¿Y si te vuelvo a perder?
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Capítulo 1
Nunca he entendido por qué la gente dice que los días que cambian una vida empiezan con una especie de aviso del destino, una música distinta o un presentimiento clavado en mitad del pecho. El mío empezó con Croqueta ladrándole a una tumbona.
Croqueta era nuestro teckel de pelo duro, un animal de siete kilos con carácter de guardia civil retirado, bigotes de señor indignado y la absoluta convicción de que la finca de los Roldán dependía de su capacidad para intimidar a palomas, repartidores, jardineros y cualquier hoja seca que cometiera la imprudencia de moverse cerca de la piscina.
Aquella mañana de junio estaba tumbada al sol, con el bikini todavía húmedo y las gafas de sol cubriéndome media cara, intentando leer una novela que llevaba abierta por la misma página desde hacía veinte minutos, mientras él daba vueltas alrededor de mi hamaca con la importancia de quien patrulla una frontera internacional.
Salamanca ardía con esa elegancia seca que tenía el verano castellano cuando decidía decir «aquí estoy yo», pero en el jardín de casa todo parecía protegido por una calma casi irreal: las hortensias crecían enormes junto al porche, los rosales trepaban por los muros de piedra, la piscina reflejaba un cielo limpio y el viejo magnolio proyectaba una sombra perfecta sobre la mesa donde Rosario nos dejaba siempre limonada, fruta cortada y algo más contundente porque, según ella, «una mujer con boda a la vista no podía vivir de sandía y nervios».
La casa de mis padres se situaba a las afueras de Salamanca, lo bastante cerca del centro para que mi madre pudiera llegar a su puesto en el hospital en quince minutos y lo bastante apartada para que mi padre fingiera que allí descansaba, aunque en realidad seguía contestando llamadas del Grupo Roldán Inmobiliario desde el despacho, desde el comedor o desde la escalera. En fin, desde donde le pillara.
Era una casa impresionante, señorial, antigua en la parte que había construido mi abuelo Antonio y demasiado reformada en algunas zonas por culpa de mi padre, que tenía una tendencia peligrosa a confundir modernizar con tirar paredes.
Aun así, conservaba algo cálido y familiar que ninguna reforma había conseguido borrar. En realidad, era una auténtica maravilla, por mucho que a mí me gustara un pelín criticar a mi padre.
Allí aprendí a montar en bicicleta por los caminos de grava, a nadar en aquella misma piscina y a distinguir el sonido de los pasos de cada persona de la casa mucho antes de verla aparecer.
Vivía en esa casa desde siempre y, aunque a mis treinta años algunas personas ponían cara rara cuando decía que seguía compartiendo techo con mis padres, a mí nunca me había parecido extraño.
Mi madre, Mercedes, era internista en el Hospital Universitario y no había querido saber nada del holding inmobiliario de su marido en toda su vida, lo cual probablemente salvó nuestra paz familiar más veces de las que estábamos dispuestos a reconocer.
Mi padre, Fernando Roldán, presidía el Grupo Roldán Inmobiliario con una mezcla de disciplina, orgullo y obsesión por el detalle que hacía que sus empleados le respetaran, le temieran un poco y, en algunos casos, quisieran estrangularlo con una cinta métrica.
Mi abuelo Antonio, fundador de todo aquello, seguía siendo el alma de la familia aunque las piernas ya no le permitieran moverse como antes.
Julia, su cuidadora, llevaba años viviendo con nosotros y había pasado de ser «la mujer que ayuda al abuelo» a convertirse en la única persona capaz de regañarle sin que él la mandara a paseo.
Tomás, nuestro chófer y hombre de confianza, arreglaba coches, conducía, cambiaba bombillas, rescataba bolsos olvidados, solucionaba dramas domésticos y todavía me llamaba «renacuaja» cuando mi padre no estaba delante.
Y Rosario gobernaba la cocina con una autoridad que ni siquiera Fernando Roldán se atrevía a discutir.
En aquella casa todo el mundo tenía su sitio y así lo reivindicaba.
Mi padre tenía el despacho; mi madre, una butaca junto a la ventana donde se dormía después de las guardias; mi abuelo, el porche; Julia, cualquier lugar desde el que pudiera vigilar si Antonio intentaba levantarse solo; Rosario, la cocina; Tomás, el garaje; Croqueta, el universo entero.
Yo, al menos aquella mañana, tenía la piscina y una agradable sensación que me recorría de pies a cabeza.
Faltaban exactamente tres meses para mi boda con Marcos Velasco.
Pensarlo me produjo esa mezcla de vértigo y sonrisa que me acompañaba desde el día en que me pidió matrimonio. Marcos llegó a mi vida solo un año antes, durante un evento empresarial organizado en un hotel de cinco estrellas de Salamanca.
Yo acudí en representación del Grupo Roldán, porque trabajaba con mi padre en el área comercial y de desarrollo de negocio, y Marcos participaba como directivo de una importante compañía de energías renovables que estaba implantando proyectos en Castilla y León.
Era ambicioso, brillante, seguro de sí mismo y tenía esa forma de hablar que hacía que todo pareciera posible si él estaba cerca.
Nos presentaron durante un cóctel, empezamos a conversar junto a una mesa de canapés exquisitos y, antes de que terminara la noche, ya había conseguido hacerme reír tres veces, algo que en un acto empresarial equivalía casi a una declaración de amor.
Unos meses después estábamos prometidos.
Mi madre dijo que era una locura preciosa. Mi padre, que Marcos, era un hombre sólido. Mi abuelo, que lo de «sólido» también se decía de las columnas y no por eso una tenía que casarse con ellas.
Noelia, por supuesto, gritó tanto cuando se lo conté que Croqueta se escondió debajo del sofá.
Noelia Martín era mi mejor amiga desde que ambas teníamos cuatro años, rodillas llenas de heridas y una capacidad legendaria para meternos en líos.
Crecimos juntas compartiendo colegio, veranos, confidencias, exámenes, fiestas, rupturas y un pacto de silencio sobre una excursión de segundo de Bachillerato que todavía podía hundir nuestra reputación.
Después, cada una tomó su camino.
Yo estudié ADE y acabé incorporándome al Grupo Roldán, primero con la absurda necesidad de demostrar que no estaba allí por ser hija de Fernando y después con la tranquilidad de saber que se me daba bien vender proyectos, entender clientes y defender ideas incluso cuando mi padre ponía cara de estatua romana.
Noelia, en cambio, decidió que quería organizar bodas y montó su propia empresa como wedding planner , con una ilusión tremenda y una agenda que al principio parecía un folio abandonado.
Cinco años después, medio Salamanca deseaba que ella le organizara la boda, las bodas de plata, las de oro o cualquier tipo de evento que permitiera contratarla.
Era ingeniosa, creativa, leal hasta la médula y capaz de convertir un salón vulgar en un cuento de hadas con cuatro velas, dos manteles y una mirada de amenaza al florista.
También conducía como si su coche le hubiera hecho daño en otra vida.
Por eso, cuando el golpe sonó contra la verja principal, seco, escandaloso y seguido de un silencio culpable, no me incorporé con miedo, sino con una sospecha muy concreta.
Croqueta salió disparado hacia la entrada con un ladrido tan feroz que parecía mentira que procediera de un animal con las patas tan cortas, y desde el interior de la casa llegó la voz de Julia, alta, resignada y profundamente castellana.
—¡Vaya por Dios! ¡Ya está aquí la loca!
Me puse de pie, me até el pareo sobre el bikini y crucé el jardín descalza, sintiendo el calor de la piedra bajo los pies y oyendo cómo Julia protestaba porque había dejado al abuelo con la pastilla en la mano y eso, según ella, era un peligro mayor que cualquier accidente de tráfico.
Cuando llegué a la entrada, encontré el Mini Cooper de Noelia inclinado en una postura poco natural, con el morro incrustado contra uno de los pilares de la verja y una buganvilla medio aplastada bajo la rueda delantera.
Mi amiga salió del coche despacio, con las gafas de sol torcidas, el bolso colgando del codo y una sonrisa que intentaba vender normalidad en un escenario donde la normalidad había fallecido un minuto atrás.
Tomás apareció desde el garaje limpiándose las manos con un trapo, miró el coche, miró la verja y luego miró a Noelia con esa paciencia suya que solo podía tener alguien que la había visto crecer y sobrevivir a demasiadas entradas triunfales.
Ella levantó un dedo antes de que él dijera nada y anunció que técnicamente no había sido un choque, sino un desacuerdo puntual con la perspectiva.
Tomás se acercó al parachoques, se agachó, tocó algo que no debía sonar como sonó y se incorporó con una serenidad demoledora.
—Noelia, luego te llevo a tu casa, porque este coche no vuelve a arrancar salvo que lo empujemos cuesta abajo y recemos todo lo que sepamos.
Ella abrió la boca, dispuesta a protestar, pero Croqueta eligió ese momento para ladrarle al neumático con la furia de quien acaba de descubrir al responsable de todos sus males.
Julia llegó detrás de mí, se llevó una mano al pecho y soltó que un día la iban a sacar de aquella casa con los pies por delante por culpa de “la pirada pija del coche rojo”, mientras Rosario asomaba desde la puerta de la cocina con el delantal puesto y preguntaba, sin la menor sorpresa, si esta vez había roto algo caro o solo algo visible.
Mi abuelo, desde el porche, quiso saber si había sido Noelia, y cuando le contestamos que sí, se limitó a decir que entonces no hacía falta llamar a la policía porque ya conocíamos a la culpable.
Noelia, lejos de hundirse, saludó a todos con la dignidad de una reina que visita a sus súbditos después de declarar una guerra sin sentido.
Abrazó a Julia, le lanzó un beso a mi abuelo, prometió a Tomás que algún día aprendería a frenar antes de llegar al muro y terminó agarrándome del brazo para arrastrarme de vuelta al jardín, como si no acabara de dejar su coche con el morro más torcido que una promesa electoral.