¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

Gabriel

Un año y diez meses antes

Hay algo profundamente humillante en que la gente finja no mirarte. Lo descubro esta mañana, en los cuarenta metros de pasillo que separan mi despacho del de mi padre. Cuarenta metros de moqueta gris perla y paredes de cristal esmerilado que hoy se me hacen más largos que nunca.

—Buenos días, señorito Valera —me saluda el chico de recursos humanos al cruzarse conmigo.

—Buenos días, Max —respondo, con la educación de siempre.

Nadie me pregunta nada, por supuesto. Nadie se atreve a preguntarle al hijo del dueño por qué lleva un ojo morado, el labio partido y el pómulo derecho del color de una ciruela pasada.

Aquí se paga precisamente por eso, por la discreción.

Y tampoco me convendría que se supiera que estos golpes me los regaló mi propio hermano hace un par de días.

No daría la imagen de familia perfecta que tanto le gusta vender a mi padre.

Aunque, si alguien se atreviera a preguntar, probablemente le diría la verdad: que los golpes son lo de menos, porque un moratón se cura en diez días.

Lo otro es una herida mucho más profunda, de esas que no sangran hacia fuera, sino hacia dentro, hacia un lugar al que no llegan ni el hielo ni los analgésicos.

Alice me estuvo engañando durante semanas con mi propio hermano.

Cada vez que me decía que estaba cansada, que tenía exámenes que corregir o que necesitaba una noche para ella sola, seguramente estaba con él.

Y yo, que me gano la vida detectando lo que los demás intentan ocultar en una mesa de negociación, no me di cuenta de absolutamente nada.

Ayer, al menos, tuve el consuelo de mirarla a los ojos y decirle todo lo que tenía que decirle. No voy a fingir que no lo disfruté. Fue gratificante, profundamente gratificante, humillarla en mitad del patio del colegio, delante de sus compañeros y con media escuela pendiente de nosotros.

También resulta placentero ver cómo han castigado a mi hermano.

Mi padre le ha quitado el móvil, le ha prohibido salir de casa y le ha dejado muy claro que no volverá a ver a Alice nunca más.

En teoría debería bastarme, pero no es suficiente.

Tiene que pagar por todo lo que me ha hecho, y no con una semana encerrado en su cuarto, sino con algo que le duela de verdad.

Con esa idea dándome vueltas en la cabeza, llego al final del pasillo.

A las diez tengo una reunión privada con mi padre para repasar las actas del último consejo de administración antes de que las firme, un ritual que repetimos cada trimestre desde que entré en la empresa: él lee, yo le señalo las cláusulas que conviene revisar y, al final, firma sin apenas levantar la vista del papel.

Me detengo frente a la puerta de nogal, la única de la planta que no es de cristal, y alargo la mano hacia el pomo.

No llamo; nunca lo he hecho. Es uno de los privilegios que me he ganado por ser el hijo favorito.

Pero esta vez la mano se me queda quieta sobre el metal frío, sin llegar a girarlo, porque al otro lado oigo a mi padre hablando por teléfono.

Por el tono, diría que está enfadado, algo que en sí mismo no tendría nada de extraordinario, porque la paciencia nunca ha figurado entre las virtudes de Rafael Valera.

Sin embargo, hay algo distinto en su voz, y tardo unos segundos en entender qué es exactamente lo que me chirría.

Las pausas, quizá. Normalmente, cuando mi padre discute, no deja huecos entre palabra y palabra.

Los silencios son un lujo que les concede a los demás, nunca a sí mismo.

Pero hoy los hay, y eso solo puede significar que está nervioso.

Algo que, viniendo de él, me resulta bastante extraño.

Miro a ambos lados del pasillo, compruebo que no hay nadie y aparto la mano del pomo muy despacio para acercarme un poco más a la puerta.

Sé perfectamente que lo que estoy haciendo no está bien, que escuchar conversaciones ajenas es cosa de criados o de adolescentes.

Pero esa voz me mantiene en vilo, y si existe algo capaz de poner nervioso a mi padre, quiero saber qué es.

Contengo la respiración.

—... No, escúchame tú a mí. Te dije que los plazos eran demasiado ajustados...

Oigo crujir el sillón de cuero cuando cambia de postura.

—Me da igual lo que diga Benjamin. Es demasiado peligroso hacerlo todo tan deprisa.

Me inclino un poco más, con cuidado de no rozar la madera con el hombro, y sigo escuchando.

Tardo menos de cinco minutos en comprender que esa llamada no tiene nada que ver con balances trimestrales, ni con licitaciones, ni con ninguno de los asuntos que suelen ocupar sus mañanas.

Habla del colegio de Alice, en concreto de sus alumnos, y de un proyecto del que no he oído hablar en mi vida.

Habla de dosis, de resultados que no llegan lo bastante rápido y de alguien que, al otro lado del teléfono, insiste en apretar más aunque eso suponga asumir ciertos riesgos.

—Si alguno de ellos empieza a mostrar síntomas, quiero saberlo antes que nadie. ¿Me has entendido? —Otra pausa, y la voz todavía más baja—. No quiero que nadie relacione todo esto con nosotros.

La carpeta empieza a resbalarme entre los dedos y la sujeto justo a tiempo, antes de que se estrelle contra el suelo.

Siempre he sabido que mi padre no es un santo. Nadie levanta un imperio como el nuestro sin mancharse las manos alguna vez, y hasta ahora incluso lo había admirado por ello. Pero lo que estoy oyendo es un delito, y no de los que se arreglan con un buen abogado y un cheque de doscientos mil dólares.

—Escúchame bien, Emma —continúa—. Ten mucho cuidado con lo que haces a partir de ahora.

Yo mismo hablaré con Benjamin para intentar tenerlo todo un poco más controlado.

Ya sé que tiene prisa, créeme que lo sé, pero el proyecto Génesis no es un juego y no podemos hacer las cosas a la ligera.

—Hace una breve pausa—. Hablamos la semana que viene.

Cuelga sin despedirse. Oigo el golpe seco del teléfono contra el escritorio y, después, un suspiro largo que no le había oído nunca: el de un hombre cansado o, más bien, asustado.

Me enderezo, me aliso la chaqueta y, antes de que la prudencia tenga tiempo de convencerme de lo contrario, giro el pomo y entro. Cruzo el despacho sin decir nada y dejo caer la carpeta bruscamente sobre la mesa. Mi padre levanta la vista, sorprendido por la irrupción.

—¿Qué pasa? —pregunta, arqueando una ceja.

—No lo sé. —Apoyo las dos manos sobre el escritorio y me inclino hacia él—. Dímelo tú. ¿Con quién estabas hablando?

Gira el móvil hasta dejarlo boca abajo.

—Con un proveedor. Un asunto sin importancia.

—¿Con un proveedor? —repito—. Papá, lo he oído todo. Todo lo de ese proyecto Génesis.

Sus ojos se estrechan apenas un milímetro, y el silencio que se instala entre los dos es tan denso que casi puedo oír el tráfico de la Quinta Avenida, diecisiete pisos más abajo.

—¿Se puede saber en qué lío te has metido?

Mi padre se reclina en el sillón y entrelaza los dedos sobre el estómago.

—No te metas en esto, Gabriel.

—¿Cómo que no me meta? —Me aparto de la mesa y me cruzo de brazos—. Soy tu hijo y trabajo aquí. Mi nombre aparece en la mitad de los documentos que salen de esta empresa, así que sí, tengo derecho a meterme.

—Por favor, Gabriel. Olvídate de lo que has oído.

—No, papá. No pienso olvidarlo. —Respiro hondo y suavizo el tono—. Déjame ayudarte, por favor. No puedes cargar con todo esto tú solo.

Mi padre tensa la mandíbula.

—No vas a meterte en esto. He hecho todo lo posible por mantenerte al margen.

Esa última frase me hace atar cabos.

—Claro, ahora lo entiendo todo —murmuro, con una sonrisa amarga—. Por eso quisiste que fuera Ricardo quien supervisara esas clases y no yo, ¿verdad?

No dice nada, pero tampoco lo niega.

—Me pareció absurdo desde el principio que lo mandaras a él a controlar uno de nuestros proyectos —continúo—. Me dijiste que era para que se fuera familiarizando con la empresa poco a poco, pero no. Lo mandaste a él porque sabías que no se iba a enterar de nada. Y yo sí.

Cierra los ojos un instante y suelta el mismo suspiro largo que acabo de oír a través de la puerta.

—Papá, por favor. Déjame entrar en ese proyecto.

—No, Gabriel. Esto no es una fusión ni una negociación con el sindicato de profesores. Es peligroso, mucho más de lo que imaginas.

—Entonces sal de ahí. Déjalo antes de que sea demasiado tarde.

—Hay demasiado dinero en juego, hijo. Más del que esta empresa ha visto en toda su historia.

Con lo que va a entrar gracias a esto podremos triplicar la red de colegios en dos años.

—Se ajusta los gemelos, primero uno y luego el otro, con la precisión de siempre—.

No pienso abandonarlo ahora, y tampoco pienso ponerte en peligro a ti. Esas dos cosas no son negociables.

Me meto las manos en los bolsillos y me acerco al ventanal.

Allí abajo, la ciudad sigue a lo suyo, ajena a lo que se cuece aquí arriba: taxis amarillos atascados, peatones con prisa por llegar a todas partes y un camión de reparto mal aparcado bloqueando medio carril.

Y es justo entonces, mientras contemplo el paisaje, cuando se me ocurre la idea.

La gran idea que va a solucionar todos mis problemas.

Vuelvo hacia el escritorio sin prisa, saboreando cada paso, apoyo de nuevo las manos sobre la madera y me inclino hasta quedar a la altura de sus ojos.

—Pues me temo, papá, que no vas a tener más remedio que meterme en el proyecto.

Mi padre, que ya ha abierto la carpeta de las actas para empezar la reunión, levanta la vista de golpe.

—¿No te has enterado de lo que acabo de decirte? He dicho que no. —Y vuelve a clavar los ojos en los papeles.

—Vas a hacerlo —digo, con media sonrisa—. Porque, si no, no creo que te haga mucha gracia que me presente en una comisaría a contar los trapos sucios que te traes con ese tal Benjamin.

Alza la mirada otra vez, muy despacio.

—¿Me estás amenazando, Gabriel?

—Tómatelo como quieras, papá.