¿Y si te vuelvo a perder? Capítulo 3
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Capítulo 3

Aquella noche me acosté con la firme intención de no abrir ninguna de las aplicaciones que Noelia había anotado en aquel papel arrugado.

Me repetí varias veces que era una tontería, que cualquier joyero de Salamanca podía diseñar un pasador precioso y que no tenía el menor sentido perder horas navegando entre anuncios de desconocidas cuando faltaban menos de tres meses para mi boda.

En realidad, si lo pensé, fue porque quise complacer a mi madre.

Duré exactamente doce minutos.

El silencio de la casa era absoluto. Mi madre ya dormía porque al día siguiente le esperaba una guardia interminable; mi padre llevaba más de una hora encerrado en el despacho revisando unos informes que seguramente nadie más entendía; Julia habría conseguido por fin convencer al abuelo Antonio para apagar la televisión y Croqueta, después de recorrer la casa como un vigilante nocturno, roncaba sobre la alfombra de mi habitación con una paz que empezaba a envidiar.

Encendí la lámpara de la mesilla, me acomodé entre los cojines y abrí el móvil.

Una aplicación.

Luego otra.

Después, una tercera.

Deslicé el dedo por decenas de anuncios casi sin prestar atención. Había piezas bonitas, otras excesivamente modernas y algunas que parecían sacadas de un joyero barroco con pinta de pesar más que el propio vestido.

Cerré una plataforma y abrí otra con la misma sensación de quien busca una aguja en un pajar.

Entonces apareció. Fue apenas un instante. Mi dedo ya había comenzado a deslizar la pantalla, pero retrocedí de golpe, volví a la fotografía y la amplié ligeramente. Sentí entonces esa extraña certeza que a veces aparece sin pedir permiso y que solo sabe decir una cosa: era ese.

El pasador descansaba sobre las manos de una chica joven de uñas perfectamente cuidadas, esmaltadas en un tono rosa empolvado tan discreto que parecía casi natural.

Sus dedos largos y elegantes sostenían la pieza con una delicadeza extraordinaria, como si no quisiera venderla sino despedirse de ella. Incluso sin verle el rostro completo, bastaba aquella imagen para intuir a alguien detallista, refinada y de un gusto exquisito.

La joya era aún más bonita de lo que había imaginado durante semanas.

No tenía excesos ni artificios. Estaba formada por finísimas ramas de plata envejecida que parecían dibujar pequeñas hojas entrelazadas entre sí, salpicadas por diminutas perlas naturales y unas piedras transparentes que apenas reflejaban la luz.

No llamaba la atención por su tamaño, sino por su elegancia silenciosa, esa que no necesita imponerse para resultar inolvidable.

Durante unos segundos me limité a contemplarla.

Después bajé hasta el texto del anuncio.

«Hay objetos que pertenecen a una familia durante generaciones y otros que, simplemente, esperan a la persona adecuada.

Este pasador fue un regalo muy especial y nunca llegó a utilizarse.

Aunque desprenderme de él me cuesta más de lo que pensaba, siento que ha llegado el momento de dejarlo marchar para que otra historia pueda empezar.

Ojalá encuentre a alguien que lo lleve con la misma ilusión con la que fue elegido. »

Volví a leer aquellas líneas una segunda vez.

Y una tercera.

Había algo en ellas que me conmovía profundamente, una tristeza elegante, contenida, imposible de fingir.

Sin darme cuenta, amplié todavía más la fotografía. Quería observar mejor el trabajo de la plata, las pequeñas perlas y los detalles del engaste.

Fue entonces cuando mi mirada se desvió unos centímetros hacia el fondo de la imagen.

Detrás de la chica aparecía una cómoda blanca, apenas desenfocada. Sobre ella descansaban un jarrón de flores secas, una vela apagada y un marco de madera clara que, hasta ese instante, había pasado completamente desapercibido.

Fruncí el ceño y acerqué aún más la imagen. El pulso comenzó a acelerárseme cuando distinguí, dentro del marco, a un hombre y una mujer abrazados. La chica era la misma que sostenía el pasador.

Él tenía el cabello oscuro, la mandíbula marcada y aquellos ojos increíblemente claros que habría reconocido entre un millón de personas.

El aire desapareció de golpe de mis pulmones. Sentí un hormigueo subir desde las manos hasta la garganta mientras la habitación entera parecía quedarse en silencio.

No podía ser.

Pero lo era.

Iván Pardo.

Diez años después.

La pantalla seguía iluminando mi cara mientras permanecía inmóvil sobre la cama, incapaz de apartar la vista de aquella fotografía que llegó a mí por el camino menos imaginable.

El reloj marcaba las doce y cuarto de la noche.

Durante unos segundos estuve a punto de pulsar el botón de contacto.

Mi dedo llegó a rozarlo.

Pero me detuve.

Nadie en su sano juicio molesta a una desconocida a esas horas.

Y, sin embargo, tuve la sensación más intensa de toda mi vida de que debía hacerlo cuanto antes.

Dormí poco y mal. En realidad, mentía incluso al utilizar el verbo dormir, porque lo único que hice fue pasarme la noche mirando alternativamente el techo de mi habitación y la pantalla del móvil, donde la fotografía seguía esperándome igual que la había dejado horas antes.

Más de una vez estuve tentada de convencerme de que todo había sido una absurda confusión, de que aquellos ojos claros pertenecían a otro hombre y de que mi imaginación estaba rellenando huecos donde no los había, pero bastaba ampliar de nuevo la imagen para que el corazón volviera a darme un vuelco.

Era Iván.

No podía existir otro igual.

Habían pasado diez años desde la última vez que supe de él. Diez años desde aquel escueto mensaje en el que me pedía que no lo buscara más, asegurando que la distancia le había hecho comprender que nuestra historia no tenía futuro.

Durante mucho tiempo pensé que había aprendido a convivir con aquel recuerdo, hasta que una fotografía perdida al fondo de un anuncio consiguió derribar en unos segundos el trabajo de una década entera.

A las nueve y cinco de la mañana ya estaba sentada en el despacho de mi casa con un café olvidado a mi lado y el móvil entre las manos.

Abrí la aplicación varias veces antes de atreverme a escribir.

Borré el primer mensaje porque sonaba demasiado impersonal, eliminé el segundo porque parecía redactado por un notario y terminé enviando uno mucho más sencillo en el que le decía que el pasador me había parecido precioso y que me gustaría conocer un poco más su historia antes de tomar una decisión.

La respuesta llegó apenas dos minutos después.

«Hola. Encantada. Claro, pregúntame lo que necesites.»

Respiré hondo.

Aquello era mucho más difícil de lo que había imaginado.

Escribí unas líneas más, preguntando por el estado de conservación, por las medidas y por algunos detalles de la pieza que en realidad me importaban bastante poco.

La conversación transcurrió durante unos minutos con absoluta normalidad, hasta que, armándome de un valor que no sabía de dónde salía, terminé escribiendo lo que llevaba rato rondándome la mente.

«¿Te importaría que habláramos por teléfono? Me resulta menos frío y creo que sería más sencillo.»

La respuesta tardó unos segundos.

Demasiados.

Cuando apareció en la pantalla, casi me hizo sonreír.

«Si es para regatear, mejor te ahorras la llamada.»

Me imaginé a la desconocida sonriendo al otro lado y, por alguna razón, aquella ocurrencia me cayó bien.

Contesté enseguida.

«Te prometo que no. De hecho, pagaría encantada lo que pides. Solo me gustaría hablar un poco sobre la joya.»

Pasaron otros segundos.

Después apareció un número de teléfono acompañado de un mensaje muy breve.

«Escríbeme por WhatsApp y hablamos luego. Ahora estoy entrando a trabajar.»

Me quedé mirando aquellos números como si escondieran algún tipo de secreto.

Escribí un simple «Gracias» y cerré la aplicación.

El resto de la mañana pasó entre reuniones que apenas escuché y correos electrónicos que contesté por pura inercia.

Mi padre habló durante veinte minutos sobre una promoción residencial y yo asentí tres veces sin saber siquiera en qué ciudad se construiría.

Cuando regresé a casa para comer, llevaba el móvil en la mano como si esperara una llamada trascendental.

A las cuatro y media de la tarde reuní el valor suficiente y marqué el número.

La dueña del pasador contestó casi al instante.

Su voz era suave, educada y mucho más dulce de lo que había imaginado.

Hablamos primero del pasador, de la plata, de las perlas y de la pequeña caja donde todavía lo guardaba.

Me explicó que pertenecía a su familia y que desprenderse de él le costaba un mundo, pero que había comprendido que algunas cosas debían dejarse marchar para que pudieran empezar una nueva historia en otras manos.

Aquellas palabras volvieron a estremecerme y, sin saber muy bien por qué, improvisé.

—La verdad es que mañana tengo que ir a Madrid por trabajo y había pensado que, si no te supone una molestia, quizás podríamos vernos en persona. Me gustaría tenerlo en las manos antes de decidirme.

Hubo un pequeño silencio; temí haber ido demasiado lejos. Sin embargo, Clara —que así se llamaba— respondió con absoluta naturalidad.

—Claro. Yo trabajo en una asesoría cerca del Retiro. Podemos acordar una hora y vernos.

Acepté sin pensarlo dos veces.

Nos despedimos cordialmente y la llamada terminó. Permanecí varios segundos mirando la pantalla apagada, consciente de que acababa de tomar una decisión antes incluso de pensarla con calma. Madrid. Mañana. Necesitaba ir, aunque todavía no supiera exactamente por qué.

Lo primero que hice fue llamar a Noelia.

Tardó tres tonos en contestar.

—Como me digas que no has encontrado el pasador perfecto, te bloqueo.

No pude evitar reírme.

—Cancela todo lo que tengas mañana.

Al otro lado se hizo un silencio.

—¿Cómo?

—Que canceles las citas. Punto.

—¿Y ese tono de teniente coronel? ¿Desde cuándo lo usas?

—Todas. ¿Me comprendes? Es importante.

—Alba… mañana tengo dos pruebas de vestido, una reunión con un catering y una novia histérica.

—Nos vamos a Madrid.

—Eso, y sin remordimientos —canturreó—. No me dedico a cantar, sino a tratar de no arruinarle la boda a nadie. Y aunque eres mi novia favorita del planeta, las demás también me necesitan. ¿O tengo que recordarte que soy completamente imprescindible?

—Y modesta, pero no te lo pediría si no fuera una cuestión de vida o muerte.

Escuché un golpe seco.

Probablemente acababa de dejar caer el móvil sobre la mesa.

—Explícate ya.

Le conté toda la historia: el anuncio, la fotografía, el marco, aquellos ojos celestes y el nombre que llevaba diez años evitando pronunciar. Cuando terminé, Noelia permaneció callada durante unos instantes que se me hicieron eternos.

—No sé qué decir.

—Y eso en ti es bien raro, cariño. No callas ni debajo del grifo.

—¿Estás segura de que era él?

Miré otra vez la imagen. No había una sola duda.

—Completamente.

Suspiró despacio.

—Menuda casualidad.

Negué con la cabeza, aunque ella no pudiera verme.

—No quiero que lo comentes con nadie, no seas bocachancla. Solo quiero que me acompañes.

La escuché respirar al otro lado. Después soltó una pequeña risa.

—El destino es muy curioso —murmuré.

Ella tardó apenas un segundo en corregirme.

—No, Alba. El destino es muy cachondo.

Y tuve la sensación de que quizás no le faltaba razón.