¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 36 #2
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CAPÍTULO 36 #2

Me quedo a solas con mi madre, con el corazón empezando a latirme un poco más rápido. Y es que, si algo he aprendido en treinta años siendo su hija, es que, cuando mi madre pide hablar a solas conmigo con esa cara tan seria, nunca es para comentar cualquier tontería.

—¿Qué pasa, mamá? —carraspeo.

Ella no me responde de inmediato. Está ahí, quieta, mirándome fijamente, como si estuviera decidiendo por dónde empezar.

—Hija, ¿estás bien? —pregunta al fin.

—Claro —respondo, quizás demasiado rápido—. ¿Por qué no iba a estarlo?

—No lo sé —dice ella, sin apartar los ojos de los míos—. Dímelo tú.

—No sé a qué te refieres.

Mi madre suspira.

—Alice, llevo toda la mañana observándote —continúa—. Y, para ser el día de tu boda, cielo, tienes mala cara.

—Estoy nerviosa, mamá. Eso es todo.

—Hija, te conozco. Llevas horas angustiada, como si estuvieras en cualquier otro sitio menos aquí, celebrando lo que se supone que es uno de los días más emocionantes de tu vida. No te he visto sonreír de verdad ni una sola vez. Ni siquiera cuando te has visto en el espejo con el vestido puesto.

Se me forma un nudo en la garganta que trago con esfuerzo, intentando que no se me note.

—No pareces feliz. Y eso me preocupa muchísimo más que cualquier otra cosa.

—Claro que soy feliz, mamá —insisto, con una convicción que ni yo misma me creo del todo—. Voy a casarme con el hombre al que quiero. ¿Por qué no iba a serlo?

—Porque de quien sigues enamorada es del otro hermano, y no de Gabriel, Alice.

Las palabras se quedan flotando en el aire, tan claras, tan directas, que durante un segundo ni siquiera soy capaz de procesarlas del todo.

—Mamá...

—Os he estado observando estos días —continúa, sin dejarme espacio para interrumpirla—. Y en vuestras miradas había de todo, hija. De todo menos olvido.

—¿Fuiste tú? —suelto, casi sin pensarlo, con la voz reducida a un hilo—. ¿La que nos vio en la piscina?

Mi madre frunce el ceño, genuinamente desconcertada, y ladea un poco la cabeza, como si intentara encajar una pieza que no le cuadra en absoluto.

—¿Cómo? ¿Qué piscina?

Me quedo paralizada un segundo, con la sensación de haber dado con la persona equivocada.

—Nada, nada —niego rápidamente, sacudiendo la cabeza—. No es nada. Olvídalo.

—Alice —insiste mi madre—. ¿Qué piscina?

—Olvídalo, mamá. De verdad, no es nada.

—¿Qué hicisteis en la piscina?

—Nada —repito.

—¿Pasó algo entre vosotros?

—¡Que no, mamá, por favor! —suelto con una sonrisa tan forzada que se me queda pegada a la cara y que, sospecho, no engaña a nadie, y mucho menos a ella.

A mi madre se le abren los ojos como platos, y durante un segundo tengo la sensación de estar viendo en directo el momento exacto en que alguien une todos los puntos de golpe.

—¿Estás loca? —pregunta, casi sin voz, llevándose una mano al pecho—. ¿Cómo has podido volver a enredarte con ese chico?

—Mamá, baja la voz, por favor —le pido con el corazón a mil, y miro hacia la puerta como si las paredes de mi habitación tuvieran oídos. O, peor aún, como si mis amigas estuvieran al otro lado escuchando cada palabra.

Ella también se gira hacia la puerta para comprobar que seguimos solas, y solo cuando parece convencerse de que al otro lado no hay nadie vuelve a clavar los ojos en mí.

—¿Cómo se te ocurre hacer algo así, Alice?

—Mamá, que no pasó nada —suspiro, agotada, y noto que la mentira ya me sale casi por inercia—. No nos liamos ni nada parecido, así que deja de atosigarme, por favor.

Se tapa la cara con las manos y se queda así un momento, a oscuras, como si necesitara ese instante para digerir todo lo que le estoy ocultando.

—Te vas a casar, Alice —dice con la voz amortiguada entre los dedos—. Dentro de un par de horas te casas con Gabriel y te estás metiendo en un lío gordísimo.

—¡Mamá, basta ya, por favor! —le chillo, incapaz de contenerme.

Se calla en el acto. Deja caer las manos con un suspiro y, dándome la espalda, se aparta un par de pasos hacia la ventana. Allí se queda quieta, mirando hacia fuera, mientras yo la sigo con la mirada sin atreverme a decir nada más, con el corazón todavía desbocado.

A través del cristal se ve el jardín trasero de la casa, que esta mañana se ha convertido en un hervidero de actividad.

Los camareros van de un lado a otro vistiendo las mesas con los manteles beige que elegimos Claire y yo, colocando los centros de flores y probando cómo quedan las sillas doradas bajo la carpa.

Está todo tan perfecto, tan meticulosamente organizado, que cuesta creer que la boda que va a celebrarse ahí dentro de unas horas sea la misma que, hace apenas un minuto, ni mi propia madre tenía claro que debiera tener lugar.

Al cabo de unos segundos se da la vuelta y se acerca despacio. Cuando me coge las manos entre las suyas, su tono es mucho más sereno que antes, como si por el camino hubiera decidido cambiar de estrategia.

—Alice, si no estás segura de lo que vas a hacer, no tienes por qué hacerlo.

—¿De qué hablas? —pregunto sin acabar de entender a qué se refiere.

—De la boda. No tienes por qué casarte.

Se me escapa una risa breve y torcida, casi involuntaria, porque mi cuerpo reacciona antes de que mi cabeza termine de asimilar la barbaridad que acaba de decir.

—Pero ¿qué dices, mamá?

—Lo que oyes —insiste, sin soltarme las manos—. Que, si tienes dudas, cielo, no te cases. Así de simple.

—No puedo cancelar una boda así como así —protesto, y solo de pensarlo noto el pánico subiéndome por el pecho—. Los invitados ya están aquí, mamá. El banquete está montado, el cura nos espera en la playa y yo llevo el vestido puesto... No puedo decidir en el último minuto que no me quiero casar.

—Eso ahora es lo de menos, Alice.

Me sujeta la cara entre las manos y me obliga, con delicadeza, a mirarla a los ojos.

—Lo importante es que tú seas feliz, hija. No los invitados, ni el banquete, ni lo que la gente vaya a pensar o a comentar en cada cena familiar durante los próximos meses.

Nos quedamos en silencio, mirándonos, con sus manos todavía sosteniéndome la cara con una ternura infinita.

Al final suspiro y agacho la cabeza, parpadeando deprisa para contener las lágrimas que amenazan con desbordarse, porque, como se me corra ahora el maquillaje, después de lo que le ha costado a esa pobre chica dejarme presentable, no me lo perdono en la vida.

Es entonces cuando suenan dos golpes secos en la puerta.

Las dos nos giramos a la vez, sobresaltadas, como si nos hubieran pillado con las manos en la masa.

—Adelante —digo con la voz algo temblorosa.

La puerta se abre despacio y al otro lado aparece Ricky, vestido de traje, aunque no con el atuendo impecable —abotonado hasta arriba y rematado con corbata o pajarita— que se supone que debería llevar hoy el hermano del novio.

Lleva la chaqueta negra desabrochada y, debajo, la camisa blanca con los dos primeros botones sueltos, que le dejan a la vista parte del cuello y la clavícula.

Y es precisamente ese estilo tan suyo, tan ajeno a las normas que tocaría seguir en un día como hoy, lo que me vuelve completamente loca.

—¿Qué quieres, Ricky? —pregunto con firmeza.

—¿Podemos hablar un momento? —Se ha quedado en el umbral, como si no se atreviera a dar un paso más sin mi permiso. Sus ojos se desvían un instante hacia mi madre, que sigue de pie a mi lado, y añade—: A solas.

¿Se puede saber qué pasa hoy? Por lo visto, todo el mundo siente una necesidad imperiosa de hablar conmigo a solas, como si mi habitación se hubiera convertido de repente en un confesionario.

Mi madre se vuelve hacia mí con una expresión que no necesita traducción: «Ten cuidado, por favor, y no hagas más locuras de las que ya has hecho».

Por supuesto, no lo dice en voz alta. Se limita a acercarse, darme un beso suave en la mejilla, con cuidado de no estropearme el maquillaje, y susurrarme al oído, tan bajito que apenas la oigo:

—Piensa en lo que te he dicho, ¿de acuerdo?

Sin añadir nada más, pasa junto a Ricky camino de la puerta y, al cruzarse con él, le dedica de refilón una mirada que tampoco necesita traducción, aunque esta va más bien en la línea de «como le vuelvas a hacer daño a mi hija, te vas a enterar». Luego desaparece y nos deja solos en la habitación.