¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Alice

El primer día en la isla empieza con un plan que Claire ha bautizado como «Aventura en el río Coyote».

El autobús tarda casi media hora en subir hasta el punto de salida por una carretera de montaña llena de curvas. A medida que nos alejamos de la costa, el aire se vuelve más fresco y el olor a sal y a coco da paso a otro muy distinto, a tierra mojada y a musgo.

Al bajar del autobús, el río aparece entre las rocas como una franja plateada.

El agua corre rápida, turbia por el barro de la montaña, y forma remolinos de espuma cuando choca con las piedras más grandes.

En la orilla nos esperan diez barcas hinchables y un montón de chalecos salvavidas naranjas que, según Olivia, le sientan fatal, aunque Zoe opina justo lo contrario.

—Esto es un crimen contra la moda —protesta Olivia, mirándose el chaleco con auténtico horror—. Parezco una de esas boyas que ponen en el mar para que no choquen los barcos.

—Pues yo estoy guapísima —responde Zoe, que se hace un selfie antes de guardar el móvil en una funda de plástico—. El naranja me sienta genial, la verdad.

—Eso es porque tú estás guapa hasta con un saco de patatas, y lo sabes. Es indignante.

El monitor, un chico bronceado con acento de la isla y una energía que contrasta bastante con nuestros nervios, nos explica lo básico: cómo sujetar el remo, qué hacer si alguien se cae al agua y cómo repartir el peso para que la barca no vuelque en los rápidos.

Todo suena razonable hasta que empieza a hablar, con demasiado entusiasmo para mi gusto, de la «zona de rápidos de clase tres» que nos espera a mitad del recorrido.

—¿Clase tres significa «peligro»? —pregunta mi madre, algo tensa.

—Significa «emocionante» —responde él, guiñándole un ojo.

El reparto de las barcas, que en teoría es aleatorio, me coloca justo con Gabriel y sus padres —que, por cierto, se arrepienten en el acto de haberse apuntado a esta locura de plan, porque lo suyo es tomar el té o pasear a caballo—, mientras que Ricky y Violeta acaban en la de al lado con Abby y un par de familiares.

—Tranquila, cariño —me dice Gabriel, rodeándome la cintura con un brazo mientras nos acomodamos.

En cuanto empujamos las barcas hacia la corriente, el río nos arrastra sin contemplaciones.

El agua helada nos salpica en cada tramo agitado, nos cala la ropa y nos arranca gritos que no sé si son de miedo o de risa.

Durante un buen rato, concentrada en remar, consigo olvidarme de todo lo demás.

Bueno, casi, porque en los tramos más tranquilos, cuando la corriente afloja lo suficiente para mirar alrededor sin miedo a que un rápido nos pille desprevenidos, los ojos se me van solos hacia la otra barca.

Ricky rema con fuerza, con el pelo empapado pegado a la frente y los brazos tensos a cada golpe de remo. En un momento dado se gira hacia Violeta y le dice algo al oído que la hace reír; luego le aparta un mechón mojado de la cara con una ternura que me amarga la tarde.

Y mientras tanto, Gabriel, ajeno a todo, me aprieta un poco más la cintura.

—¿Te lo estás pasando bien, mi amor?

—Sí —miento—. Muchísimo.

◆◆◆

El segundo día empieza con un desayuno multitudinario en el salón, entre bandejas de fruta tropical y bollería recién hecha. Mis padres están sentados con Belinda, Rafael y el resto de la familia.

—Nunca había probado una fruta así. Está buenísima —comenta mi madre, señalando con el tenedor una bolita roja y peluda, mientras Belinda le explica con una sonrisa que se llama rambután.

Me acerco a saludarlos con el café en la mano y me siento un momento a su lado.

—¿Qué tal? ¿Os lo estáis pasando bien?

—¡Muchísimo! —responde mi madre, con los ojos brillantes—. Nunca pensamos que un viaje así pudiera ser tan divertido.

Y me lo creo. Ayer, al llegar al río, estaban pálidos y se agarraban a los remos con tanta fuerza que por un momento pensé que se arrepentían de haber venido.

Pero, tras sobrevivir al primer rápido entre gritos y carcajadas nerviosas, se vinieron arriba, y al terminar el recorrido ya le estaban pidiendo al monitor que los dejara repetir.

—Hoy toca bucear. ¿Estáis preparados? —les pregunto.

—¡Por supuesto! —exclama mi padre, casi antes de que termine la frase.

Sonrío al verlos tan ilusionados con algo tan sencillo como bajar a ver peces de colores al fondo del mar.

Tampoco me extraña: en Portland, su mayor aventura de la semana es ir al supermercado los lunes.

De hecho, creo que incluso les está sentando bien airearse.

Llevan años metidos en esa casa, rodeados de los recuerdos de Dani por todas partes, y esta es la primera vez en mucho tiempo que se permiten desconectar de verdad.

El punto de inmersión está a unos veinte minutos en barco desde la costa, en unas aguas tan transparentes que desde la superficie ya se distinguen las manchas oscuras del arrecife

Abby no ha dejado de sonreír desde que hemos zarpado. Se pasa el trayecto asomada por la borda, grabándolo todo con el móvil, como si temiera perderse un solo segundo de algo que, según me ha repetido unas cien veces en los últimos meses, lleva soñando toda la vida.

La instructora, una mujer de mediana edad con la piel curtida por años de sol y salitre, nos reúne en cubierta para repasar el equipo: la máscara, las aletas, el chaleco y el regulador. También nos explica cómo igualar la presión de los oídos a medida que vayamos bajando.

—Recordad —insiste, mirándonos uno por uno—: no se toca nada. Ni corales ni peces. Solo se mira. ¿De acuerdo?

Nos explica que un simple roce puede matar un coral que ha tardado décadas en crecer, que muchos de los animales que vamos a ver tienen toxinas capaces de provocar reacciones bastante desagradables a quien los toque por curiosidad y que, encima, dejaríamos en el agua restos de crema solar que el arrecife no necesita para nada.

Nada más dejarnos caer al agua, el mundo cambia por completo. El ruido desaparece y lo único que oigo es mi propia respiración a través del regulador. La luz del sol se filtra en haces dorados que atraviesan el azul e iluminan bancos enteros de peces que se mueven al unísono.

Bajamos poco a poco detrás de la instructora hasta el arrecife, donde hay corales de un morado intenso que parecen cerebros gigantes y peces payaso diminutos que se asoman entre los tentáculos de las anémonas antes de volver a esconderse.

Aquí abajo todo transmite calma, menos a mí, claro. Porque un poco más adelante, entre las burbujas del resto del grupo, distingo la silueta de Ricky junto a un coral enorme, absorto en algo que ha encontrado entre las rocas.

Me acerco sin pensarlo demasiado y me coloco justo a su lado.

Cuando sigo la dirección de su mirada, entiendo qué es lo que lo tiene tan fascinado: una tortuga marina gigantesca, con el caparazón cubierto de algas y marcado por las cicatrices de toda una vida, pasa nadando despacio delante de nosotros sin prestarnos la menor atención.

Ricky se gira y nuestras miradas se cruzan.

Durante unos segundos nos quedamos así, flotando el uno junto al otro, tan cerca que podría rozarle la mano con solo estirar la mía.

Pasan más tortugas, una detrás de otra, pero apenas les hago caso, porque de repente el resto del océano deja de importarme.

Es extraño. Aquí abajo, sin gravedad y sin ruido, vuelvo a sentir la complicidad que teníamos antes de que todo se torciera entre nosotros, como si el agua hubiera disuelto por un momento lo que nos separa en tierra firme.

Cuando la última tortuga se pierde entre las rocas, el hechizo se rompe con ella. Ricky señala al resto del grupo, que ya se está moviendo hacia la superficie, y asiento antes de seguirlo de vuelta con los demás.

◆◆◆

El tercer día toca excursión en velero, la última de las tres actividades de aventura que Claire ha incluido en el programa antes de lo que ella llama «los días de relax merecidos»: un par de jornadas enteras de spa y masajes con chocolaterapia.

Salimos temprano del puerto en una embarcación tan grande que parece más un yate disfrazado de velero que otra cosa.

Nos repartimos por las tumbonas de proa y de popa.

En cubierta, alguien ha colocado un altavoz portátil que lleva toda la mañana saltando del reguetón más pegadizo a las baladas de los ochenta.

Hay bebida por todas partes: cócteles de colores y botellas de champán para brindar por la semana.

El viento sopla con fuerza desde el principio e hincha las velas con un chasquido seco cada pocos minutos.

Después de un par de horas navegando, con el mar cada vez más revuelto, respiro hondo y trato de fijar la vista en el horizonte para controlar las náuseas, pero no sirve de mucho.

Entre el sol que pega fuerte, el olor a ron con limón y el barco subiendo y bajando sin descanso, decido ir un momento al baño a echarme un poco de agua fría en la cara, a ver si así me calmo antes de acabar vomitando por la borda.

El pasillo de los camarotes es tan estrecho que apenas cabe una persona.

Me meto en el baño, cierro la puerta y agradezco enseguida el silencio.

Con las manos apoyadas a ambos lados del lavabo, dejo correr el agua unos segundos antes de mojarme las muñecas y la cara, un truco que mi madre siempre juraba que funcionaba contra el mareo y que, para mi sorpresa, empieza a hacer efecto.

Respiro hondo un par de veces más. El barco parece balancearse con menos violencia que hace un rato, aunque quizá la que se ha calmado soy yo. Me seco con una toallita que hay junto al lavabo, me recojo el pelo hacia atrás y, con el estómago algo más asentado, abro la puerta para volver a cubierta.

Al salir, veo a Ricky al fondo del pasillo, viniendo hacia el baño.

No parece mareado en absoluto; tiene muy buena cara, así que supongo que su urgencia es de otro tipo.

Nos quedamos parados un segundo, calculando en silencio quién debe ceder el paso.

Y, mientras lo decidimos, una ola golpea de repente el casco con fuerza.

El barco se escora bruscamente, yo pierdo el equilibrio hacia delante y Ricky, arrastrado por el mismo bandazo, viene hacia mí sin poder frenar. Chocamos de lleno y acabo con la espalda contra la pared y su cuerpo pegado al mío.

—Cuidado, chica misteriosa —murmura, riéndose—. Casi te caes. Menos mal que estaba yo aquí para sujetarte.

Se me corta la respiración. Hacía tanto tiempo que no oía ese apodo que, por un instante, el pasillo desaparece y vuelvo a aquella primera noche en el Velvet, cuando me lo dijo por primera vez.

—Vaya —consigo decir, con la voz temblorosa—. Hacía mucho que no oía ese mote tan ridículo.

—¿Ridículo? —Levanta una ceja, sin apartarse ni un centímetro—. A mí siempre me pareció perfecto para ti.

Alza la mano despacio y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja.

Sus dedos apenas me rozan la piel un segundo, pero basta para que un escalofrío me recorra toda la espalda.

Luego me mira sin prisa, como si quisiera volver a aprenderse de memoria cada detalle de mi cara: las cejas, la nariz, la boca, donde se detiene un instante de más.

—Sigues con esa manía de morderte el labio cuando estás nerviosa —susurra, sin apartar los ojos de mi boca.

—No estoy nerviosa —miento.

—Claro que no. —Sonríe, burlón—. Yo tampoco.

El barco vuelve a mecerse, esta vez con más suavidad. Sus dedos me acarician la mejilla y bajan despacio hasta detenerse en la comisura de mis labios, siguiendo su contorno con una lentitud que me deja sin fuerzas para apartarme.

—Alice —susurra, como si le costara pronunciar mi nombre.

Me tiembla la barbilla bajo sus dedos. Él también tiembla; lo noto en el pulso de su mano y en su respiración, cada vez más entrecortada.

Se inclina hacia mí tan despacio que cada centímetro parece durar una eternidad, hasta que siento su aliento mezclándose con el mío.

Cierro los ojos casi sin darme cuenta y, durante un momento, dejo que el mundo se detenga.

—Ricky —murmuro al fin—. Tu novia y mi prometido nos están esperando arriba.

Parpadea, como si acabara de aterrizar de golpe en la realidad.

—Joder. —Carraspea—. Tienes razón. Lo siento.

Se aparta para dejarme pasar y no dice nada más.

Yo tampoco. Lo rodeo con cuidado de no rozarlo y subo a cubierta con las piernas temblando.

Me ha bastado con que me tocara y volviera a llamarme «chica misteriosa» para que mi cuerpo reaccionara y me convirtiera otra vez, durante unos segundos, en la chica que se enamoró perdidamente de él hace un año y medio.

¿Sigo enamorada de Ricky Valera del Río?

No. No puedo estarlo. No debería. Pero la duda ya se me ha metido en el corazón, y me temo que no va a ser tan fácil sacarla.