¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

Alice

No he pegado ojo en toda la noche. Me he pasado horas y horas dando vueltas en la cama, repasando mentalmente una lista de sospechosos. ¿A quién podían pertenecer aquellos pasos que se alejaban anoche de la piscina?

No pude ver nada que me diera alguna pista de quién pudo haberme visto en aquella situación tan bochornosa.

Lo único que consigo tener realmente claro es que la he cagado.

La he cagado a lo grande. Porque, por mucho que quiera repartir la culpa entre el destino, el poco vino que bebí en la cena o el hecho insólito de que estuviéramos los dos solos en la piscina bajo las estrellas, la realidad es mucho más simple y mucho más incómoda: yo no lo aparté.

No aparté su mano cuando bajó por mi cintura.

Tampoco cuando su boca fue bajando, despacio, por mi cuello.

Ni siquiera me aparté cuando estuvo tocando mis zonas íntimas bajo el agua, a punto de arrancarme un orgasmo con su hermano durmiendo un piso por encima de nosotros.

Me llevo las manos a la cara, todavía tumbada en la cama, y aprieto los párpados con fuerza, como si de esa forma pudiera borrar la sensación de sus dedos sobre mi piel, que sigue ahí, pegada, negándose a desaparecer por mucho que me repita a mí misma que fue un momento de debilidad, una tontería, un desliz sin importancia.

Me arrepiento. Claro que me arrepiento. O, al menos, esa es la palabra que debería estar sintiendo con más fuerza ahora mismo, mientras el sol entra sin compasión por la ventana y me recuerda que hoy es mi último día de soltera.

Giro la cabeza hacia el otro lado de la cama, casi con miedo de encontrarme con la mirada de Gabriel clavada en mí, como si pudiera leerme el pecado en la cara con solo un vistazo.

Pero no está. Las sábanas de su lado están perfectamente estiradas, sin una sola arruga.

Encima de la mesilla, su reloj ya no está, y el vaso de agua que siempre deja a medias por la noche también ha desaparecido.

Debe de llevar un buen rato despierto. Conociéndolo, seguro que se ha levantado a primera hora de la mañana y se ha ido a correr por la playa, ajeno por completo a la tormenta que su prometida lleva encerrada en el pecho.

Aparto las sábanas de un tirón y me obligo a salir de la cama, aunque cada centímetro de mi cuerpo preferiría quedarse aquí escondido el resto del día, a poder ser con la cabeza tapada y sin ningún tipo de contacto humano.

Pero no puedo. Hoy es mi despedida, así que tengo que poner buena cara y fingir que me lo voy a pasar en grande.

Me levanto y salgo de la habitación. Bajo las escaleras despacio y me dirijo hacia el jardín, siguiendo los murmullos y risas que llegan desde allí. Han montado el desayuno en una mesa larga vestida con un mantel blanco que ondea suavemente con la brisa.

—¡Alice, hija, ven, siéntate aquí! —me llama mi madre, dando golpecitos en la silla vacía de al lado.

Sonrío, o al menos hago un esfuerzo considerable por que mi cara se parezca en algo a una sonrisa, y me acerco despacio, saludando a todo el mundo por el camino.

Me siento, cojo una taza de café que no sé ni si voy a poder tragar, y empiezo a repasar la mesa con disimulo, fingiendo que simplemente estoy admirando el paisaje.

Mi padre está untando mantequilla en una tostada, absorto, como si conseguir que llegue hasta la última esquina del pan fuera la tarea más importante de su día.

Grace habla con Olivia sobre no sé qué vestido que quiere ponerse esta noche, mientras que, un poco más atrás, Zoe se ríe a carcajada limpia con Paul.

Los familiares de Gabriel están hablando con Claire sobre no sé qué detalle de última hora relacionado con las flores de la boda.

Belinda gesticula con las manos, insistiendo en algo sobre «más peonías, menos lirios», mientras Rafael se limita a asentir de vez en cuando, sin levantar apenas la vista del periódico que tiene entre las manos.

Los amigos de Gabriel se ríen a carcajadas de algo que acaba de contar uno de ellos.

Llevan puestas las gafas de sol a pesar de estar bajo la sombrilla, mientras hablan de golf, de acciones y, sobre todo, de la despedida de soltero de esta noche, como si fuera la hazaña más importante de sus vidas.

Abby, por su parte, ayuda a una de las chicas del servicio a recoger unos platos vacíos, como si todavía no se sintiera del todo cómoda dejándose servir por nadie.

Todo parece completamente normal. Nadie me trata distinto. Nadie me mira raro. Nadie evita mis ojos ni finge un interés repentino por su plato cada vez que paso cerca.

Así que dudo mucho que la persona que nos vio anoche a Ricky y a mí en la piscina esté ahora mismo sentada en este jardín, desayunando cruasanes como si nada.

Lo cual, lejos de tranquilizarme del todo, no hace más que abrir una pregunta todavía más inquietante.

Si no fue nadie de aquí... ¿quién demonios fue?

¿Quizás Marilyn? Todavía no ha bajado a desayunar.

Últimamente esa mujer parece tener un radar especial para desaparecer justo cuando empieza el bullicio, y sospecho que ahora mismo debe de estar todavía en su habitación.

A lo mejor fue ella quien nos vio. La última vez que estuve en esta casa casi nos pilló a Ricky y a mí a punto de besarnos.

Pero, por los pasos apresurados que escuchamos alejarse de la piscina, dudo mucho que fueran los de una adorable anciana.

Ricky y Violeta tampoco están aquí. Anoche, él me contó que habían discutido.

Me dijo que ella estaba celosa, que seguía convencida de que él todavía sentía algo por mí.

¿Y si fue ella? ¿Y si Violeta, después de discutir con Ricky, salió a despejarse un rato y nos vio?

Espero que no, porque si es así, esto puede convertirse en la bomba más grande que haya estallado nunca en esta familia.

Sería muy fuerte que la novia de Ricky nos hubiera visto con sus propios ojos a punto de perder el control el uno con el otro.

Y, de ser cierto, dudo mucho que se quede callada.

A quien tampoco veo por ninguna parte, ahora que caigo, es a mi prometido.

Llevo un buen rato aquí sentada y no ha aparecido ni para tomarse el café.

Cuando me he despertado, lo primero que he pensado es que habría ido a la playa un rato, pero que todavía no haya vuelto ya me resulta extraño.

Aun así, dudo mucho que fuera él quien nos viera.

Cuando subí anoche a la habitación, después de salir corriendo de la piscina con el corazón a mil por hora, me lo encontré profundamente dormido, con la respiración pausada y esa cara de tranquilidad absoluta que solo tiene alguien que no sospecha absolutamente nada.

Se me están acabando los sospechosos. Y cuanto más lo pienso, más me convenzo de que la explicación más probable, y la más incómoda de todas, es que fuera algún empleado.

Lo cual, pensándolo bien, tampoco es que me tranquilice mucho.

Todo lo contrario. Si algo sé sobre el servicio de las casas como esta, es que los chismes entre ellos corren más rápido que cualquier rumor de instituto.

Estoy tan metida en mi propia investigación mental que ni siquiera oigo los pasos que se acercan por detrás.

—¡Por fin apareces! —exclama uno de los amigos de Gabriel, levantando la mano en su dirección.

Me giro justo a tiempo para verlo llegar vestido con ropa de deporte empapada en sudor, señal de que se ha echado una buena carrera por la orilla del mar.

Antes de que pueda decir nada, se acerca a mí por detrás, se agacha junto a mi silla y me rodea con los brazos, envolviéndome en un abrazo sudoroso.

—Buenos días, cariño —murmura, dándome un beso corto en los labios.

Me quedo ahí, paralizada, con la sonrisa a medio construir y el cuerpo completamente rígido.

—Buenos días —carraspeo.

—Cielo, siéntate con nosotros a desayunar —le dice su madre, señalando la silla vacía que queda justo a mi otro lado.

—Me encantaría, la verdad es que me muero de hambre —responde Gabriel, incorporándose—. Pero antes necesito darme una ducha. No creo que ahora mismo queráis tenerme cerca mientras desayunáis.

Belinda suelta una risita y asiente, dándole la razón. Pero, justo cuando Gabriel se dispone a marcharse hacia dentro, se detiene y me busca con la mirada.

—Alice, mi amor, ¿te importa si hablamos un momento a solas?

El corazón me da un vuelco. Cualquier frase que empiece con un «¿podemos hablar?» tiene ahora mismo la capacidad de convertirse en la más aterradora del mundo. No importa quién la pronuncie ni en qué contexto. Mi cerebro, directamente, salta a la peor de las conclusiones posibles.

—Claro —consigo decir.

Me levanto de la silla con cuidado, procurando que no se noten mis nervios, y sigo a Gabriel hacia el interior de la casa, con el estómago encogido y mil escenarios distintos desfilando a toda velocidad por mi cabeza.

Llegamos al hall y, antes de llegar a las escaleras, él se detiene.

Se gira hacia mí, con una sonrisa amplia, y me coge las manos entre las suyas.

—Mañana es el gran día, cariño —dice, con los ojos brillándole de emoción.

—Sí —respondo, esforzándome por no apartar la mirada de sus ojos—. Qué ganas.

La voz me sale un poco más apagada de lo que pretendía, y, por supuesto, él se percata.

—¿Estás bien? —pregunta, ladeando la cabeza.

—Sí, sí, tranquilo. Es solo que no he dormido muy bien esta noche.

Gabriel me mira un segundo de más, como si estuviera sopesando si creerme o no, y luego levanta la mano para acariciarme la mejilla con el pulgar, despacio, con una ternura que ahora mismo, en vez de reconfortarme, consigue justo lo contrario.

—Bueno —tartamudeo—. ¿De qué querías hablar?

—Es sobre la fiesta de esta noche —empieza—. La despedida de soltero. Quería saber adónde vais a ir vosotras, para que no acabemos todos coincidiendo en el mismo sitio como unos idiotas.

Ah. Es eso.

—Ni idea —respondo, aliviada—. Las chicas han decidido que sea sorpresa.

Gabriel sonríe, divertido.