contenida y terriblemente familiar me dejó sin aire.

—Alba.

Me detuve en mitad de la estación.

El ruido de los altavoces, las ruedas de las maletas y la gente pasando a nuestro alrededor se apagó de golpe.

Era él.

Iván Pardo.

Diez años después.

—Sé por Clara que estás en Madrid, buscando respuestas —continuó con una cautela que no recordaba en él, o quizás sí, quizás siempre estuvo ahí, escondida bajo aquellos silencios suyos—. No me atrevía a llamarte, pero tampoco podía dejar que te marcharas sin preguntarte si… si podríamos hablar.

Noelia me observaba con los ojos muy abiertos, inmóvil a mi lado, con un chocolate en la boca, incapaz de seguir paladeándolo.

Yo miré el panel de salidas como si allí fuera a encontrar una respuesta sencilla, pero solo vi horarios, destinos y un tren a casa que ya no parecía llevarme a ninguna parte.

Aquella noche tenía una cena con Marcos.

Una cena importante. Habíamos quedado con unos amigos suyos y, durante toda la mañana, él me había escrito varias veces para preguntarme a qué hora llegaba, si quería que pasara a recogerme y si necesitaba que reservara en otro sitio porque el restaurante de siempre le parecía demasiado ruidoso.

Tragué saliva.

—Te llamo en unos minutos, Iván.

Sin esperar respuesta, colgué.

Durante un instante me quedé con el móvil pegado a la mano y la sensación de haber hecho algo irreparable. Noelia se tragó el chocolate casi entero y me agarró por los hombros con una firmeza casi maternal.

—Era él.

Asentí.

—Quiere verme.

Cerró los ojos un segundo, respiró despacio y luego volvió a mirarme con una mezcla de ternura, preocupación y esa lucidez suya que siempre aparecía justo cuando más la necesitaba.

—Alba, escúchame. Si te subes ahora a ese tren, vas a pasarte toda la vida preguntándote qué te habría dicho.

Su conclusión me golpeó en el lugar exacto.

—Tengo una cena con Marcos.

—Lo sé, me lo has dicho mil veces.

—No puedo hacerle esto.

—No le estás haciendo nada. Solo tratas de cerrar una herida que empezó mucho antes de que Marcos llegara a tu vida. Técnicamente, esto no va con él, va contigo.

—Tienes un don de palabra que te ha caído del cielo, pero no estoy tan segura de que eso sea así.

—Ahora no necesitas seguridad, sino respuestas. Irte sin ellas te dejará con una sensación a medias que igual nunca llegas a superar.

Me llevé una mano a la frente. Me sentía fatal. Culpable. Nerviosa. Dividida entre la mujer que estaba a unos meses de casarse y la chica de pocos años que un día fui, y que acababa de escuchar de nuevo la voz del hombre que desapareció sin una explicación real.

—Necesito una excusa.

Noelia soltó una risa breve, sin alegría.

—Mira tú qué casualidad, para mentiras logísticas soy la caña, igual que para todo. Le dices que la compra del pasador no ha cuajado, que, ya que estás en Madrid, necesitas mirar un par de sitios más y que vuelves mañana por la mañana.

»Es creíble, es elegante y no incluye a un profesor de Matemáticas con ojos celestes, que siempre complica mucho los mensajes.

A pesar de todo, casi me reí.

—Eres idiota.

—Y tú estás a punto de verte con el amor fantasma de tu juventud. Nadie sale bien parado hoy. Pero son lentejas, Albita. Las coges o las dejas. Y necesitas saber, quizás no vuelvas a tener la oportunidad de hacerlo.

Envié el mensaje a Marcos con los dedos temblorosos. Tardó poco en responder. Me dijo que lo entendía, que tuviera cuidado, que le escribiera cuando llegara al hotel y que al día siguiente haríamos algún plan juntos para compensar.

Su amabilidad me hizo sentir todavía peor, pero también comprendí algo con una claridad dolorosa: después de haber estado tan cerca de la verdad, no podía renunciar a saber qué había ocurrido.

Además, sentía, quizá del modo más ridículo, que se lo debía a Clara. Su generosidad no tuvo límites al hablarle a Iván de mi visita a Madrid. Dado que no quise su teléfono, le animó a llamarme. Quizás debería llamarse Ángela, porque actuó como uno de esos seres alados.

Llamé a Iván.

Contestó al primer tono.

—Sigo aquí —dijo, y aquellas dos palabras me hicieron daño de una forma inesperada.

—Podemos vernos donde quieras, ¿paso a recogerte?

Hubo un silencio breve.

—Gracias, pero no. Quedamos más tarde, envíame ubicación.

—Podríamos cenar juntos, si te apetece.

—No sé si tendré ganas de cenar algo, pero podríamos intentarlo. Supongo.

Sin pensarlo, me habló de un restaurante tranquilo, cerca del barrio de Las Letras. Me pareció bien. En realidad, era como si le oyera, pero apenas interpretara sus palabras. Todo me parecía muy raro.

Noelia y yo buscamos un hotel con una rapidez casi cómica, nos instalamos en una bonita habitación con vistas y, cuando cerré la puerta tras de mí, me apoyé un momento contra la pared.

No tardó en sugerirme algo.

—Tenemos que salir a comprarte algo de ropa.

—¿Es que acaso estoy desnuda?

—Qué más quisiera ese que aparecieras en bolas. En fin, que no digo guapa de «vuelve conmigo, Iván Pardo». Digo guapa de «mira qué bien he sobrevivido a tu salida por patas, chaval». Hay una diferencia importante.

El caso es que tenía razón. Porque se suponía que aquella escapada era de ida y vuelta en el día y no tenía ropa de repuesto allí. Y una cosa era que no pretendía impresionarle, y otra aparecer sudada. Antes muerta.

Salimos a hacernos con algo y a disfrutar unas horas de Madrid. Elegí un vestido negro sencillo y unas sandalias.

De vuelta al hotel, me duché, me vestí y me recogí el pelo de forma juvenil. Noelia se sentó en la cama y no dejó de hablar mientras yo me maquillaba lo justo para no parecer una chica que llevaba diez años esperando una explicación.

—A ver si al final tengo que organizar una boda para tres —comentó, cruzándose de piernas con expresión angelical.

Le lancé una brocha.

—Eres tonta.

—Muchísimo, pero piensa lo práctico que sería. Un solo menú, dos novios, mucho ahorro emocional.

—Solo necesito saber qué le ocurrió. Solo eso. Y después no volveré a verlo en la vida. Creo que ya he demostrado que puedo seguir adelante sin él.

Mi voz salió más baja.

Noelia dejó de bromear al instante.

—Vale, vale… A mí no tienes que explicarme nada más, chalada. Y deja de ponerte guapa o, esta vez, no podrás quitártelo de encima. Estás radiante.

—Anda ya…

—Que te digo que sí y es que sí. No te atrevas a llevarme la contraria.

—¿De verdad no quieres venir conmigo?

—Muero por saber lo que tiene que largarte ese por la boquita, ya me conoces. Pero, por muy insensata que sea, también tengo claro cuándo sobro. Y no hago nada en medio de esa cena. Eso sí, cuando vengas, porque espero que vuelvas esta noche.

—Claro que voy a volver, ¿por quién me tomas? No le haría algo así a Marcos en la vida.

—Vale, vale. Pues cuando vuelvas, por tarde que sea, te estaré esperando con los ojos como platos. Y entonces me las pagarás todas juntas, porque tendrás que contarme la conversación con pelos y señales.

—Dios, qué cruz.

—¿La mía? Y tanto. No sé de dónde saco la paciencia para soportarte.

El trayecto en taxi hasta el restaurante se me hizo muy largo. Madrid brillaba al otro lado de la ventanilla con su ruido, sus luces y esa forma suya de seguir viviendo aunque a una se le estuviera desordenando el pasado.

Llevaba el bolso apretado contra el vientre y el corazón golpeándome con tanta fuerza que casi podía escucharlo por encima del tráfico.

Cuando el coche se detuvo, tardé unos segundos en bajar.

Y entonces le vi.

Iván estaba en la puerta del restaurante, de pie bajo la luz cálida de la fachada, con una camisa azul marino, chinos beige y las manos metidas en los bolsillos.

Parecía el mismo y, a la par, mucho más hombre.

Más sereno, más guapo todavía, con el cabello oscuro algo más corto, la mandíbula más marcada y aquella forma de mirar que me dejó sin defensa.

Sus ojos celestes seguían siendo imposibles, aunque ahora tenían un velo de tristeza que antes no estaba.

Me vio y dio un paso hacia mí. Yo hice lo mismo. Durante unos segundos no dijimos nada, porque no había frase capaz de cruzar diez años sin romperse.

Fue él quien abrió los brazos primero, despacio, casi pidiendo permiso, y yo entré en ellos.

El abrazo fue grande, tembloroso, lleno de todo lo que no habíamos podido decirnos. Y, por primera vez desde que había visto su fotografía, sentí que el pasado no estaba detrás de mí.

Estaba vivo, respirando contra mi pelo, en la puerta de un restaurante de Madrid.