¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 33 #3
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CAPÍTULO 33 #3

—La verdad es que no entiendo por qué me ha dicho eso. Yo no te miro así.

—Claro que no me miras así —tartamudea—. Tu novia no tiene de qué preocuparse.

—Exacto —susurro, casi pegado a su boca—. Yo no te miro con los mismos ojitos brillantes con los que me estás mirando tú ahora.

—No seas idiota —responde, casi sin aire—. No te estoy mirando de ninguna forma especial.

—¿Ah, no? —Me muerdo el labio inferior.

—Por supuesto que no. —Ella se muerde el suyo.

No debería estar tan cerca, lo sé, pero ninguno de los dos hace nada por apartarse.

Solo tendría que inclinarme un poco para volver a probar sus labios después de tanto tiempo.

Y ahora mismo no deseo otra cosa: besarla, sentir de nuevo su lengua contra la mía, perderme en ella hasta olvidarme de todo.

Pero sé que si lo hago ya no habrá marcha atrás.

Sé que la habré cagado y que habré hecho estallar una bomba que puede herir a demasiada gente.

Trago saliva y cierro los ojos un momento, intentando recuperar algo de cordura. Pero no sirve de nada.

—Alice... —susurro, cogiéndola de la nuca para atraerla hacia mí—. ¿Estás segura de lo que vas a hacer pasado mañana?

—Ricky, por favor... —Apoya la frente en la mía—. No me hagas esto.

No puedo evitarlo. Giro ligeramente la cabeza y, en lugar de besar sus labios, dejo que los míos rocen su mejilla antes de descender lentamente hasta su cuello.

Alice suelta el aire de golpe al notar mi lengua, en un suave gemido, y ese pequeño sonido termina de romper lo poco que quedaba de mi autocontrol.

La beso apasionadamente en el cuello mientras ella se estremece entre mis brazos. La rodeo por la cintura y la atraigo hacia mí bajo el agua, haciendo que nuestros cuerpos se rocen sin piedad.

Ella se aferra a mí al instante, rodeándome con los brazos y clavando los dedos en mi espalda mientras esconde el rostro junto a mi cuello, mordiéndolo suavemente y haciendo que me estremezca con más fuerza entre sus brazos.

—Dios, ¿qué estamos haciendo? Esto no está bien... —gime en mi oído.

—No está nada bien —respondo, mientras le doy un mordisco en el cuello.

Siento cómo tengo una erección mientras empieza a moverse lentamente sobre mí, restregándose contra mi miembro.

El roce me hace contener el aliento, incapaz de pensar con claridad.

Así que, sin pensármelo demasiado, bajo mi mano hacia su entrepierna y comienzo a acariciar suavemente su clítoris por encima del bikini.

Alice deja escapar un gemido ahogado y se lleva rápidamente una mano a los labios, intentando contener cualquier sonido que pueda delatarnos.

—Ricky... por favor. Para —susurra.

—¿Seguro que quieres que pare? —pregunto, esta vez metiendo mi mano dentro del bañador.

Sus movimientos se vuelven cada vez más insistentes y su respiración, más entrecortada. Se aferra a mi pelo con fuerza, intentando mantener la calma mientras lucha por no perder el control. Porque siento que, en cualquier momento, me va a pedir que le folle ahí mismo, en la piscina.

Puedo sentir cómo está a punto de alcanzar el orgasmo gracias a mis dedos, cómo toda la tensión sexual acumulada que llevamos semanas sintiendo amenaza con romperse de un momento a otro.

—Ricky... me voy a correr. Para, por favor —gime, mientras siento cómo su suelo pélvico se contrae cada vez más.

—¿Y hay algún problema con eso? —pregunto, dejando que mi lengua recorra lentamente la línea de su escote.

Está a punto de llegar al clímax. Lo sé. Puedo sentirlo en la forma en que le tiemblan las piernas y en la manera en que sus uñas se aferran a mi espalda.

Pero, de repente, el sonido de unos pasos alejándose por el camino de piedra que rodea la piscina nos saca de esa burbuja cargada de tensión que acabamos de crear.

Alice me empuja y se aparta de mí rápidamente, como si mi contacto de repente le repugnase.

—Mierda, mierda, mierda —dice, con la voz cargada de pánico—. ¿Has oído eso?

La miro serio, con el corazón todavía acelerado, intentando calcular a toda velocidad quién ha podido vernos y cuánto hemos tardado en darnos cuenta de que ya no estábamos solos.

—¿Pero qué hemos hecho? —murmura, agitada.

Alice se aparta de mí, nada hasta el borde y sale del agua de un impulso. Camina hasta una de las hamacas, coge la toalla que había dejado ahí antes de meterse y se envuelve con ella. Luego se calza las chanclas a toda prisa y echa a andar hacia la casa sin mirar atrás.

—Alice —la llamo desde el agua, antes de que llegue a dar el primer paso.

Se gira despacio y, en cuanto le veo la cara, entiendo que ahí dentro hay de todo menos calma. Tristeza, desconcierto, vergüenza, culpa, todo mezclado, como si ni ella misma supiera cuál de esas cosas debería sentir primero.

No digo nada más. Ella tampoco. Se da la vuelta y, esta vez sí, echa a correr hacia el interior de la casa, dejándome ahí solo, empapado, y con el corazón todavía retumbándome en el pecho.

Tengo la certeza de que acabo de destrozarlo absolutamente todo.

Pero tampoco es que me arrepienta demasiado de ello.