CAPÍTULO 34 #3
—Pues yo qué sé, tipo «¿tenéis alguna recomendación de terapeutas infantiles?
» cuando en realidad lo único que quiere es alargar la conversación tres minutos más hablándome de restaurantes que le encantan de la ciudad —explica, poniendo los ojos en blanco—.
Y antes de que empezaran las vacaciones de verano, se plantó delante de mí, todo nervioso, y me preguntó si quería quedar con él alguna vez. A solas.
—¿¡Qué!? —grita Olivia, casi tirando su copa—. ¿Y tú qué le dijiste?
—Le dije que me lo pensaría —confiesa Abby, encogiéndose de hombros.
—Perdona, ¿está bueno? —pregunta Zoe, inclinándose hacia delante.
—Bastante —admite, con una sonrisa.
—Pues, ¿a qué estás esperando para follártelo? —continúa Zoe, con una sonrisa pícara—. Un papá soltero, madurito, buenorro... Menuda fantasía.
—No todas somos tan lanzadas como tú, querida amiga —añade Grace, con una mueca.
Nos quedamos un buen rato más debatiendo sobre la posible relación amorosa entre Abby y el papi soltero, y después saltamos de un tema a otro sin ningún tipo de orden.
Zoe nos pone al día de cómo van las cosas con Paul, dejando claro que entre ellos ya no queda nada por descubrir y que su pene es más grande de lo que ella creía.
Olivia, en cambio, sigue enfrascada en su particular vía crucis con Diego: se gustan, se nota a la legua, pero ninguno de los dos termina de dar el paso, y ella lleva meses estancada en ese limbo tan frustrante de las miraditas y las indirectas que no llegan a ningún sitio.
Grace, mientras tanto, decide aprovechar el momento para ponerse en modo veterana y soltarme, sus consejos infalibles para sobrevivir a un matrimonio con los años: elegir bien las batallas, no dejar nunca que el otro gane siempre, y tener claro que después de la boda todo cambia, aunque nadie te lo cuente antes de firmar los papeles.
Todo va como la seda hasta que, de repente, las luces del interior del local se apagan por completo, dejando una luz tenue en mitad del pequeño escenario donde normalmente toca el típico grupo playero con guitarras y camisas hawaianas.
—Buenas noches a todos —resuena la voz del encargado por el micrófono—.
Hoy tenemos un show muy especial. Y es que esta noche nos acompaña una chica muy afortunada que va a casarse mañana con uno de los hombres más poderosos de esta isla: el señorito Gabriel Valera del Río.
Así que vamos a darle un fuerte aplauso, ¡ya que hoy ha venido a celebrar su despedida de soltera aquí con nosotros!
Al escenario sale un chico disfrazado de bombero. Uno de esos uniformes que mis amigas saben que me excitan una barbaridad.
Dios, qué vergüenza. ¿En serio han contratado a un stripper?
—¡AAAAAH! —grita Zoe, poniéndose de pie de un salto.
—¡Alice, tienes que subir! —chilla Abby, tirándome del brazo.
—¡Ni de broma! —protesto, intentando plantar los pies con firmeza, aunque contra las cuatro es una batalla perdida desde el principio.
Entre empujones, risas histéricas y algún que otro grito que estoy segura de que se ha oído hasta en la otra punta de la isla, mis amigas consiguen levantarme del sofá y arrastrarme hacia el escenario, con el velo de «Bride» bailando sobre mi cabeza y la cara ardiéndome de vergüenza.
Me dejo caer en la silla que han colocado justo en el centro del escenario, con una sonrisa que espero que disimule las ganas que tengo de que me trague la tierra ahora mismo.
El stripper empieza a moverse al ritmo de la música, dando vueltas lentas a mi alrededor, mientras el público —básicamente mis amigas, gritando como posesas— jalea cada movimiento con silbidos y aplausos.
Se acerca despacio, se quita el casco y me lo pone a mí, guiñándome un ojo con esa sonrisa profesional de quien ha hecho esto mil veces.
Después empieza con la chaqueta del uniforme, desabrochándola botón a botón, con una lentitud claramente calculada para sacarle el máximo partido al numerito.
Cuando por fin se la quita del todo y se queda solo con el pantalón ajustado y los tirantes, dejando a la vista un abdomen esculpido que parece sacado de una revista de fitness, no puedo evitar que se me escape un pequeño jadeo.
Se acerca más, se agacha frente a mí y empieza a bailar prácticamente pegado a mi cuerpo, pasándome una mano por el hombro y bajando después por el brazo, mientras yo intento, sin mucho éxito, mantener una expresión que no delate lo ridícula que me siento por estar excitándome tanto con un hombre musculoso disfrazado de bombero.
Pero, cuando sus dedos me rozan la piel del cuello, algo se dispara dentro de mí sin que pueda evitarlo.
El roce me lleva directamente a anoche. A la piscina.
A las manos de Ricky recorriéndome exactamente del mismo modo.
Cierro los ojos un segundo, intentando espantar el recuerdo, mientras el stripper sigue con su show, ajeno por completo a la tormenta que acaba de desatar sin querer.
El chico se inclina un poco más y empieza a darme besitos cortos por el cuello, subiendo despacio hacia la mandíbula, mientras mis amigas chillan cada vez más fuerte.
Y yo, en cambio, me hundo cada vez más en el recuerdo.
La boca de Ricky. Sus manos bajo el agua, rozando mi vagina.
El peso de su cuerpo pegado al mío, con las estrellas reflejándose sobre su piel mojada.
Todo se mezcla, se entrelaza, hasta que ya no sé distinguir del todo dónde termina el numerito del bombero y dónde empieza el recuerdo que llevo todo el día intentando enterrar.
El pecho se me encoge, la respiración se me acelera, y de repente ya no puedo más. Me levanto de golpe, apartándolo con un gesto brusco que lo pilla completamente desprevenido, y salgo corriendo del escenario, dejándolo ahí plantado, medio desnudo y con cara de no entender absolutamente nada.
Grace se levanta de un salto en cuanto me ve salir corriendo, y viene directa hacia mí. Las demás también se levantan, alarmadas, dispuestas a seguirme.
—Chicas, seguid, seguid —les digo, agitando una mano en dirección al escenario, intentando sonar lo más tranquila posible—. En serio, no pasa nada. Solo me he mareado un poco.
—¿Seguro que estás bien? —pregunta Olivia, con la preocupación pintada en la cara.
—¿Quieres que llamemos a alguien? —añade Abby, mirándome de arriba abajo como si estuviera buscando algún síntoma visible.
No. No quiero que pidan ayuda. Lo único que quiero es que nadie se entere jamás de lo que pasó anoche en esa piscina, y lo tengo difícil mientras la persona que nos vio siga sin dar la cara.
—Que sí, en serio, estoy bien. Seguid con la fiesta, por favor —insisto.
Parece que las he dejado más tranquilas, porque se dirigen de nuevo hacia la mesa.
Zoe, que nunca deja pasar una oportunidad, no se lo piensa dos veces y se sube ella misma al escenario en mi lugar, arrancando gritos y aplausos que consiguen, al menos, desviar la atención general hacia ella.
Pero Grace no se traga tan fácilmente mi excusa y se queda un rato más a mi lado.
—¿Qué te pasa? —insiste, cogiéndome del brazo.
—Nada, en serio —respondo, intentando quitarle importancia—. Es que estoy un poco agobiada... entre el calor y el alcohol.
—Ali, si apenas has bebido nada —replica ella, arqueando una ceja, nada convencida.
—Bueno, pero lo suficiente como para sentirme un poco indispuesta —insisto, sosteniéndole la mirada como puedo—. Necesito salir a que me dé el aire un rato, ¿vale?
Grace suspira, aunque termina asintiendo.
—¿Quieres que te acompañe?
—No, prefiero ir sola —respondo, dedicándole la sonrisa más convincente que consigo reunir.
Sin darle tiempo a insistir más, salgo del local y me encamino hacia la playa, con la esperanza de que la brisa marina consiga despejar aunque sea un poco el caos que llevo dentro.