¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

Ricky

Faltan dos días para el gran día. Cuarenta y ocho horas exactas para ver cómo mi hermano se convierte oficialmente en el marido de la única mujer a la que he querido de verdad en toda mi vida.

No sé si estaré preparado para presenciarlo.

No sé si existe una versión de mí capaz de quedarse quieta en primera fila mientras Alice camina hacia el altar para decirle que sí a otro.

Estoy de pie junto a la ventana de la habitación, con los brazos cruzados y la vista perdida en el paisaje.

Esta noche la luna no es más que una raja fina, casi tímida, y las estrellas se amontonan a su alrededor sin ningún pudor, como si alguien las hubiera invitado a hacerle compañía.

Debería estar durmiendo. Después de tantos días sin parar, mi cuerpo pide a gritos descansar, pero mi cabeza va por libre y esta noche no hay manera de apagarla.

No paro de pensar en Alice.

La había olvidado, claro que sí. O eso me había repetido tantas veces que acabé creyéndomelo.

La odiaba con todas mis fuerzas, y cuando volví a verla me dolió tanto tenerla delante que lo primero que hice fue trazar un plan, uno lo bastante enrevesado como para no tener que pensar demasiado.

Quería convertir los días previos a la boda en un infierno: ponerla nerviosa, sacarla de quicio hasta que se preguntara si de verdad había hecho lo correcto dejándome.

Llegué incluso a ir diciendo por ahí que su boda iba a ser una mierda, como hice con Abby el día que fui a ver a los niños al colegio.

¿De verdad intenté pintar Santa Aurelia como un sitio desagradable?

A quién quiero engañar. Esta isla es una puta pasada.

El problema es que los planes se me vienen abajo en cuanto la tengo delante.

Basta con que se acerque un poco, con que me mire con esos ojos verdes que todavía no sé cómo consiguen desarmarme en medio segundo, para que se me olvide todo lo que había pensado hacer.

La rabia que le guardaba por lo que me hizo se convierte entonces en algo que no me atrevo ni a nombrar.

Pero bueno, qué más da lo que siga sintiendo por ella. Se va a casar con Gabriel. Lo eligió a él en vez de a mí.

Ni siquiera me he atrevido a preguntarle por qué no me esperó.

Por qué decidió que lo más fácil era rehacer su vida con mi propio hermano, como si yo hubiera sido un simple tropiezo antes de dar con la opción sensata.

Por qué todo lo que me dijo, todo lo que juró sentir, se esfumó en cuanto dejé de estar delante para sostenerlo.

Me da pánico la respuesta. Me da miedo removerlo todo y volver a sentir el dolor que me acompañó durante los primeros meses en Londres, así que paso.

No pienso preguntarle nada. Ella tomó su decisión y me toca respetarla.

Mi vida ahora está aquí, en esta habitación, sentada en la cama bajo las sábanas mientras busca algo en su Mac rosa. Violeta ha sido mi ancla este último año. Fue ella quien me levantó del suelo cuando estaba hecho una ruina y quien consiguió que volviera a tener algo parecido a una vida normal.

Me siento a su lado, el colchón se hunde un poco bajo mi peso, y apoyo la barbilla en su hombro para curiosear la pantalla.

—¿Qué haces, pecosa?

—Buscar los billetes de avión —responde sin dejar de teclear—. Había pensado que podríamos volver a Londres el día después de la boda. Así no perdemos aquí más tiempo del necesario y llegamos con margen antes de que empiece el curso.

¿Al día siguiente de la boda? O sea, que en cuanto Alice diga «sí, quiero» delante de todo el mundo, mi hermano le ponga el anillo y la bese como si el universo entero cupiera en ese instante, yo me subiré a un avión veinticuatro horas después y volveré a desaparecer de su lado.

—¿Ricky? —Violeta alza la vista—. ¿Te parece bien?

—Sí, sí —consigo decir—. Cuanto antes nos vayamos, mejor.

Ella sonríe, satisfecha, y vuelve a la pantalla sin darse cuenta de la tormenta que acaba de estallarme por dentro.

Una parte de mí, la más patética, se pregunta si de verdad quiero irme ya, si no sería mejor alargar esto unos días más aunque solo sea para seguir respirando el mismo aire que Alice.

Pero no, joder. Está bien así. Cuanta más distancia haya entre nosotros cuando su nombre quede unido oficialmente al de mi hermano para siempre, menos posibilidades tendré de hacer alguna estupidez de la que luego me arrepienta.

Además, ¿para qué voy a quedarme, si después de la boda ella se irá de luna de miel?

Vuelvo a mirar la pantalla y me pongo a buscar vuelos con ella.

—Hay uno a las siete de la mañana —digo, señalándolo con el dedo—. Podríamos coger ese.

—Ese no, cariño. —Niega con la cabeza—. Te recuerdo que desde aquí no hay vuelos directos a Londres; primero tenemos que volver a Nueva York. Había pensado en coger a media mañana uno de los aviones que tiene tu abuela en el aeródromo, así no madrugamos tanto.

—Bueno, si no, siempre podemos irnos la noche de antes —se me ocurre de pronto.

Violeta levanta la cabeza de repente y me mira como si me hubiera salido un tercer ojo en mitad de la frente.

—¿Cómo que la noche de antes?

—Después de la boda, en cuanto acabe la ceremonia. No hace falta que nos quedemos al banquete. Cogemos las maletas y nos vamos. Seguro que a alguno de los pilotos de mi abuela no le importa llevarnos a Nueva York a esas horas.

Ella suspira, incómoda.

—¿Y se puede saber por qué quieres irte a mitad de la boda?

—¿Para qué vamos a quedarnos a la mierda del banquete? Con ir a la ceremonia ya cumplimos. No necesitamos pasarnos la noche viendo cómo mi hermano se emborracha con sus amigotes y baila fatal delante de toda la familia.

Sé por cómo me mira que no cuela del todo, así que, antes de que pueda sonsacarme nada más, cierro el portátil de un manotazo suave y lo aparto hacia un lado de la cama.

—Además, tengo ganas de que nos vayamos ya. Aquí, rodeados de toda mi familia, no hay ni una pizca de intimidad.

Empiezo a besarla sin prisa, demorándome en sus labios, y después bajo por la línea de su mandíbula hasta el cuello, donde noto cómo le cambia la respiración.

Le rodeo la cintura con la mano para acercarla a mí y mis dedos encuentran el borde del camisón.

Basta ese roce para que una corriente de deseo despierte en mis zonas íntimas.

Pero, de repente, Violeta se tensa y me aparta con un empujón seco.

—¿Qué pasa? —pregunto, confundido, todavía con la respiración alterada.

—¿Te crees que soy idiota?

—¿A qué viene esto?

—Lo sabes perfectamente.

—No sé de qué me hablas, Vi.

Se cruza de brazos y me mira con esa expresión que últimamente se le pone cada vez más a menudo.

—¿Crees que no me doy cuenta de lo que está pasando? Quieres irte de la boda cuanto antes porque no vas a soportar ver a Alice casándose con tu hermano, no porque estés deseando llegar a Londres para acostarte conmigo.

—No digas tonterías, por favor —suelto con una risa, levantándome de la cama—. No es eso.

—Claro que no. —Su carcajada suena seca—. Por eso llevas semanas, desde que llegamos, mirando a Alice todo el rato, como si la desnudaras con los ojos cada vez que la tienes cerca.

No digo nada. Evito su mirada.

—Sé perfectamente que sigues enamorado de ella, Ricky —dice más bajo, y la voz se le rompe un poco al final.

—¡Que no, joder! —La rabia me sube por la garganta—. Deja de decir tonterías.

—No me hables así.

—¿Y cómo quieres que te hable si te estás inventando cosas que no son verdad?

—¿Cosas que no son verdad? —Se ríe con amargura—. Llevo semanas viéndolo, Ricky. No estoy ciega. Sé lo que veo cada vez que Alice entra en una habitación y tú dejas de escuchar todo lo que pasa a tu alrededor.

—Eso es mentira.

—¿Ah, sí? Pues explícame por qué te has pasado la tarde entera con la mirada perdida en ella mientras se bañaba en la playa con sus amigas. O mejor, explícame por qué te pusiste tenso cuando Gabriel la besó delante de todos en la fiesta de compromiso.

—Estás sacando las cosas de quicio.

—¡No estoy sacando nada de quicio! —Levanta la voz, algo que casi nunca hace, y me pilla desprevenido—. Estoy harta de fingir que no me entero de nada. Y, sobre todo, estoy harta de ser tu segundo plato.

—No eres ningún segundo plato, Violeta.

—Sí que lo soy. —No duda ni un segundo—. Sé que empezaste a salir conmigo para olvidarte de ella. Con el tiempo me convencí de que habías acabado queriéndome de verdad, de que podíamos ser felices juntos. Hasta llegué a pensar que algún día me querrías tanto como la quisiste a ella.

Traga saliva, y cuando vuelve a hablar apenas le queda fuerza en la voz.

—Pero ya veo que no.

Cierro los ojos un instante y dejo que el silencio pese entre los dos. Luego vuelvo a sentarme en la cama, esta vez más cerca, y le levanto la barbilla con suavidad para que me mire.

—Eso no es así, ¿vale? No eres ningún plan B, cariño.

Llevamos más de un año juntos y en todo este tiempo no ha habido un solo día en el que me haya arrepentido de estar contigo.

—Le cojo la mano—. No quiero que pienses ni por un segundo que lo nuestro ha sido mentira.

Te quiero, pecosa. Eso lo tengo clarísimo. Te lo juro.

Ella esboza una sonrisa triste que dice mucho más que cualquier palabra.

—Pero todavía sientes algo por ella —murmura—. El primer amor nunca se olvida del todo, por mucho que intentes convencerte de lo contrario.

Agacho la cabeza sin saber qué más decir. Me arden los ojos y aguanto como puedo las lágrimas.

—Necesito estar sola, por favor —me pide, cansada—. Te agradecería que esta noche durmieras en otra habitación.

Se tumba, me da la espalda y apaga la lamparita de la mesilla.

—Vale, como quieras —murmuro, sin insistir—. Ya hablaremos mañana.

No me responde. Directamente, se hace la dormida y me ignora.