¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 38 #2
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CAPÍTULO 38 #2

Me aparto del escritorio y me siento en la butaca de cuero que hay frente a él. Me acomodo contra el respaldo, cruzo una pierna sobre la otra y también los brazos sobre el pecho.

—O me dejas entrar en el proyecto o la policía se enterará de todo. Tú decides.

Durante unos segundos, ninguno de los dos dice nada, y lo único que se oye es el tictac del reloj que hay colgado en la pared.

Mi padre apoya los codos sobre la mesa, entrelaza los dedos y se inclina un poco hacia delante, observándome con los ojos entornados, como quien repasa un contrato en busca de la cláusula trampa.

—¿Qué es lo que quieres, hijo? ¿Por qué tienes tanto interés en entrar en el proyecto? ¿Es por dinero? Porque, si es por eso, no te preocupes. Cuando todo esto termine, tendrás todo el que quieras. Pero, mientras tanto, no quiero que te metas en este asunto.

Sonrío. Casi me enternece su empeño en que no me falte de nada.

—No es por dinero.

Frunce el ceño, desconcertado.

—¿Entonces?

Me tomo un momento antes de responder. Descruzo los brazos y apoyo las manos en los reposabrazos.

—Es por ella.

—¿Por ella? —repite.

Le sostengo la mirada.

—Sí, papá. Por Alice.

Su expresión cambia en el acto. Desaparece cualquier rastro de desconcierto y en su lugar asoma esa dureza que reserva para los asuntos que considera zanjados.

—Olvídate de esa mujer, Gabriel. Si lo que pretendes es entrar en el proyecto para tenerla cerca, ya puedes quitártelo de la cabeza. No quiero volver a oír ese nombre en boca de ninguno de mis hijos. Bastante daño os ha hecho ya. Ha destrozado vuestra relación.

Se me escapa una risa breve y seca.

—¿Qué te hace tanta gracia? —pregunta, molesto.

—Nada. Es solo que no recuerdo que Ricardo y yo tuviéramos una relación precisamente bonita antes de que ella apareciera, papá.

No responde. Sabe de sobra que tengo razón, y odia tener que reconocerlo.

—De todos modos, puedes estar tranquilo —continúo—. Ella ya no me interesa en ese sentido.

—¿Entonces para qué quieres tenerla cerca? —pregunta, arrugando la frente.

Descruzo las piernas y me inclino hacia delante, acortando la distancia entre los dos hasta distinguir con total nitidez las arrugas que le rodean los ojos.

—Porque quiero verla sufrir.

Mi padre se reclina lentamente en el sillón.

—¿Y qué tiene que ver eso con el proyecto? —pregunta, cada vez más interesado.

—Que, si entro, quiero que me dejes supervisar otra vez las clases de estimulación multisensorial.

Así podré ver a Alice a diario, en su terreno más vulnerable, rodeada de sus niños y sin ninguna excusa para evitarme.

Y poco a poco, con paciencia, voy a volver a ganarme su confianza.

Esta vez le voy a demostrar que soy mejor de lo que ella cree, que me preocupan esos críos tanto como a ella, que soy el tipo de hombre que cualquier mujer querría tener a su lado.

Quiero que se dé cuenta de que eligió al hermano equivocado.

—Bajo un poco la voz—. Quiero que sufra, papá.

Algo parecido a una sonrisa le cruza fugazmente la cara.

—¿Eso es todo?

—No. También quiero que quites a mi hermano de en medio. Quiero que los separes para siempre.

—Eso ya está hecho, Gabriel. Tu hermano y esa mujer no van a volver a verse nunca más. Me he encargado personalmente de que no ponga un pie fuera de casa.

—¿Y hasta cuándo, papá? —Arqueo una ceja—. ¿Piensas tenerlo encerrado toda la vida, con Jackson durmiendo en la puerta de su habitación? No puedes, y lo sabes. Tarde o temprano tendrá que salir a hacer su vida y, en cuanto lo haga, lo primero que hará será ir a buscarla.

Aprieta la mandíbula. No le gusta que le señalen los fallos de un plan, y menos aún cuando el plan es suyo.

—Además —continúo—, ¿No pensabas mandarlo a estudiar fuera?

—Sí. A Westbridge, en Wisconsin —responde—. Ya tengo toda la documentación preparada.

—Wisconsin está demasiado cerca. —Niego con la cabeza—. A dos horas de avión. Quiero que se vaya mucho más lejos.

Se queda callado, con la mirada fija en algún punto del escritorio, y casi puedo ver cómo le giran los engranajes que tiene detrás de la frente.

—De acuerdo. Creo que tengo la solución —dice, casi para sí mismo.

—¿Cuál? —pregunto, intrigado.

—Mi socio en este proyecto, Benjamin Whitmore, es el director de una de las mejores universidades de Londres. Podría mandar allí a tu hermano para que empiece la carrera el próximo trimestre.

—¿Y lo aceptarían a estas alturas del curso?

—Es tarde, pero seguro que Benjamin me hace el favor. —Esboza media sonrisa—. Al fin y al cabo, el que le está haciendo un favor soy yo, metiendo su proyecto en mi empresa. Me lo debe.

Suena demasiado bien: un océano de por medio, cinco horas de diferencia horaria y un campus rodeado de hectáreas de césped bajo la vigilancia de un hombre que le debe a mi padre algo mucho más grande que una plaza universitaria. Ni en mis mejores cálculos habría llegado a algo tan redondo.

—Perfecto —digo—. Ponlo todo en marcha.

Mi padre asiente despacio.

—De acuerdo, te ayudaré. —Se pasa una mano por el pelo, peinándoselo hacia atrás—. Si te soy sincero, tu madre y yo estamos deseando que tu hermano se vaya de casa. Últimamente está insoportable, y un buen castigo lejos de aquí le vendrá bien.

Me contengo para no sonreír demasiado.

—Gracias, papá. Gracias por ayudarme.

—No me las des todavía. —Me señala con el índice, y su tono vuelve a endurecerse—. Solo prométeme una cosa: que vas a mantenerte todo lo posible al margen del proyecto. Céntrate únicamente en joder a esa profesora. Y, sobre todo, ni se te ocurra volver a chantajearme. ¿Te queda claro?

—No te preocupes —respondo, levantando una ceja—.

Me voy a encargar personalmente de que sufra sin piedad.

Voy a conseguir que se enamore de mí como nunca se ha enamorado de nadie, y te apuesto lo que quieras a que, el día de mañana, será ella la que quiera casarse conmigo.

Y Ricardo estará allí para verlo, sentado entre los invitados, mirando cómo camina hacia el altar para convertirse en mi esposa.

Y así fue como comenzó el plan más brillante que había ideado en toda mi vida.

Mi padre cumplió su parte con la eficacia de siempre. Antes de que terminara la semana, Benjamin Whitmore ya había firmado la carta de admisión, y Ricardo pasó las Navidades más largas de su vida encerrado en aquella universidad, lejos de todos nosotros y completamente solo.

El primer día después de las vacaciones, con el plan ya algo más perfilado, fui al colegio de Alice.

Reconozco que me dolió bastante ver cómo se le iluminaba la cara creyendo que quien llegaba era mi hermano, al que seguía esperando con impaciencia, y cómo esa ilusión se le apagó en cuanto vio que no era él, sino yo.

Pero lo disimulé con una sonrisa, como si no me afectara lo más mínimo.

Lo primero que hice fue anunciarle, con toda la cordialidad del mundo, que, a partir de ese momento, volvería a ser yo quien se haría cargo del proyecto de estimulación multisensorial y que la empresa había decidido dar un paso más: íbamos a poner en marcha un programa pionero basado en inteligencia artificial.

Fue la primera pieza que moví en el tablero y la más fácil de todas. Volver a colarme de forma continuada en ese colegio, y en su vida, sin levantar la menor sospecha.

De vez en cuando, mi padre me ponía al día de cómo le iba a Ricardo, a partir de lo que Benjamin le contaba.

Me dijo que estaba estresado y apático, que apenas hablaba con nadie y que, durante las vacaciones de Navidad, con la universidad prácticamente vacía, los vigilantes lo habían pillado más de una vez intentando escaparse.

Pero hubo un detalle que mi padre dejó caer casi al final de una de aquellas conversaciones.

—Por lo visto, la única persona con la que habla allí es la hija de Benjamin. Violeta, creo que se llama.

—¿La hija del director?

—Sí. También estudia en esa universidad. Tiene la edad de tu hermano, o quizá un año más. Benjamin dice que es una chica brillante, con mucho carácter. Y bastante guapa, por lo que he visto en alguna foto.

No hacía falta ser un genio para intuir lo que podía salir de ahí.

Si esa chica conseguía seducirlo, aunque solo fuera un poco, aunque fuera durante una noche de soledad y debilidad, yo tendría en las manos algo mucho más valioso que la distancia.

Tendría una prueba, una imagen, algo que poner delante de los ojos de Alice.

Así que puse en marcha la siguiente fase y convencí a mi padre para que contratara a un detective privado, alguien discreto, de los que la empresa ya había usado alguna vez para investigar a un socio poco fiable o a un directivo con demasiadas cuentas en paraísos fiscales.

Esta vez, el encargo era mucho más sencillo: seguir a Alice.

Sus horarios, sus rutinas y, sobre todo, cada momento que pasara conmigo.

Un ramo de flores esperándola en la puerta de su casa justo en el ángulo en que la luz de la mañana le iluminaba la cara, una comida improvisada en un restaurante de lujo, una mano apartándole un mechón de la frente en el instante exacto en que ella sonreía por algo.

Gestos pequeños, casi inocentes, que por sí solos no significaban nada, pero que en una fotografía podían significarlo todo.

Aun así, eso era solo la mitad del trabajo. Hacía falta otro detective al otro lado del charco que hiciera exactamente lo mismo con mi hermano.

De modo que conseguí el número de Benjamin Whitmore y lo llamé un domingo por la tarde, a una hora en la que sabía que estaría en casa y no en su despacho.

Me presenté como el hijo mayor de Rafael Valera, le dije que estaba al tanto de todo lo relacionado con el proyecto y que, a partir de ese momento, había una condición más para que Valera Global Education siguiera sirviéndole de tapadera.

—Quiero que su hija se acerque a mi hermano —le dije, sin rodeos—. Que se lo gane. Que consiga que confíe en ella, que la necesite, que la desee.