¿Y si te vuelvo a perder? Capítulo 4 #2
13%

Capítulo 4 #2

Yo insistía en que mi padre era un hombre bueno, justo, incapaz de despreciar a nadie por su origen.

Le recordaba que había sido él quien le consiguió la beca, quien vio su talento cuando otros no hubieran reparado en él.

Iván me escuchaba, me acariciaba los dedos y sonreía con una tristeza ligera que entonces me enfadaba, porque yo confundía su prudencia con desconfianza.

Nos escondíamos porque él lo necesitaba y porque yo, enamorada hasta las pestañas, estaba dispuesta a aceptar cualquier condición si eso nos mantenía juntos.

Quedábamos en rincones tranquilos de Salamanca, paseábamos junto al Tormes, compartíamos bocadillos en bancos apartados y alargábamos las despedidas en portales ajenos con una desesperación dulce.

Él me enseñó a mirar la ciudad de otra manera.

Yo había crecido en ella, pero Iván la observaba como quien descubre belleza incluso en las cosas que no le pertenecen.

Le gustaban las fachadas doradas al atardecer, los patios silenciosos, las librerías pequeñas y los cafés donde nadie parecía tener prisa.

Cuando empezamos la universidad, todo pareció más fácil.

Él se matriculó en Matemáticas y yo en ADE. Ya no llevábamos uniforme ni teníamos horarios tan rígidos, y aunque seguíamos sin contar nuestra relación, la libertad de la universidad nos permitió vivirla con menos miedo.

Iván empezó a abrirse más. Hablaba de su madre con ternura, de su padre con admiración y de su futuro con una mezcla de ambición y humildad que me enamoraba todavía más.

A veces estudiábamos en mi habitación cuando mis padres no estaban, y él se quedaba mirando las estanterías, las fotos, los pequeños objetos de mi infancia, con una delicadeza que me hacía sentir que estaba entrando en mi mundo de puntillas para no romper nada.

Nos queríamos con esa intensidad de los veinte años, cuando el amor parece una promesa invencible y la vida todavía no ha demostrado lo hábil que puede ser poniendo obstáculos.

Hubo noches de confidencias, de besos interminables, de caricias contenidas al principio y más seguras con el tiempo, de dormir poco y soñar demasiado.

Iván era tierno sin ser blando, apasionado sin perder nunca ese cuidado suyo, y yo me sentía querida de una forma que no había conocido antes.

No me admiraba por ser Alba Roldán. No le importaba el apellido ni la casa ni el grupo inmobiliario ni las expectativas que otros colocaban sobre mí. Me veía a mí. Y durante mucho tiempo pensé que eso bastaba para vencer cualquier cosa.

Entonces mi padre decidió que debía marcharme un año a Estados Unidos.

No fue una imposición brusca. Fernando sabía envolver sus decisiones en argumentos impecables.

Al fin y al cabo, para él, nada me ataba a Salamanca en ese momento.

Me habló de una universidad de prestigio, de un programa internacional que impulsaría mi carrera, de contactos, de formación, de idiomas, de un caché profesional que me colocaría en otra liga cuando volviera al Grupo Roldán.

Tenía razón. Esa era la peor parte.

Mi madre me animó con lágrimas en los ojos y me dijo que otras habrían hecho la maleta antes de que terminaran de explicárselo. Ambos parecían ilusionados por mí.

Iván intentó estarlo.

La tarde de la despedida fuimos al río. No recuerdo cuánto tiempo pasamos sentados en nuestro banco, solo que el aire olía a verano y que él me sostuvo la mano como si pudiera retenerme un poco más apretando los dedos.

Yo lloré primero. Él intentó bromear diciendo que un año no era nada, que nos llamaríamos a todas horas, que cuando volviera terminaríamos la carrera, se lo contaríamos a mi padre y empezaríamos de verdad. Me dijo que me esperaría. Yo se lo dije también.

Nos besamos hasta que se hizo tarde, con esa tristeza de las despedidas que intentan comportarse como pausas.

Me fui convencida de que regresar era solo cuestión de tiempo.

Durante las primeras semanas hablamos cada día. Mensajes, llamadas, fotos tontas de mi residencia, audios suyos saliendo de clase. Luego llegaron la diferencia horaria, los trabajos, los exámenes, el cansancio.

Aun así, seguíamos encontrándonos en algún hueco del día, aunque fuera para decirnos que nos echábamos de menos.

Hasta que una mañana, al despertar, encontré su mensaje.

«Esto no está funcionando. La distancia me ha hecho darme cuenta de que ya no siento lo mismo. No me busques. Sé feliz.»

Lo leí tantas veces que las palabras dejaron de parecer palabras.

Le llamé. No contestó. Le escribí. No respondió. Volví a llamarle, primero con rabia, después con miedo, más tarde con una humillación que todavía me duele recordar.

Pasé días pegada al móvil, esperando una explicación que no llegó, repasando conversaciones, buscando señales, preguntándome qué había hecho mal. Noelia, desde Salamanca, intentaba sostenerme como podía, pero había dolores que ni siquiera una amiga podía traducir por teléfono.

Cuando regresé meses después, fui a buscarlo a su barrio antes incluso de deshacer la maleta.

Lo único que averigüé fue que ya no vivían allí. Una vecina me contó que Enrique, el padre de Iván, comenzó a verse con una mujer, y que le sonaba que hubiera rehecho su vida con ella. Del hijo no sabía nada.