¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 37 #2
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CAPÍTULO 37 #2

—¿Y qué quieres? ¿Que me fugue contigo ahora, con el vestido de novia puesto? —dice con una risa amarga.

—¿Y por qué no? —respondo, completamente en serio—. Vámonos tal cual. Míranos: tú vestida de novia y yo de traje. Estamos guapísimos, Alice. Perfectos para la ocasión.

Frunce el ceño y suelta un bufido, entre incrédula y agotada.

—¿Para la ocasión de qué, Ricky?

—De que sea yo quien te espere al otro lado, y no otro.

—Pero ¿qué estás diciendo? —pregunta con un hilo de voz.

Y en ese momento me doy cuenta de algo que no había planeado, que no se me pasó por la cabeza anoche mirando el ventilador del techo ni esta mañana en la ducha.

Llevo toda la vida haciendo las cosas por impulso, metiéndome en líos sin pensar, tirándome de cabeza sin mirar si hay agua en la piscina, y casi siempre me ha salido mal.

Pero ahora, por primera vez, el impulso y lo que siento van exactamente en la misma dirección.

Le suelto la mano, levanto la mía hasta su cara y le acaricio la mejilla con el dorso de los dedos, con cuidado, como si fuera de cristal.

No se aparta. Cierra los ojos un instante al sentir el roce y, cuando los vuelve a abrir, tiene una lágrima atrapada en las pestañas que le recojo con el pulgar antes de que caiga.

—¿Y si te casas conmigo?

Lo digo tan bajo que por un segundo dudo de haberlo dicho en voz alta. Pero sí, lo he dicho.

—¿Y si nos fugamos y nos casamos en otro sitio, tú y yo? En una playa cualquiera, en un juzgado de mala muerte, en Las Vegas con un Elvis de testigo. ¿Y si por una vez en tu vida eliges lo que quieres tú y no lo que todo el mundo espera de ti?

Trago saliva. Me tiembla la voz, pero no me callo.

—Dímelo, Alice. Mírame a los ojos y dime que no es a mí a quien quieres ver cuando llegues al altar. Dímelo y te juro que salgo por esa puerta y no vuelvo a molestarte en la vida.

Y entonces pasa justo lo que llevo intentando evitar desde que he entrado: se echa a llorar.

Alice da un paso atrás y mi mano se queda suspendida en el aire, a la altura donde hace un segundo estaba su cara.

—No puedo hacer eso, Ricky. —Me mira con los ojos llenos de lágrimas—. Te sigo amando, claro que sí. Pero no puedo hacerle eso a Gabriel. Yo también le quiero. Durante este último año y medio me ha ayudado muchísimo. Ha estado a mi lado cuando peor estaba, me ha cuidado, me ha protegido.

—¿Protegido? —Se me escapa una carcajada seca—. ¿De qué, Alice? Mi hermano es el mismo cabrón de siempre.

—No. —Niega con la cabeza, firme—. Ha cambiado.

—¿Que ha cambiado? —repito, incrédulo.

—Sí, Ricky, ha cambiado. Es mejor persona. Tú no lo has visto este último año, pero yo sí. He visto cómo es con los niños, cómo se preocupa por mí, cómo...

—Alice —la corto, acercándome otra vez—, abre los ojos, por favor. ¿No ves que nos ha manipulado? ¿No ves que está detrás de todo esto?

—Fue tu padre —responde enseguida—. Él contrató a los detectives para que nos espiaran. Es él quien nunca ha querido vernos juntos.

—¿Y de verdad te crees que Gabriel no ha tenido nada que ver?

Venga ya, Alice. Esos dos llevan toda la vida funcionando como un solo cerebro: si mi padre movió los hilos, mi hermano le ayudó a atarlos.

Y no solo con las fotos. —Bajo la voz, porque esto sí que no puede oírlo nadie—.

¿Te recuerdo lo que encontramos en el despacho de mi padre?

¿De verdad crees que Gabriel no sabe nada de todo eso?

Veo cómo le cambia la cara y cómo el color se le va de las mejillas poco a poco, hasta que solo le quedan los churretes de rímel, como si cada frase fuera una bofetada.

—No —susurra—. No puede ser.

—Alice...

—No puede ser, Ricky. No puede ser que el hombre con el que me voy a casar dentro de dos horas me haya hecho algo así. No me cabe en la cabeza.

—Claro que puede ser. Conozco a mi hermano y sé lo retorcido que puede llegar a ser cuando quiere algo. Y tú también lo sabes de sobra. Cuando se le mete una cosa en la cabeza, le da igual a quién tenga que pisar para conseguirla.

Sin querer, me acuerdo de cuando éramos pequeños y de aquella bici roja que le regalaron a él y que yo le cogía a escondidas.

Un día, justo cuando me la llevé yo, apareció con los frenos cortados.

Nadie pudo demostrar nada. Gabriel lloró delante de mis padres jurando que él jamás haría algo así, y todo el mundo le creyó.

A mí me pusieron seis puntos en la barbilla; a él le dieron un abrazo.

—No tenemos pruebas de que haya sido él, ¿vale? —insiste Alice—. No puedes acusarle de algo así sin estar seguro.

—¿Quieres pruebas? —le pregunto—. Muy bien. Tranquila, que ahora mismo te las consigo.

Doy un paso atrás, luego otro, y me giro directo hacia la puerta sin perder un segundo.

—Ricky. —Oigo el frufrú del vestido a mi espalda, siguiéndome—. ¿Adónde vas? ¿Qué vas a hacer?

Me paro con la mano en el pomo y me giro lo justo para mirarla por encima del hombro una última vez.

—A demostrarte quién es de verdad Gabriel Valera del Río.

Salgo sin esperar respuesta y cierro de un portazo que hace temblar hasta los cuadros del pasillo. Echo a andar a toda prisa, con los puños apretados y la sangre martilleándome en las sienes tan fuerte que casi no oigo mis propios pasos sobre el mármol.

La habitación de Gabriel está al fondo del ala este. Cuando llego, la puerta está entornada y la empujo sin llamar, preparado para encontrármelo delante del espejo abrochándose los gemelos o colocándose la corbata. Pero no hay nadie.

Bajo las escaleras de dos en dos. La planta de abajo es un hormiguero: hay gente del catering por todas partes cargando cajas de copas, bandejas de canapés y cubiteras llenas de hielo, y en el salón dos chicas de la floristería discuten sobre si las peonías de la chimenea deberían ir un poco más a la izquierda.

Miro en el baño de la entrada y nada. Luego en la cocina, donde un tipo con gorro de chef me grita que no toque nada aunque no he tocado absolutamente nada; luego en la terraza, en el porche y hasta en el saloncito de lectura donde mi abuela se esconde cuando necesita un rato de paz.

Ni rastro. Gabriel se ha esfumado, como si supiera que voy a por él.

En el jardín trasero, junto a la barra que están montando bajo la carpa, veo a un par de amigos suyos ya trajeados, cerveza en mano, riéndose de algo.

—¿Habéis visto a mi hermano? —les pregunto sin molestarme en saludar.

Se miran entre ellos y uno se encoge de hombros.

—Estaba por aquí hace un rato, pero se ha ido para dentro hará unos cinco minutos.

Ni siquiera le doy las gracias. Vuelvo a entrar y subo otra vez al piso de arriba, esta vez más despacio, abriendo puertas una detrás de otra: una habitación de invitados vacía, otra con las maletas de los familiares que llegaron anoche desde España, luego el baño que hay al fondo del pasillo.