¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

Alice

Ahora mismo me encuentro en mi habitación, preparándome para el que se supone que debería ser el día más feliz de mi vida, pero desde que me he levantado esta mañana la cosa no está pintando así.

—Deja la cabeza quieta, cariño, que como te muevas te acabaré abrasando una oreja.

Detrás de mí, la peluquera va formando tirabuzones sueltos uno a uno con la plancha, concentrada, mientras por delante otra chica —cuyo nombre no he retenido, a pesar de que lleva maquillándome los últimos veinte minutos— me sujeta la barbilla con dos dedos y me pide, por tercera vez, que deje de fruncir el ceño.

Mis amigas hacen de espectadoras VIP. Grace está sentada en mi cama, discutiendo con Zoe sobre si mis pendientes deberían ser los de perla o los de diamante, como si de esa decisión dependiera el destino del universo.

Olivia va de un lado a otro con el vestido de novia todavía cubierto por la funda, tratando de que no se arrugue.

Y mi madre está sentada en el pequeño sofá del rincón, con las manos entrelazadas sobre el regazo, observándolo todo en silencio.

De vez en cuando se le escapa una sonrisa, breve, casi involuntaria, como si una parte de ella no terminara de creerse que su hija «la rancia» está a punto de casarse.

Pero hay otros momentos —fracciones de segundo que solo alguien que la conoce tan bien como yo podría captar— en los que esa sonrisa se le tuerce ligeramente, en los que su mirada se queda fija en mí un poco más de la cuenta, como si estuviera intentando leer entre líneas algo que yo no le he dicho todavía.

Se me nota demasiado en el rostro que estoy angustiada, nerviosa. Y es que me siento bastante perdida. Vamos, exactamente igual de perdida que anoche, cuando el cuerpo de Ricky y el mío se fundieron de nuevo apasionadamente.

No sé si me arrepiento de lo que hice. No sé si haberme dejado llevar en esa playa, como si el mundo se fuera a acabar al día siguiente, ha sido la decisión más equivocada o la más acertada que he tomado en toda mi vida.

Le he sido infiel a Gabriel la noche antes de prometerle fidelidad eterna delante de doscientas personas, un cura y un pastel de tres pisos de merengue que ni siquiera elegí yo.

Si eso no es tocar fondo moralmente, no sé qué lo es.

—¿Estás bien, cielo? —me pregunta Olivia, que también se ha dado cuenta de mi mirada perdida—. Estás rarísima.

—Estoy nerviosa —respondo, forzando una sonrisa que espero que resulte convincente—. Supongo que es normal, ¿no?

—Claro que es normal —salta Grace desde la cama—. Yo el día de mi boda vomité dos veces antes de salir de casa.

—Eso no ayuda nada, Grace —protesta Zoe, dándole un manotazo en el brazo—. Se supone que tienes que decirle cosas bonitas, no contarle que vomitaste.

—Solo es una pequeña anécdota sin importancia, Zoe.

—Pues esa «bonita anécdota» guárdatela para otro momento.

Sus voces se solapan, se pisan, se ríen entre ellas, y por un momento tengo la sensación de estar viendo la escena desde fuera de mi propio cuerpo, como si, en lugar de ser la protagonista de todo esto, fuera una espectadora más sentada en primera fila de mi propio desastre.

—Bueno, preciosa, por mi parte ya está —anuncia la maquilladora, dando un paso atrás para admirar su obra con las manos en las caderas, como si acabara de terminar un cuadro—. Puedes mirarte en el espejo cuando quieras.

La peluquera también asiente desde atrás.

—Yo también he terminado. Estás lista para vestirte cuando quieras, cariño.

Giro despacio la cabeza hacia el espejo para ver cómo me han dejado las dos hadas madrinas que contrató Claire con tanto entusiasmo. Y, la verdad, he de reconocer que han hecho un trabajo impecable.

El maquillaje es sutil, pero intenso a la vez.

Los ojos, delineados con un trazo fino que se alarga hacia las sienes, tienen un brillo dorado apenas perceptible que hace que el verde de mi mirada resalte más de lo habitual.

Los labios, en un tono rosa palo natural, ni muy cargados ni demasiado discretos.

Y la piel, luminosa, sin ningún rastro de las ojeras que esta mañana amenazaban con delatarme ante el mundo entero.

El peinado es igual de cuidado: la peluquera ha optado por dejármelo completamente suelto, con unas ondas amplias y naturales que le dan movimiento sin caer en el rizo perfecto de photocall.

Un mechón a cada lado me enmarca la cara, apartado hacia atrás con delicadeza, mientras el resto cae libre sobre los hombros.

Mis amigas se acercan casi al unísono y se colocan detrás de mí, formando una especie de media luna frente al espejo. Zoe me pone las manos sobre los hombros. Olivia se lleva una mano al pecho, dramática. Grace, la más comedida de las tres, simplemente sonríe con los ojos un poco brillantes.

—Estás preciosa, Ali —dice Grace.

—¿De verdad? —pregunto, buscando sus reflejos en el espejo en lugar de girarme hacia ellas.

—Sí —responde, emocionada—. Y cuando te pongas el vestido, ya ni te digo.

—Vas a ser la novia más guapa del mundo —añade Olivia.

Nos quedamos así un momento, las cuatro apiñadas frente al espejo, mirándonos entre risas flojas y algún que otro pestañeo sospechoso por parte de Olivia, que siempre ha sido la más sentimental.

Pienso en lo afortunada que soy de tenerlas.

En todo lo que hemos pasado juntas, en las noches de pizza hablando de rupturas, en los mensajes de buenos días que nunca fallan ni una sola mañana y en la manera en que siempre, siempre, han estado ahí sin que yo tuviera que pedirlo siquiera.

Son las mejores amigas que alguien podría tener. Lo sé, lo he sabido siempre, pero hoy, viéndolas ahí, abrazándome desde atrás, siento una intensidad que casi duele.

Soy incapaz de contarles lo que pasó anoche con Ricky.

No puedo hacerlo. No ahora. No unas horas antes de mi propia boda, con el maquillaje recién terminado y el vestido esperando su turno dentro de la funda.

Sé que, si lo contara en este preciso instante, dejaría de ser un secreto agridulce que solo cargo yo y pasaría a convertirse en algo real, tangible e imposible de deshacer.

Y no sé si estoy preparada para ver la cara que pondrían y, sobre todo, para escuchar la pregunta que, sospecho, se harían todas a la vez sin necesidad de decirla en voz alta: «¿Y ahora qué vas a hacer, Alice? ».

Las cuatro nos separamos casi a la vez, como si un resorte invisible nos hubiera devuelto a la realidad, y Olivia es la primera en reaccionar, dando dos palmadas.

—Bueno —anuncia con entusiasmo mientras se dirige al armario donde ha dejado colgada la funda después del largo paseo que le ha dado—, y ahora toca ponerse el vestido, Ali.

La abre despacio y ahí está: el escote corazón que tanto me costó decidir en la boutique de Nueva York, sostenido por esos tirantes finos que dejan los hombros completamente al descubierto.

—Venga, brazos arriba —me indica Zoe, ya colocada detrás de mí, con la cremallera lista para actuar en cuanto me lo ponga.

Me quito la bata con cuidado, y entre las tres —Grace sujetando la falda, Olivia guiando mis brazos por los tirantes y Zoe con la cremallera— consiguen meterme dentro del vestido en apenas un par de minutos.

—Ali, aguanta la respiración un segundo, que esto no sube —me pide Zoe, tirando de la cremallera.

Obedezco y noto cómo la tela se ciñe a mi cuerpo centímetro a centímetro, ajustándose con una precisión casi incómoda.

—¿Has engordado o qué? —añade, riéndose.

—Pues con todo lo que hemos comido estos días, no me extrañaría en absoluto —respondo, riéndome yo también.

—Un poco más, que ya casi está —insiste Zoe, dando un último tirón hacia arriba con más fuerza de la necesaria.

—Zoe, cuidado, que lo vas a romper —le advierte Grace, sujetándome por los hombros para que no pierda el equilibrio con el envite—. Es un vestido, no una maleta que no cierra.

—Ya está —dice Zoe al fin, dando un paso atrás—. Cremallera subida.

Me quedo quieta, sin atreverme todavía a mirarme en el espejo, sintiendo el peso de la tela, el roce del corpiño contra las costillas y la falda vaporosa acariciándome los tobillos.

—Ali, mírate, por favor. Estás preciosa —me anima Olivia, empujándome suavemente por los hombros hacia el espejo de cuerpo entero que preside la habitación.

Respiro hondo. Cierro los ojos un segundo, como si necesitara reunir valor para algo que, en teoría, debería ilusionarme, y me giro despacio hacia él.

—Madre mía —susurra Zoe, llevándose una mano a la boca—. Estás cañón.

—Pareces una princesa —añade Grace, con los ojos otra vez brillantes, peligrosamente cerca de las lágrimas.

—Gabriel se va a morir cuando te vea —dice Olivia, sonriendo de oreja a oreja.

Sonrío yo también. Les doy las gracias, les digo que ellas están guapísimas con sus vestidos a juego de damas de honor y hago todos los comentarios que se supone que tiene que hacer una novia en un momento como este.

Pero, por dentro, la angustia sigue exactamente en el mismo sitio en el que estaba esta mañana al despertarme.

Es entonces, después de un rato observándolo todo en silencio desde su rincón, sin querer robarle protagonismo a un momento que, según ha repetido varias veces esta mañana, «es solo para Alice y sus amigas», cuando mi madre por fin se levanta del sofá.

Se acerca despacio, con esa manera suya de moverse que siempre ha tenido algo de solemne, y se detiene justo detrás de mis amigas.

—Chicas —dice con voz suave, pero firme—. ¿Os importaría dejarme un momento a solas con Alice?

Grace, Zoe y Olivia se giran hacia ella, sorprendidas, y luego me buscan a mí con la mirada, como pidiéndome permiso antes de moverse ni un centímetro. Yo misma me quedo un poco descolocada. Pero miro a mis amigas y asiento con la cabeza.

—Claro, Susan —responde Grace—. Estaremos fuera, Ali. Cualquier cosa, nos avisas.

Olivia me da un último apretón en la mano antes de salir, Zoe me guiña un ojo y luego las tres desaparecen por la puerta, dejando tras de sí un silencio extraño.