¿Y si te vuelvo a perder? Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

Iván no usaba redes sociales, no tenía amigos comunes que pudieran ayudarme y su número dejó de funcionar poco después. Durante semanas pregunté, busqué, insistí. Después comprendí algo que me partió por dentro: no se puede encontrar a quien no quiere ser encontrado.

Y lo dejé marchar.

No porque dejara de quererlo, sino porque seguir buscándolo empezaba a destruirme.

El tren avanzaba hacia Madrid y Noelia seguía callada frente a mí, respetando un recuerdo que quizá intuía, pero nunca había conocido del todo. Yo apoyé la frente en el cristal y cerré los ojos un instante.

Diez años después, Iván Pardo había vuelto a mi vida dentro de un marco desenfocado, al fondo de una fotografía ajena, abrazado a una mujer que vendía el pasador que tal vez debía llevar en mi boda con otro hombre.

El destino, ciertamente, no era curioso.

Era muy cachondo.

Y también un poco cruel.

El tren se detuvo con una suavidad que contrastó con lo acelerado de mi pulso.

Después de horas sintiendo que el corazón me golpeaba el pecho con más fuerza que las propias ruedas sobre la vía, esperaba un frenazo brusco, un sobresalto o cualquier cosa que estuviera a la altura del caos que llevaba dentro.

Pero simplemente redujo la velocidad hasta quedar inmóvil y las puertas se abrieron con absoluta normalidad, como si para el resto del mundo aquel día no fuera distinto a cualquier otro.

Para mí lo era todo.

Permanecí unos segundos sentada, observando cómo los demás pasajeros recogían maletas y mochilas con esa prisa característica de las grandes estaciones.

Noelia ya se había puesto en pie y esperaba junto al asiento sin decir una palabra. Había pasado el viaje entero respetando mis silencios, haciendo bromas solo cuando intuía que podía respirar un poco mejor y evitando preguntarme aquello que las dos sabíamos que no tenía respuesta.

Cuando levanté la vista, me tendió la mano.

No dijo nada.

Simplemente la dejó ahí, abierta, igual que hacía cuando teníamos ocho años y cruzábamos el patio del colegio para enfrentarnos a las niñas mayores que nos quitaban el balón.

Sonreí con tristeza.

Habían pasado más de veinte años y seguía encontrando refugio exactamente en el mismo gesto.

Entrelacé mis dedos con los suyos y descendimos juntas del tren.

El aire cálido de Madrid nos envolvió en cuanto pisamos el andén. Había gente corriendo de un lado para otro, turistas arrastrando maletas, ejecutivos hablando por teléfono y familias enteras buscando el vagón correcto, pero yo apenas era consciente de nada.

Caminaba como quien avanza dentro de un sueño, sintiendo que cada paso me acercaba un poco más a una parte de mi vida que creía definitivamente enterrada.

Noelia fue quien levantó la mano para detener un taxi.

Subimos en silencio. Le dio la dirección al conductor y el coche comenzó a atravesar la ciudad mientras los edificios se sucedían tras la ventanilla con una rapidez que apenas conseguía seguir.

Intenté concentrarme en el paisaje. En el tráfico. En las terrazas llenas. En los ciclistas. En cualquier cosa que no fuera aquella fotografía.

Fue inútil.

Mi cabeza regresaba una y otra vez a los mismos ojos claros, a la misma sonrisa tranquila y a la misma pregunta que llevaba horas haciéndome.

¿Por qué?

¿Por qué había desaparecido así?

¿Por qué después de diez años aparecía precisamente allí, en el fondo de una imagen cualquiera?

Sentí la mano de Noelia sobre la mía.

La apretó con suavidad.

No necesitaba mirarla para saber que estaba pendiente de mí.

—Respira —murmuró con una voz tan baja que casi se confundió con el ruido del tráfico.

Obedecí.

Inspiré profundamente.

Pero el corazón seguía empeñado en correr mucho más deprisa que el taxi.

Al cabo de unos minutos, el conductor se detuvo junto a una cafetería elegante situada cerca del Retiro. Grandes ventanales, mesas de madera clara y plantas que caían desde el techo componían un lugar acogedor donde la gente parecía hablar en voz baja por puro respeto al ambiente.

Pagamos y bajamos.

Noté las piernas extrañamente débiles mientras cruzábamos la acera.

La había reconocido incluso antes de entrar.

Estaba sentada junto a la cristalera. Llevaba una blusa blanca impecable, unos pantalones color arena y el cabello recogido en una coleta baja que dejaba al descubierto un rostro delicado y sereno.

Era una chica muy guapa, de una elegancia natural que no necesitaba adornos, exactamente igual que sugerían aquellas manos de manicura perfecta que sostenían el pasador en la fotografía.

Sin embargo, había algo más, algo difícil de explicar. Una tristeza silenciosa. No lloraba ni parecía abatida, pero daba la impresión de llevar demasiado tiempo sosteniendo un peso invisible sobre los hombros.

Durante unos segundos me quedé inmóvil en mitad de la acera. Ella levantó la vista, nuestros ojos se encontraron a través del cristal y sonrió con una dulzura tan sincera que, por un instante, olvidé por completo el motivo real por el que había viajado hasta Madrid.

Solo pensé que aquella desconocida parecía una buena persona.