Capítulo 5
Entramos en la cafetería con el desconcierto que acompaña siempre a los encuentros entre desconocidos, en esa ocasión aumentado de forma exponencial.
Clara se levantó en cuanto nos vio acercarnos y sonrió con una amabilidad tan natural que durante un instante me sentí ridícula por el nudo que llevaba instalado en el estómago desde que bajé del tren.
Era todavía más guapa de cerca. Tenía unos rasgos delicados, una piel luminosa y una serenidad que parecía construida a fuerza de caídas.
Vestía con una sencillez impecable y, sin embargo, había algo en su mirada que transmitía un cansancio difícil de esconder, como si llevara semanas fingiendo que todo estaba bien.
Nos saludamos con dos besos y enseguida dejó sobre la mesa una pequeña caja de terciopelo azul oscuro.
—Aquí está el pasador.
Lo abrió con cuidado.
La joya era incluso más bonita que en las fotografías. La plata dibujaba pequeñas ramas entrelazadas que parecían brotar unas de otras con absoluta delicadeza y las perlas, diminutas y perfectamente colocadas, reflejaban la luz de la cafetería con una elegancia silenciosa que me dejó sin palabras.
Noelia soltó un pequeño suspiro.
—Es ideal, una joya muy delicada.
Clara sonrió por primera vez.
—Eso mismo pensé yo cuando lo vi.
Sus dedos acariciaron la caja apenas un instante antes de retirarla. Había cariño en aquel gesto. Y también despedida.
La conversación comenzó girando alrededor de la joya.
Me explicó que pertenecía a su familia y que había pasado de generación en generación hasta llegar a ella.
Su abuela siempre decía que las joyas importantes solo encontraban a la persona adecuada una vez en la vida, y que quizá por eso nunca debían guardarse en un cajón.
Después hizo una pausa, miró unos segundos el café que tenía delante y respiró despacio.
—Supongo que ya sabéis por qué la vendo.
No respondimos.
Ella tampoco esperaba una respuesta.
—La iba a lucir en mi boda. Pero al no poder ser, he preferido desprenderme de ella… Necesito, necesito comenzar de cero. Y para mí, por absurdo que pueda parecer, imaginarme a otra chica luciéndola, repleta de felicidad, me sirve.
La palabra «boda» cayó sobre la mesa con una tristeza difícil de explicar.
No lloró. Ni siquiera pareció estar a punto de hacerlo. Simplemente habló con la calma de quien ha repetido una historia demasiadas veces para terminar creyéndosela.
—Íbamos a casarnos en unas semanas. Estaba todo organizado. El restaurante, los invitados, el viaje… incluso el fotógrafo.
Sonrió con ironía.
—Creo que hasta el DJ sabía más de mi boda que yo misma.
Noelia bajó la vista.
Yo permanecía inmóvil.
Clara continuó.
—No le guardo rencor. Mi exprometido es una persona maravillosa.
Profesor de Matemáticas en la universidad.
Inteligente, educado, noble… de esos hombres que todavía sujetan la puerta para que pases y llaman a su padre todas las noches para asegurarse de que está bien.
Sus alumnos lo adoran. Todo el mundo lo quiere.
Guardó silencio unos segundos.
—Por eso sigo sin entender lo que pasó.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—Una mañana me dijo que no podía casarse conmigo.
Su voz apenas cambió. Quizás era eso lo que más impresionaba. No había rabia. Solo desconcierto.
—Me dijo que llevaba años intentando convencerse de que había pasado página, pero que finalmente comprendió demasiado tarde que seguía enamorado de otra mujer. De un amor de juventud que nunca había conseguido olvidar.
Noté cómo el aire desaparecía lentamente de mis pulmones.
Noelia buscó mi mirada.
Yo seguía mirando a Clara.
Ella sonrió con una tristeza infinita.
—Imagino que suena muy romántico para quien lo escucha desde fuera.
Hizo una pequeña pausa.
—Pero cuando eres tú la novia a la que dejan plantada, pierde bastante encanto.
Las tres terminamos sonriendo. Fue una sonrisa pequeña, nacida de la necesidad de aliviar la tensión.
Entonces el teléfono de Clara comenzó a sonar. Lo sacó del bolso y lo dejó sobre la mesa mientras buscaba algo en la pantalla.
Fue apenas un segundo.
Pero bastó.
La fotografía ocupaba toda la pantalla. Iván aparecía sonriendo junto al mar. El pelo oscuro. Los ojos imposiblemente claros. Diez años después seguían siendo los mismos.
Sentí un vuelco tan fuerte que tuve que apoyar la mano sobre la mesa.
Clara levantó inmediatamente la vista.
—Todavía no he cambiado mi fondo de pantalla. Menuda pardilla que estoy hecha… Iván sigue ahí, ya lo habéis visto.
Mientras pronunciaba su nombre, sus ojos se encontraron con los míos.
Nos había comentado que era psicóloga y se notaba. Había detectado mi reacción antes incluso de que yo fuera consciente de ella.
Me observó durante unos segundos. Después apagó el teléfono despacio.
—Esa cara que has puesto, Alba, ¿me la puedes explicar?
No supe qué responder. Ella tampoco insistió; simplemente esperó, y aquella paciencia terminó rompiéndome. Miré a Noelia, que asintió muy despacio, y entonces respiré profundamente.
—Espero que no te ofendas por lo que voy a decirte.
Clara negó con dulzura.
—No creo. Estoy pasando una época en la que difícilmente nada me puede doler más de lo que ya me ha dolido.
Bajé la vista hacia mis manos.
—Yo tuve una historia con tu ex. Por favor, no vayas a pensar nada raro. Él no te ha sido infiel. Eso fue hace muchos años, tantos que a veces creo que sucedió en otra vida.
La cafetería desapareció: el ruido, la gente, todo. Solo existíamos las tres. Clara no abrió mucho los ojos ni soltó una exclamación; simplemente permaneció quieta. Después apoyó ambas manos sobre la taza.
—Tú eres esa chica, ¿verdad? La chica por la que Iván sigue suspirando….
Sus palabras sonaron sinceras mientras proseguía.
—No mencionó tu nombre. Nunca. No me habló de ti durante nuestra relación.
Se quedó pensativa.
—Pero cuando decidió romper conmigo… estaba destrozado. Nunca le había visto así. Me habló de ese amor de juventud que le seguía consumiendo por dentro.
Se encogió ligeramente de hombros.
—Siempre sospeché que llevaba en su interior una herida que nunca terminó de cerrar. Supongo que me resultó más sencillo achacarlo a la triste muerte de su madre. Pero no…
Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos sin permiso.
Clara alargó la mano y la apoyó sobre la mía. Aquel gesto terminó de romper cualquier distancia entre nosotras.
Éramos dos mujeres unidas por el mismo hombre y, sin embargo, ninguna sentía rabia hacia la otra. Solo una extraña solidaridad. Una tristeza compartida.
Clara miró la caja de terciopelo.
Después volvió a mirarme.
—Es lógico que ya no quieras el pasador. ¿A qué has venido? Si lo has hecho para buscarlo, quiero que sepas que tienes vía libre.
Sonreí entre lágrimas.
—Te equivocas.
Frunció ligeramente el ceño.
—No he venido para buscar a Iván. Estoy enamorada y voy a casarme dentro de unos meses. Solo necesitaba entender por qué mi vida se cruzó otra vez con la suya.
»Verás… es que nunca entendí la forma en la que rompió conmigo.
Fue todo muy irreal y a distancia. A mi vuelta a Salamanca, después de estudiar en el extranjero, a Iván pareció habérselo tragado la tierra.
Con el tiempo, su recuerdo se fue desdibujando de mi vida.
Hasta que Noelia me empujó a buscar un complemento por Internet que estuviera a la altura de mis expectativas.
»Y cuando amplié la imagen para ver mejor el pasador, me llamó la atención un marco en tu casa, en el que aparecía Iván. Sé que no tengo ningún derecho a indagar en tu herida. Pero imagina mi sorpresa —suspiré.
—Chica, pues sinceramente es de película. Menudo lío…
—De película de misterio —añadió Noelia—. Alba se quedó loquísima, imagínatelo. Es el destino, nosotras tenemos la teoría de que es muy cachondo.
—Y un tanto irónico también a veces.
—No he querido ofenderte.
—No, no. Si estoy contigo. Verás, Noelia, si te digo la verdad, estoy muy triste por lo de Iván, pero también aprendí a relativizar en la vida.
—Explícate…
—Chicas, de muy jovencita me detectaron un cáncer de ovarios. La cosa, en principio, no pintaba demasiado bien y os reconozco que estuve totalmente aterrorizada.
»Por unos meses, llegué a pensar que mi joven vida podría acabar incluso antes de empezar a vivir, y me prometí que, si tenía la posibilidad de seguir cumpliendo años, los aprovecharía. Lo que me ha sucedido con Iván no ha sido plato de buen gusto…
—No, ha sido más bien una putada en toda regla.
—Noelia es así, ella suelta las cosas a lo bruto —añadí.
—Y hace bien, porque lo ha definido genial. Pero esa putada no tiene el poder de arrebatarme mis sueños, como pudo hacerlo aquella enfermedad juvenil. Y si vencí al bicho, también venceré al desamor.
—¡Así se habla! —exclamó Noelia, aplaudiendo sus palabras.
Clara era todo un ejemplo. Una chica que no se merecía sufrir y que, sin embargo, fue la víctima colateral de la relación que mantuvimos Iván y yo, cuyo final me resultaba cada vez más y más misterioso…
Ella permaneció unos segundos en silencio.
Después abrió la caja, tomó el pasador entre las manos y lo dejó frente a mí.
—Quiero que te lleves el pasador. Pero como un regalo.
Negué inmediatamente.
—No puedo, eso sí que no puedo hacerlo.
—Sí que puedes. Ya te digo yo que puedes.
Empujó la caja hacia mí.
—Esta joya merece luz e ilusión.
Las lágrimas terminaron cayendo por mis mejillas. Me levanté sin pensar y ella hizo lo mismo.
Nos abrazamos durante unos segundos que parecieron mucho más largos.
Y mientras la estrechaba entre mis brazos, comprendí que, a veces, el destino no une solo a quienes estaban hechos el uno para el otro. También cruza el camino de quienes necesitan ayudarse a cerrar la misma herida.