CAPÍTULO 35 #2
—No me importa —responde, demasiado rápido—. Ya te fuiste una vez sin decir nada. Vete otra vez si quieres. No va a ser ningún drama.
Se da la vuelta de nuevo, dispuesta a marcharse, y me lanza por encima del hombro, sin mirarme siquiera:
—Que te vaya bien en Londres, Ricky.
Empieza a caminar rápidamente, como si huyera de mí.
Pero tras escuchar sus palabras, ni siquiera me lo pienso. Voy tras ella a paso rápido, la alcanzo en tres zancadas y le cojo del brazo, obligándola a girarse.
—¿Cómo que me fui sin decir nada? —pregunto elevando el tono, mientras la miro de cerca, muy de cerca—. ¿Y la carta que te escribí, eh? ¿Eso no significó nada?
—Suéltame —me pide, tensando el brazo bajo mi mano—. Me estás haciendo daño.
—No —respondo, sin aflojar el agarre—. Vamos a dejar las cosas claras de una vez, Alice. Sé que leíste aquella carta y te dio igual.
Me mira, con la respiración agitándosele cada vez más deprisa.
—Sí, así fue —suelta, con la voz temblando—. Ojalá nunca la hubiera leído.
—¿Pero qué coño estás diciendo?
—Para qué la iba a leer, Ricky, si luego no cumpliste ni una sola palabra de lo que me prometiste en ella. ¿Qué pasa, que me querías hacer ilusiones tontamente o qué?
Empiezo a reírme.
—¿Se puede saber de qué te ríes? —pregunta, sin entender qué es lo que me parece tan divertido de todo esto.
—¿Tú sabes el infierno que pasé allí? ¿Las veces que intenté escaparme? Hasta Violeta me ayudó, joder.
—¿Violeta? —repite, riéndose ella ahora.
—Sí, Violeta —confirmo—. Pero que tú volvieras con mi hermano lo estropeó todo.
Y mira, de hecho —añado, con la rabia subiéndome otra vez por la garganta—, deberías preguntarle a mi padre si fue el detective privado que te puso el que nos vio anoche en la piscina.
A lo mejor ha decidido volver a contratarlo para tenerte bien vigilada estos días.
Alice se queda completamente en blanco, como si de repente hubiera empezado a hablarle en otro idioma.
—¿Qué detective privado? ¿Qué dices?
Suelto una risa amarga, negando con la cabeza.
—Ah, claro. No lo sabes, ¿verdad? No sabes que te estuvieron espiando durante meses, Alice.
—¿Cómo? —responde, con la voz cada vez más alterada.
—Sé que en cuanto me fui a Londres, volviste con Gabriel —suelto, elevando más el tono, dejando que toda la rabia contenida durante este último año y medio salga de una puta vez.
—¿Pero qué estás diciendo? —pregunta, entrecerrando los ojos—. Ricky, eso no ocurrió así.
—¿Ah, no? —pregunto, sin creerme ni una palabra.
—No —repite ella, tajante.
—Entonces explícame por qué os ibais a comer juntitos por ahí, como cuando fuisteis al Maison, por ejemplo. O mejor, cuéntame por qué te regalaba ramos de rosas.
Alice abre la boca para decir algo, pero no la dejo.
—Si incluso te vi feliz —continúo, con la voz cada vez más rota—. Con tus amiguitas esquiando en la nieve, pasándotelo en grande, como si yo no hubiera existido nunca.
Alice se suelta de mí por fin, con un tirón brusco, y se lleva las manos a la cara, tapándose los ojos un segundo como si necesitara desaparecer del mundo durante un instante.
—¿Cómo sabes todo eso? —pregunta, nerviosa—. ¿Cómo sabes todas esas cosas, Ricky?
—Ya te lo he dicho —respondo—. Mi padre te puso un detective privado.
Me llegó un sobre con varias fotos tuyas, haciendo todo eso que te acabo de contar.
Quería que viera la clase de persona que eres.
Fui un simple calentón para ti, ¿verdad?
Nunca me quisiste. Siempre lo quisiste a él.
Menos mal que, gracias a aquellas fotos, abrí los ojos.
Alice empieza a negar con la cabeza, una y otra vez, murmurando entre dientes.
—No, no, no...
—¿Qué pasa? —pregunto, frunciendo el ceño—. ¿Por qué coño dices «no, no, no»?
Se para justo delante de mí, con los ojos llenos de algo que todavía no sé qué es.
—A mí también me enseñaron fotos tuyas, Ricky.
—¿Qué? —pregunto, incrédulo.
—Sí —confirma, tragando saliva—. Gabriel me enseñó unas fotos tuyas con Violeta. Me dijo que habías rehecho tu vida con ella.
—Cállate —le suelto, cortante—. No me vaciles ahora con esto.
—No te estoy vacilando —replica, con la voz firme—.
Te estoy diciendo la verdad. Vi unas fotos donde salíais los dos en clase, muy juntitos —empieza, contando con los dedos como si necesitara ordenar los recuerdos—.
Comiendo juntos en el comedor. Sentados en un banco, acaramelados.
Incluso había una en la que estabais abrazados en una calle, cerca de una discoteca.
Me quedo callado un segundo, analizando todo lo que acaba de decir.
—Perdona, ¿qué discoteca?
—No me acuerdo bien del nombre —responde, haciendo memoria—. Creo que empezaba por F.
—¿Fabric? —pregunto, con el estómago encogiéndose de golpe.
—Sí —confirma—. Esa.
Mi mente empieza a encajar todas las piezas.
Claro, joder. Recuerdo aquella noche perfectamente.
Sentí como si alguien nos vigilara a Violeta y a mí.
Pensé que fueron imaginaciones mías. Pero ahora que analizo más a fondo ese detalle, me viene a la cabeza un sonido que en su momento no supe ubicar del todo: un clic seco, metálico, repetido varias veces seguidas entre las sombras, como el de un obturador disparando una y otra vez.
Claro, ahora, atando cabos, tiene todo el sentido del mundo. Era el sonido de una cámara disparando fotos.
¿Alice me está diciendo la verdad? ¿Nos hicieron fotos a los dos para manipularnos, para que creyéramos que habíamos rehecho nuestras vidas? ¿Esas fotos estaban sacadas de contexto?
—Gabriel me las enseñó tres meses después de que te fueras —continúa Alice, sin darme tregua—. Yo no estaba saliendo con él por aquel entonces. Fuimos a comer a Maison para hablar del proyecto de la IA, nada más.
Se pasa una mano por la cara, como si le costara horrores seguir hablando.
—Luego sí que es verdad que empezó a rondarme, a regalarme flores.
Pero yo no quería nada con él. Solo pensaba en ti.
Estuve a punto de ir a Londres a buscarte, tenía hasta el billete casi comprado.
Pero entonces me llegaron esas fotos, y me hizo tanto daño verte con otra que al final decidí no marcharme.
Traga saliva, con la voz cada vez más rota.
—Solo entonces, solo por eso, empecé algo con Gabriel poco tiempo después.
Quería olvidarte. —Hace una pausa, y cuando vuelve a hablar, apenas le sale un hilo de voz—.
Y creía que lo había conseguido. Pero desde que volviste, desde que te vi otra vez en el salón de tus padres, supe que no lo había logrado.
Todavía te quiero, Ricky. Y eso es algo que nada ni nadie va a poder borrar, por mucho que lo intente.
En cuanto esas palabras salen de su boca, algo dentro de mí estalla, justo en la dirección contraria a como lo había hecho cinco minutos antes, cuando había decidido que marcharme para siempre era lo mejor que podía hacer.
Pero esta vez no lo pienso más. No voy a huir como un puto cobarde.
Doy el paso que nos separa, la cojo por la nuca, hundiendo los dedos en su pelo, y la beso.
La beso como si llevara demasiado tiempo conteniéndome. La beso con toda la rabia y con todo el dolor de un malentendido que nos ha robado un año y medio de nuestras vidas.
Alice me responde con la misma intensidad, aferrándose a mi espalda con ambas manos como si temiera que fuera a desaparecer otra vez si me suelta.
La rodeo con el otro brazo, pegándola contra mí, sintiendo cómo su cuerpo entero tiembla bajo mis manos. Le recorro la espalda, la cintura, cada centímetro de piel que puedo alcanzar, mientras nuestras bocas se buscan una y otra vez, sin control.
Le quito la coronita de «Bride», dejándola caer sobre la arena sin ningún cuidado, y hundo las manos en el cierre de su vestido, bajándoselo por los hombros, hasta que la tela cae a sus pies y se queda solo con la ropa interior.
Nos quedamos así un instante, mirándonos, con la respiración entrecortada de los dos, como si necesitáramos ese segundo de pausa antes de que todo se vuelva ya imposible de detener.
Seguimos desnudándonos el uno al otro, siendo ella esta vez la que me quita la toalla que llevo anudada a la cintura, dejándome completamente expuesto bajo la luz de la luna.
Alice me mira durante un segundo, con una mezcla de timidez y deseo dibujada en el rostro.
Después, se agacha despacio, quedándose frente a mí, con las manos apoyadas en mis caderas y los ojos todavía clavados en los míos, como si me estuviera pidiendo permiso sin necesidad de pronunciar una sola palabra.
Durante unos segundos no hace nada.
Simplemente me mira.
Pero entonces se acerca un poco más y coge mi miembro viril, metiéndoselo en la boca.