CAPÍTULO 35 #3
—Pfff... Alice... —gimo, cerrando los ojos.
Siento cómo mi respiración se vuelve irregular y cómo el tiempo parece ralentizarse.
La brisa nocturna, el sonido de las olas y el roce de su lengua se mezclan en una sensación casi irreal.
Abro los ojos, y veo cómo ella sigue mirándome, mientras su garganta cada vez se abre más, dando paso a que mi polla entre de lleno en su boca.
Como no pare, va a conseguir que me corra.
Y no quiero todavía eso. Así que la aparto sin dudarlo, ya que ahora quiero ser yo quien la haga gemir de placer.
La obligo a ponerse de pie de nuevo, sin apartar la mirada de sus ojos. Mis manos se deslizan hasta su sujetador de encaje blanco y, con una mezcla de impaciencia y deseo que cada vez me resulta más difícil controlar, se lo desabrocho.
Me agacho hasta sus pezones y dejo que mis labios los prueben, deteniéndome en ellos lo suficiente para hacerla estremecerse, mientras noto cómo su cuerpo reacciona ante cada roce de mi lengua.
Me voy agachando cada vez más, sin dejar de probarla, mientras mis manos recorren lentamente su abdomen hasta llegar a sus bragas, a juego con el sujetador.
Las sujeto con cuidado y comienzo a bajárselas despacio, dejando que el momento se alargue mientras Alice permanece frente a mí, conteniendo la respiración.
La prenda desciende poco a poco hasta quedar alrededor de sus tobillos. Y cuando estoy a punto de quitárselas por completo, Alice me dice:
—Hazme el amor ya, por favor —susurra.
La cojo por las nalgas y la sujeto con fuerza entre mis brazos, acercándola a mí antes de tumbarla sobre la arena y ponerme encima de ella. Sus pies rozan el agua de la orilla, y una ola nos alcanza mientras el mar ruge a nuestro alrededor.
La beso primero en los labios. Luego, mi boca recorre su cuello mientras sus manos se aferran a mí.
Voy descendiendo de nuevo, siguiendo el camino de su piel, hasta llegar otra vez a sus pezones. Después, bajo hasta su ombligo y continúo mi camino hasta su clítoris, haciéndola arrancar un fuerte gemido cuando mi lengua empieza a lamerlo, a saborearlo.
Al principio, despacio, prolongando cada instante, y después aumentando poco a poco el ritmo, hasta que el deseo se hace cada vez más evidente y la humedad de su excitación queda en mis labios como una señal de lo mucho que está disfrutando.
—Métemela de una vez —me pide, con la respiración entrecortada.
Sus palabras hacen que la mire fijamente durante unos segundos. Después, sin pensármelo más, vuelvo a acercarme a ella, besándola mientras introduzco mi pene en su vagina lentamente. Los dos soltamos un pequeño gemido al unir nuestros cuerpos, con nuestras bocas rozando la una a la otra.
Empiezo a moverme dentro de ella, dejándome llevar cada vez más por el deseo y la excitación. Alice me rodea con sus brazos y me aferra con fuerza de las nalgas, mientras yo hundo el rostro en su cuello y dejo que mis labios recorran su piel con desesperación.
Una nueva ola llega hasta la orilla y nos arrastra suavemente unos centímetros, cubriéndonos de agua y arena mojada. El frío del mar contrasta con el calor de nuestros cuerpos, haciendo que el momento resulte todavía más intenso.
De repente, Alice se incorpora y me obliga a cambiar de posición, apoyando las manos en mis hombros mientras se sienta encima de mí, con nuestros cuerpos todavía totalmente unidos por el clímax.
Apoyamos la frente el uno contra el otro. Ella me agarra de la nuca y yo hago lo mismo, haciendo que el ritmo se vuelva cada vez más intenso y nuestros cuerpos se muevan al unísono.
Por un instante, parece que el mundo entero ha desaparecido. Solo estamos ella y yo, haciendo el amor frente al mar, completamente perdidos el uno en el otro.
Un estremecimiento nos recorre de arriba abajo al mismo tiempo.
Alice se aferra a mí con fuerza y cierra los ojos, dejando escapar un fuerte gemido, el más intenso de todos, mientras yo la abrazo contra mi cuerpo.
Y entonces, sin poder evitarlo, los dos llegamos al orgasmo, corriéndonos de placer encima del otro.
Durante unos segundos, todo parece detenerse, dejando solo nuestros cuerpos temblando y la sensación de estar compartiendo algo que ninguno de los dos quiere que termine.
Poco a poco, la tensión desaparece y nos tumbamos en la arena, todavía intentando recuperar el aliento, mientras las olas continúan rompiendo suavemente a nuestro alrededor.
Le aparto con suavidad el pelo húmedo de la cara. El agua del mar y el sudor han dejado su rostro empapado, y algunos mechones se le pegan a las mejillas.
Le doy un beso en la frente y ella se acomoda sobre mi pecho, descansando mientras me abraza con fuerza.
Durante un rato, permanecemos así, en silencio, contemplando la luna y las estrellas sobre nosotros. Después, nuestras miradas se encuentran de nuevo, con nuestros ojos brillando de emoción.
La observo durante unos segundos, sin saber muy bien qué decir después de lo que acaba de pasar. Hasta que finalmente sonrío.
—Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, chica misteriosa.