¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 35
85%

CAPÍTULO 35

Ricky

Llevo la tabla de surf bajo el brazo mientras la arena se me mete entre los dedos de los pies a cada paso, todavía caliente por el sol que se puso hace un par de horas.

Mi hermano está celebrando ahora mismo su despedida de soltero. Incluso me ha insistido varias veces a lo largo del día para que fuera. Pero ni de coña pienso ir a esa mierda de fiesta. Prefiero estar aquí, con la playa vacía y el rugido lejano de las olas rompiendo en la orilla.

No es la primera vez que hago esto. Llevo viniendo a esta misma playa a hacer surf de noche desde que era un adolescente frustrado, huyendo de las broncas de mis padres.

Sé que es una gilipollez. Sé que meterme en el agua a estas horas, sin que nadie sepa dónde estoy, es exactamente el tipo de decisión estúpida que mi madre me echaría en cara. Pero necesito esto. Necesito sentir algo que no sea el cuerpo de Alice todavía pegado al mío.

Termino de subirme la cremallera del neopreno hasta el cuello, dejo las chanclas y la ropa junto a una roca que uso de referencia —para no acabar media hora buscando mis cosas como un idiota cuando salga— y cojo el frontal LED que llevo enganchado a la muñeca.

Lo enciendo y una luz blanca, fría, se proyecta un par de metros por delante de mí, lo justo para no meter el pie en algo que no debería.

Camino hasta la orilla, dejo que la primera ola me moje los pies y me tumbo sobre la tabla, empezando a remar hacia dentro con brazadas largas.

Siento cómo el agua se desliza fría bajo mis manos cada vez que las hundo.

La luna está llena esta noche, elevándose poco a poco sobre el horizonte a mi espalda, mientras los últimos restos de luz desaparecen mar adentro.

Su resplandor se derrama sobre el agua en una línea plateada que tiembla con cada ondulación, y apago el frontal que llevo en la muñeca.

No lo necesito. Con la luz que me está regalando la luna esta noche, tengo más que de sobra.

Veo venir las olas desde lejos, cogiendo forma poco a poco.

Me pongo de pie de un salto, casi sin pensarlo, con el cuerpo bajo y los brazos abiertos buscando el equilibrio.

La tabla responde al instante, cortando el agua con ese sonido seco y satisfactorio, mientras el viento me da de lleno en la cara, salado, frío.

Y durante esos pocos segundos que dura la ola, no pienso en nada. Solo existimos el agua y yo.

Después de un buen rato en el mar, decido que ya es hora de salir, antes de que mis manos acaben más arrugadas de lo que ya empiezan a estar. Remo hacia la orilla sobre la última ola, dejándome llevar por la espuma hasta que la tabla roza el fondo y puedo ponerme de pie.

Camino hasta donde he dejado mis cosas, clavo la tabla en la arena, en vertical, apoyada contra la roca, y cojo la toalla que llevaba enrollada dentro de la mochila.

Empiezo a bajarme la cremallera del neopreno, despegándomelo poco a poco del cuerpo, hasta que consigo quitármelo del todo y quedarme completamente desnudo.

No hay nadie a quien le pueda importar. La playa sigue tan vacía como cuando llegué, así que ni me molesto en buscar el bañador que ni siquiera he traído.

Extiendo la toalla sobre la arena, me tumbo encima, boca arriba, completamente desnudo, y con los brazos cruzados detrás de la cabeza a modo de almohada.

Dejo que el aire de la noche me vaya secando el cuerpo despacio mientras clavo la mirada en el cielo, contemplando las estrellas.

Pero en cuanto lo hago, mi cabeza aprovecha que se ha quedado totalmente en blanco para atacarme de nuevo.

Desde que volví, no he hecho otra cosa que ir sumando motivos para odiarme más a mí mismo. Y más después de lo que pasó anoche.

En el fondo me siento fatal. Soy una rata traidora. Le he sido infiel a la chica que más me ha ayudado en toda mi vida. Y se lo he pagado metiéndole la mano por debajo del bikini a la mujer de la que creo que sigo totalmente enamorado.

Me tapo la cara con el brazo, como si eso pudiera servir de algo, como si esconderme de las estrellas fuera a esconderme también de lo que soy capaz de hacer cuando Alice está lo bastante cerca como para hacerme perder la cabeza.

Violeta no se merece esto. No se merece pasarse la noche llorando sola en una cama mientras yo estoy en la piscina haciendo gemir a otra de placer.

Y lo peor de todo es que sé que, si tuviera la oportunidad, volvería a hacerlo.

Volvería a perderme en ella otra vez sin pensar en las consecuencias, aunque eso signifique convertirme oficialmente en el chaval más repugnante del planeta.

Se me revuelve el estómago solo de pensarlo.

Sinceramente, ni siquiera me quedan ganas de ir a la boda.

Debería levantarme ahora mismo e ir a buscar a Violeta para largarnos de aquí.

Sé que ahora está en casa, ya que no ha querido ir a la despedida.

Alice la invitó hace unos días, más por quedar bien delante de todo el mundo que por ganas reales de tenerla ahí, pero Violeta le respondió, con una falsa sonrisa, que no tenía ganas de ir.

No tengo ni idea de qué estará haciendo en este preciso instante.

Puede que esté cenando con mis padres, o puede que mi abuela la haya arrastrado al salón para darle la murga con alguna de sus batallitas de cuando era carabetera.

En fin. No me lo pienso más. Se acabó.

Lo mejor será que nos larguemos de esta puta isla esta misma noche.

Ya me inventaré alguna excusa para no ir a la boda mañana.

Me da exactamente igual lo creíble que suene.

Con tal de no tener que quedarme aquí presenciando cómo Alice se casa con mi hermano después de lo que todavía siento por ella, me invento lo que haga falta.

Me pongo de pie de un salto y doblo la toalla.

Pero de repente, oigo unos pasos acercándose por la orilla, chapoteando contra el agua.

Levanto la cabeza al instante, con el corazón dándome un vuelco.

Joder. No puede ser. Es ella.

Alice se acerca caminando descalza por la orilla, con el pelo suelto agitándose un poco con la brisa y una expresión que no consigo descifrar del todo en la penumbra. ¿Qué coño hace aquí? ¿No se supone que debería estar celebrando su despedida de soltera?

Ella también me ve a mí, casi al mismo tiempo, y se detiene en seco a un par de metros, con los ojos abriéndose de par en par cuando se da cuenta de que estoy completamente desnudo.

—Dios, perdona, yo... —tartamudea, girando la cara de inmediato.

Reacciono rápido, cogiendo la toalla del suelo y enrollándomela alrededor de la cintura en cuestión de segundos, con las manos torpes por las prisas.

—No te preocupes —digo, terminando de anudármela—. Ya puedes mirar.

Alice se da la vuelta despacio, sin decir nada, claramente sorprendida de encontrarme allí, a esas horas de la noche y en una playa completamente vacía.

Su respiración se acelera un poco cuando se acerca, aunque intenta disimularlo cruzándose de brazos, como si eso fuera a servirle de escudo protector contra mí.

—¿Qué haces...? —empezamos los dos a la vez.

Nos callamos, medio riéndonos.

—Perdona. Responde tú primero, por favor —digo, señalándola con la cabeza.

Alice traga saliva y aparta la mirada un instante antes de responder.

—Me he agobiado un poco en la fiesta. No me encontraba muy bien, así que he salido a dar un paseo para despejarme.

Frunzo el ceño, preocupado, y me acerco.

—¿Estás bien? —pregunto, acariciándole la mejilla y buscando sus ojos.

—Sí, sí, tranquilo —responde, dando un pequeño paso hacia atrás—. De verdad, no te preocupes.

No la creo del todo, pero tampoco insisto. Sé de sobra lo que es fingir que estás bien cuando por dentro tienes un huracán entero arrasando con todo.

—¿Y tú qué haces aquí? —pregunta ahora ella, mirando de reojo la tabla clavada en la arena.

—Surf. Necesitaba despejarme yo también.

—¿A estas horas?

—Sí, ¿qué tiene de malo? —respondo, encogiéndome de hombros.

—No sé, ¿no es peligroso meterte en el agua tú solo, de noche, sin que nadie sepa dónde estás?

Se me escapa una sonrisa torcida antes de que pueda evitarlo.

—Hay cosas mucho más peligrosas que meterse en el agua de noche, Alice.

—Ya... —murmura, medio tartamudeando. Y por cómo me mira, creo que ha pillado mi indirecta a la primera.

—Bueno —digo, carraspeando—. Yo ya me iba para casa.

—Perfecto —responde, asintiendo rápido—. Yo voy a seguir paseando un rato más.

—De acuerdo, que vaya bien el paseo —añado, mientras cojo la tabla de surf.

—Gracias. Nos vemos mañana en la boda.

—Sí —respondo, seco, cortante.

Alice asiente una última vez y se da la vuelta, retomando su camino por la orilla, con los brazos todavía cruzados sobre el pecho como si necesitara sostenerse a sí misma.

Cuando la veo alejarse, algo dentro de mí se parte en dos. Pienso que no puedo irme sin despedirme. La primera vez no tuve opción de hacerlo en persona. Pero ahora sí la tengo. Así que camino hacia ella y grito a su espalda, sin poder evitarlo.

—¡No voy a ir!

Alice se para en seco al escucharme.

Luego se da la vuelta despacio, y en cuanto sus ojos se cruzan con los míos de nuevo, frunce el ceño, sin entender nada.

—¿A dónde no vas a ir? —pregunta.

—A la boda.

Se queda completamente en shock, con la boca entreabierta.

—¿Cómo que no vas a ir a la boda?

—Es lo mejor para todos. Después de lo que pasó anoche, lo mejor es que me vaya. No creo que sea buena idea que me quede más tiempo aquí.

Alice da un paso hacia mí, despacio.

—¿Y tú crees que esa es la solución? —pregunta—. ¿Irte sin más?

—Sí —respondo, tajante.

Sigue acercándose, un paso más, y otro, hasta que apenas quedan un par de metros entre los dos.

—¿Tú siempre solucionas las cosas así? —insiste, con un deje de reproche en la voz—. ¿Huyendo?

—No estoy huyendo —replico—. Simplemente quiero poner tierra de por medio antes de hacerle daño a alguien más.

—Qué «considerado». Siempre pensando en no hacerle daño a los demás.

No entiendo muy bien por qué lo dice con ese tono tan sarcástico.

—No sé por qué te molesta tanto que no vaya —digo, arqueando una ceja—. Ni que te importara demasiado.