¿Y si te vuelvo a perder? Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Aquello era Noelia en estado puro: entraba en escena provocando un desastre, conseguía que todos rieran y, diez minutos después, la vida seguía, aunque hubiera que llamar a la grúa, algo de lo que se encargaría Tomás.

Nos sentamos junto a la piscina con limonada, empanadillas y una carpeta gigantesca que ella dejó sobre la mesa con la solemnidad de quien deposita pruebas ante un tribunal.

Durante más de una hora hablamos de la boda. O, mejor dicho, Noelia habló de la boda y yo intenté seguir el ritmo mientras Croqueta se tumbaba debajo de mi silla con el hocico apoyado sobre mi pie, todavía ofendido por la invasión del Mini.

Había muestras de manteles, opciones de flores, bocetos de iluminación, pruebas de invitaciones y una lista de asuntos pendientes tan larga que empecé a sospechar que casarse era, en realidad, una oposición encubierta.

Noelia defendía cada decisión con pasión profesional; yo asentía, opinaba cuando algo me parecía mal y me reía cuando ella amenazaba con dimitir si mi madre volvía a sugerir «algo sobrio» para la decoración, porque en boca de ella «sobrio» podía significar desde elegante hasta funeral discretito.

La boda iba a celebrarse en septiembre, en una finca preciosa a las afueras de Salamanca.

Marcos quería algo impecable, mi padre quería algo a la altura del apellido Roldán, mi madre quería que nadie acabara en urgencias por los tacones, mi abuelo quería buen vino, y Noelia quería que todo pareciera espontáneo aunque llevara medido hasta el recorrido exacto de las velas.

Yo, en teoría, quería casarme con el hombre al que amaba y disfrutar del día sin perder la cabeza por las servilletas.

En la práctica, llevaba dos semanas obsesionada con un complemento que no encontraba en ninguna parte.

Noelia tardó en darse cuenta menos de lo que me habría gustado. Me conocía demasiado.

Cuando vio que pasaba las páginas del catálogo sin mirar, cerró la carpeta con suavidad y me observó con gesto concentrado. No hizo falta que preguntara mucho.

Bastó su manera de quedarse callada, esperando, para que terminara confesando que seguía sin encontrar la pieza para el pelo.

No quería una corona ni una tiara exagerada ni una diadema moderna de esas que parecían diseñadas por un misógino. Quería algo especial, delicado, con aire antiguo, una joya sencilla pero con presencia, de esas que parecían guardar una historia sin necesidad de contarla.

Noelia escuchó mi descripción con una atención casi hipnótica, apoyó los codos sobre la mesa y sonrió despacio.

—Entonces deja de buscar en tiendas.

La miré con desconfianza, porque cada vez que sonreía así, alguien acababa aceptando una idea que al principio parecía disparatada.

—¿Y dónde quieres que busque? ¿En un convento? ¿En el baúl de una señora recién fallecida? ¿En una cripta templaria?

Ella soltó una risa y negó con la cabeza mientras cogía mi móvil de la mesa con toda la confianza de quien no necesitaba permiso.

—En una aplicación especializada de segunda mano. Y no pongas esa cara, Alba, que no te estoy mandando a comprar un disfraz de carnaval usado; ese no es mi estilo, como bien sabes.

»Hay novias que se gastan una fortuna en joyas maravillosas y luego, por una razón u otra, no llegan a usarlas nunca. Otras venden piezas únicas, antiguas, heredadas o compradas en joyerías con encanto que ya ni existen.

Mi primera reacción fue imaginar la cara de mi madre si le decía que iba a casarme con un complemento comprado por internet a una desconocida.

Mercedes era médica, moderna para muchas cosas y capaz de salvar una vida sin despeinarse, pero en asuntos de protocolo familiar podía transformarse en una marquesa accidental.

—Mi madre me mata —murmuré.

Noelia me devolvió el móvil y se recostó en la silla con expresión triunfal.

—Tu madre lleva toda la vida diciendo que el mobiliario vintage tiene alma. Pues esto igual, pero en versión novia.

Me reí, aunque la idea empezó a quedarse ahí, dando vueltas.

Una joya que otra mujer había comprado para una boda que quizás no llegó a celebrarse, o sí. Una pieza guardada en una caja, esperando la oportunidad de ser lucida por primera, segunda o tercera vez.

Había algo romántico en esa idea, aunque entonces no supe distinguir si me atraía por la joya o por la historia que podía esconder.

Rosario apareció con más limonada justo cuando Noelia abría una aplicación en mi móvil y empezaba a escribir filtros de búsqueda con una concentración absoluta.

Croqueta levantó la cabeza, olisqueó el aire y concluyó que, si en aquella mesa se estaba decidiendo algo importante, él también debía estar presente, así que se subió con bastante torpeza a la silla vacía y apoyó las patas delanteras sobre el borde, provocando que Noelia lo mirara muy seria y le advirtiera que no pensaba aceptar opiniones de alguien que había intentado morder las ruedas de su Mini demasiadas veces durante su perruna existencia.

El sol seguía cayendo sobre el jardín, Tomás hablaba por teléfono junto a la verja maltrecha, Julia empujaba la silla de ruedas de mi abuelo hacia la sombra del porche y la casa entera parecía envuelta en esa normalidad ruidosa y cálida que yo había conocido siempre.

En aquel momento, con Noelia a mi lado, Croqueta vigilando la mesa y mi boda a tres meses de distancia, pensé que mi vida estaba justo donde debía estar.

No sabía que estaba a punto de abrir una puerta que llevaba diez años cerrada.