¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

Ricky

Si las miradas mataran, ahora mismo estaría tirado en el suelo con una etiqueta colgando del dedo gordo del pie y la policía científica haciéndome fotos alrededor.

Y es que la madre de Alice, antes de salir de la habitación, me ha fulminado con los ojos para dejarme bien claro que, como le haga daño a su hija, no le va a temblar el pulso a la hora de quitarme de en medio.

(Tranquila, Susan. Si alguien va a salir destrozado de esta habitación, apuesto lo que quieras a que soy yo y no tu hija).

Cierro la puerta con cuidado.

Dentro huele a laca y a pelo quemado, hay brochas de maquillaje por todas partes, una plancha recién desenchufada encima del tocador y una caja de zapatos abierta en el suelo con el papel de seda asomando por los lados.

Está todo bastante caótico, la verdad, pero ese desorden es lo último en lo que me fijo antes de mirarla a ella y quedarme completamente hipnotizado.

Porque ahí está, de pie junto al espejo, vestida de novia.

Y lo primero que siento no es rabia, ni celos, ni ninguna de esas cosas feas que llevo días masticando en silencio, sino algo mucho más tonto y mucho más peligroso: unas ganas enormes y ridículas de sonreír como un gilipollas, porque está tan guapa que durante un segundo se me olvida para quién se ha vestido así.

Me bastan cinco segundos viéndola de blanco para darme cuenta de que todavía la quiero, y de que daría lo que fuera por ser yo quien la esperase en el altar para oírle decir «sí, quiero».

Me acerco despacio, casi pidiéndole permiso con cada paso.

Alice no se mueve, pero tampoco me dice que me vaya.

Me mira con la barbilla un poco levantada, como hace siempre que quiere parecer más entera de lo que está.

Un truco que conmigo nunca le ha funcionado, porque la conozco lo bastante como para saber que por dentro le está temblando todo. Igual que a mí.

Me quedo a un paso de ella, tan cerca que puedo oler su perfume, el mismo que anoche se me quedó pegado a la piel mientras le hacía el amor en la playa y que esta mañana, en la ducha, no me he atrevido a quitarme del todo.

Me muero por tocarla, por apartarle el pelo de la cara, cogerle la mano o besarla, por cualquier cosa que me confirme que lo nuestro sigue siendo real y que no me lo estoy inventando todo en un arrebato de desesperación.

—Estás preciosa —le digo en voz baja.

—Gracias —murmura.

Y ya está, eso es todo lo que me da: una palabra, casi un susurro, mientras aparta la mirada hacia otra parte. Supongo que le da vergüenza mirarme a los ojos después de lo que pasó hace unas horas, y tampoco la culpo.

Respiro hondo, me meto las manos en los bolsillos y me obligo a hablar antes de que el valor se me escape por la misma puerta por la que acaba de salir su madre.

—Bueno... —carraspeo—. Tendremos que hablar de lo que pasó anoche, ¿no crees?

Alice cierra los ojos un segundo y coge aire muy despacio, llenándose los pulmones hasta arriba igual que un nadador justo antes de tirarse al agua. Luego lo suelta, se da media vuelta y me deja ahí plantado, mirándole la espalda.

Va hasta la cama, donde el velo descansa extendido sobre la colcha como un animalito dormido, y empieza a doblarlo con cuidado, alisando cada pliegue con la yema de los dedos.

Cuando termina, lo deja a un lado, se agacha junto a la caja de zapatos, aparta el papel de seda y saca unos tacones blancos que parecen diseñados por alguien que odia profundamente a las mujeres.

Los coloca en el suelo, uno junto al otro, perfectamente alineados, y después vuelve a coger el velo, lo desdobla y lo vuelve a doblar.

Está haciendo tiempo. Lo sé yo, lo sabe ella y lo sabría cualquiera que la viera moverse por la habitación como un robot programado con tareas inútiles para no tener que enfrentarse a la única que importa.

—Alice, por favor, dime algo —le suplico.

Sus manos se detienen en seco sobre el velo. Se queda inmóvil, con los hombros tensos y la cabeza un poco agachada, y durante unos segundos lo único que se oye en la habitación es su respiración, cada vez más rápida, mientras deja caer el tul sobre la colcha sin molestarse ya en alisarlo.

—Lo de anoche no tendría que haber pasado nunca —dice al fin, sin girarse.

—¿Cómo? —pregunto, descolocado.

Algo se me dispara por dentro. No sé si es rabia, orgullo o miedo, porque a estas alturas ya no sé distinguir una cosa de otra, pero en dos zancadas cruzo la habitación, la agarro del brazo y la obligo a girarse hacia mí.

—¿Cómo que lo de anoche no tendría que haber pasado? —le suelto en voz alta—. Pero ¿qué me estás contando, Alice? Si ayer follamos en la playa como locos.

Se le abren los ojos de par en par y, por un instante, mira hacia la puerta con auténtico pánico, como si en cualquier momento fueran a irrumpir sus tres amigas, su madre, mi hermano, el cura y media isla con los móviles grabando.

—¿Estás loco? —sisea entre dientes, intentando soltarse sin conseguirlo—. Baja la voz, Ricky, por favor.

—No me da la gana bajar la voz —le digo sin soltarla, tan cerca que casi le rozo la frente con la mía—. Tú todavía me quieres, Alice. Y yo a ti también.

—Lo nuestro no puede ser.

Lo dice despacio, casi con dulzura, y eso es lo peor.

Si me lo hubiera gritado, si me hubiera dado una bofetada o me hubiera echado a empujones, al menos podría enfadarme con ella.

Pero no: me lo dice con la misma paciencia con la que le explicaría a uno de sus alumnos por qué no puede comerse la plastilina, y noto cómo esas cinco palabras se me van clavando en el estómago una detrás de otra.

Sin darme cuenta, aflojo la mano. Ella aprovecha para soltarse y se frota el brazo justo donde la he agarrado.

—¿Y por qué no? —le pregunto—. Nos queremos.

Está claro que en todo este tiempo ninguno de los dos ha olvidado al otro.

—Me paso la mano por la cara, desesperado—.

Y encima ahora sabemos que alguien nos manipuló de la forma más asquerosa posible para separarnos.

Las fotos, todo lo que nos hicieron creer...

Claro que nos seguimos queriendo. Nunca dejamos de hacerlo.

Lo único que hicieron fue convencernos de que el otro sí había dejado de hacerlo.

Ella empieza a negar con la cabeza antes de que termine, como si se esperase cada una de mis palabras y llevara un buen rato preparando las suyas.

—Aun así, no saldría bien —dice—. Ya lo intentamos una vez y mira cómo acabó. Siempre va a haber alguien en medio intentando separarnos.

Abro la boca para contestar, pero no me deja.

—Y aunque no fuera así —sigue, ahora más deprisa, como si temiera quedarse sin valor si se para—, te saco diez años, Ricky.

Tú estás en la universidad, centrado en tus estudios, y tienes a tu lado a una chica de tu edad que te quiere y que encaja contigo.

Y yo... —Se señala a sí misma y después el vestido—.

Yo estoy aquí, a punto de casarme. Estamos en momentos de la vida completamente distintos.

Fuera, en el jardín, alguien está afinando un violín: una nota larga y luego otra. La banda sonora perfecta para un momento tan dramático como este.

Doy un paso hacia ella, pero esta vez no la toco, ni siquiera la rozo.

—Me da igual —le digo.

—Ricky...

—Me da igual todo, Alice. La edad, la universidad, lo que piense mi familia, lo que piense la tuya, lo que diga la gente. —Se me quiebra la voz y no hago nada por disimularlo—. Me dan igual la boda, los invitados y el puto pastel de tres pisos.

—¿Y qué te crees? —me suelta—. ¿Que es así de fácil?

¿Que puedo mandar a la mierda la boda, la ceremonia y el pastel de tres pisos chasqueando los dedos?

—Hace el gesto delante de mi cara, con rabia—.

Hay doscientas personas ahí fuera. Mis padres han cruzado medio país para estar hoy aquí.

No puedo dejarlo todo plantado como si nada.

—Ah. —Suelto una risa corta por la nariz—. O sea, que es eso.

—¿Eso qué?

—Que te da miedo dejarlo todo atrás. —Ladeo la cabeza sin apartar los ojos de los suyos—. No es que no me quieras.

Alice cierra los ojos con tanta fuerza que se le arruga la piel de los párpados bajo la sombra dorada. Aprieta los labios, le tiembla la barbilla y se clava las uñas en las palmas, intentando contener algo que a estas alturas ya no le cabe dentro.

—Claro que todavía te quiero, Ricky. —Se le rompe la voz a mitad de frase y tiene que tragar saliva para poder seguir—.

Lo de anoche fue... fue mágico. Eres el chico al que más he querido en toda mi vida.

Pero no puede ser, ahora no. No puedo mandarlo todo a paseo y dejar a tu hermano tirado en el altar delante de todo el mundo. No puedo hacerle eso.

«Eres el chico al que más he querido en toda mi vida».

Me lo repito por dentro una, dos, tres veces, como un imbécil.

Año y medio convencido de que me había borrado de un plumazo, de que había pasado página con mi hermano sin mirar atrás, de que yo había sido un error del que ya ni se acordaba, y resulta que no: resulta que soy el chico al que más ha querido en su vida.

Y eso, en vez de consolarme, me vuelve loco, porque si es verdad, ¿qué coño estamos haciendo aquí?

—Vámonos —le digo.

Parpadea, desconcertada.

—¿Cómo que nos vayamos?

—Lo que oyes. Vámonos. —Le cojo la mano con suavidad—. Mandémoslo todo a la mierda y larguémonos lejos, tú y yo.

—¿Te has vuelto loco?

—Es lo que iba a hacer, ¿sabes? —Ahora soy yo el que habla deprisa, antes de arrepentirme—. Cuando llegué a Londres, mi plan era escaparme, ir al aeropuerto, coger el primer vuelo, plantarme en tu puerta y llevarte conmigo adonde fuera. Me daba igual dónde.

Me escucha con la boca entreabierta.

—Y si al final no lo hice fue porque me hicieron creer que ya no me querías —sigo, más bajo—. Pero ahora sé que sí, así que déjame hacer lo que no hice entonces, por favor.

Alice me mira durante un segundo larguísimo y luego sacude la cabeza despacio.