¿Y si te vuelvo a perder? Capítulo 2
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Capítulo 2

La conversación sobre el pasador joya terminó ocupando casi toda la sobremesa, algo que en casa de los Roldán no resultaba extraño porque cualquier asunto, por insignificante que pareciera al principio, acababa adquiriendo la importancia de una cumbre internacional.

Bastaba que alguien mencionara un cambio de cortinas para que mi padre hiciera un diseño, mi madre hablara de alergias al polvo, mi abuelo recordara cómo se hacían las cosas en los años sesenta y Rosario apareciera asegurando que las de antes duraban más porque ahora todo se fabricaba «para romperse».

Aquella tarde no iba a ser diferente.

Noelia había conseguido marcharse por fin, no sin antes dejarme un papel doblado en cuatro partes donde había escrito, con una letra que parecía haber sobrevivido a un terremoto, el nombre de varias plataformas especializadas en vestidos y complementos de novia de segunda mano.

Antes de subir al coche que conducía Tomás —porque el suyo seguía esperando resignado a la grúa—, me señaló el bolsillo donde guardó la lista y, con una sonrisa que conocía demasiado bien, me recordó que ella era una pobre autónoma explotada por la sociedad mientras yo pertenecía a la privilegiada élite de las hijas del jefe.

Todavía me estaba riendo cuando cerró la puerta.

La imagen de Noelia autodenominándose «pobre trabajadora» resultaba difícil de sostener teniendo en cuenta que llevaba años enlazando bodas sin un solo fin de semana libre y que compró un apartamento en la costa antes que cualquiera de nuestras amigas con nómina fija.

Aun así, ella seguía interpretando el papel de empresaria sufridora con un talento digno de un premio Goya, y yo llevaba media vida alimentando aquella representación con la misma facilidad con la que ella alimentaba mis manías.

Rescaté el papel del bolsillo del pantalón y entré en la cocina buscando un vaso de agua.

Rosario acababa de sacar un bizcocho del horno y el aroma a mantequilla llenaba toda la estancia.

Julia estaba apoyada en la encimera pelando manzanas para el abuelo mientras discutían sobre si el azúcar moreno era realmente más sano o simplemente más caro.

Cuando me vieron aparecer, las dos levantaron la cabeza al mismo tiempo y comprendí demasiado tarde que llevaba escrita la palabra «interrogatorio» en la frente.

—¿Al final has encontrado el pasador? —me preguntó Rosario mientras dejaba el molde sobre una rejilla.

Negué con la cabeza y abrí la nevera.

—Nada de nada.

Julia chasqueó la lengua con teatralidad y dejó el cuchillo sobre la tabla.

—Pues menos mal. Mira que ir una señorita como tú a buscar cosas de segunda mano por internet. Como se entere tu madre, le da un telele.

No pude evitar sonreír.

—Igual encuentro algo fascinante.

—Igual a tu madre le tenemos que poner una pastillita debajo de la lengua cuando se entere.

Rosario se volvió hacia ella con las manos en la cintura.

—Déjala tranquila.

—No la dejo tranquila porque luego vienen los disgustos. Hoy compras un pasador usado y mañana estás comprando una Thermomix en un mercadillo. Y eso no le va a esta niña pija.

—Julia, que te estoy escuchando, ¿acaso no ves que sigo aquí?

—Claro que te veo, ¿tengo pinta de cegata?

—No, tienes pinta de no conocer lo que son los filtros.

—Ni que fuera una cafetera, criatura.

Ella se encogió de hombros y entonces añadió algo.

—Pues si tanto empeño tienes en lucir algo especial, dame una tarde y un paquete de fimo. Te hago un adorno precioso en el horno.

Rosario abrió los ojos escandalizada.

—Ni se te ocurra acercarte a mi horno.

—¿Y por qué no?

—Porque luego lo llenas todo de purpurina y aparecen brillantitos en las magdalenas durante seis meses. A mi horno lo dejas o te las verás conmigo.

—Mis creaciones son maravillosas, mala lengua, que tienes muy mala lengua. Lo mismo hasta las vendo por internet yo también. Me voy a plantear hacerme empresaria como la pija loca, que está montada en el dólar.

»Ante vosotras tenéis a una artesana de las de verdad, con aire bohemio. ¿Os he contado que sobreviví un verano vendiéndolas por las playas de Tarifa?

—¿Vendiendo tus baratijas? No me hagas reír.

—Y tú no provoques que te haga probar a lo que sabe el cazo, guapa, que todavía te lo meto por los morros.

Las dos comenzaron a discutir con una seriedad incompatible con el motivo de la conversación.

Julia defendía que el arte necesitaba sacrificios y Rosario respondía que bastante sacrificio era cocinar para toda la familia como para encima compartir el horno con manualidades.

Mientras tanto, Croqueta apareció trotando desde el jardín, olisqueó el bizcocho con evidente interés y terminó instalándose debajo de la mesa, esperando que alguien tuviera un descuido.

Fue en ese momento cuando mi madre entró en la cocina, todavía con el pelo recogido y la expresión cansada de quien llevaba demasiadas horas viendo pacientes.

Dejó el bolso sobre una silla, besó a Rosario en la mejilla, acarició a Croqueta con la punta del pie y me miró con esa intuición casi sobrenatural que tenía para detectar cuándo algo me rondaba la cabeza.

—¿Qué pasa, Alba?

No respondí inmediatamente. Saqué el papel del bolsillo, lo alisé sobre la mesa y lo acerqué hacia ella.

—Noelia quiere que busque aquí.

Mercedes leyó los nombres despacio. Después levantó la vista hacia mí y volvió a mirar el papel con la misma expresión con la que probablemente observaba una radiografía complicada.

—¿Aplicaciones de segunda mano?

Asentí.

—Solo para mirar.

Mi madre dejó escapar un suspiro largo.

—Alba, hija, si quieres un pasador especial, te lo mandamos hacer. Conozco joyeros maravillosos. No hace falta ponerse a rebuscar por internet.

Lo decía con cariño, no con reproche, y precisamente por eso me costó explicarle lo que sentía.

—Ya lo sé. Pero no quiero uno nuevo. Quiero uno que tenga historia.

Mi madre apoyó la mano sobre la mía y sonrió con dulzura. Lo cierto es que esperaba una reacción mucho más drástica y no fue así.

—Eso lo has heredado de tu abuela María de la O.

Al escuchar aquel nombre, el abuelo Antonio apareció en la puerta empujando su silla de ruedas mientras Julia corría detrás por si se fatigaba.

—¿Quién habla de María de la O, de mi difunta esposa?

Mercedes sonrió.

—Tu nieta. Dice que quiere un pasador con historia.

Antonio se quedó pensativo unos instantes. Después me miró con una ternura que siempre conseguía desarmarme.

—Tu abuela decía que las cosas bonitas nunca pertenecen del todo a quien las compra. Solo esperan a la persona adecuada.

Nadie habló.

Incluso Julia guardó silencio.

Hasta que, incapaz de soportar tanta emoción seguida, terminó carraspeando.

—Pues como aparezca una joya de mercadillo con olor a naftalina, luego no digáis que no os avisé.

La cocina estalló en carcajadas.

Mi madre terminó riéndose también y, mientras negaba con la cabeza, volvió a doblar el papel con los nombres de aquellas aplicaciones antes de devolvérmelo.

—Haz lo que quieras. Ya sé que cuando se te mete una idea en la cabeza eres igual que tu abuela, que en paz descanse. La mejor suegra que pude tener, desde luego, pero obstinada como ella sola.

—Eso es verdad. Se empeñó en casarse con el mejor tipo del mundo y no paró hasta conseguirlo —afirmó el abuelo, la mar de convencido.

—¿Se casó con Robert Redford? —Le buscó la lengua Julia.

—Ese tolai no me llega ni a la suela del zapato, ¿te enteras? —replicó él.

—Vamos al jardín, anda, que me da a mí que necesitas vitamina D para la cabeza —le aconsejó ella mientras empujaba la silla.

Julia trataba al abuelo con más familiaridad que si fuera su propia hija. Era una relación de lo más natural que funcionaba.

—Que no me empujes más, caray. Yo solo puedo.

—Pues tira pa'lante , como diría la canción.

—¿Qué canción?

—Ya te la pongo, Antonio. Son dos hermanos catalanes de lo más salados. Con esos también me quedaba yo antes que con cualquiera, pero solo me casaría con ellos si me hicieran un dos por uno.

—No sueñas tú nada —añadió Rosario.

—No te voy a contestar, porque no te voy a contestar, pero este cuerpazo que yo tengo, que estoy jamona, se lo rifan.

—Sí, Miss Mundo eres tú ahora.

Las dos se enfrascaron en otra discusión y salieron al jardín sin zanjarla.

Miré el papel unos segundos antes de guardarlo de nuevo en el bolsillo.

No pensaba ponerme a buscar aquella misma tarde.

O al menos eso seguía diciéndome.

Porque, sin saber muy bien por qué, empezaba a sentir la imperiosa necesidad de comprobar si, en algún rincón perdido de internet, existía ese pasador joya que llevaba semanas imaginando y que, de una forma completamente inesperada, estaba a punto de darme una sorpresa monumental.