CAPÍTULO 38 #3
Al otro lado de la línea se hizo un silencio tan largo que llegué a pensar que me había colgado.
—¿Me está pidiendo que utilice a mi hija, señorito Valera?
—Le estoy pidiendo que elija —respondí—. O su hija se acerca a Ricardo, o el proyecto se detiene de inmediato. Y los dos sabemos que eso no le conviene en absoluto.
No sé qué le dijo después a Violeta ni cómo se lo dijo, pero dos meses más tarde tenía en mis manos aquellas fotografías tan especiales que Alice acabaría viendo delante de mí.
Aquel día en el acuario fue, sin duda, uno de los más satisfactorios de mi vida.
Nunca olvidaré su cara. Vi cómo pasaba las fotos una a una, primero despacio y luego cada vez más deprisa, buscando entre ellas alguna que desmintiera a las demás.
Vi cómo le temblaban los dedos, cómo se le humedecían los ojos y cómo intentaba contener unas lágrimas que acabaron cayendo de todos modos sobre la imagen de mi hermano a punto de besar a otra chica.
Ver eso fue incluso mejor que un buen orgasmo.
Unos días después, sin que yo hubiera vuelto a saber nada de ella, se presentó en mi apartamento con los ojos hinchados y el rímel corrido. Apenas dijo nada cuando le abrí la puerta. Solo me pidió que la follara. Y, por supuesto, cumplí su petición sin rechistar.
No voy a fingir que no lo disfruté, porque mentiría.
Lo disfruté muchísimo, aunque no por las razones obvias.
Lo que de verdad me excitaba no era su cuerpo, que ya conocía de sobra, sino su mirada, llena de dolor, tristeza y rencor.
Mi hermano estaba en aquella habitación con nosotros, aunque no de cuerpo presente, y cada vez que Alice gemía encima de mí, yo sabía que era en él en quien pensaba.
Y eso, para mí, era la mejor de las victorias.
Aunque lo que más me alegró llegó poco después, cuando mi padre me comentó que, por lo visto, Ricardo y Violeta habían empezado a tener una relación que iba más allá de la amistad.
Aquello no fue tan sencillo como parecía.
Benjamin se resistió más de lo que esperaba, ya que Violeta estaba prácticamente prometida con otro chico, el hijo de una de esas familias británicas de apellido interminable con las que los Whitmore habían cerrado negocios importantes.
Y a él no le hacía ninguna gracia que un Valera, y menos aún el problemático, se interpusiera en unos planes de boda que llevaban años fraguándose.
Pero al final cedió. No tenía otra opción.
Cuando alguien conoce tu secreto más oscuro, tus preferencias dejan de importar.
Con el tiempo, lo mío con Alice también se volvió algo formal.
No fue inmediato. Tardó semanas en dejar de mirarme con recelo y meses en volver a decir mi nombre sin que le temblara un poco la voz.
Pero yo había aprendido la lección, y esta vez no iba a ser el mismo hombre egocéntrico de siempre.
Me pasé tardes enteras escuchándola hablar de sus alumnos, fingiendo que me importaban; le mandaba mensajes cursis de buenas noches que me daban arcadas, y guardaba silencios respetuosos cada vez que la veía perderse en el recuerdo de su hermano.
Poco a poco fue bajando la guardia y, poco a poco, se fue enamorando de mí.
Incluso llegué a aceptar a su perra, esa criatura ridícula llena de pelo y de babas que siempre me miraba con desconfianza.
La soporté en mi coche y en los paseos de los domingos, e incluso la dejé subirse a mi sofá de cuero italiano.
Aquel día fue, sin ninguna duda, uno de los más repugnantes de mi vida.
Pero mereció la pena. Todo merecía la pena para que Alice se enamorara locamente de mí.
La tarde en que le pedí matrimonio en aquella isla y dijo que sí, supe que había ganado. La vi mirar el anillo con los ojos llenos de lágrimas y pensé que por fin tenía lo que me correspondía desde el principio.
Pero la verdadera victoria llegó unos meses después, en forma de un correo electrónico de apenas dos líneas en el que mi hermano me confirmaba su asistencia a la boda.
Lo leí tres veces seguidas, de pie en mi despacho, con una copa de whisky en la mano que me bebí de un trago.
Era feliz, realmente feliz, porque ahí estaba por fin el cuadro completo: Alice viendo a mi hermano después de año y medio, con otra mujer del brazo, convencida de que la había olvidado; Ricardo viéndola a ella con un anillo en el dedo y mi nombre en cada invitación, convencido de que lo había reemplazado.
Reconozco que, durante un tiempo, tuve miedo.
No tanto como para quitarme el sueño, pero sí esa inquietud sorda que se queda agazapada en algún rincón de la cabeza y reaparece en los momentos más inoportunos.
Temía que alguno de los dos empezara a tirar del hilo y que acabaran descubriendo cuál había sido mi plan desde el principio.
Pero había pasado demasiado tiempo. Alice estaba enamorada de mí, de eso no tenía la menor duda, y Ricardo, a su manera, también había pasado página.
Bastaba con echar un vistazo a sus redes, que yo revisaba con una regularidad casi religiosa, para ver lo feliz que era con Violeta.
Y quien ha rehecho su vida no se molesta en remover el pasado.
Así que no, nadie iba a hacer preguntas. La partida había terminado y la había ganado yo. Me había quedado con la reina, y a mi hermano, el rey que nunca supo defenderla, solo le quedaba sentarse entre los invitados y contemplar su propio jaque mate.
Hasta que, hace un par de noches, todo se vino abajo.
Me desperté de madrugada y, medio dormido, alargué el brazo hacia el otro lado de la cama esperando encontrar el cuerpo de Alice.
No estaba. Al principio no le di importancia.
Pensé que habría bajado a por un vaso de agua o que no podía dormir por los nervios de la boda, como le pasaba casi todas las noches desde hacía semanas.
Me puse las zapatillas y recorrí el pasillo en penumbra: la cocina, vacía; el salón, también; la biblioteca, el baño de invitados...
Nada. Hasta que oí un gemido leve que venía del jardín.
Abrí con cuidado la puerta de cristal y salí. Y allí estaban los dos, solos, dentro del agua, pegados el uno al otro. Tanto, que mi prometida estaba a punto de alcanzar un orgasmo que mi querido hermano se esforzaba en provocarle.
Me quedé inmóvil, escondido tras el seto que rodea la piscina, sin poder apartar la vista, mientras la rabia me subía desde el estómago hasta la garganta, peligrosa y afilada.
Me aparté de golpe antes de cometer una locura, crucé el jardín a toda prisa con el corazón golpeándome las costillas, subí al dormitorio, me quité las zapatillas y me metí en la cama.
Unos minutos después, oí sus pasos en el pasillo.
La puerta se abrió con cuidado y noté cómo se hundía el colchón a mi lado mientras se tumbaba despacio para no despertarme.
Olía a cloro, tenía el pelo mojado y la piel todavía fría.
Y yo seguí fingiendo que dormía, con los ojos cerrados y los puños apretados bajo las sábanas.
Lo supe en ese mismo instante, tumbado a oscuras junto a ella, escuchando cómo su respiración se iba calmando, que entre mi hermano y Alice seguía habiendo algo. Algo que ni la distancia, ni las fotografías, ni un año y medio de silencio habían conseguido matar.
Y aun así, a la mañana siguiente, los saludé a los dos como si no hubiera pasado nada.
Incluso insistí en invitar a mi hermano a mi despedida de soltero, aunque, cómo no, se negó.
La boda tenía que seguir adelante. No había otra opción.
Había invertido demasiado dinero, demasiado tiempo, demasiadas mentiras y, sobre todo, demasiada paciencia como para dejar que todo se derrumbara por un momento de calentón en una piscina.
Por eso, esta misma mañana, mientras la casa era un hervidero de floristas, camareros y primos lejanos, me he presentado en la habitación donde se alojan Violeta y mi hermano.
La he pillado sola, justo como necesitaba que ocurriera.
Y no me he andado con rodeos: le he dicho que, en cuanto termine la ceremonia, quiero que se lleve a mi hermano de aquí y que no permita que vuelva a pisar tierras americanas nunca más.
Me ha mirado con el ceño fruncido, sin entender a qué venía aquello a pocas horas de la boda, así que se lo he explicado. Le he contado lo que vi hace dos noches.
He visto cómo se le tensaba la mandíbula al escucharme, e incluso, durante un momento, he pensado que iba a darme una bofetada por mentiroso.
Pero no lo ha hecho, porque en el fondo ya intuía que algo así podía pasar.
Me ha confesado que estos días se ha fijado en cómo mi hermano seguía mirando a Alice, y en cómo ella le devolvía exactamente la misma mirada.
Y yo, demasiado metido en mi propio juego, una vez más no me había dado cuenta de nada.
Lo que tampoco sabía es que, mientras hablábamos, mi hermano estaba al otro lado de la puerta, escuchándolo todo.