CAPÍTULO 33 #2
Salgo de la habitación y cierro la puerta con cuidado.
Son las doce de la noche y la casa está en completo silencio; parece que todo el mundo se ha ido ya a la cama.
Camino de puntillas para no hacer ruido y, al pasar por delante del cuarto de mi abuela, me fijo en que tiene la puerta entornada.
Me asomo casi por instinto y la encuentro durmiendo boca arriba, con uno de esos antifaces de brillantina que solo ella sería capaz de comprarse.
A los pies de la cama, hecha un ovillo entre sus tres chihuahuas, duerme Bella, la perra de Alice.
Se me escapa una sonrisa. Esa imagen absurda me devuelve, aunque sea por un momento, algo parecido a la paz.
Bajo las escaleras procurando no despertar a nadie y entro en la cocina.
Abro la nevera buscando algo que me quite esta sensación rara que se me ha quedado atravesada en el pecho después de la discusión con Violeta, pero no encuentro nada que me convenza, así que me conformo con un vaso de agua fría.
Estoy bebiendo a sorbos frente a la ventana que da al jardín trasero, con la mirada perdida en la oscuridad, cuando un chapoteo me saca de mis pensamientos.
Hay alguien nadando en la piscina.
Al principio no le doy importancia. Supongo que será algún empleado que ha aprovechado que dormimos para disfrutar de los lujos de la mansión, o algún amigo de Gabriel que sigue de fiesta por su cuenta.
Pero la persona se detiene, saca la cabeza del agua para coger aire, y la luz de las estrellas le da en la cara lo justo para que la reconozca sin ninguna duda.
Es Alice.
No me lo pienso. Dejo el vaso en el fregadero de golpe y salgo al jardín antes de que me dé tiempo a arrepentirme.
Me acerco al borde de la piscina con las manos en los bolsillos.
Ella sigue nadando sin darse cuenta de que estoy ahí, hasta que llega a mi altura, se para a respirar y levanta la vista.
—¡Joder, qué susto! —exclama, llevándose una mano al pecho.
—Perdona, no quería asustarte —digo en voz baja.
—Pues lo has conseguido.
Las gotas le resbalan por la frente hasta los ojos, algo enrojecidos por el cloro.
—¿Qué haces nadando a estas horas?
—No podía dormir. —Apoya los brazos en el borde—. Necesitaba despejarme un rato.
—Vaya. Pues ya somos dos.
Me quito las chanclas de una patada y me siento en el borde, a su lado, con los pies metidos en el agua. Alice se aparta un poco, incómoda, recuperando esa distancia de seguridad que últimamente parece necesitar cada vez que me tiene cerca.
—¿Y mi hermano? ¿No deberías estar durmiendo con él en lugar de estar aquí sola? —pregunto con una sonrisa irónica.
—No tengo sueño —responde, algo seria.
—¿Nerviosa por la boda?
—Un poco. —Se encoge de hombros—. Aunque ahora mismo me preocupan más otras cosas.
—¿El qué?
Respira hondo antes de contestar.
—Lo que está pasando en el colegio, por ejemplo. No me quito de la cabeza lo que vimos en aquella carpeta, en el despacho de tu padre.
—¿Mateo está mejor? —pregunto, preocupado.
—Se supone que sí. Hablo con su madre todos los días y me dice que está bien, pero seguramente es porque, con las vacaciones, Emma Brown no puede seguir experimentando con ellos en el colegio. No sé qué va a pasar cuando vuelvan las clases. —Traga saliva—. Joder. Necesito respuestas.
Verla así me destroza.
—Lo averiguaremos —digo, como si eso bastara para tranquilizarla.
—Tú estarás en Londres.
—Sí, pero seguiremos en contacto para que me cuentes lo que vayas descubriendo. Y si hace falta, vuelvo para ayudarte. ¿De acuerdo?
Alice asiente, agradecida, y nos quedamos un rato callados mirando el agua.
Yo no soy capaz de mirarla más de dos segundos seguidos sin que se me acelere el pulso, y ella no consigue disimular del todo las miradas tensas que me lanza cada poco, como si quisiera comprobar que sigo ahí, que sigo mirándola, que sigo siendo el mismo idiota de siempre que babea en cuanto la tiene delante.
—Oye, ¿y tú no deberías estar con tu novia en la habitación? —pregunta, rompiendo el silencio—. Durmiendo, o... bueno, lo que sea que hagáis normalmente.
Sonrío sin poder evitarlo. Conozco muy bien ese tono de celos, y no voy a negar que me encanta.
—Verás, chica misteriosa... Ahora mismo a Violeta no le apetece mucho disfrutar de mi compañía.
Alice frunce un poco el ceño.
—¿Ha pasado algo?
—Hemos discutido.
—¿Por qué?
—Pues porque... mi novia está un poquito celosa.
—¿Celosa? ¿De qué?
Suspiro y me froto la cara con las manos mientras pienso cómo contestar sin liarla más de lo que ya la he liado, porque sospecho que ella sabe de sobra de quién está celosa Violeta.
Lo que estoy a punto de hacer es una locura, soy consciente.
¿No quería mantenerme alejado de ella? ¿Poner distancia, ser sensato por una vez en mi puta vida?
Pues no. El impulso me gana antes de que la razón tenga tiempo de meter baza.
Me quito la camiseta por la cabeza, dejando a la vista los abdominales que el sol me ha bronceado estos días, y me tiro al agua sin pensármelo dos veces.
Alice se echa hacia atrás con los ojos como platos.
Cuando saco la cabeza, con los rizos empapados pegados a la frente, me coloco frente a ella, aunque sin acercarme demasiado.
—¿Por qué crees que Violeta puede estar celosa? —le pregunto sin apartar los ojos de los suyos.
—No lo sé. —Desvía la mirada y le tiembla la voz.
—¿Seguro que no lo sabes?
—Claro que no.
Me acerco poco a poco, sin dejar de mirarla.
—Mi novia insiste en que sigo enamorado de ti —confieso casi en un susurro.
Alice suelta una risa nerviosa.
—¿Cómo? Por favor, qué tontería.
—Eso mismo le he dicho yo, que es una tontería. Pero no me cree.
—Pues debería. No sé por qué piensa que sigues enamorado de mí.
Sigo acercándome.
—Dice que te miro mucho —murmuro—. Con los ojitos brillantes, embobado, como si fueras lo único que importa a mi alrededor.
La siento ya tan cerca que apenas quedan unos centímetros entre su cuerpo y el mío.