Capítulo 4
El AVE salió de Salamanca a primera hora de la mañana con la puntualidad de un reloj suizo, teniendo en cuenta que yo llevaba desde las seis despierta, vestida y dando vueltas por mi habitación con la sensación de que el cuerpo se me había adelantado varias horas al día.
Noelia apareció en la estación con un café en cada mano y la expresión dramática de quien había tenido que cancelar media agenda por una emergencia sentimental no reconocida oficialmente, aunque lo primero que hizo al verme fue entregarme uno de los vasos y anunciar, con la solemnidad de una cirujana antes de una operación delicada, que su Mini seguía en el taller, que Tomás le había enviado una foto del parachoques «para que reflexionara sobre la vida» y que, dado que yo no conducía ni aunque me persiguiera una manada de lobos, el tren era nuestra única opción digna.
Noelia llevaba años burlándose de mi falta de carné. Decía que era la única mujer que podía negociar una promoción inmobiliaria de varios millones y, al mismo tiempo, ponerse nerviosa ante una rotonda.
Mi abuelo Antonio lo explicaba de otra forma: según él, yo había nacido para que otros me llevaran y para discutir el trayecto desde el asiento de atrás.
La verdad era menos glamurosa. Crecí con Tomás conduciendo para la familia, estudié en el centro, trabajaba con mi padre y, cuando quise darme cuenta, aprender a conducir se había convertido en una de esas cosas que siempre prometes hacer «después de verano», sin concretar jamás de qué año.
Nos sentamos una frente a la otra junto a la ventanilla.
Dejé sobre la mesa una bolsa de papel que Rosario nos había preparado antes de salir, porque en su opinión nadie podía ir a Madrid «con el estómago rugiendo como un león chiquito», y mi amiga sacó un par de botellas de agua y un paquete de pañuelos con una eficacia que confirmaba por qué era capaz de organizar bodas y crisis nerviosas con el mismo bolso.
Yo apenas probé bocado. Tenía el móvil apoyado bocabajo sobre la mesa y aun así sentía la fotografía al otro lado de la pantalla, esperando.
—Te voy a hacer una pregunta y necesito que no me mires como si acabara de insultar a tu árbol genealógico —murmuró Noelia, inclinándose hacia mí con esa mezcla de curiosidad y miedo que llevaba en la cara desde la noche anterior—. ¿Existe alguna posibilidad real de que no sea él?
Negué despacio. No necesitaba volver a ampliar aquella imagen para saberlo. Había rostros que el tiempo podía desgastar en la memoria, pero no borrar.
Iván Pardo no era un recuerdo cualquiera, ni un nombre perdido en una adolescencia bonita, ni una historia ensalzada por la nostalgia.
Fue el chico del que estuve locamente enamorada, el primero al que quise de una forma tan absoluta que todo lo anterior y todo lo posterior parecieron otra cosa, y también el primero que me rompió el corazón con un mensaje tan breve que durante años me pregunté cómo podían caber tantas ruinas en tan pocas palabras.
Noelia no insistió. Se limitó a apretar mi mano sobre la mesa durante unos segundos y después miró por la ventanilla, fingiendo que el paisaje le interesaba muchísimo.
Le agradecí aquel silencio porque, en cuanto el tren empezó a dejar atrás Salamanca, el pasado se abrió dentro de mí con una nitidez que me dejó indefensa.
Conocí a Iván en bachillerato, aunque su nombre llegó a mi casa antes que él. Mi padre lo mencionó durante una comida de domingo, en la terraza, mientras mi madre intentaba convencer al abuelo de que no se pusiera una tercera copa de vino y Rosario entraba y salía con una fuente de asado.
Fernando Roldán no solía hablar demasiado de los obreros de sus obras, no por desprecio, sino porque separaba con una precisión casi quirúrgica el trabajo de la familia, pero aquel día comentó que uno de los hombres de una promoción había perdido a su mujer hacía poco y que tenía un hijo brillante, un chico con una facilidad extraordinaria para las matemáticas y unas notas tan altas que parecían de otro planeta.
Lo dijo con esa gravedad suya de empresario acostumbrado a detectar oportunidades donde otros solo veían circunstancias.
Enrique Pardo, el padre de Iván, trabajaba entonces en una obra del Grupo Roldán. Era un albañil serio, discreto y educado, de esos que hablaban poco y siempre mirando de frente.
Según supe después, mi padre había ido a supervisar el avance de una promoción y, durante una visita, Enrique le habló de su hijo casi sin darse cuenta.
Le contó que su esposa había fallecido tras una enfermedad larga, que su hijo acusó muchísimo aquella pérdida y que, aun así, seguía sacando notas impecables, devorando libros y resolviendo problemas matemáticos que ni siquiera correspondían a su curso.
No lo dijo para pedir ayuda. Eso mi padre lo repetía siempre.
Enrique Pardo solo se desahogó. Solo habló de su hijo con el orgullo triste de quien sabe que tiene en casa algo valioso y teme no poder darle el futuro que merece.
Mi padre movió los hilos necesarios y consiguió que el instituto en el que yo estudiaba le ofreciera una beca dentro del programa para alumnos con expedientes excelentes y pocos recursos económicos.
Era un centro elitista, incómodo en su perfección, lleno de chicos que hablaban de veranos en el extranjero con la misma naturalidad con la que otros hablaban de bajar al supermercado.
Cuando Iván apareció allí por primera vez, con el uniforme perfectamente planchado, una mochila demasiado gastada y una expresión tan cerrada que parecía pedirle al mundo que no se acercara, comprendí antes que nadie que aquel lugar iba a intentar tragárselo.
No encajaba y, precisamente por eso, resultaba imposible no mirarlo.
Mientras los demás competían por ver quién llevaba el reloj más caro o quién presumía de esquí en Navidad, él se sentaba solo en la biblioteca, sacaba un cuaderno y empezaba a llenar páginas de números con una concentración que a mí me parecía casi mágica.
No era huraño, aunque muchos lo confundieron al principio. Era tímido, orgulloso y extremadamente cuidadoso con sus palabras, como si hubiera aprendido demasiado pronto que hablar de más podía dejarte en desventaja.
Tenía el pelo oscuro, siempre un poco rebelde, la piel ligeramente dorada y unos ojos celestes tan claros que sorprendían en un rostro tan serio.
Cuando sonreía, cosa que no ocurría a menudo, lo hacía de lado y sin darse importancia, y yo empecé a esperar esa sonrisa con una paciencia que entonces no supe interpretar.
Nuestra amistad nació de la forma menos romántica posible: por culpa de un examen de matemáticas.
Yo era buena estudiante, pero las matemáticas tenían la capacidad de hacerme sentir inútil en menos de veinte segundos, y una tarde, después de verme pelear con unos ejercicios en la biblioteca, Iván se acercó a mi mesa y me preguntó si quería que me los explicara.
Lo hizo sin superioridad, sin burla y sin esa condescendencia que algunos chicos confundían con encanto.
Se sentó a mi lado, giró el cuaderno hacia él y empezó a hablar despacio, con una paciencia tan serena que acabé entendiendo no solo el ejercicio, sino también que me gustaba la forma en que movía las manos al pensar.
A partir de aquel día estudiamos juntos casi todas las tardes. Al principio yo le buscaba excusas académicas; después dejé de necesitarlas. Me gustaba escucharlo hablar de teoremas, de soluciones, de problemas que a mí me parecían castigos y a él, pequeños desafíos con una belleza escondida.
Él, a cambio, escuchaba mis discursos sobre empresas, marketing, planes de futuro y la extraña presión de ser la hija de Fernando Roldán sin hacerme sentir caprichosa por tenerlo todo.
Con Iván podía quejarme de mi vida privilegiada sin sentirme ridícula, porque él jamás me hizo pagar por lo que yo tenía ni se presentó ante mí como alguien que no necesitara nada.
Durante meses fuimos amigos. Amigos de verdad. De los que se esperan al salir de clase, se guardan sitio en la biblioteca y se mandan mensajes tontos a horas indebidas.
Noelia, por supuesto, se dio cuenta antes que yo y empezó a llamarle “el matemático de tus ojos”, una expresión tan horrible que consiguió que le dejara de hablar durante casi una tarde completa.
Iván no sabía qué hacer conmigo cuando Noelia estaba cerca, porque ella tenía la habilidad de poner nervioso a cualquiera en menos de tres frases, pero con el tiempo también aprendió a quererla a su manera, desde una distancia prudente y con ese humor seco que aparecía solo cuando se sentía seguro.
El primer beso llegó una tarde de lluvia, al salir del instituto.
Salamanca se había puesto gris de golpe y terminamos refugiados bajo un soportal, los dos empapados, riéndonos porque yo había intentado cubrirnos con una carpeta que no servía para nada. Y si digo «riéndonos», fue porque Iván volvió, primero a sonreír y luego a reír conmigo.
Recuerdo el olor a piedra mojada, el sonido del agua golpeando el suelo y la forma en que él dejó de reír poco a poco. Me miró durante unos segundos con una seriedad nueva, casi asustada, y cuando levantó la mano para apartarme un mechón de la cara, supe que algo estaba a punto de cambiar.
El beso fue suave, breve al principio, precioso después. No tuvo música ni fuegos artificiales, pero yo sentí que el mundo se ordenaba de una manera distinta.
A partir de entonces nos quisimos en secreto durante dos años.
Iván tenía miedo de la reacción de mi padre. No lo decía siempre, pero bastaba que Fernando apareciera por el instituto para recogerme o que alguien mencionara el Grupo Roldán para que él se quedara más callado.