¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 34 #2
82%

CAPÍTULO 34 #2

—Nosotros iremos a Meridian —confirma—. Así que, si podéis ir a otro lugar que no sea ese, os lo agradecería. Verse la noche antes trae mala suerte.

Vaya, no sabía que Gabriel fuera tan supersticioso.

—De acuerdo. Si veo que al final vamos allí, les pediré que nos marchemos a otro sitio. No te preocupes —respondo.

Hoy la despedida consiste en chicos por un lado, y chicas por otro.

Cada grupo a lo suyo, y sin tíos ni padres metidos de por medio arruinando el ambiente.

Bastante tengo ya con fingir normalidad delante de toda la familia como para encima tener que hacerlo con una copa en la mano y mi madre preguntándome cada cinco minutos si me lo estoy pasando bien.

Gabriel se acerca y me da un beso corto en los labios, antes de separarse y dirigirse hacia las escaleras.

—Me voy a la ducha, cariño, ahora bajo.

—Vale —respondo, viéndolo subir los escalones de dos en dos.

En cuanto desaparece de mi vista, respiro tranquila.

Tacho a Gabriel de la lista de sospechosos, esta vez de forma definitiva.

Si nos hubiera visto, ni de broma me habría besado así, con esa tranquilidad de quien no tiene ni la más remota idea de lo que pasó hace unas horas a pocos metros de donde estaba durmiendo.

No es tan buen actor. Nadie lo es tanto.

Además, ya lo comprobé anoche con mis propios ojos: estaba profundamente dormido cuando subí.

Estoy a punto de darme la vuelta y volver hacia el jardín cuando una voz a mi espalda me detiene en seco.

—Alice.

Me giro despacio, con el corazón encogido.

Ricky aparece en lo alto de las escaleras. Empieza a bajar escalón a escalón, despacio y con expresión seria, y, al llegar al último, se detiene un segundo, como si estuviera sopesando si es buena idea acercarse a mí o no. Pero, sin pensárselo más, viene hacia mí con paso decidido.

Antes de que pueda decir nada, me coge de la mano y tira de mí con decisión.

—Ricky, ¿qué haces? —pregunto, intentando zafarme sin conseguirlo—. Suéltame, nos puede ver alguien.

No me hace ni caso. Me arrastra por el pasillo hasta uno de los baños de la planta baja, abre la puerta de un empujón y, en cuanto estamos los dos dentro, cierra con el pestillo.

—¿Estás loco? —digo, soltándome de su mano de un tirón—. ¿Qué se supone que estás haciendo?

—Tenemos que hablar —responde.

—No tenemos nada de que hablar —digo, cruzándome de brazos.

—¿Ah, no? —Ricky suelta una risa seca—. ¿Vamos a hacer como si no hubiera pasado nada?

—Olvídate de lo que pasó anoche, por favor —respondo, nerviosa—. Fue un error.

—¿Un error? —repite él, levantando el tono, acercándose un paso—. ¿Fue un error que casi te corrieras sobre mis dedos, Alice?

—¡Baja la voz! —siseo, mirando hacia la puerta como si pudiera atravesar la madera con la mirada y comprobar si hay alguien escuchando al otro lado.

—Fue un simple calentón —continúo—. Está claro que entre nosotros sigue habiendo algo de tensión sexual. Pero ya está. Creo que lo de anoche fue más que suficiente para liberarla, y no va a volver a repetirse.

—¿Solo tensión sexual? —pregunta, arqueando una ceja.

—Sí —afirmo, con toda la seguridad que puedo fingir—. Obviamente, nos atraemos, siempre ha sido así. Y, después de tanto tiempo sin vernos, supongo que esa tensión ha estallado. Pero se queda ahí. En eso. En nada más.

Ricky da un paso hacia mí, despacio, sin apartar los ojos de los míos ni un solo segundo.

Retrocedo instintivamente al notar su cercanía.

Pero el baño es diminuto, y no hay suficiente espacio para huir.

Sigo retrocediendo hasta que mis piernas chocan contra el borde de la bañera, y el impulso me hace caer hacia atrás.

Ricky me sujeta al instante, atrayéndome hacia él y posando su boca de nuevo demasiado cerca de la mía.

Nos quedamos así, suspendidos en ese segundo eterno, con su cuerpo pegado al mío y el borde frío de la bañera clavándose en la parte de atrás de mis piernas. No respiro. No puedo. Solo consigo temblar.

—No creo que lo nuestro sea solo un calentón, chica misteriosa —murmura.

Levanta la mano despacio y la posa sobre mi pecho, justo encima del corazón, notando cómo me late a toda velocidad.

El roce de sus dedos me quema la piel, y tengo que morderme el labio para no soltar ningún sonido que me delate.

Después, sin decir nada, coge mi mano y la lleva hasta su propio pecho, dejándola ahí quieta, para que sienta lo rápido que le late a él también.

—Lo que queda entre nosotros —suspira— son las brasas de un incendio que nunca llegó a apagarse del todo.

Lo miro, con los ojos humedecidos.

—¿Tú no sientes lo mismo? —pregunta, tragando saliva.

Agacho la mirada. Cierro los ojos con fuerza durante un segundo, como si de esa forma pudiera armarme del valor que necesito para rechazarlo sin que me tiemble el pulso. Luego los abro de nuevo, levanto la cabeza y lo miro.

—No. Hace mucho tiempo que ese incendio se apagó por completo —añado, con un nudo en la garganta—. Así que olvídate de mí, por favor. Mañana me caso con tu hermano. Es el hombre de mi vida. Y esto que ha pasado entre nosotros no va a volver a ocurrir. ¿De acuerdo?

Ricky no dice nada. Simplemente me mira, con una sombra de tristeza que le cruza el rostro. Luego me suelta, da un paso hacia atrás, y suspira.

—De acuerdo —dice, en voz baja—. Gracias por dejármelo tan «claro».

El silencio que sigue a esa pulla se queda ahí, atrapado entre los dos, sin encontrar la puerta de salida. Lo único que se oye es el eco de nuestras respiraciones, rebotando contra los azulejos.

—¿Puedo irme ya? —pregunto al fin, con la voz quebrada.

Él asiente con la cabeza y se aparta lo justo para dejarme pasar. Me dirijo hacia la puerta, la abro con cuidado, comprobando de reojo que no haya nadie merodeando por el pasillo. Pero, justo antes de marcharme, algo me hace detenerme y girarme hacia él una última vez.

—Por cierto, una cosa. ¿Sabes si fue Violeta quien nos vio anoche? ¿Te ha dicho algo?

Ricky niega con la cabeza.

—No creo. Cuando saliste corriendo de la piscina, esperé un minuto y subí a la habitación. Estaba durmiendo profundamente.

—Vale —respondo.

Salgo del baño sin decir nada más y me dirijo de nuevo hacia el jardín, con el corazón todavía latiéndome a mil por hora tras vivir esta situación tan incómoda.

Por el camino, no puedo evitar seguir dándole vueltas a lo mismo.

A mi lista de sospechosos. Violeta también queda descartada.

Así que sigo exactamente igual que esta mañana.

En el punto de partida, sin una sola pista sólida a la que aferrarme.

Tengo que descubrir quién demonios nos vio anoche.

Tengo que hacerlo antes de que llegue a oídos de Gabriel.

◆◆◆

La noche ya ha caído sobre Santa Aurelia.

Con un vestido corto y plateado que apenas me cubre medio muslo, estoy en Oceana, un local con vistas al mar que tiene ese aire relajado y exclusivo tan típico de la isla: luces cálidas colgando entre las palmeras, un DJ que todavía pincha algo suave, como si fuera calentando el ambiente para lo que se avecina, y una barra larga de madera oscura donde ya se ha formado una pequeña cola para pedir cócteles.

Mis amigas llevan cada una una diadema plateada con un cartelito que dice «Bride Squad» en letras brillantes. Pero, sin duda, la mía es mejor: una diadema con un velo corto de tul blanco enganchado y la palabra «Bride» bordada en la parte de delante.

Zoe levanta su copa nada más sentarnos en uno de los sofás bajos que rodean la mesa que nos han reservado.

—Va, un brindis —anuncia, con energía—. Por la novia, que mañana se casa con el hombre más soso del planeta.

—¡Zoe! —protesto, entre risas, aunque choco mi copa contra la suya de todos modos.

—Ali, cariño, no te ofendas —añade, guiñándome un ojo—. Pero tu prometido es el mismísimo aburrimiento con piernas.

—¿Y eso qué más da? Está buenísimo, Zoe —interviene Olivia, defendiéndolo, con la copa en alto.

—Nadie ha dicho que no esté bueno —responde ella, poniendo los ojos en blanco—. Solo digo que como plan de conversación, Gabriel es agotador.

—¿A qué te refieres? —pregunto, arqueando una ceja.

—Me refiero a que la otra noche me explicó el funcionamiento del mercado bursátil durante toda la cena —cuenta Zoe, gesticulando como si todavía no se hubiera recuperado del trauma—.

Yo solo quería hablar con Paul, y él no paraba de interrumpirnos con lo de «la volatilidad del mercado» y yo qué sé qué chorradas más. Qué coñazo, Ali.

—Bueno, tiene su lado nerd, lo admito —añado.

—Pero con esos ojos y ese cuerpo que tiene, se le perdona todo —ríe Olivia.

Todas terminamos llorando de la risa mientras hablamos de los grandes defectos de Gabriel, y por primera vez en todo el día, consigo relajarme del todo.

Abby, en cambio, se mantiene un poco más callada, con la copa entre las manos y una sonrisa tímida, observando la dinámica del grupo desde fuera.

La entiendo. Mis amigas llevan años siendo cómplices de mil historias compartidas, y ella acaba de aterrizar en medio de todo esto sin conocer ni la mitad de las referencias.

—Por cierto, cambiando de tema, chicas. Abby, cuéntales a mis amigas lo del padre de Michael, por favor. Es buenísimo —le digo, animándola a integrarse.

Abby se pone roja como un tomate, y durante un segundo pienso que va a negarse en redondo. Pero al final suelta una risita nerviosa y cede.

—Pues que... —dice, tapándose la cara un momento antes de empezar—. Hay un padre en el colegio, el de Michael, que está divorciado. Y desde hace meses no para de buscar excusas para hablar conmigo cada vez que va a recoger a su hijo.

—¿Excusas tipo qué? —pregunta Grace, ya con toda la atención puesta en ella.