¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) Epílogo
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Epílogo

Alice

Antes de continuar, el sacerdote bromea sobre lo afortunados que somos de que Dios nos haya regalado un atardecer como este sin cobrarnos entrada.

Gabriel no me suelta la mano. De vez en cuando me acaricia los nudillos con el pulgar, un gesto pequeño que nadie más que yo puede ver y que hace un año me habría parecido lo más tierno del mundo.

Ahora no sé muy bien qué me parece. Me limito a mirar al frente, al misal abierto, a las gafas de media luna del cura, a cualquier punto fijo que me ayude a mantenerme derecha.

—Gabriel, Alice, hoy estáis aquí porque un día os encontrasteis y decidisteis caminar juntos —dice el cura, con las manos apoyadas sobre el misal—.

Pero el amor no es algo que se tiene y se guarda en un cajón, como un anillo.

El amor se construye, igual que se construye una casa.

Y ya sabéis lo que dice el Evangelio: la casa construida sobre arena se derrumba en cuanto llega la primera tormenta, mientras que la que se levanta sobre roca aguanta lo que le echen.

—Hace una pausa y mira a los invitados por encima de las gafas—.

Esa roca, queridos hermanos, se llama verdad.

Sin verdad no hay confianza, y sin confianza no hay matrimonio que se sostenga.

Algo se me revuelve en el estómago. Sé que no lo dice por mí. Es el típico sermón que seguramente ya habrá soltado en cientos de bodas como esta. Pero esa última frase se me queda flotando delante de la cara, como una mosca que no consigo espantar.

Justo en ese momento, uno de los chihuahuas de Marilyn decide que el discurso le parece un aburrimiento y suelta un ladrido agudo, seguido de otro y de otro más, hasta que Bella, que por lo visto se ha autoproclamado la sensata del grupo, le contesta con un gruñido grave que lo deja callado en el acto.

Media ceremonia se echa a reír. Marilyn, lejos de avergonzarse, le da un besito en la cabeza al culpable y murmura algo que suena sospechosamente a «bien hecho, cariño».

Mientras el cura retoma la charla, hablando ahora de la paciencia y del perdón, los ojos se me escapan solos hacia la derecha, hacia la primera fila, hacia esas dos sillas vacías. Nadie las ha ocupado. Nadie se ha colado a última hora por el lateral, pidiendo perdón con la mano levantada.

El sol ya se ha hundido casi por completo en el mar y solo queda una franja naranja muy fina sobre el agua, como el borde de una moneda.

Alguien de la organización enciende las bombillitas que cuelgan entre los postes, y de repente toda la tarima se llena de una luz cálida y amarillenta que suaviza las caras de los invitados y lo vuelve todo más bonito, como sacado de una postal.

Detrás de mí, oigo a una de las tías de Gabriel suspirar un «ay, qué preciosidad».

Y lo es. Es todo precioso. Es exactamente la boda perfecta con la que sueña cualquier chica, incluso las que llevamos toda la vida teniéndole alergia al compromiso.

Pero entonces, si todo es tan mágico, ¿por qué tengo ganas de llorar, y no precisamente de emoción?

Pienso en lo que me dijo mi madre esta mañana.

En lo que me dijo Ricky después, con la mano en el pomo de la puerta.

En la cara de mi padre hace un rato, cuando Gabriel le guiñó el ojo.

En la arena que hay a unos pocos pasos de este altar, fría y casi oscura, a la que se supone que tengo que bajar dentro de un rato para hacerme fotos descalza, con un anillo nuevo en el dedo.

El cura sigue hablando un buen rato más: de la familia como el primer lugar donde se aprende a querer, de los hijos que un día llegarán, si Dios quiere, y de lo importante que es no irse nunca a dormir enfadados.

Luego le cede la palabra a Diego, que sube al atril con un papel arrugado y cara de haberse arrepentido de aceptar el encargo.

Lee unas palabras sobre su amistad con Gabriel desde el colegio, sobre lo competitivo que ya era de niño y sobre una apuesta que perdió en la universidad y que, por lo visto, todavía no le ha pagado.

Todo el mundo se ríe. Olivia, desde su sitio junto al altar, se ríe más que nadie, y Zoe le da un codazo supuestamente disimulado que no le pasa desapercibido a nadie.

Diego termina levantando la vista hacia nosotros para decir que nunca había visto a su amigo tan feliz como desde que me conoció.

Gabriel se lleva la mano al pecho, emocionado, y a mí se me forma un nudo en la garganta.

Después sale Grace. Se coloca delante del micrófono con su vestido morado, desdobla un folio escrito a mano por las dos caras y respira hondo antes de empezar.

Habla de cómo nos conocimos en la guardería, aunque ninguna de las dos recuerde muy bien aquella época, de las noches de helado y confesiones, y de todas las veces que he estado ahí para ella, incluso cuando yo misma no estaba bien.

Lo cuenta con esa voz tranquila y firme que usa para todo, y aun así consigue que casi todos los invitados acaben sacando el pañuelo para secarse alguna lagrimilla.

Vuelve a su sitio entre aplausos, y el cura retoma la palabra para darle las gracias, bendecir los anillos que le acerca uno de los sobrinos de Gabriel en un cojincito de terciopelo y pedir a todos los presentes que recen en silencio por nosotros durante unos segundos.

El cura cierra el misal con un golpe suave y nos mira a los dos con una enorme sonrisa.

—Y ahora, Gabriel y Alice —dice—, ha llegado el momento más importante de esta celebración.

Se me seca la boca.

—Os invito a que os pongáis uno frente al otro y os cojáis de las manos.

Gabriel se gira hacia mí sin soltar la mano que ya me tenía cogida, y yo hago lo mismo, con tanto cuidado de no pisarme el vestido que por un momento me siento como la bailarina de una caja de música, dando vueltas sobre sí misma porque alguien le ha dado cuerda.

Olivia se acerca por detrás para recogerme el ramo, y en cuanto me lo quita me doy cuenta de que no sé qué hacer con la mano que me acaba de quedar libre.

Menos mal que Gabriel me la coge enseguida y sujeta las dos entre las suyas, a la altura del pecho.

El cura se aclara la garganta y adopta un tono más solemne.

—Gabriel, ¿quieres recibir a Alice como esposa, y prometes serle fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarla y respetarla todos los días de tu vida?

—Sí, quiero.

Lo dice sin dudarlo ni un segundo, alto y claro, para que se le oiga hasta en la última fila.

Pero lo único que yo oigo, por encima de los silbidos con los que sus amigos celebran la respuesta, es otra voz.

«¿Y si te casas conmigo?».

Me viene de repente a la cabeza, sin avisar, con la misma claridad con la que me lo dijo esta mañana en mi habitación, acariciándome la mejilla con el dorso de los dedos.

«¿Y si nos fugamos y nos casamos en otro sitio, tú y yo?

En una playa cualquiera, en un juzgado de mala muerte, en Las Vegas con un Elvis de testigo».

Me imagino la escena con una media sonrisa.

Un juzgado cutre con los fluorescentes parpadeando.

Ricky con la camisa desabrochada, riéndose de los nervios del funcionario.

Yo con este vestido, que en un sitio así quedaría ridículo, y a mí me daría exactamente igual.

Ni doscientos invitados, ni cuarteto de cuerda, ni bombillitas entre los postes.

Solo él, mirándome como me miraba anoche en la playa mientras me hacía el amor, como si no existiera nada más.

Parpadeo y vuelvo a ver a Gabriel, que sigue sonriéndome, esperando.

Empiezo a tener frío. Es absurdo, porque todavía se nota el calor del día, pero se me destempla el cuerpo entero.

El cura se gira despacio hacia mí.

—Alice, ¿quieres recibir a Gabriel como esposo, y prometes serle fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarlo y respetarlo todos los días de tu vida?

La pregunta se queda suspendida en el aire.

Me quedo en blanco. Sé perfectamente cuáles son las dos palabras que tengo que decir ahora: «Sí, quiero». Dos palabras. Tres sílabas. No debería ser tan difícil.

Pero no me salen.

Los segundos empiezan a estirarse demasiado.

Lo noto en el ambiente antes que en ningún otro sitio: en cómo se va apagando poco a poco el murmullo de satisfacción que había dejado el «sí, quiero» de Gabriel, en cómo las sonrisas de las primeras filas se van quedando un poco quietas, un poco tensas, como las de una foto de grupo en la que el fotógrafo tarda demasiado en disparar.

Gabriel me aprieta las manos. Muy suavemente al principio, como si quisiera despertarme de un sueño. Luego un poco más fuerte.

—¿Alice? —susurra, con una sonrisa que empieza a parecer más nerviosa que tierna.

El cura carraspea y se inclina un poquito hacia mí, con la paciencia infinita de quien ya ha visto a otras novias quedarse bloqueadas antes que yo.

—Tranquila, hija —me dice en voz baja, solo para nosotros—. Tómate tu tiempo.

Muevo los ojos, porque es lo único que me atrevo a mover.

A mi izquierda, mis amigas me observan sin pestañear. En la primera fila, mi madre se ha llevado una mano a los labios y mi padre le ha pasado el brazo por los hombros sin dejar de mirarme.

Belinda ha dejado de llorar. Rafael ya no sonríe.

Y a su lado, las dos sillas vacías.

«Dímelo, Alice. Mírame a los ojos y dime que no es a mí a quien quieres ver cuando llegues al altar».

Levanto la vista hacia Gabriel. Él me devuelve la mirada, esperando, cada vez más impaciente.

Estoy a punto de abrir la boca para responder.

Pero, de repente...

—¡ALICE!

El grito llega desde el otro extremo de la tarima y atraviesa el silencio como un cristal que se rompe en mil pedazos.

Me giro de golpe, sin soltar todavía las manos de Gabriel, y él se gira conmigo. Detrás de nosotros, doscientas cabezas hacen exactamente lo mismo, al unísono. Y ahí, al final del pasillo, justo donde hace un rato estaba yo escondida detrás de las flores, está Ricky.

Por un segundo no le reconozco. O, mejor dicho, le reconozco perfectamente, pero mi cabeza tarda un poco en aceptar lo que están viendo mis ojos.

Lleva el mismo traje de esta mañana, pero ya no queda nada de ese aire desenfadado que tanto me desarmó cuando apareció en mi habitación.

La chaqueta ha desaparecido. La camisa blanca está arrugada, medio fuera del pantalón y rasgada a la altura del hombro.

Tiene los rizos empapados y respira a bocanadas, con el pecho subiendo y bajando a toda velocidad, como si hubiera venido corriendo desde la otra punta de la isla.

Pero lo que más me llama la atención son su ojo izquierdo, hinchado y amoratado, casi cerrado, y el pequeño corte que tiene en la ceja, del que todavía asoma un hilito de sangre seca.

Alguien en las filas de atrás ahoga un grito. Oigo a Marilyn exclamar un «¡Virgen santa!» que se escucha por encima del murmullo.

Ricky no mira a nadie más. Solo a mí. Con el ojo bueno clavado en mí a través de los veinte metros de pasillo, de pétalos y de invitados boquiabiertos que nos separan.

—¡No lo hagas! —grita, con la voz ronca y rota—. ¡Vente conmigo, por favor!

Me quedo petrificada.

No puedo moverme, ni hablar, ni siquiera parpadear. Es como si todo mi cuerpo se hubiera convertido de repente en una estatua de sal, igual que la mujer de Lot en la Biblia, que se quedó así para siempre por mirar atrás cuando no debía.

A mi lado, noto cómo las manos de Gabriel se tensan alrededor de las mías. Le miro de reojo y veo que ha perdido todo el color de la cara, excepto en el cuello, donde una vena gruesa y azulada ha empezado a hincharse justo por encima de la camisa, latiendo con fuerza bajo la piel.

Nadie dice nada. Ni el cura, que se ha quedado con la boca abierta y el misal pegado al pecho. Ni mis padres. Ni Belinda ni Rafael, que se han puesto en pie de un salto con el rostro desencajado.

¿Quién le ha dejado así? ¿Dónde está Violeta? Y, sobre todo, ¿dónde ha estado metido durante estas dos horas?

No sé todas esas respuestas todavía, pero ¿qué se supone que tengo que hacer yo ahora?