CAPÍTULO 39
Alice
Dos horas. Han pasado dos horas desde que Ricky salió de mi habitación y, en unos minutos, voy a caminar hacia el altar sin saber dónde se ha metido.
«Voy a demostrarte quién es de verdad Gabriel Valera del Río», me dijo antes de cerrar la puerta.
Al principio pensé que volvería enseguida, que en cinco minutos lo tendría otra vez delante con esa media sonrisa de «ya te lo dije» que tanto me saca de quicio, y con lo que fuera que hubiera ido a buscar en la mano.
Así que me senté en el borde de la cama, con el vestido puesto y las manos en el regazo, igual que cuando de pequeña me mandaban castigada a mi cuarto y esperaba a que alguien viniera a decirme que ya podía salir.
Pero pasaron cinco minutos, luego quince, luego media hora, y la puerta no se abrió. La paciencia nunca ha sido lo mío, y menos cuando lo que está en juego es con quién voy a pasar el resto de mi vida, así que acabé saliendo a buscarlo.
Empecé por su habitación. Llamé varias veces y, como nadie contestaba, me asomé de todos modos: la cama estaba hecha y en el aire todavía flotaba el perfume de Violeta.
De ahí bajé a la cocina, donde un señor con gorro de chef dejó de batir lo que tuviera en el cuenco para decirme que por allí no había pasado nadie.
Probé en la terraza, di la vuelta entera al porche, y nada.
Recorrí la casa de arriba abajo, cosa que no resulta tan sencilla cuando llevas un vestido de novia con más capas de tul que un milhojas.
Iba por los pasillos con la falda recogida entre los puños, como una Cenicienta que llega tarde, esquivando esquinas y marcos de puertas y rezando para que el encaje no se enganchara en ninguna parte.
Ni rastro de él. De hecho, no había rastro de casi nadie, porque la mayoría de los invitados ya habían empezado a bajar a la playa para coger sitio.
(¿Dónde te has metido, Ricky?)
Me quedé parada en mitad del salón, todavía con la falda en los puños y la respiración un poco agitada después de haber recorrido media mansión, pensando qué hacer a continuación.
Estaba tan metida en mis cosas que no oí a nadie bajar por la escalera hasta que tuve el taconeo prácticamente encima de mí.
—¡Ali! —La voz de Zoe retumbó en todo el salón—. ¿Se puede saber dónde estabas? ¡Llevamos un buen rato buscándote!
Me di la vuelta de golpe. Allí estaban las tres, listas para salir, con sus vestidos morados de dama de honor, el mismo moño bajo en las tres cabezas y los ramitos de peonías en la mano.
—Estaba... dando una vuelta —contesté mientras me soltaba la falda y la alisaba deprisa, como si así también pudiera borrar las pruebas de mi excursión por la casa.
—Bueno, da igual. Venga, que nos tenemos que ir ya —dijo Grace, repasándome de los pies a la cabeza con ojo de inspectora de aduanas—. Llevas los zapatos, ¿no? El velo, los pendientes... ¿Te falta algo?
Por encima de su hombro vi el reloj que cuelga sobre la chimenea, al fondo del salón. Ya era casi la hora. Dentro de muy poco iba a convertirme en la mujer de un hombre que, a lo mejor, llevaba todo este tiempo engañándome.
—¿Ali? —insistió Grace, frunciendo el ceño.
—Sí, sí —reaccioné por fin—. Estoy lista. No me falta nada.
Olivia se acercó un poco y ladeó la cabeza.
—¿Estás bien, cariño?
—Sí, sí, sí —respondí, demasiado rápido y demasiadas veces para que sonara creíble—. Perfectamente.
Olivia asintió, y Zoe y Grace con ella, como si con eso quedara todo aclarado. Luego las tres echaron a andar hacia la puerta, discutiendo si la brisa del mar les desharía el moño antes de llegar al altar. Pero, antes de que llegaran a salir, las frené.
—¡Chicas, esperad!
Se pararon en seco y se giraron las tres a la vez.
—Estaba buscando a Ricky. ¿Lo habéis visto?
—No —dijo Zoe, arqueando una ceja.
—Yo tampoco —añadió Grace, encogiéndose de hombros—. ¿Por?
—Por nada —me apresuré a decir—. Quería preguntarle una cosa de su abuela. Una tontería.
—Estará en la playa con los demás, esperando a que empiece la boda—dijo Olivia.
—Sí, seguro que ya está allí —asentí, forzando una sonrisa—. Venga, vámonos.
Y bajamos las cuatro juntas hacia la playa.
A lo mejor tenían razón. A lo mejor Ricky llevaba un buen rato sentado en una de esas sillas blancas con el resto de la familia mientras yo iba por la casa abriendo puertas y asustando a cocineros.
Pero, por mucho que me lo repitiera, algo no me cuadraba.
El Ricky que había salido de mi habitación no era alguien dispuesto a sentarse tranquilamente a ver cómo su hermano se casaba con la mujer de la que seguía enamorado.
Se había marchado convencido de que esta boda no debía celebrarse y decidido a impedirla como fuera.
¿Y de repente se había rendido? ¿Había bajado a la playa, había elegido una silla con vistas al mar y se había sentado a esperar a la novia como un invitado más?
Es lo mismo que sigo preguntándome ahora, escondida detrás del biombo de flores blancas que Claire mandó poner al final del pasillo para que nadie vea a la novia antes de tiempo, mientras espero la señal para salir.
El sol está ya muy bajo, casi rozando el agua, y el cielo sobre el mar se ha vuelto naranja y rosa.
A mi lado, mi padre no deja de tocarse la corbata.
Se la ha ajustado cuatro veces desde que llegamos y creo que ahora está más torcida que al principio.
Lleva el traje gris que mi madre le obligó a comprarse hace un par de meses y una peonía blanca en la solapa.
Hoy es él quien me va a llevar al altar, y le hizo tanta ilusión que se lo pidiera que se pasó una semana entera ensayando en el pasillo de casa, delante de mi madre, cómo ofrecerme el brazo sin parecer un mayordomo.
—¿Estás bien, hija? —me pregunta en voz baja.
—Sí, papá. Un poco nerviosa, solo eso.
—Es normal, cariño —me dice con media sonrisa.
Me pongo de puntillas, con cuidado de no meter los tacones entre las tablas, y vuelvo a asomarme entre las flores.
Busco en las primeras filas unos rizos castaños, una chaqueta negra desabrochada, cualquier cosa que me confirme que Olivia tenía razón.
Pero desde aquí solo veo espaldas, abanicos y cabezas que se giran para hablar con el de al lado.
Entonces, empieza la música.
Primero suena solo el violín, una nota larga y suave que se abre paso entre el murmullo, y después se le unen el violonchelo y el resto del cuarteto. La melodía va creciendo poco a poco hasta mezclarse con el ruido de las olas.
Oigo las sillas arrastrarse sobre la madera, el roce de los vestidos, algún carraspeo y los abanicos cerrándose casi a la vez. Doscientas personas se levantan y se vuelven hacia el final del pasillo, hacia este rincón donde una novia intenta acordarse de cómo se respira.
Se me encoge el estómago. Ahora sí que no hay marcha atrás. Esté Ricky ahí sentado o no, haya encontrado algo o no, sea Gabriel quien yo creo o alguien completamente distinto, dentro de unos minutos voy a estar delante de él y de toda esta gente prometiéndole que le querré el resto de mi vida.
Mi padre carraspea, se toca la corbata por quinta vez y me ofrece el brazo tal y como lo ensayó. Le brillan los ojos y le tiembla un poco la barbilla, aunque intenta disimularlo con una sonrisa.
—¿Vamos, cariño?
—¡Esperad, esperad, que faltamos nosotras! —interrumpe Zoe, que aparece por un lado del biombo con Grace y Olivia detrás.
Se colocan a mi espalda y cada una coge un trozo del velo con la punta de los dedos. Olivia se agacha para estirarme la cola, que se había quedado arrugada en una esquina, y Grace me apoya un momento la mano en la espalda, justo entre los omóplatos.
—Cuando queráis —dice.
Al salir de detrás de las flores tengo que parpadear un par de veces para convencerme de que lo que tengo delante es real.
Claire me había enseñado bocetos, fotos y hasta un vídeo, pero nada me había preparado para verlo en persona.
Es, sin lugar a dudas, el sitio más bonito que he visto en mi vida.
La ceremonia es en una tarima de madera clara que han montado para hoy en lo alto de las dunas, justo donde acaba el jardín y empieza la playa.
Es como un mirador enorme colgado sobre la arena, rodeado de una barandilla baja cubierta de hiedra y flores blancas.
A los lados, unos postes altos de madera sostienen cortinas de lino que la brisa mueve despacio, y al fondo, en el mismo borde de la tarima, está el arco nupcial: ramas trenzadas cubiertas de rosas blancas, eucalipto y florecillas silvestres que cuelgan hacia los lados como si hubieran crecido ahí solas.
Detrás no hay nada más que el mar, tranquilo e inmenso, azul hasta que se acerca al sol y se vuelve dorado.
Damos el primer paso sobre los pétalos y mi padre me aprieta el brazo para marcarme el ritmo. Despacio, un pie y luego el otro.
A ambos lados, los invitados me siguen con la mirada.
Hay sonrisas enternecidas, móviles en alto a pesar del cartelito tan mono que puso Claire en la entrada pidiendo una ceremonia sin pantallas, alguna lágrima secada con disimulo y un par de tías de Gabriel que me miran de arriba abajo como si estuvieran puntuando el vestido.
En la segunda fila está Marilyn, con una pamela tan grande que la señora de detrás tiene que inclinarse para ver algo.
Lleva a sus tres chihuahuas repartidos entre el regazo y la silla de al lado, y en medio de ellos, con un lazo blanco al cuello y la cabeza muy alta, Bella me ve pasar con la indiferencia de una duquesa desde su palco.
Más adelante, en la primera fila de la derecha, Belinda se seca los ojos con un pañuelo de encaje. A su lado, Rafael con las manos metidas en los bolsillos y una sonrisa que parece sostener a duras penas.
Y junto a ellos, dos sillas vacías. Las únicas vacías de toda la ceremonia.
Sé perfectamente de quién son. En el respaldo de cada una sigue colgada la tarjetita color crema con el nombre escrito a mano por la calígrafa: «Ricardo» en una, «Violeta» en la otra.
Durante un segundo se me olvida andar, y mi padre tiene que tirar suavemente de mí para que no me quede plantada en mitad del pasillo delante de todo el mundo.
Que Ricky no esté, en cierto modo, me lo esperaba. Pero ¿Violeta? ¿Por qué no está Violeta? ¿Se habrán ido juntos al final, como me dijo anoche en la playa?
Una vez que se me mete la idea en la cabeza, ya no hay forma de sacarla. Y lo peor es que tengo que seguir caminando hacia su hermano como si nada, con un nudo en la garganta y una sonrisa que empieza a dolerme en las mejillas.
A la izquierda, en la primera fila, está mi madre. Me sonríe, pero la conozco demasiado bien para creérmelo. Me mira a mí, mira de reojo las sillas vacías, vuelve a mirarme, y en ese pequeño recorrido cabe entera la conversación que tuvimos hace unas horas en mi habitación.
«Si no estás segura, no tienes por qué hacerlo».
En los últimos metros, las chicas sueltan el velo. Noto el tirón suave del tul al caerme sobre la espalda y las veo apartarse hacia su sitio, a la izquierda del altar.
Gabriel me espera bajo el arco, con el mar detrás y la luz del atardecer dándole de lado en la cara.
Lleva un traje azul marino hecho a medida y una peonía blanca en la solapa, igual que la de mi padre, solo que la suya está perfectamente recta, cómo no.
Cuando me ve, se le escapa una sonrisa enorme y nerviosa, y noto cómo traga saliva y parpadea deprisa para no emocionarse delante de todos.
Mi padre va aminorando el paso hasta que nos paramos frente al altar.
Me suelta el brazo con cuidado, como si temiera que me fuera a caer, y le tiende la mano a Gabriel.
Él se la estrecha con firmeza, pero mi padre, en vez de soltarlo, tira de él y le da uno de esos abrazos suyos, cortos y un poco torpes, con dos palmadas en la espalda que suenan más fuerte de lo que seguramente pretendía.
—Aquí te entrego a mi hija —le dice al separarse—. Hazla feliz, por favor.
Gabriel sonríe y le guiña un ojo.
—Eso está hecho, Henry.
Mi padre asiente varias veces, conforme, y va a sentarse junto a mi madre.
Gabriel me tiende la mano. Delante del arco hay un pequeño escalón, de apenas un palmo, para que quedemos un poco por encima de los invitados y se nos vea bien desde las últimas filas.
Me quedo mirando su mano abierta, con la palma hacia arriba, y por un momento tengo la sensación absurda de que el cuarteto ha dejado de tocar y de que las doscientas personas que tengo detrás están aguantando la respiración para ver qué hago.
Pongo mi mano sobre la suya.
La tiene caliente y un poco húmeda. Me la aprieta con suavidad mientras me ayuda a subir, pendiente de que no me pise el vestido, y con la otra mano me coloca el velo sobre el hombro antes de inclinarse hacia mí.
—Estás preciosa, cariño —me susurra.
Frente a nosotros espera el cura, un señor mayor de mejillas sonrosadas y pelo blanquísimo, con una casulla bordada en dorado que brilla con el último sol de la tarde.
La música se va apagando. Detrás de nosotros, los invitados vuelven a sentarse entre un murmullo de sillas y telas, y durante unos segundos no se oye nada más que el mar.
El cura carraspea, abre los brazos y sonríe.
—Queridos hermanos, estamos aquí reunidos para celebrar el matrimonio de Alice Bennett Peterson y Gabriel Valera del Río.
Se acabó la cuenta atrás. Mi boda ya ha empezado.